46. Mi época realizando el deber de acogida

Por Ning Yu, China

Después de empezar a creer en Dios, fui líder y obrera en la iglesia, y más tarde, comencé a hacer el deber relacionado con textos. Ambos deberes me encantaban, sentía que eran deberes para gente con aptitud y que, al mencionarlos, siempre sonaba impresionante y respetable, y despertaba la envidia de los demás. Sobre todo a finales de 2016, cuando me ascendieron a hacer un deber en el equipo de corrección de textos de la casa de Dios, me sentí todavía más convencida de que tenía buena aptitud y talento para las letras, y que era adecuada para ese deber. En agosto de 2020, me destituyeron porque no cooperaba en armonía con los demás y por la falta de resultados en mi deber. Dio la casualidad de que en ese momento había varias obreras relacionadas con textos sin una familia de acogida adecuada, así que los líderes dispusieron que yo las acogiera mientras reflexionaba sobre mí misma. En cuanto oí que me pedían que hiciera el deber de acogida, me sentí un poco mal. “El deber de acogida es mera mano de obra, un deber para gente con poca aptitud y sin ninguna fortaleza. A fin de cuentas, yo he hecho el deber relacionado con textos durante varios años, tengo cierta aptitud y puntos fuertes. Incluso si me reasignan, no pueden pedirme que haga el deber de acogida. Pero, para mi sorpresa, ¡resultaba que los líderes me asignaron justo ese deber!”. En ese momento, no quise aceptarlo, pero reflexionaba sobre el hecho de que últimamente ya había retrasado el trabajo por no dar resultados al hacer el deber relacionado con textos. La casa de Dios no me había pedido cuentas y aun así me permitía realizar el deber de acogida; eso ya era la gracia de Dios. Sería irracional ponerme quisquillosa, así que no me quedó más remedio que someterme por el momento. Las primeras dos semanas, preparaba la comida a su hora y limpiaba las habitaciones todos los días, y después hacía mis prácticas devocionales y leía las palabras de Dios. Sentía que realizar el deber de esa manera también estaba bastante bien. Sin embargo, poco a poco, al ver a mis hermanas sentadas frente a sus computadoras realizando sus deberes todo el día mientras yo andaba entre ollas y sartenes, y me pasaba los días con un delantal, un trapeador y un bote de basura, empecé a sentirme cada vez más resentida. Pensaba: “El deber de acogida es puro trabajo físico. Cualquier hermano o hermana que sepa cocinar puede hacerlo, no se necesita ninguna aptitud ni fortaleza. En cambio, el deber relacionado con textos es un trabajo mental, ¡y hay una diferencia de nivel clarísima entre eso y el trabajo físico del deber de acogida!”. Cuanto más lo pensaba, más me resistía a realizar el deber de acogida.

Una vez, la hermana Chen me pidió que la ayudara a sacar la basura, me sentí como si fuera una sirvienta y noté que la cara me ardía. Sentí todavía más que hacer este deber era algo inferior. A veces, las hermanas me invitaban a sus reuniones, pero como yo sentía que estaba haciendo el deber de acogida y era inferior a ellas, no me atrevía a sincerarme sobre mi estado cuando compartíamos. Era un tormento. Recordé que, en los años que hice el deber de textos, los hermanos y hermanas me admiraban y envidiaban dondequiera que iba. Ahora, en el deber de acogida, ya nadie me admiraba. Cuanto más lo pensaba, más sentía que mi deber no tenía sentido. Incluso llegué a pensar: “En lugar de hacer el deber de acogida aquí, sería mejor volver a mi iglesia local. Quizá allí todavía podría hacer el deber de textos, y los hermanos y hermanas me admirarían y envidiarían”. Una vez, la supervisora vino a casa, me saludó y entró directamente en la habitación de las hermanas. Cuando cerró la puerta, sentí de golpe que me dejaban fuera, como si yo no estuviera a su altura. Ellas hacían el deber relacionado con textos, tenían un estatus y un nivel superiores al mío y eran valoradas por los demás, mientras que yo solo hacía un deber físico insignificante, inferior al de ellas. Ese contraste tan fuerte me desgarraba el corazón, y el dolor era indescriptible. Después de la reunión, la supervisora se fue deprisa, sin preguntarme por mi estado últimamente. Yo sabía que estaba muy ocupada con su trabajo, así que era normal que no preguntara, pero aun así me sentí bastante decaída. Me acordé de cómo, cuando hacía el deber relacionado con textos, la supervisora me preguntaba por mi estado de vez en cuando, nos compartía la verdad para resolver nuestros problemas e incluso me consultaba sobre algunos asuntos. Pero ahora, yo solo era una anfitriona, y ya nadie me prestaba atención. Por mucho que hiciera o lo bien que lo hiciera, nadie se enteraría. ¿Acaso iba a pasarme así el resto de mis días? Pensar en eso era un tormento, y sentía con más fuerza que el deber de acogida y el deber relacionado con textos no estaban al mismo nivel. Cada vez me resistía más a hacer el deber de acogida. Después de aquello, ya no era tan proactiva al preparar la comida. Si estaba de buen humor, cocinaba a tiempo; si no, pues no. Tampoco limpiaba con el mismo esmero, siempre buscaba escatimar esfuerzos. Hacía todo sin poner atención y, al final del día, me sentía muy agotada y vacía por dentro. De tan distraída que andaba, ni siquiera me di cuenta de que el desagüe de la cocina se había salido de la tubería principal de aguas residuales, haciendo que el agua sucia empezara a derramarse directamente al suelo y a filtrarse a la casa del vecino de abajo. Vinieron a nuestra puerta varias veces. Como el gran dragón rojo andaba buscando creyentes por todas partes y ofrecía recompensas por denunciarlos, cada vez que venía alguien, las hermanas tenían que guardar deprisa sus computadoras y parar de trabajar, y eso retrasaba la realización de sus deberes. En esa época, yo andaba adormilada todo el día y con un gran tormento en mi corazón.

Una mañana, mientras cocinaba, una paloma blanca se posó en el alféizar de la ventana de la cocina. Tenía las plumas de un blanco puro y se mantuvo firme ahí, con la cabeza erguida y el pecho inflado, mirándome con sus ojos negros y penetrantes. Al rato, se fue volando con un aleteo. De repente, una ola de desolación inundó mi corazón. ¡Ni siquiera vivía con la libertad y la alegría de un pájaro! Sin darme cuenta, se me llenaron los ojos de lágrimas. Y fue entonces cuando recordé un pasaje de las palabras de Dios: “Yo me deleito en la observación del vuelo de las pequeñas aves en el cielo. Aunque ellas no han puesto su determinación ante Mí ni tienen palabras que ‘proveerme’, encuentran disfrute en el mundo que Yo les he dado. El hombre, sin embargo, es incapaz de esto y su rostro está lleno de melancolía; ¿será que Yo le debo una deuda impagable? ¿Por qué está siempre su rostro cubierto de lágrimas?(La Palabra, Vol. I. La aparición y obra de Dios. Las palabras de Dios al universo entero, Capítulo 34). Las palabras de Dios me atravesaron el corazón y me sentí apenada y avergonzada. Un pájaro considera el mundo que Dios le ha dado como su paraíso y vive sin preocupaciones, capaz de manifestar la gloria de Dios en su corta vida. Y yo, aunque también era un ser creado, no podía someterme a la soberanía y los arreglos de Dios. La supervisora había dispuesto que yo hiciera el deber de acogida según mi situación real y las necesidades del trabajo. Era algo bueno para mí y para el trabajo de la iglesia, pero yo me había estado resistiendo todo el tiempo, porque creía que hacer el deber de acogida no me daba ninguna oportunidad de destacar ni de que me vieran, y que nadie me iba a valorar ni a admirar. Por eso, fui negligente e irresponsable, no cuidé bien el entorno y perturbé a mis hermanas en sus deberes. ¡Qué rebelde contra Dios había sido! Con lágrimas en los ojos, me arrodillé y oré: “¡Oh, Dios!, he estado rebelándome contra Ti todo este tiempo y me he resistido mucho a hacer el deber de acogida. Siempre siento que realizar este deber me hace inferior a los demás y mi corazón nunca puede someterse. Oh, Dios, no quiero tratar así mi deber, pero yo sola no puedo cambiar. Te pido que me guíes para entender Tus intenciones y así poder someterme ante Ti”.

Durante mis prácticas devocionales, leí un pasaje de las palabras de Dios. Dios Todopoderoso dice: “Sea cual sea tu deber, no discrimines entre lo superior y lo inferior. Supongamos que dices: ‘Aunque esta tarea es una comisión proveniente de Dios y la obra de Su casa, si la hago, la gente podría menospreciarme. Otros llevan a cabo una obra que les permite destacar. Se me ha asignado esta tarea que no me permite destacar, sino que me hace trabajar entre bastidores, ¡es injusto! No haré este deber. Mi deber tiene que hacerme destacar ante los demás y permitirme forjarme un nombre, y aunque no me forje un nombre ni me haga destacar, debería recibir algún beneficio de él y sentirme cómodo físicamente’. ¿Es aceptable esta actitud? Ser quisquilloso es no aceptar cosas de parte de Dios; es tomar decisiones de acuerdo con tus propias preferencias. Esto no es aceptar tu deber; es rechazarlo, es una manifestación de tu rebeldía contra Dios. Tal quisquillosidad es adulterada con tus propias preferencias y deseos. Cuando consideras tu orgullo y tu estatus, tus propios intereses, y otras cosas similares, tu actitud hacia tu deber no es de sumisión. ¿Qué actitud debes tener ante tu deber? Primero, no debes analizar quién te lo asignó, sino que debes aceptarlo de parte de Dios: es una comisión de Dios, es tu deber y has de someterte a las instrumentaciones y los arreglos de Dios y aceptar tu deber. Segundo, no discrimines entre lo superior y lo inferior, y no te preocupes por cuál es la naturaleza del deber, si te permite destacar o no, si se realiza delante de la gente o entre bastidores. No tomes en consideración estas cosas. Existe además otro aspecto en esta actitud: la sumisión y la cooperación activa(La Palabra, Vol. III. Discursos de Cristo de los últimos días. ¿Cuál es la realización del propio deber acorde al estándar?). Al reflexionar sobre las palabras de Dios, fue como si un rayo de luz por fin entrara en mi corazón, que había estado tanto tiempo a oscuras. Dios requiere que la gente tenga el punto de vista y la actitud correctos hacia su deber, que sean capaces de aceptarlo de parte de Dios sin importar cuál sea, que no actúen según sus propias preferencias, y que estén dispuestos a aceptarlo, someterse y mostrar devoción por él. Tratar el deber según las preferencias de uno, aceptarlo cuando te pone en el centro de atención y resistirte cuando no lo hace, es rechazar el deber; es rebelarse contra Dios. Reflexioné sobre mi actitud hacia mi deber. Siempre era quisquillosa según mis preferencias, sin someterme en absoluto. Creía que ser líder u obrera, o hacer el deber relacionado con textos, haría que los demás me estimaran y valoraran, y me daría prestigio, así que lo aceptaba encantada. Ahora me habían asignado el deber de acogida. Como sentía que era trabajo físico al servicio de otros, un trabajo inferior, y que por muy bien que lo hiciera no destacaría ni sería estimada y valorada por los demás, me pareció humillante y vergonzoso, y simplemente no podía someterme. Cuando mi hermana me pidió que ayudara a sacar la basura, pensé que me estaba dando órdenes. Y cuando me reunía con las hermanas, también me sentía inferior a ellas y no estaba dispuesta a participar. Hasta lamenté estar haciendo el deber de acogida. Pensé que yo solo era un diminuto ser creado, sin ningún estatus del que hablar. La supervisora me asignó este deber y lo razonable habría sido aceptarlo de parte de Dios y someterme. Pero fui quisquillosa según mis preferencias, puse el corazón en hacer un deber relacionado con textos para ganarme la estima de los demás, y me resistía y era negligente con el deber de acogida. Realmente, no tenía nada de conciencia ni de razón. ¿Cómo no iba Dios a detestarme y aborrecerme? Había caído en la oscuridad y vivía con un dolor insoportable. Y todo porque me importaban demasiado mi imagen y mi estatus, y no me sometía a Dios. Solo entonces entendí la meticulosa intención de Dios al hacer que la líder me asignara el deber de acogida. Era para revelar mi carácter corrupto y podar mi deseo de estatus, para impulsarme a reflexionar, a conocerme y a tener un arrepentimiento y una transformación verdaderos. Este deber era, en efecto, lo que yo necesitaba y era beneficioso para mi entrada en la vida. No podía seguir rebelándome contra Dios. ¡Solo deseaba someterme a las orquestaciones y arreglos de Dios, y cumplir mi deber para confortar Su corazón!

Durante ese tiempo, a menudo reflexionaba sobre un pasaje de las palabras de Dios: “Toda la vida de las personas está en las manos de Dios y de no ser por su determinación ante Él, ¿quién estaría dispuesto a vivir en vano en este mundo vacío del hombre? ¿Por qué preocuparse? Si entran y salen apresuradamente del mundo, si no hacen nada por Dios, ¿no habrán malgastado toda su vida? Aunque Dios no considere tus acciones dignas de mención, ¿no esbozarás una sonrisa de satisfacción en el momento de tu muerte? Deberías buscar el progreso positivo, no la regresión negativa; ¿no es esta una práctica mejor?(La Palabra, Vol. I. La aparición y obra de Dios. Revelaciones de los misterios de “Las palabras de Dios al universo entero”, Capítulo 39). Al reflexionar sobre las palabras de Dios, me sentí muy animada. Poder hacer mi deber en la época en que Dios se ha hecho carne para obrar en los últimos días es lo más significativo de todo. No importa qué deber realice, la clave es tener las intenciones correctas, ocupar el lugar apropiado ante Dios, no ser quisquillosa en los deberes según mis gustos y ser capaz de someterme a Dios y satisfacerlo. Eso es lo más importante. Cuanto más reflexionaba sobre las palabras de Dios, más me conmovía, más en deuda me sentía con Él y más aborrecía mi propia rebeldía. Empecé a estar dispuesta a hacer el deber de acogida. Después de eso, cada día preparaba las comidas a su hora, mantenía bien el entorno y limpiaba la casa para que mis hermanas se sintieran como en su hogar. Al practicar de esta manera, sentí que mi relación con Dios se hacía más cercana. Sin embargo, como no conocía de verdad la esencia-naturaleza de mí misma, al cabo de un tiempo, volví a vivir en un estado incorrecto.

Un día, me enteré sin querer de que a una hermana, a quien como a mí le habían reasignado el deber de acogida, la habían pasado a un deber relacionado con tecnología de internet. En ese momento, mi corazón se alborotó. “Otras hacen este deber por un tiempo y luego les asignan otro, ¿por qué la supervisora no me asigna otro deber? Con que me dejara volver a mi iglesia local para hacer el deber relacionado con textos, me conformaría; al menos sonaría más respetable que hacer el deber de acogida. Ahora estoy aquí ocupada todo el día, haciendo tareas físicas y de baja categoría, y por mucho que me esfuerce, nadie me admira. En esto no hay futuro. ¿Y si hablo con la supervisora y le pido que me reasigne?”. Pero luego pensé que hacer eso no sería razonable. Lo pensé una y otra vez, y me sentía intranquila incluso mientras cocinaba. Un día, estaba distraída y cociné demasiados fideos; mis hermanas tardaron tres comidas en terminarlos. Esto me hizo sentir totalmente humillada. Ni siquiera podía cocinar bien, ¿qué más podía hacer? Me sentí aún más dolida y negativa. Un día, fui al mercado a comprar y me encontré con la hermana Xiao, que hacía el deber de asuntos generales. Al verla en su bicicleta bajo un sol abrasador, abriéndose paso entre la gente con una expresión de alegría en su rostro, sentí mucha envidia. Luego me miré a mí misma, con cara larga todo el día, incapaz de estar contenta. No pude evitar reflexionar: “Las dos estamos haciendo deberes de asuntos generales en la iglesia, ¿cómo es que ella puede someterse? ¿Cómo puede estar tan alegre? ¿Por qué yo nunca puedo someterme de verdad?”. Durante ese tiempo, no dejaba de pensar en ello, y también oré a Dios, pidiéndole que me guiara para entender la verdad sobre este asunto.

Durante mis prácticas devocionales, leí las palabras de Dios. Dios Todopoderoso dice: “En vuestra búsqueda tenéis demasiadas nociones, esperanzas y perspectivas personales. La obra se realiza de esta manera ahora para lidiar con vuestro deseo de estatus y vuestros deseos extravagantes. Estas esperanzas, este deseo de estatus y estas nociones son todos epítomes de las actitudes satánicas. […] Durante muchos años, los pensamientos en los que se han apoyado las personas para sobrevivir han corroído sus corazones hasta el punto de volverse astutas, cobardes y despreciables. No solo no poseen fuerza de voluntad ni determinación, sino que también se han vuelto avariciosos, arrogantes y caprichosos. Carecen absolutamente de cualquier determinación para trascender el yo y, más aún, de la menor pizca de valor para librarse de las limitaciones de esas influencias oscuras. Los pensamientos y la vida de las personas están tan podridos que sus perspectivas de creer en Dios siguen siendo insoportablemente horribles, e incluso extremadamente ofensivas para el oído. Todas las personas son cobardes, ineptas, despreciables y frágiles. No aborrecen a las fuerzas de la oscuridad ni sienten amor por la luz y la verdad, sino que se esfuerzan al máximo por expulsarlas(La Palabra, Vol. I. La aparición y obra de Dios. ¿Por qué no estás dispuesto a ser un contraste?). “Para un anticristo, el estatus, el poder y el prestigio son los intereses más importantes y los equipara con su propia vida. Cuando destituyen a un anticristo, cuando pierde su cargo de ‘líder’ y deja de tener estatus significa que ha perdido su poder y prestigio y que ya no recibirá el trato especial de que lo estimen, apoyen y admiren. Para un anticristo, que considera que el estatus y el poder son como la vida misma, es absolutamente inaceptable(La Palabra, Vol. IV. Desenmascarar a los anticristos. Punto 12: Quieren retirarse cuando no tienen estatus ni esperanza de recibir bendiciones). Al compararme con las palabras de Dios, reflexioné sobre mí misma, y solo entonces vi que la raíz de mi incapacidad para someterme de verdad al deber de acogida era que vivía según venenos satánicos como “El orgullo es tan necesario para la gente como respirar”, “El hombre deja su reputación allá por donde va, de la misma manera que un ganso grazna allá por donde vuela”, “El hombre lucha hacia arriba; el agua fluye hacia abajo” y “Los que se esfuerzan con su mente gobiernan al resto, y los que se esfuerzan con sus manos son los gobernados”. Todo era por mi constante búsqueda de imagen y estatus. Influenciada y condicionada por estos venenos satánicos, antes de creer en Dios, la meta que me había fijado era ir a la universidad y encontrar un trabajo respetable para que los demás me tuvieran en alta estima y me respetaran. Yo sentía que solo viviendo así la vida tenía valor y sentido, y que si me pasaba toda la vida como mano de obra, recibiendo órdenes y siendo menospreciada, la vida no tendría propósito. Sin embargo, por distintas razones, no entré en una buena escuela y solo pude dedicarme a la agricultura en casa. Como no quería ser mano de obra, encontré un puesto de maestra sustituta en una escuela. Aunque el sueldo no era alto, el trabajo era respetable. Después de empezar a creer en Dios, seguí viviendo según esos venenos satánicos. Dividí los deberes de la casa de Dios en diferentes rangos, y solo me gustaba hacer los que me daban protagonismo y hacían que la gente me admirara. Creía que el deber de acogida era ser mano de obra e inferior, así que quería eludirlo y rechazarlo. Estaba controlada por esos venenos satánicos. Mi visión de la vida y mis valores se distorsionaron, y mi corazón se obsesionó con perseguir la fama y el estatus. Consideraba mi orgullo y mi estatus por encima de todo, y cuando no los conseguía, sentía que la vida no tenía propósito y era muy dolorosa. Pensé en que, cuando hacía el deber relacionado con textos, mi estado siempre era malo porque no paraba de perseguir la fama y el estatus, no podía cooperar en armonía con los demás, era ineficaz en mi deber y, por consiguiente, me destituyeron. Si no se resolvía este aspecto de mi carácter corrupto, sin importar qué deber hiciera, tarde o temprano fracasaría y caería. Pero no reflexioné sobre mi corrupción para resolverla, ni me planteé cómo hacer bien el deber de acogida. Mi corazón estaba puesto en hacer el deber relacionado con textos para satisfacer mi deseo de fama y estatus. Me resistía, era negligente y me faltaba devoción en mi deber de acogida. Era especialmente egoísta y despreciable, ¡realmente sin un ápice de humanidad ni de razón! Pensé en cómo había renunciado a mi familia y a mi carrera durante más de una década por mi deber, y una sola reasignación de mi deber había revelado mi verdadera estatura. Solo entonces vi que todo lo que yo solía decir eran solo palabras y doctrinas, sin la más mínima realidad-verdad. De repente, me sentí muy patética. Recordé cómo los anticristos persiguen obstinadamente la fama y el estatus y, sin importar cuántas podas, destituciones y reasignaciones enfrenten, nunca renuncian a sus ambiciones y deseos; al contrario, cometen muchas acciones malvadas y, al final, Dios los descarta. ¿Acaso no estaba siguiendo sus pasos? La senda que yo recorría era la de un anticristo. Si no rectificaba, ¡al final Dios me desdeñaría y me descartaría!

Durante mis prácticas devocionales, reflexioné aún más: “No puedo someterme de verdad al deber de acogida. ¿Qué otros puntos de vista erróneos tengo?”. Y leí las palabras de Dios: “Todo el mundo es igual ante la verdad. Quienes son ascendidos y cultivados no son mucho mejores que los demás. Todos han experimentado la obra de Dios alrededor del mismo tiempo. Aquellos que no han sido ascendidos ni cultivados también deben perseguir la verdad mientras cumplen con el deber. Nadie puede privar a nadie del derecho a perseguir la verdad. Algunos son más entusiastas en su búsqueda de la verdad y tienen cierta aptitud, por lo que son ascendidos y cultivados. Esto obedece a las necesidades de la obra de la casa de Dios. Entonces, ¿por qué tiene estos principios de ascender y usar a la gente la casa de Dios? Debido a que existen diferencias en el calibre y la calidad humana de la gente, y cada persona elige una senda distinta, esto conduce a diferentes resultados en la fe de las personas en Dios. Los que persiguen la verdad se salvan y se convierten en el pueblo del reino, mientras que los que en absoluto aceptan la verdad, los que no son leales al hacer su deber, son descartados. La casa de Dios cultiva y utiliza a las personas en función de si persiguen o no la verdad y de si son leales al hacer su deber. ¿Existe alguna distinción de jerarquía entre las diversas personas en la casa de Dios? De momento, no hay jerarquía en cuanto a estos diversos puestos, valía, estatus o prestigio de las personas. Al menos mientras Dios obra para salvar y guiar a la gente, no hay diferencia entre los diversos rangos, puestos, valía o estatus de las personas. Lo único distinto es la división del trabajo y las funciones desempeñadas en el deber. Por supuesto, durante este tiempo, algunas personas, de forma excepcional, son ascendidas y cultivadas para realizar tareas especiales, mientras que otras no reciben dichas oportunidades a causa de diversas razones como problemas con su calibre o su entorno familiar. ¿Pero acaso Dios no salva a quienes no han recibido dichas oportunidades? No es así. ¿Son su valía y su puesto inferiores a los de los demás? No. Todos son iguales ante la verdad, todos tienen la oportunidad de perseguir y recibir la verdad, y Dios trata a todos de forma justa y razonable(La Palabra, Vol. V. Las responsabilidades de los líderes y obreros. Las responsabilidades de los líderes y obreros (5)). Después de leer las palabras de Dios, entendí que todos somos iguales ante Él, todos somos seres creados, y no hay distinción de estatus ni rango según el deber que una persona realice. Ser líder o hacer un deber relacionado con textos no significa que la posición o el estatus de uno sean superiores a los de los demás, y desempeñar el deber de acogida o el de asuntos generales no significa que sea inferior. El deber de cada persona se asigna según su aptitud, sus fortalezas y las necesidades del trabajo de la iglesia. Los deberes son diferentes solo por la división del trabajo; no hay distinción entre estatus alto o bajo. Sin importar qué deber realice uno, lo que Dios valora es si se persigue y se gana la verdad; eso es lo fundamental. Al confrontarme con las palabras de Dios, vi que mi punto de vista era totalmente absurdo. Yo creía que en la casa de Dios, todos los que sirven como líderes y obreros, predican el evangelio o hacen el deber relacionado con textos son gente con calibre y puntos fuertes, que tienen un estatus alto y son distinguidos. En cambio, creía que quienes hacen el deber de acogida o de asuntos generales solo son mano de obra, tienen un estatus inferior y son de una clase más baja. Dominada por este punto de vista absurdo, me gustaba hacer el deber relacionado con textos, y cuando me pidieron que hiciera el de acogida, me sentí como si me hubieran relegado a un estante olvidado. Estaba triste, perdida y me costaba mucho someterme. No veía las cosas según las palabras de Dios, sino que consideraba los deberes de la casa de Dios desde la perspectiva de los no creyentes, dividiéndolos en diferentes rangos y despreciando el deber de acogida desde lo más profundo de mi corazón. Era realmente absurdo. ¡Ese era el punto de vista de un incrédulo! No importa qué deber hagamos, Dios espera que podamos perseguir la verdad mientras lo realizamos, y que lleguemos a contemplar a las personas y las cosas, y a comportarnos y actuar enteramente según las palabras de Dios, con la verdad como nuestro criterio. Pensé en los falsos líderes y anticristos que me rodeaban y que habían caído. Aunque eran líderes en la iglesia, como perseguían ciegamente el estatus y no se concentraban en perseguir la verdad, hicieron muchas cosas que trastornaron y perturbaron el trabajo de la iglesia. Nunca se arrepintieron y finalmente fueron descartados. En cambio, algunos hermanos y hermanas que hacían el deber de asuntos generales o de acogida, a pesar de no tener un estatus alto, eran capaces de someterse a los arreglos de la iglesia y realizar silenciosamente sus deberes. Después de un tiempo, podían progresar un poco en su entrada en la vida, y algunos incluso escribieron artículos de testimonios vivenciales. Me di cuenta de que no importa qué deber realice una persona, siempre que persiga la verdad y pueda someterse a las orquestaciones y arreglos de Dios, tendrá Su esclarecimiento y guía. Pensé en que había creído en Dios durante tantos años y, cuando me reasignaron el deber, no pude ver el asunto según Sus palabras, sino que lo juzgué basándome en mis propios puntos de vista falaces. No fui capaz de cumplir el deber de acogida con lealtad y no mostré ninguna sumisión a Dios. Si seguía así, sin dar marcha atrás, al final también sería descartada. Tenía que centrarme en buscar y practicar la verdad en mi deber, y no podía rebelarme más contra Dios. Después de eso, oraba, leía las palabras de Dios y escuchaba himnos a menudo, y mi relación con Él se volvió mucho más cercana. Cada vez que tenía alguna dificultad, me sinceraba y buscaba a mis hermanas. Ellas compartían conmigo y me ayudaban, y sentí que mi relación con ellas también se hacía más estrecha. También me centré en entrenarme para buscar la verdad y practicarla en las cosas que me sucedían, preparaba la comida a tiempo, mantenía la casa limpia y hacía bien el trabajo de seguridad y protección, y me esforzaba al máximo para ofrecer a mis hermanas un entorno tranquilo, cómodo y seguro para que hicieran sus deberes. A veces, cuando mis hermanas terminaban sus deberes, también me ayudaban con la limpieza, y si veían que estaba muy ocupada cocinando, se ofrecían a ayudar de forma proactiva. Cuando cambié mi punto de vista, corregí mi actitud y me sometí, mi corazón se sintió liberado.

Un día, la supervisora recién elegida para el trabajo relacionado con textos vino a mi casa. Vi que era la hermana Chen, con quien había cooperado dos años atrás. Además de la sorpresa, mi corazón se alborotó de nuevo. “A la hermana Chen también la destituyeron el año pasado, y después de reflexionar un tiempo, ha vuelto a hacer el deber relacionado con textos, ¡y esta vez hasta la eligieron supervisora! Pero mírame: desde que me reasignaron, he estado aquí haciendo el deber de acogida todo este tiempo. Otras están ascendiendo, mientras yo voy cuesta abajo. ¡Realmente no hay comparación!”. Al pensar esto, volví a sentir que hacer el deber de acogida era vergonzoso. En ese momento, me di cuenta de que mi estado no era correcto, así que oré rápidamente a Dios pidiéndole que protegiera mi corazón. Después, leí las palabras de Dios: “En términos generales, formas parte de la obra del plan de gestión de Dios; más específicamente, estás trabajando en sintonía con las necesidades de las diversas clases de trabajo que Dios lleva a cabo en diferentes momentos y entre diferentes grupos de personas. Con independencia de cuál sea tu deber, es una misión que te ha encomendado Dios. A veces se te puede pedir que cuides o que mantengas a buen recaudo un objeto importante. No se trata de un asunto de gran importancia, solo se puede decir que es responsabilidad tuya, pero es una tarea que Dios te ha encargado a ti; la has aceptado de parte de Él y ahora es tu deber. […] En cualquier caso, mientras tenga relación con la obra de Dios y con las necesidades de la obra de difundir el evangelio, la gente debería aceptarlo como un deber de parte de Dios. El deber, explicado en términos incluso más generales, es la misión de una persona, una comisión que le ha encomendado Dios; más en concreto, es tu responsabilidad, tu obligación. Dado que se trata de tu misión, de una comisión que te encomienda Dios, y es tu responsabilidad y obligación, hacer tu deber no tiene nada que ver con tus asuntos personales(La Palabra, Vol. III. Discursos de Cristo de los últimos días. ¿Cuál es la realización del propio deber acorde al estándar?). Al leer las palabras de Dios, entendí que la oportunidad de que la gente haga su deber es la gracia y la exaltación de Dios. Él ha venido a la tierra para llevar a cabo la obra de salvar a la humanidad. Es una empresa inmensa y hay muchos deberes que requieren la cooperación de las personas, como ser líderes y obreros, predicar el evangelio, acoger, etcétera. Cada deber es importante. No hay deberes grandes o pequeños, ni altos o bajos, ni nobles o viles. Tanto si uno se dedica al trabajo mental como al físico, todo ello es cumplir con nuestra responsabilidad ante Dios. Aunque yo no destacaba haciendo el deber de acogida, poder permitir que todos realizaran sus deberes con tranquilidad también es cumplir la responsabilidad y el deber de un ser creado. Desde el fondo de mi corazón, dejé de resistirme al deber de acogida, y ya no sentía que fuera simplemente ser mano de obra ni que se tratara de un trabajo inferior. Mientras hacía mi deber, también podría dedicar más de mis pensamientos a reflexionar sobre mi estado y buscar la verdad. Me sentía muy en paz realizando mi deber de esta manera.

No imaginé nunca volver a hacer el deber relacionado con textos después de un tiempo. Esos días en el deber de acogida se han convertido en un precioso recuerdo en mi corazón. Fue la guía de las palabras de Dios lo que me permitió obtener discernimiento de los puntos de vista falaces que había detrás de mi búsqueda y entender que no hay deberes altos o bajos, ni nobles o viles. No importa a qué deber te enfrentes, debes aceptarlo y someterte. Ser capaz de perseguir la verdad y ofrecer la propia devoción, eso es lo que Dios valora.

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