45. El matrimonio no es mi destino

Por Kathleen, Italia

Nací a mediados de los ochenta y, cuando crecía, me encantaba ver series de televisión. Cada vez que veía a la protagonista vestida de novia, caminando hacia el altar con el hombre que amaba, y que él le decía: “Te protegeré por el resto de tu vida y te haré feliz”, me moría de envidia. Estaba convencida de que estar con la persona que amas, tener un hijo adorable y vivir juntos como una familia en armonía, esa era la vida más feliz. Ya de mayor, conocí a un joven maduro y estable. Era especialmente atento conmigo, toleraba mis caprichos y siempre tenía detalles románticos, como comprarme regalitos. Me prometió que siempre me trataría bien y que nunca permitiría que me sintiera mal por nada. Aunque su familia era muy pobre y mis padres se oponían rotundamente a nuestro matrimonio, me casé con él sin pensármelo dos veces. Después de casarnos, tuvimos un hijo adorable, y mi esposo seguía siendo igual de atento. Se encargaba de todos los asuntos de la casa, tanto grandes como pequeños, así que apenas tenía que preocuparme por nada. Yo me quedaba en casa cuidando a nuestro hijo y haciendo las tareas del hogar. Le preparaba comidas deliciosas todos los días antes de que volviera a casa y hacía todo lo posible por ser una buena esposa. Esa vida de casada me hacía sentir muy satisfecha, y pensaba que era la mujer más feliz del mundo.

Cuando nuestro hijo tenía siete meses, acepté el evangelio de los últimos días de Dios Todopoderoso. Al leer las palabras de Dios, llegué a conocer el origen de la caída de la humanidad, cómo Satanás corrompe a la gente y cómo Dios obra paso a paso para salvar a las personas. Comprendí muchas verdades que antes no entendía. Sentí que creer en Dios era maravilloso, y esperaba que mi esposo creyera en Él conmigo. Pero, para mi sorpresa, cuando mi esposo se enteró de que yo creía en Dios, se puso hecho una furia. Me prohibió rotundamente que creyera, e incluso me exigió saber quién me había predicado el evangelio, diciendo que iba a ajustar cuentas con esa persona. Ver la actitud de mi esposo me rompió el corazón. Tenía miedo de que discutiera conmigo todos los días por mi fe, que nuestra relación se arruinara y que perdiera mi matrimonio. Me sentía un poco débil y ya no tenía tanta motivación en mi fe. Unos días después, una hermana se enteró de mi estado y me leyó un pasaje de las palabras de Dios: “Cada paso de la obra que Dios hace en las personas externamente parecen ser interacciones que se producen entre ellas, como si hubieran nacido de disposiciones humanas o de la perturbación humana. Sin embargo, detrás de cada etapa de la obra y todo lo que acontece es una apuesta hecha por Satanás ante Dios y exige que las personas se mantengan firmes en su testimonio de Dios. Mira cuando Job fue probado, por ejemplo: detrás de escena, Satanás estaba haciendo una apuesta con Dios, y lo que aconteció a Job fue obra de los hombres y la perturbación de estos. Detrás de cada paso de la obra que Dios hace en vosotros está la apuesta de Satanás con Él, detrás de ello hay una batalla. […] Cuando Él y Satanás luchan en el reino espiritual, ¿cómo deberías satisfacer a Dios? Y ¿cómo deberías mantenerte firme en el testimonio de Él? Deberías saber que todo lo que te ocurre es una gran prueba y es el momento en que Dios necesita que des testimonio(La Palabra, Vol. I. La aparición y obra de Dios. Solo amar a Dios es realmente creer en Él). La hermana compartió conmigo y me dijo: “Tu esposo está impidiendo que creas en Dios, pero detrás de esto, en realidad, está la perturbación de Satanás. Acabas de aceptar el evangelio de los últimos días de Dios y quieres perseguir la verdad para alcanzar la salvación. Satanás no quiere que la gente siga a Dios, así que usa a tu esposo para impedírtelo y perseguirte, para hacer que renuncies a tu fe. ¡Esa es la artimaña de Satanás! Mira, al principio, Dios creó a Adán y a Eva. Vivían en el Jardín del Edén con la presencia y el sustento de Dios, y eran muy felices. Satanás quería arrebatar al hombre de las manos de Dios, así que usó mentiras a fin de engañar y tentar a Eva para que comiera del fruto del árbol del conocimiento del bien y del mal. Adán y Eva, como no tenían discernimiento, dudaron y negaron las palabras de Dios. Escucharon a Satanás, comieron del fruto y traicionaron a Dios. Como resultado, fueron expulsados del Jardín del Edén y cayeron bajo el poder de Satanás, para ser pisoteados y atormentados por él. Satanás está usando a tu esposo para perseguirte y obstaculizarte. Debemos calar la artimaña de Satanás y mantenernos firmes en nuestro testimonio por Dios”. Después de escuchar la plática de la hermana, lo entendí. Como yo quería creer en Dios y seguirlo, Satanás iba a hacer todo lo posible por obstaculizarme. Estaba intentando usar la persecución de mi esposo para que yo renunciara a mi fe. Si le hacía caso a mi esposo y dejaba de creer, estaría traicionando a Dios. No podía caer en la trampa de Satanás. Sin importar cómo me persiguiera mi esposo, no podía renunciar a mi fe en Dios. Después de eso, cada vez que mi esposo no estaba en casa, yo leía a escondidas las palabras de Dios e iba a las reuniones. Un año después, me eligieron diaconisa de riego. Al asistir a las reuniones, leer las palabras de Dios y escuchar a los hermanos y hermanas compartir su entendimiento vivencial de Sus palabras, me convencí cada vez más de que creer en Dios es la senda correcta en la vida, y me volví más activa al realizar mi deber. Sin embargo, seguía constreñida por mi esposo. A veces, si una reunión terminaba un poco tarde, me inquietaba, preocupada de que mi esposo se enojara y discutiera conmigo cuando llegara a casa y no me viera. Así que, en cuanto terminaban las reuniones, volvía a casa a toda prisa. Una vez allí, me apuraba a cocinar y a ordenar toda la casa. Para evitar disgustos con mi esposo, nunca hacía mis devocionales cuando él estaba en casa. Siempre esperaba a que él saliera para atreverme a sacar mis libros de las palabras de Dios y, en cuanto oía un ruido detrás de la puerta, los escondía rápidamente.

Más adelante, el trabajo de la iglesia se volvió cada vez más intenso y, a veces, llegaba tarde a casa. Una vez, una reunión terminó tarde y no pude recoger a nuestro hijo del jardín de infantes a tiempo, así que la maestra llamó a mi esposo. Cuando llegué a casa, me preguntó muy enojado dónde había estado. No quise mentirle y también quise aprovechar la oportunidad para contarle lo que había ganado desde que empecé a creer en Dios. Pero, para mi sorpresa, después de escucharme, me dijo furioso: “¿Fue tu papá quien te predicó esas cosas de Dios?”, mientras empezaba a llamar al número de mi padre. Quise tener una verdadera charla con él, pero estaba furioso. Le pregunté: “Como creo en Dios, no fumo, ni bebo, ni juego al mahjong, y, desde luego, no hago nada indebido. ¿Por qué odias tanto la fe en Dios?”. Se rio con desdén y me preguntó: “¿No aprendiste en la escuela que los humanos descienden de los simios? ¿Cómo puede haber un Dios? ¿Dónde está Dios? Si hay un Dios, ¡que me fulmine ahora mismo!”. Me quedé totalmente impactada por las palabras de mi esposo y rápidamente le advertí que no hablara tan a la ligera. Pero él se echó a reír y dijo: “¡Tu fe te ha vuelto loca! ¿Cómo puede haber un Dios? Puedes fumar, beber, jugar al mahjong, hacer lo que quieras, ¡pero no puedes creer en Dios! Te lo preguntaré una vez más: ¿quieres a Dios o a esta familia?”. Le dije: “¡Mi fe en Dios es firme!”. Cuando vio que yo estaba decidida a creer en Dios, me dijo: “¡Entonces, vete! ¡Puedes creer en Dios e irte a tu cielo, y yo me iré a mi infierno!”. Al ver su expresión feroz, de verdad no podía creer que este fuera el mismo esposo que una vez me prometió amarme toda la vida y darme una vida entera de felicidad. Él odiaba mucho a Dios; era un ateo de pies a cabeza. Estaba desconsolada. En el fondo, no quería aceptar el hecho de que él se resistía a Dios y no podía desprenderme de nuestro matrimonio. Me consolaba pensando que probablemente solo lo decía en un momento de rabia y que todo se arreglaría cuando se calmara. Así que decidí ir a quedarme en casa de mi madre por un tiempo. De esa manera, también podría hacer mi deber con normalidad. Pero, inesperadamente, unos días después, mi esposo trajo a un grupo de amigos a casa de mi madre. Hablaban todos a la vez, tratando de persuadirme para que renunciara a mi fe. Tenía miedo de que llamaran la atención del comité del barrio o de la policía, así que no tuve más remedio que volver a casa con mi esposo por el momento.

Una vez en casa, mi esposo me vigilaba todos los días, me llevaba con él a dondequiera que iba y no me dejaba quedarme sola en casa. También me compraba comida deliciosa a diario, nos llevaba a nuestro hijo y a mí a parques y centros comerciales, y siempre me decía cómo ser una buena esposa y lo feliz que podía ser nuestra familia de tres. Poco a poco, dejé de discernir sus palabras. Simplemente pensaba: “Mi esposo es tan bueno conmigo y nuestro hijo es muy dócil; sería bonito seguir viviendo así”. Como cada vez me gustaba más este tipo de vida, dejé de sentir una carga en mi deber. No asistí a las reuniones del grupo durante un mes y, después, el líder me destituyó, vista mi situación.

En los días que siguieron, aunque mi esposo ya no estaba enojado conmigo, no podía quitarme el vacío del alma. Deambulaba cada día como aturdida. A menudo me preguntaba: “¿Voy a vivir toda mi vida así? ¿Qué sentido tiene la vida?”. Entonces, me vinieron a la mente unas pocas frases de las palabras de Dios: “¿Dónde está tu determinación? ¿Dónde está tu ambición? ¿Y tu dignidad? ¿Dónde está tu integridad?(La Palabra, Vol. I. La aparición y obra de Dios. La obra y la entrada (8)). Ante las preguntas de Dios, una tras otra, me sentí fatal. Me pregunté en mi corazón: “¿Dónde está mi determinación? ¿Por qué no puedo liberarme de las limitaciones de mi esposo?”. Después de eso, encontré ese pasaje de las palabras de Dios para leerlo. Dios Todopoderoso dice: “Dios ha pronunciado tantas palabras, con todo, ¿quién se las ha tomado alguna vez en serio? El hombre no entiende las palabras de Dios, pero permanece impertérrito, y sin anhelo. Nunca ha conocido de verdad la esencia del viejo diablo. Las personas viven en el Hades, en el infierno, pero creen vivir en el palacio del fondo del mar; son perseguidas por el gran dragón rojo, con todo, se creen ‘favorecidas’ por el país. El diablo los ridiculiza, pero ellos piensan que disfrutan de la maestría superlativa de la carne. ¡Qué montón de desgraciados sucios y miserables! El hombre se ha encontrado con el infortunio, pero no lo sabe y, en esta oscura sociedad, sufre contratiempo tras contratiempo, con todo, nunca ha despertado a ello. ¿Cuándo se despojará de su autobondad y su carácter servil? ¿Por qué es tan desconsiderado con el corazón de Dios? ¿Consiente en silencio esta opresión y dificultad? ¿Acaso no desea que llegue el día en que pueda cambiar la oscuridad por la luz? ¿No desea remediar, una vez más, las quejas hacia la rectitud y la verdad? ¿Está dispuesto a observar, y a no hacer nada cuando las personas reniegan de la verdad y tergiversan los hechos? ¿Está dispuesto a seguir soportando este maltrato? ¿Está dispuesto a ser un esclavo? ¿A perecer a manos de Dios junto con los esclavos de este estado fallido? ¿Dónde está tu determinación? ¿Dónde está tu ambición? ¿Y tu dignidad? ¿Dónde está tu integridad? ¿Tu libertad? […] Así, sin rumbo, intimidado y oprimido, finalmente habrá pasado toda su vida en vano; ¿por qué tiene tanta prisa por llegar, y está tan apresurado por irse? ¿Por qué no guarda algo precioso que darle a Dios?(La Palabra, Vol. I. La aparición y obra de Dios. La obra y la entrada (8)). Al leer cómo Dios desenmascaraba el estado actual de la vida humana, sentí como si me hubieran despertado de un sueño. Solía pensar que una familia de tres viviendo en armonía era la vida más maravillosa, pero ¿era realmente así? Creer en Dios es algo perfectamente natural y justificado; sin embargo, para no enojar a mi esposo, ni siquiera me atrevía a leer las palabras de Dios en casa, y mucho menos a asistir a reuniones o realizar mi deber. Me pasaba los días atendiendo las necesidades diarias de mi esposo y mi hijo, viviendo sin ningún objetivo ni rumbo, como un cadáver andante. Vivir esa vida sin sentido y sin identidad propia no era para nada felicidad. Era tal como dice Dios: “Vivís en semejante mundo de caballos y ganado, con todo, realmente no os sentís preocupados; y estáis llenos de alegría, vivís libre y fácilmente. Estáis nadando en esta agua inmunda, pero no sabéis realmente que habéis caído en esta clase de circunstancias. Te juntas cada día con espíritus inmundos, y tienes tratos con ‘excrementos’. Tu vida es muy vulgar, pero no sabes en absoluto que no existes en el mundo humano, y que no tienes el control de ti mismo. ¿No sabes que hace mucho que los espíritus inmundos pisotearon tu vida, que el agua inmunda ensució tu calidad humana? ¿Piensas que estás viviendo en el paraíso terrenal, que estás en medio de la felicidad? ¿No sabes que has vivido una vida junto a los espíritus inmundos y que has coexistido con todo lo que ellos han preparado para ti? ¿Cómo podría tener sentido alguno tu forma de vida? ¿Cómo podría tener valor alguno tu vida?(La Palabra, Vol. I. La aparición y obra de Dios. ¡Sois todos muy vulgares en vuestro carácter!). Cuanto más reflexionaba sobre las palabras de Dios, más lamentable me parecía mi vida. Mis hermanos y hermanas aprovechaban el tiempo al máximo para comer y beber las palabras de Dios y perseguir la verdad, y sus vidas crecían constantemente. Pero mis días giraban en torno a mi esposo y a mi hijo, y estaba desperdiciando mi vida en mi matrimonio. Dios se ha hecho carne para expresar la verdad, a fin de purificar y salvar a las personas, de modo que puedan despojarse de sus actitudes corruptas, alcanzar la salvación de Dios y vivir una vida con sentido. Si todos mis días giraban en torno a mi esposo y a mi hijo, seguramente perdería esta oportunidad tan única para la salvación de Dios y, al final, perecería junto con los diablos. ¡Sería un remordimiento para toda la vida! Entonces, oré a Dios: “Dios mío, no puedo seguir viviendo sin rumbo y aturdida. Quiero perseguir la verdad y realizar mi deber, pero en mi corazón no puedo desprenderme de mi esposo. Guíame para poder calar las artimañas de Satanás, y que así ya no me vea constreñida por él y pueda creer en Ti de todo corazón y hacer mi deber”.

Después, leí las palabras de Dios y vi con más claridad la esencia de mi esposo. Dios dice: “¿Por qué un esposo ama a su esposa? ¿Y por qué una esposa ama a su esposo? ¿Por qué los hijos son buenos hijos con sus padres? ¿Y por qué los padres adoran a sus hijos? ¿Qué clase de intenciones realmente albergan las personas? ¿No es su intención satisfacer los planes propios y los deseos egoístas?(La Palabra, Vol. I. La aparición y obra de Dios. Dios y el hombre entrarán juntos en el reposo). “Supongamos que un hombre se enfurece y entra en cólera cuando se menciona a Dios: ¿acaso lo ha visto? ¿Sabe quién es? No sabe quién es Dios, no cree en Él, y Dios no le ha hablado. Él nunca le ha molestado; ¿por qué se enfada entonces? ¿Podríamos decir que esta persona es perversa? Las tendencias mundanas, comer, beber, la búsqueda del placer y perseguir a personas famosas son cosas que no molestarían a un hombre así. Sin embargo, la sola mención de la palabra ‘Dios’ o de la verdad de las palabras de Dios le hace entrar en cólera, ¿no se considera esto tener una naturaleza perversa? Esto es suficiente para probar que esta es la naturaleza perversa del hombre(La Palabra, Vol. II. Sobre conocer a Dios. Dios mismo, el único V). Las palabras de Dios me despertaron. Mi esposo no sentía un amor verdadero por mí para nada; su supuesto amor era condicional. Me puse a pensar por qué mi esposo solía ser tan complaciente conmigo. Era porque su familia era muy pobre, y no me dio un regalo de compromiso cuando nos casamos, mientras que mi apariencia y mi entorno familiar eran mejores que los suyos. Se sentía orgulloso de que lo vieran conmigo. Además, después de casarnos, yo le lavaba la ropa, le cocinaba y le di un hijo, y era considerada y lo cuidaba en todos los aspectos de la vida. Cuando empecé a creer en Dios, como el PCCh arrestaba a los cristianos, él tenía miedo de quedar mal si me arrestaban. Así que se volvió frío conmigo, se enojaba a menudo e incluso intentó por todos los medios impedirme creer en Dios. ¿Cómo era eso amarme? Claramente, solo me estaba controlando y usando. El supuesto amor me había cegado y creía que mi esposo me amaba de verdad. ¡Qué tonta fui! Apenas se mencionaba a Dios, a mi esposo se le inyectaban los ojos en sangre y montaba en cólera, hasta decía cosas que negaban y despreciaban a Dios. ¡Era un diablo que odiaba y se resistía a Dios! Para hacerme renunciar a mi fe, usó tanto tácticas duras como blandas, e incluso dijo que podía comer, beber, disfrutar y jugar al mahjong, cualquier cosa menos creer en Dios y seguir la senda verdadera. ¡Los diablos son así de retorcidos! Antes, lo veía como alguien maduro, formal y tolerante conmigo en todo, y pensaba que era un hombre al que podía confiarle mi vida entera. Pero ahora lo veía claro: todo eso era solo una ilusión. Yo no tenía la verdad y no podía discernir a las personas. Sus palabras bonitas me habían engañado todo el tiempo. ¡Estaba tan ciega! Entonces, pensé en las palabras de Dios: “Creyentes y no creyentes no son intrínsecamente compatibles, sino que más bien se oponen entre sí(La Palabra, Vol. I. La aparición y obra de Dios. Dios y el hombre entrarán juntos en el reposo). Mi esposo es un ateo que persigue las tendencias del mundo y disfruta comiendo, bebiendo y divirtiéndose. Yo creo en Dios y persigo la verdad y la salvación. No vamos por la misma senda. Él no puede cambiar mi fe, y yo no puedo cambiar su esencia. Aunque siguiéramos juntos, no seríamos felices. Mi esposo me mantenía vigilada, convenciéndome todos los días para que me uniera a él en la búsqueda de tendencias malvadas, e impidiéndome creer en Dios y realizar mi deber. Eso no era amor, era arrastrarme al infierno con él. Ya no podía ceder ante este diablo. Tenía que creer en Dios de todo corazón y cumplir mi deber.

Después de eso, salí y realicé mi deber como de costumbre. Cuando mi esposo vio que no podía controlarme, me aplicó la ley del hielo. Aunque este tipo de vida matrimonial me dejaba agotada física y mentalmente, en mi corazón todavía esperaba que algún día mi esposo dejara de obstaculizar mi fe, y que nuestra familia pudiera vivir junta en armonía como antes. Más tarde, me puse a reflexionar: “¿Por qué no puedo desprenderme de este matrimonio en mi corazón?”. Entonces leí las palabras de Dios: “Perniciosas influencias en lo profundo del corazón humano, como resultado de miles de años ‘del elevado espíritu nacional’ y el pensamiento feudal han dejado a las personas atadas y encadenadas, sin una pizca de libertad; no tienen ambición ni perseverancia ni deseo de progresar, sino que permanecen negativas y retrógradas, con una mentalidad de esclavos particularmente fuerte, y así sucesivamente, estos factores objetivos les han impartido una desagradable imagen, de indeleble suciedad, a la actitud ideológica, las aspiraciones, la moralidad y el carácter humanos. Al parecer, los seres humanos están viviendo en un mundo oscuro de terrorismo y nadie busca trascenderlo, nadie piensa en avanzar a un mundo ideal. Se contentan con su suerte en la vida y pasan sus días teniendo hijos y criándolos, esforzándose, sudando, atendiendo sus quehaceres, soñando con una familia agradable y feliz, el afecto conyugal, la piedad filial por parte de los hijos, unos últimos años gozosos y vivir una vida apacible… Durante decenas, millares, decenas de millares de años hasta ahora, las personas han malgastado así su tiempo; nadie ha creado una vida perfecta. Se han limitado a masacrarse unos a otros en este mundo oscuro, luchando por fama y provecho, en intrigas los unos contra los otros. ¿Quién ha buscado alguna vez las intenciones de Dios? ¿Alguna vez le ha prestado alguien atención a la obra de Dios? Todas las partes de la humanidad ocupadas por la influencia de la oscuridad hace mucho que se convirtieron en naturaleza humana, de manera que es bastante difícil llevar a cabo la obra de Dios y hoy las personas tienen aún menos ánimo de prestar atención a lo que Dios les ha confiado(La Palabra, Vol. I. La aparición y obra de Dios. La obra y la entrada (3)). Después de leer las palabras de Dios, lo entendí. Tras ser corrompidas por Satanás, las personas están atadas y encadenadas por diversas ideas culturales tradicionales y pensamientos feudales. Hacen de un matrimonio amoroso y de la crianza de los hijos el objetivo de su vida, y esto se ha transmitido de generación en generación. Además, todo tipo de programas de televisión, películas y obras literarias promueven ideas como: “El amor es lo más importante” y “Tomarse de la mano y envejecer juntos”. Como resultado, la gente cree que buscar un matrimonio feliz es lo más importante. Yo también me había tomado a pecho esas ideas e hice de tener un matrimonio feliz el objetivo de mi vida. Después de casarnos, mi esposo siempre creaba pequeños momentos románticos y era atento y cariñoso conmigo, así que me sentía increíblemente satisfecha. Pensaba que poder pasar toda mi vida con él hacía que la vida valiera la pena. Para mantener nuestro matrimonio feliz, aprendí a cocinar, me quedé en casa para criar a nuestro hijo e hice todo lo posible por ser una buena esposa y madre, dedicando todo mi tiempo y energía a nuestro matrimonio y familia. Veía el matrimonio como mi destino en la vida y sentía que darlo todo por él era lo que debía hacer. Después de encontrar a Dios, entendí muchas verdades y misterios de Sus palabras. También sabía que, como ser creado, debía adorar al Creador y cumplir mi deber. Sin embargo, temía que creer en Dios enojara a mi esposo y perdiera nuestro matrimonio, así que a menudo me distraía durante las reuniones y no me atrevía a leer las palabras de Dios ni a escuchar himnos en casa. Para mantener mi relación con mi esposo, dejé de lado mi deber e incluso me arrepentí de aceptar hacerlo. Estaba fuertemente atada por ideas satánicas como: “El matrimonio es el destino de la mujer para toda la vida”, “Un matrimonio feliz es la mayor felicidad” y “tomarse de la mano y envejecer juntos”. No podía distinguir entre las cosas positivas y las negativas, y renuncié fácilmente a mi deber para buscar un matrimonio feliz. Si seguía así, al final perecería junto con Satanás. Pensándolo bien, aunque pudiera vivir en armonía con mi esposo, ¿qué sentido tendría? No cumpliría mi deber como ser creado ni entendería las verdades que se supone que debía entender. ¿Vivir toda mi vida hecha un desastre no sería solo una pérdida de tiempo? Entonces pensé en las palabras de Dios: “Durante decenas, millares, decenas de millares de años hasta ahora, las personas han malgastado así su tiempo; nadie ha creado una vida perfecta”. La vida que estaba buscando no tenía sentido, y no pude evitar reflexionar: ¿cuál es la vida más hermosa? ¿Cómo debe vivir realmente una persona para que su vida tenga sentido?

Entonces, leí dos pasajes de las palabras de Dios, y en ellos encontré un rumbo para mi vida. Dios Todopoderoso dice: “Sin embargo, hay quienes erróneamente convierten en su misión en la vida perseguir la felicidad conyugal o cumplir con las responsabilidades hacia su pareja, así como cuidarla, atenderla, valorarla y protegerla, y la consideran su cielo, su vida; eso es una equivocación. Tu porvenir reside bajo la soberanía de Dios y no lo rige tu pareja. El matrimonio no puede cambiar tu sino ni el hecho de que es Dios quien tiene soberanía sobre él. En cuanto a la perspectiva de vida que debes tener y la senda que has de seguir, debes buscarlas en las palabras de las enseñanzas y exigencias de Dios. Esas cosas no dependen de tu pareja y no las decide ella. Aparte de cumplir con sus responsabilidades hacia ti, no debe tener control sobre tu porvenir, pedirte que cambies de rumbo en la vida, ni decidir qué senda debes seguir o qué perspectiva de vida has de tener, y mucho menos debe limitarte u obstaculizar tu búsqueda de la salvación. En lo que respecta al matrimonio, lo único que puede hacer la gente es aceptarlo de parte de Dios y atenerse a la definición de este que Él ha ordenado para el hombre, en la que tanto el marido como la mujer cumplen con sus responsabilidades y obligaciones el uno con el otro. Lo que no pueden hacer es decidir el porvenir ni la vida anterior, actual o futura de su pareja, y mucho menos la eternidad. Tu destino, tu porvenir y la senda que sigues solo los puede decidir el Creador. Por lo tanto, como ser creado, ya tengas el rol de mujer o de marido, la felicidad que debes perseguir en esta vida radica en que cumplas con el deber de un ser creado y logres la misión que le corresponde a uno. No radica en el propio matrimonio y ni mucho menos en el cumplimiento de las responsabilidades de una mujer o un marido en el marco de este. Por supuesto, algo que debes entender es que la senda que escoges seguir y la perspectiva de vida que adoptas no deben basarse en la felicidad conyugal, y menos aún las debe determinar uno u otro miembro de la pareja. Así pues, la gente que se casa y solo persigue la felicidad conyugal, y considera esta búsqueda como su misión, debería desprenderse de tales pensamientos y puntos de vista, cambiar el modo en el que practica y variar el rumbo de su vida(La Palabra, Vol. VI. Sobre la búsqueda de la verdad. Cómo perseguir la verdad (11)). “Todas las personas deben buscar vivir una vida que tenga sentido y no deberían contentarse con sus circunstancias actuales. Deben llegar a vivir la imagen de Pedro, y deben poseer el conocimiento y las experiencias de Pedro. Deben buscar las cosas que son más elevadas y más profundas. Deben buscar un amor más profundo y más puro por Dios, y una vida que tenga valor y sentido. Solo esto es vida; solo entonces serán iguales a Pedro. Te debes enfocar en entrar de manera proactiva en el lado positivo y no debes ser pasivo y permitirte retroceder por conformarte con la comodidad temporal, ignorando al mismo tiempo verdades más profundas, más detalladas y más prácticas. Debes poseer un amor práctico y debes buscar todas las maneras posibles de liberarte de esta vida decadente y despreocupada que no es diferente a la de un animal. Debes vivir una vida que tenga sentido, una vida que tenga valor y no debes engañarte a ti mismo o tratar tu vida como un juguete con el que se juega. Para cualquiera que tenga determinación y ame a Dios, no hay verdades imposibles de alcanzar y ninguna rectitud por la que no pueda mantenerse firme. ¿Cómo deberías vivir tu vida? ¿Cómo debes amar a Dios y usar ese amor para satisfacer Sus intenciones? No hay asunto mayor en tu vida. Sobre todo, debes tener este tipo de determinación y perseverancia, y no debes ser un débil sin carácter. Debes aprender cómo experimentar una vida que tenga sentido y cómo experimentar verdades significativas, y de esa manera no deberías tratarte a ti mismo de manera superficial. Sin que te des cuenta, se te pasará la vida; después de eso, ¿tendrás aún esa clase de oportunidad para amar a Dios? ¿Puede el hombre amar a Dios una vez que haya muerto? Debes tener la misma determinación y conciencia que Pedro; debes vivir una vida con sentido y no jugar juegos contigo mismo. Como ser humano y como una persona que busca a Dios, debes considerar y abordar tu vida cuidadosamente, considerando cómo deberías ofrecerte a Dios, cómo deberías tener una fe más significativa en Él y cómo, ya que amas a Dios, lo debes amar de una manera que sea más pura, más hermosa y mejor. […] Debes sufrir adversidades por la verdad, debes sacrificarte por la verdad, debes soportar humillación por la verdad y debes padecer más sufrimiento para obtener más de la verdad. Esto es lo que debes hacer. No debes desechar la verdad en beneficio de disfrutar de armonía familiar y no debes perder toda una vida de dignidad e integridad por el bien de un disfrute temporario. Debes buscar todo lo que es hermoso y bueno, y debes buscar un camino en la vida que sea de mayor significado. Si llevas una vida tan terrenal y mundana y no tienes ningún objetivo que perseguir, ¿no es eso malgastar tu vida? ¿Qué puedes obtener de una vida así? Debes abandonar todos los placeres de la carne en aras de una verdad y no debes desechar todas las verdades en aras de un pequeño placer. Las personas así no tienen integridad ni dignidad; ¡su existencia no tiene sentido!(La Palabra, Vol. I. La aparición y obra de Dios. Las experiencias de Pedro: su conocimiento del castigo y del juicio). Después de leer las palabras de Dios, mi corazón se iluminó de repente, y sentí como si Dios mismo me estuviera guiando personalmente hacia el rumbo que mi vida debía tomar. Comprendí que el matrimonio no es mi destino, y que dentro del marco matrimonial, un esposo y una esposa solo cumplen sus responsabilidades el uno con el otro, se hacen compañía y se cuidan. En nuestra vida matrimonial, yo había lavado la ropa, cocinado y le había dado un hijo; había cumplido con mis responsabilidades y no le debía nada a mi esposo. Si él no se hubiera metido con mi fe, podríamos haber seguido viviendo juntos, siempre y cuando no obstaculizara mi deber. Pero si obstaculiza mi fe, entonces debo elegir cumplir mi deber como ser creado. No debo ver el matrimonio como mi destino ni depositar en él la felicidad de toda una vida. Ese es un punto de vista equivocado. Durante años, había tratado a mi esposo como si fuera mi todo. Cuando se opuso a mi fe, cedí y me rendí ciegamente, abandonando las reuniones e incluso mi deber. Caí completamente en la oscuridad, y me sentía vacía y con dolor. Había dedicado todo mi tiempo y energía a mantener un matrimonio feliz, por lo que no había leído muchas de las palabras de Dios y no entendía muchas verdades. Incluso había cometido transgresiones al realizar mi deber y desperdiciado varios años de mi vida. Ahora, mientras hago mi deber, asisto a las reuniones y comparto acerca de la palabra de Dios con mis hermanos y hermanas, siento paz y tranquilidad en mi corazón. También entiendo que, como ser creado, debo perseguir la verdad y cumplir mi deber. Esta es la vida que debo buscar. Pensé en cómo Pedro enfrentó la persecución de sus padres por su fe, pero se negó a ser constreñido por su familia y eligió resueltamente seguir a Dios. Al final, completó la comisión de Dios y obtuvo Su aprobación. También hubo muchos cristianos que renunciaron a todo para seguir al Señor, propagaron Su evangelio y gastaron toda sus vidas para Él. Mi corazón se sintió muy inspirado y oré a Dios: “Dios mío, yo también quiero dejar mi hogar para hacer mi deber y gastar mi vida entera para Ti. Te pido que me prepares una oportunidad”.

Un año después, cuando mi esposo vio que seguía decidida a creer en Dios y a realizar mi deber sin importar cuánto intentara detenerme, me pidió el divorcio. Le dije con calma: “Entonces, tomemos caminos separados y separémonos amistosamente”. Cuando mi esposo vio que iba en serio, se echó para atrás. Aceptó dejarme ir de casa para hacer mi deber, pero no se divorciaría de mí. Cuando me fui de casa, me sentí como un pájaro liberado de su jaula, por fin libre para volar. Puedo cantar himnos cuando quiero, comer y beber las palabras de Dios cuando quiero, y no tengo que preocuparme por nada, aunque vuelva tarde después de terminar mi deber. Todos los días siento un gran gozo en mi corazón al asistir a las reuniones y realizar mi deber con mis hermanos y hermanas. Este tipo de vida me hace sentir especialmente plena y feliz.

Ahora, hago mi deber a tiempo completo todos los días, me formo en varios deberes y tengo una comprensión mayor y más práctica de los principios-verdad que antes. También he logrado algunos avances en mi entrada en la vida. He llegado a apreciar genuinamente que la verdadera felicidad no proviene de un matrimonio feliz. En cambio, conocer al Creador, cumplir el deber de un ser creado para completar tu misión y tus responsabilidades, y entender la verdad para caminar por la senda de la salvación, esa es la verdadera felicidad. Al mismo tiempo, me siento especialmente afortunada de que, en este inmenso mar de gente, Dios me haya bendecido trayéndome de vuelta a Su casa, guiándome para entender la verdad y salvándome del torbellino del matrimonio. Desde el fondo de mi corazón, doy gracias a Dios por Su salvación, y resuelvo gastarme sinceramente para Dios de ahora en adelante y ¡vivir una vida con sentido!

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