64. Mi enfermedad fue una bendición de Dios
En abril de 2017, fui al hospital a hacerme una revisión médica y descubrí que tenía hepatitis B. Mi nivel de transaminasas era alto, de unos 220 U/L, y tenía hepatitis B activa. La iglesia tuvo en cuenta mi afección y dispuso que regresara a casa para recibir tratamiento. Mientras hacía la maleta, vi a los dos hermanos con los que había estado colaborando que estaban charlando y riendo, mientras hablaban del trabajo. Sentí una sensación de desolación y pensé: “Ahora que la obra de Dios está por llegar a su fin, este es un momento crucial para que cumplamos nuestro deber y preparemos buenas obras. Pero, en cambio, yo me voy a casa a recuperarme. Si me quedo en casa uno o dos años y no puedo cumplir ningún deber, ¿cómo podré preparar buenas obras? Cuando acontezca una catástrofe, no cabe duda de que me quedaré atrapado en ella. Si muero, ¿no habría sido en vano mi fe en Dios? Dejé mi casa para cumplir mi deber menos de un año después de que empecé a creer en Dios. Independientemente del deber que me asignara la iglesia, nunca fui selectivo y siempre me esforcé por intentar hacerlo mejor. En especial, había estado cumpliendo el deber de edición durante los últimos seis meses. A menudo me levantaba temprano y me iba a acostar tarde. Nunca me rendía ante las dificultades y me esforzaba por aprender las habilidades profesionales del deber. Había obtenido algunos resultados en mis deberes. Había cumplido mi deber con mucho entusiasmo y de forma muy activa, así que ¿por qué Dios no me protegió? ¿Por qué permitió que contrajera esta enfermedad?”. Realmente no lo entendía. Al levantar la cabeza para mirar a los dos hermanos, sentí envidia de que tuvieran buena salud y pudieran seguir cumpliendo sus deberes allí. En cambio, yo estaba a punto de abandonar el lugar donde había estado cumpliendo mi deber para regresar a casa. Sentía que tenía un futuro muy lúgubre y estaba totalmente desanimado, me sentía paralizado y sin fuerza alguna. Cuando pensaba en que esta era la etapa final de la obra de Dios, la única oportunidad de salvación para la humanidad, y que yo había tenido la suerte de vivir en esta época, realmente no quería rendirme como si nada. Tenía que empezar el tratamiento con urgencia en cuanto llegara a casa y regresaría a cumplir mis deberes apenas me curara de mi enfermedad. Así podría preparar más buenas obras y tener una esperanza más grande de ser salvo.
Después de regresar a casa, oí que la medicina china era muy eficaz para tratar la hepatitis B, así que le pedí de inmediato a mi padre que me la consiguiera. Además, no dejé de aprender técnicas relacionadas con el deber que había estado realizando al pensar que, una vez que me curara, podría regresar para volver a cumplir mi deber. Tomé mi medicina puntualmente, tal como me lo había indicado el médico, con la esperanza de que mejoraría pronto. Un mes después, fui con muchas expectativas al hospital a hacerme una revisión. Cuando recibí los resultados de la revisión médica, vi que mi nivel de transaminasas no había bajado en absoluto. Sencillamente, no me lo podía creer y pensé: “He tomado la medicina a tiempo durante todo este mes. ¿Por qué no he mejorado en absoluto de mi afección? ¿Por qué Dios no me ha bendecido?”. Pasado un tiempo, hacia agosto, una hermana me habló de una planta llamada apio silvestre, que algunas personas usaban para curar la hepatitis B. Me emocioné mucho al oír esto. Aunque la hermana me advirtió de forma reiterada de que esa planta era muy tóxica y podía poner en peligro mi vida si no la procesaba de forma adecuada, quise probarla de todas maneras. Pensé que, si podía curarme de mi enfermedad, valía la pena el riesgo. De forma inesperada, no tuvo ningún efecto y me sentí totalmente abatido. No lograba entender por qué estaba pasando esto. A partir de entonces, me hundí en la negatividad. No tenía nada que decir en mis oraciones, que eran realmente secas, comía y bebía menos las palabras de Dios, no quería seguir aprendiendo las técnicas que había insistido en estudiar antes y siempre me faltaba motivación.
Hacia noviembre, un hermano me trajo una receta para un medicamento y me dijo que era específicamente para tratar la hepatitis B. Tenía muchas ganas de probarlo, pero, al recordar el fracaso del tratamiento anterior con el apio silvestre, pensé: “¿Será porque me estoy centrando solo en tomar medicamentos y casi no oro nunca? Parece que, durante el tratamiento, tengo que orar más a Dios. Tal vez, Dios me bendiga y me cure si ve mi corazón sincero”. Tomé la receta y fui sin demora a conseguir el medicamento. Por muy amarga que fuera la medicina, lo soportaba y la tomaba. Durante esa época, oré a Dios muchas veces y le dije que quería volver a cumplir mi deber y a perseguir la verdad con sinceridad. Esperaba conmover el corazón de Dios con esa actitud tan “sincera” para que me bendijera y pudiera recuperarme de mi enfermedad. Un mes después, cuando fui a buscar los resultados de la revisión médica, el doctor me dijo: “Te hemos hecho dos pruebas. Tu carga viral es muy alta. ¡Tu nivel de transaminasas hasta está por encima de los 1 200!”. Pensé: “Para empezar, un nivel de transaminasas de más de 200 ya era muy grave. ¿Qué puede significar un nivel de más de mil?”. Me quedé paralizado y recordé que alguien dijo que, si no se controlaba adecuadamente, la hepatitis B podía derivar en cirrosis o hasta en cáncer de hígado. ¿Me daría también cáncer de hígado? Cuando lo pensé, sentí un miedo y una impotencia terribles. Pensé en cómo había orado a Dios con frecuencia durante el mes anterior para que me curara, pero ahora no solo no había mejorado de mi afección, sino que había empeorado. Estaba claro que no era una simple coincidencia que me hubiera dado contra la pared, una y otra vez. Todo este tiempo, solo había querido curarme y pensaba que, como quería ponerme bien para cumplir mi deber, eso estaba justificado. Sin embargo, nunca me había preguntado si eso estaba de acuerdo con las intenciones de Dios. Empecé a pensar: “La intención de Dios puede estar en que mi afección haya empeorado de forma repentina. No puedo seguir siendo obstinado e impenitente. Tengo que orar, buscar la intención de Dios y aprender mi lección”. Así que clamé con sinceridad a Dios en mi corazón: “Dios mío, mi enfermedad ha empeorado con Tu permiso. Aunque todavía no entiendo por qué está ocurriendo esto, sé en mi corazón que lo que estoy buscando seguramente no está de acuerdo con Tu intención. Te ruego que me guíes para captar Tu intención y no rebelarme contra Ti”. Me senté aturdido en un escalón del hospital y clamaba sin cesar a Dios en mi corazón. De repente, recordé unas palabras de Dios que había leído antes: “Todo lo que Dios hace es verdaderamente necesario y posee un sentido extraordinario, porque todo lo que lleva a cabo en el hombre concierne a Su gestión y la salvación de la humanidad. Naturalmente, la obra que Dios realizó en Job no es distinta, aunque Job era perfecto y recto a los ojos de Dios” (La Palabra, Vol. II. Sobre conocer a Dios. La obra de Dios, el carácter de Dios y Dios mismo II). Job perdió todos sus bienes y sus hijos, y cayó enfermo, lo que hizo que su carne padeciera un dolor extremo. Desde la perspectiva de la gente mundana, lo que le pasó a Job no fue algo bueno, sino algo malo. Sin embargo, Job temía a Dios. No se quejó de Él, fue capaz de someterse y alabó el nombre de Dios. Después de experimentar esas pruebas, Job adquirió cierta comprensión de Dios, su fe y el temor que le tenía a Dios crecieron, y luego Dios se le apareció. ¡Qué gran bendición fue esa! Al meditar en esto, entendí que, por muy grave que sea la enfermedad o la adversidad que uno sufra, o por mucho sufrimiento que deba padecer, si uno puede perseguir la verdad y buscar la intención de Dios, al final, eso le permitirá obtener la verdad y lograr ciertas cosas. Las intenciones de Dios son buenas y Él no quiere fastidiar a nadie. Al entender la intención de Dios, una calidez surgió desde lo más profundo de mi corazón impotente y asustado, que se fue calentando y calmando de a poco. Tenía que imitar a Job, tener una actitud de sumisión y orar para buscar la intención de Dios. Creía que Dios me guiaría.
El ambiente del hospital era demasiado ruidoso, así que me levanté y fui al bosque que estaba cerca. Mientras caminaba por el bosque, no pude sino volver a preocuparme por mi afección. Pensé: “Este mes, mi nivel de transaminasas se ha disparado por encima de mil. Si sigue subiendo así y de veras se convierte en cáncer de hígado, ¿no se acabará todo para mí? Esta vez, ¿realmente me quitará Dios la vida?”. Al pensar en la muerte, mi corazón se resistió de modo subconsciente y pensé: “¿Por qué Dios quiere que muera? ¡Todavía soy joven! ¿Realmente va a terminar mi vida cuando no ha hecho más que empezar? Si no creyera en Dios, ¿me habría librado de pasar por esta prueba? ¿Me habría librado de padecer esta enfermedad? Aunque no me hubiera podido salvar, ¡al menos podría haber vivido unos años más!”. En ese momento, mi corazón dio un vuelco. Pensé: “¿Acaso no estoy quejándome de Dios?”. Oré a Dios de inmediato: “Dios mío, no quiero quejarme de Ti, pero mi corazón está constantemente limitado por la muerte. Te ruego que me guíes para tratar este asunto de manera correcta”. Después de orar, recordé un himno que solía cantar a menudo, titulado, “Un ser creado debería estar a merced de la instrumentación de Dios”:
1 No importa lo que Dios te pida, solo necesitas volcar todas tus fuerzas en ello, y espero que muestres tu devoción a Dios ante Él en estos últimos días. Siempre que puedas ver la sonrisa de satisfacción de Dios mientras está sentado en Su trono, aun si esta es la hora señalada de tu muerte, debes reír y sonreír mientras cierras los ojos. Mientras vivas, debes llevar a cabo tu deber final por Dios.
2 En el pasado, a Pedro lo crucificaron cabeza abajo por causa de Dios, pero tú debes satisfacer a Dios en estos últimos días y agotar toda tu energía por Él. ¿Qué puede hacer por Dios un ser creado? Debes entregarte a Dios con anticipación para que Él te instrumente como lo desee. Mientras Él esté feliz y complacido, permítele hacer lo que quiera contigo. ¿Qué derecho tiene el hombre de quejarse?
La Palabra, Vol. I. La aparición y obra de Dios. Revelaciones de los misterios de “Las palabras de Dios al universo entero”, Capítulo 41
Tarareé el himno en voz baja y se me llenaron los ojos de lágrimas de forma involuntaria. Dios me concedió la gracia de traerme a Su casa. He leído muchas de Sus palabras y sé que Dios creó al ser humano, cómo Satanás corrompió a la humanidad, cómo Dios ha ido salvando a la humanidad paso a paso y cómo Él purifica y transforma a las personas en los últimos días. Al hacer mi deber experimenté el esclarecimiento y la guía del Espíritu Santo y también llegué a comprender algunas verdades. Había recibido muchísimo de Dios, pero no le estaba agradecido en absoluto. Ahora que mi enfermedad había empeorado, me quejaba de Dios y hasta había pensado en arrepentirme de creer en Él. ¿Eso no estaba realmente rompiendo el corazón de Dios? ¿Acaso no era una traición? Todas las personas en el mundo se enfermarán, y hay muchísimas personas que no creen en Dios y padecen de enfermedades graves o de cáncer. Sin embargo, yo seguía quejándome y pensaba que, si no hubiera creído en Dios, puede que no hubiera contraído esta enfermedad. ¡Era totalmente irracional! Aunque había contraído esta enfermedad, oré a Dios y Él me esclareció, me guio con Sus palabras y me dio consuelo y apoyo. Con Dios como apoyo, me sentía mucho más feliz que los no creyentes. Además, soy un ser creado. Dios me creó y, aunque Él me quite la vida, no debería quejarme de Él y, mucho menos, debería arrepentirme de haber creído en Dios. Debo someterme. Entonces, hice una oración de sumisión a Dios y me sentí muy tranquilo. Ya no temía morir.
En una reunión, leí un pasaje de las palabras de Dios que me ayudó a entender un poco mi carácter corrupto. Dios dice: “Como las personas actuales no poseen la misma humanidad que Job, ¿qué hay de su esencia-naturaleza, y de su actitud hacia Dios? ¿Temen a Dios? ¿Se apartan del mal? Los que no temen a Dios ni se apartan del mal solo pueden definirse con tres palabras: ‘enemigos de Dios’. Pronunciáis a menudo estas tres palabras, pero nunca habéis conocido su verdadero significado. Tienen un aspecto sustancial: no están diciendo que Dios vea al hombre como enemigo, sino que es el hombre quien le ve a Él así. Primero, cuando las personas comienzan a creer en Él, ¿quién de ellas no tiene sus propios objetivos, motivaciones y ambiciones? Aunque una parte de ellas crea en la existencia de Dios y la haya visto, su fe en Él sigue conteniendo esas motivaciones, y su objetivo final es recibir bendiciones y las cosas que desean de Él. En sus experiencias vitales piensan a menudo: ‘He abandonado a mi familia y mi carrera por Dios, ¿y qué me ha dado Él? Debo sumarlo todo y confirmarlo: ¿He recibido bendiciones recientemente? Me he esforzado mucho durante este tiempo, he corrido y corrido, y he sufrido mucho; ¿me ha dado Dios alguna promesa a cambio de mi desempeño durante este tiempo? ¿Ha recordado mis buenas obras? ¿Cuál será mi resultado? ¿Puedo recibir bendiciones?…’. En su corazón, toda persona hace esos cálculos en forma frecuente y continua, albergando motivaciones, ambiciones y una mentalidad transaccional al solicitarle cosas a Dios. Es decir, el hombre incesantemente está examinando a Dios en su corazón, ideando planes sobre Él, ‘defendiendo’ ante Él su propio resultado, tratando de arrancarle una declaración y ver si Él le dará o no lo que quiere. Al mismo tiempo que busca a Dios, el hombre no lo trata como tal. Este siempre ha intentado hacer tratos con Él, solicitándole cosas sin cesar, y hasta presionándolo a cada paso, tratando de tomar el brazo cuando le dan la mano. A la vez que intenta hacer tratos con Dios, también discute con Él, e incluso hay personas que, cuando les llegan las pruebas o se encuentran en ciertas situaciones, con frecuencia se vuelven débiles, negativas y holgazanas en su trabajo, y están llenas de quejas hacia Él. Desde el momento en que empezó a creer en Él por primera vez, el hombre lo ha considerado una cornucopia, una navaja suiza, y se ha considerado Su mayor acreedor, como si solicitar bendiciones y promesas de Dios fuera su derecho y obligación inherentes, y las responsabilidades a cargo de Dios fueran protegerlo, cuidar de él y proveer para él. Tal es la comprensión básica de las tres palabras ‘fe en Dios’ de todos aquellos que creen en Él, y su comprensión más profunda del concepto de creer en Él. Desde la esencia-naturaleza del hombre a su búsqueda subjetiva, nada tiene relación con el temor de Dios. No es posible que el objetivo del hombre al creer en Dios tenga nada que ver con la adoración a Dios. Es decir, el hombre nunca ha tenido la intención de temer a Dios y adorarlo al creer en Él, y nunca ha entendido que tales cosas son necesarias en la fe en Dios. A la luz de este estado, la esencia del hombre es obvia. ¿Cuál es esta esencia? El corazón del hombre es malévolo, siniestro y falso, no ama la ecuanimidad, la justicia ni las cosas positivas; además, es despreciable y codicioso. El corazón del hombre no podría estar más cerrado a Dios; no se lo entrega en absoluto. Él nunca ha visto el verdadero corazón del hombre ni este lo ha adorado jamás. No importa cuán grande sea el precio que Dios pague, cuánta obra Él lleve a cabo o cuánto le provea al hombre, este sigue estando ciego e indiferente a todo. El ser humano no le ha dado nunca su corazón a Dios, solo quiere ocuparse de su corazón por sí mismo, tomar sus propias decisiones; el trasfondo de esto es que no quiere recorrer el camino de temer a Dios y apartarse del mal, ni someterse a Su soberanía ni a Sus disposiciones, ni adorar a Dios como tal. Este es el estado del hombre en la actualidad” (La Palabra, Vol. II. Sobre conocer a Dios. La obra de Dios, el carácter de Dios y Dios mismo II). Dios expuso las intenciones y los métodos de las personas que creen en Él para intentar hacer tratos con Él. Dios dice que estas personas tienen una esencia despreciable, codiciosa, traicionera y falsa. El tono y la forma en que las palabras de Dios están expresadas rezuman odio y repulsión por este tipo de personas, y yo sentí la justicia y la santidad de Dios. Al comparar cómo trataban a Dios esas personas con cómo lo trataba yo, vi que lo hacía de la misma manera. Cuando me enteré de que, en los últimos días, Dios ha venido a obrar para concluir esta era y que aquellos a quienes Dios salvara podrían sobrevivir y entrar en el reino para disfrutar de bendiciones eternas, deseaba con ansias obtener esas bendiciones que Dios daría a la humanidad, así que decidí creer en Dios. Después de que empecé a creer en Dios, me entregué con fervor y, antes de un año, ya había empezado a cumplir mi deber a tiempo completo. No eludí cumplir el deber de edición, a pesar del gran número de dificultades, y hasta tomé la iniciativa de aprender habilidades profesionales y me esforcé mucho. Pensaba que, como cumplía mi deber de forma muy proactiva, seguro le agradaba a Dios y contaba con Su aprobación, y tendría muchas esperanzas de recibir bendiciones en el futuro. Cuando me diagnosticaron hepatitis B activa, me quejé de Dios en mi corazón y pensé que Él no debería haber permitido que me enfermara, ya que yo cumplía mi deber de forma muy proactiva. Pensé que, si me iba a casa a recuperarme, no podría cumplir mi deber ni recibir bendiciones en el futuro, así que me sentía profundamente desgraciado. Después de regresar a casa, probé todos los métodos posibles para curarme de mi enfermedad y tenía la esperanza de que Dios me sanara rápidamente. Cuando mi condición no solo no mejoró, sino que empeoró, me sentí muy angustiado y desesperanzado. Ya no quería orar ni comer ni beber las palabras de Dios, tampoco quería seguir aprendiendo técnicas de edición y vivía sumido en la negatividad. Después, hice oraciones poco sinceras a Dios y dije que mi progreso en la vida era lento porque no estaba cumpliendo mi deber. De forma implícita, le estaba pidiendo a Dios que me quitara mi enfermedad para poder volver a cumplir mi deber. En realidad, no quería ir a cumplir mi deber para complacer a Dios, sino por el bien de mi propio destino futuro. Tenía miedo de que no tendría un buen destino si no podía cumplir mi deber, pero, cuando oraba a Dios, decía que quería cumplir mi deber para perseguir la verdad y complacerlo. ¿Acaso no estaba intentando engañar a Dios de forma descarada? Vi que mi única intención al creer en Dios y cumplir mi deber era que Él me diera bendiciones y beneficios. Todo lo que hacía era tratar de negociar con Dios y exigirle cosas, y no era sincero en absoluto. Dios me creó y todo lo que tengo viene de Él. Tuve la suerte de haber aceptado la salvación de Dios —todo esto es el amor de Dios—, pero no tenía ninguna gratitud hacia Él. Incluso intentaba hacer tratos con Dios, engañarlo y usarlo. No tenía conciencia ni razón alguna. ¡Era tan despreciable! ¡No tenía humanidad alguna! Si mi fe en Dios siempre estaba corrompida por mis intentos de hacer tratos con Él, jamás obtendría Su aprobación, por muchos deberes que cumpliera. Mi carácter corrupto e interesado no había cambiado en absoluto, y seguía siendo una persona egoísta, vil, perversa y falsa. ¿Cómo podía salvarme siendo así? Pensé en cómo Pablo había realizado muchas obras y sufrido mucho. Sin embargo, no persiguió en absoluto la verdad y su carácter corrupto no cambió en lo más mínimo. Incluso utilizó su obra y sus esfuerzos como capital para exigirle a Dios una corona y dijo: “Me está reservada la corona de justicia” (2 Timoteo 4:8). Con esto, Pablo dio a entender que Dios sería injusto si no le otorgaba una corona. Reclamó abiertamente a Dios, lo que ofendió Su carácter y llevó a que Dios lo maldijera y lo castigara. Cuando reflexioné sobre esto, tuve miedo y me di cuenta de que creer en Dios solo para obtener bendiciones acarrea consecuencias muy graves. Solo entonces entendí que la buena intención de Dios estaba detrás de haber contraído esta enfermedad. Hacía varios años que creía en Dios, pero nunca había perseguido la verdad; solo había buscado bendiciones y había intentado hacer tratos con Dios. Dios no quería que siguiera por la senda equivocada, por lo que usó la enfermedad para frenarme en seco al revelar mis intenciones impuras de buscar bendiciones y me obligó a calmarme y a reflexionar a fondo para que rectificara a tiempo la perspectiva equivocada que tenía detrás de mi búsqueda. Si no hubiera contraído esta enfermedad, no habría podido conocerme a mí mismo en absoluto. Solo entonces entendí la intención meticulosa de Dios y, de forma repentina, desaparecieron todos mis malentendidos sobre Dios y las quejas que tenía contra Él. En su lugar, mi corazón se llenó de gratitud hacia Él. Me di cuenta de que, en el futuro, no podía volver a exigirle nada a Dios, independientemente de que me curara de mi enfermedad o no. En su lugar, debía creer en Él y someterme a Él de forma adecuada. Unos días después, mi padre me llevó al hospital para recibir tratamiento. Oré a Dios: “Dios mío, no sé lo que tendré que afrontar hoy cuando vaya al hospital, pero creo que Tus buenas intenciones se encuentran en todas las cosas. Sea cual sea mi estado, estoy dispuesto a someterme a Ti”. El médico se sorprendió al ver mis resultados y dijo que mi situación era bastante grave. Mi hígado había sufrido daños y tenía una carga viral de hepatitis B demasiado alta, así que necesitaba tratamiento urgente. Al oír esto, me preocupé un poco, pero enseguida me di cuenta de que estaba en manos de Dios que me curara o no. Lo único que debía hacer era enfrentarlo dejando que las cosas fueran por su curso natural y someterme al tratamiento. En cuanto a lo que fuera a suceder en el futuro, estaba dispuesto a encomendárselo a Dios. Cuando lo pensé, me sentí tranquilo.
Más adelante, solía sentir inquietud en el corazón y pensaba: “Me paso todo el día en casa y no puedo cumplir mi deber. ¿No acabaré como la basura? Dios no me dará Su aprobación si no consigo cumplir mi deber”. Oré a Dios y lo busqué. Un día, leí las palabras de Dios y encontré una senda de práctica. Dios Todopoderoso dice: “No existe correlación entre el deber del hombre y que él reciba bendiciones o sufra calamidades. El deber es lo que el hombre debe cumplir; es la vocación que le dio el cielo y debe cumplirlo sin buscar recompensa y sin condiciones ni excusas. Solo esto se puede llamar cumplir con el propio deber. Recibir bendiciones se refiere a las bendiciones que disfruta una persona cuando es hecha perfecta después de experimentar el juicio. Sufrir calamidades se refiere al escarmiento que recibe una persona cuando su carácter no cambia tras haber pasado por el castigo y el juicio; es decir, cuando no se la hace perfecta. Pero, independientemente de si reciben bendiciones o sufren calamidades, los seres creados deben cumplir su deber, haciendo lo que deben hacer y haciendo lo que son capaces de hacer; esto es lo mínimo que una persona, una persona que busca a Dios, debe hacer” (La Palabra, Vol. I. La aparición y obra de Dios. La diferencia entre el ministerio de Dios encarnado y el deber del hombre). “Si, en tu fe en Dios y tu búsqueda de la verdad, eres capaz de decir: ‘Independientemente de que Dios permita que me enferme o me suceda algún acontecimiento desagradable, haga Dios lo que haga, debo someterme y mantenerme en mi sitio como un ser creado. Ante todo, he de poner en práctica este aspecto de la verdad, la sumisión, debo aplicarlo y vivir la realidad de la sumisión a Dios. Además, no debo dejar de lado la comisión que Dios me ha dado ni el deber que he de realizar. Debo aferrarme al deber hasta mi último aliento’, ¿acaso no es esto dar testimonio? Con esta determinación y este estado, ¿seguirás quejándote de Dios? No. En ese momento, pensarás para tus adentros: ‘Dios me da este aliento, me ha provisto y protegido todos estos años, me ha evitado mucho dolor, me ha otorgado abundante gracia y muchas verdades. He comprendido verdades y misterios que la gente no ha comprendido durante generaciones. ¡He recibido tanto de Dios que debo corresponderle! Antes, mi estatura era escasa, no tenía mejor juicio y siempre hacía cosas que herían a Dios. Puede que en el futuro no tenga más oportunidades de corresponder a Dios. No importa cuánto tiempo me quede de vida, debo ofrecer la poca fuerza que tengo y ofrecer a Dios todo lo que soy capaz de hacer, para que Él pueda ver que todos estos años de proveerme no han sido en vano, sino que han dado fruto, y para que yo pueda consolar a Dios y no herirlo ni decepcionarlo más’. ¿Qué te parece? No consideres cómo salvarte o escapar, pensando: ‘¿Cuándo se curará esta enfermedad? Cuando se cure, haré todo lo posible por hacer mi deber y ser devoto. ¿Cómo puedo ser devoto estando enfermo? ¿Cómo puedo hacer el deber de un ser creado?’. Mientras te quede aliento, ¿no puedes hacer el deber? Mientras te quede aliento, ¿eres capaz de no causar vergüenza a Dios? Mientras te quede aliento, mientras tengas la mente lúcida, ¿eres capaz de no quejarte de Dios? (Sí)” (La Palabra, Vol. III. Discursos de Cristo de los últimos días. Solo puede haber una senda a seguir a través de leer con frecuencia las palabras de Dios y contemplar la verdad). Después de leer las palabras de Dios, mi corazón se iluminó y entendí que cumplir nuestro deber no tiene nada que ver con recibir bendiciones o padecer infortunios. Cumplir nuestro deber es nuestra responsabilidad y nuestra misión como seres creados; es simplemente lo que debemos hacer. En mis nociones, creía que, mientras cumpliera más deberes, al final, Dios me bendeciría. Pensaba que era como cuando los no creyentes trabajan para su jefe: cuanto más trabajan, más les pagan. En realidad, Dios nunca ha dicho que mientras cumplamos nuestros deberes y hagamos más deberes, Él nos aprobará y nos bendecirá. Esto se basaba exclusivamente en mis nociones e imaginaciones, y no estaba de acuerdo en absoluto con la verdad. Cumplir nuestro deber es una forma de que persigamos la verdad y alcancemos la salvación en nuestra fe en Dios. Si cumplimos el deber pero no perseguimos la verdad, tomamos la senda equivocada y nuestras actitudes corruptas no cambian en lo más mínimo, entonces, por muchos deberes que cumplamos, Dios jamás nos dará Su aprobación. Por ejemplo, hacía ya varios años que yo creía en Dios y, durante todo ese tiempo, había estado cumpliendo deberes en la iglesia. Sin embargo, no me centraba en comer y beber de las palabras de Dios para resolver mi carácter corrupto en lo más mínimo. Mi intención al cumplir mi deber era siempre recibir bendiciones de Dios y mi carácter corrupto, egoísta y codicioso no había cambiado en absoluto. Cuando la enfermedad me sobrevino y amenazó mi vida, no pude sino refunfuñar y quejarme de Dios. ¿Acaso no era eso rebelarme contra Dios y resistirme a Él? Si seguía sin perseguir la verdad, en última instancia, mi carácter no cambiaría, no mostraría tener ninguna sumisión ni ningún temor verdaderos a Dios y no daría ningún testimonio. En ese caso, por mucho que me esforzara o por muchos deberes que cumpliera, todo sería en vano y no podría ser salvo. Pensé en Job. En su época, Dios no hizo muchas obras ni encomendó al hombre grandes cosas. Job pasó la mayor parte de su vida pastoreando, pero tenía un lugar para Dios en su corazón; tenía un corazón temeroso de Dios. En su vida, a menudo buscó la intención de Dios y nunca hizo nada que lo ofendiera. Incluso cuando le sobrevinieron las pruebas y perdió sus bienes y a sus hijos, e incluso cuando su cuerpo se cubrió de llagas de un dolor insoportable, jamás se quejó de Dios. Aun así, fue capaz de someterse a Dios y de alabar Su nombre. La vivencia real de Job se convirtió en un testimonio de la victoria de Dios sobre Satanás, y él recibió la aprobación de Dios. Yo siempre tenía miedo de no poder cumplir más deberes y que me descartaran. Esa era mi noción. Los deberes que podía hacer estaban limitados por mi enfermedad. Dios conocía perfectamente mi situación. Por ejemplo, hay hermanos y hermanas que no pueden cumplir sus deberes porque están en la cárcel, pero Dios nunca ha dicho que no los aprueba. Dios no evalúa a las personas según el número de deberes que cumplen; en cambio, se fija en la senda que siguen y en si sus actitudes corruptas cambian. Ahora, lo que yo debía hacer era aceptarlo y someterme, y centrarme en comer y beber las palabras de Dios y en perseguir la verdad. Leí este pasaje particular de las palabras de Dios: “No consideres cómo salvarte o escapar, pensando: ‘¿Cuándo se curará esta enfermedad? Cuando se cure, haré todo lo posible por hacer mi deber y ser devoto. ¿Cómo puedo ser devoto estando enfermo? ¿Cómo puedo hacer el deber de un ser creado?’. Mientras te quede aliento, ¿no puedes hacer el deber? Mientras te quede aliento, ¿eres capaz de no causar vergüenza a Dios? Mientras te quede aliento, mientras tengas la mente lúcida, ¿eres capaz de no quejarte de Dios?”. Las palabras de Dios me permitieron entender que, cuando Dios nos exige cumplir nuestro deber, se refiere a practicar la verdad y a dar testimonio de Él. No quiere hacer que la gente se esfuerce por Él. Incluso si jamás me recupero de mi enfermedad y nunca más puedo volver a salir a cumplir mi deber, si soy capaz de desprenderme de mi intención de obtener bendiciones, de dejar de intentar hacer tratos con Dios y estoy dispuesto a someterme a Él, independientemente de que reciba bendiciones o padezca infortunios, eso también es un deber que debo cumplir ante Dios. Independientemente de cómo evolucione mi enfermedad en el futuro, debo seguir creyendo en Dios con sinceridad y perseguir la verdad. Cuando lo entendí, sentí que realmente se me iluminaba el corazón y me dejó de preocupar que me recuperara o no de mi enfermedad. Esa sensación fue como el alivio y la ligereza de haberme despojado de unos pesados grilletes.
Luego, me organicé un plan para cada día de la semana. Hacía mis prácticas devocionales espirituales, comía y bebía las palabras de Dios, cantaba himnos y aprendía técnicas de edición, lo que me hizo llevar una vida muy plena. Más tarde también empecé a practicar la redacción de sermones para predicar el evangelio. Sin darme cuenta, me olvidé de mi enfermedad y, a veces, hasta me olvidaba de tomarme la medicina cuando me despertaba por la mañana. Un mes pasó con rapidez y llegó el momento de hacerme otra revisión. Ya no estaba nervioso ni tenía esperanzas de curarme de mi enfermedad; sabía que había lecciones que debía aprender, independientemente de que me curara o no. Oré a Dios en silencio y pasé por la revisión con calma. Cuando fui a recoger los resultados de la revisión médica, vi que mi nivel de transaminasas había bajado a 34 U/L. Temía haberlo leído mal, así que lo volví a leer con cuidado. ¡Realmente era 34 U/L! Mi función hepática había vuelto a la normalidad y mis niveles del virus de la hepatitis B también habían bajado hasta estar dentro del rango normal. No me lo pude creer hasta que salí del hospital. Parecía un sueño. Ese mes había sido el mes en que había tomado la medicación con menos regularidad. A veces, se me había olvidado tomarla durante dos días seguidos, pero me había curado de mi enfermedad sin darme cuenta. Confirmé en mi corazón que eso era obra de Dios. Recordé estas palabras de Dios: “El corazón y el espíritu de las personas están en manos de Dios; todo lo que hay en su vida es contemplado por los ojos de Dios. Independientemente de si crees en todo esto o no, todas las cosas y cualquiera de ellas, ya estén vivas o muertas, se moverán, se transformarán, se renovarán y desaparecerán de acuerdo con los pensamientos de Dios. Así es como Dios tiene la soberanía sobre todas las cosas” (La Palabra, Vol. I. La aparición y obra de Dios. Dios es la fuente de la vida del hombre). Las palabras de Dios me permitieron entender que todas las cosas, tanto las vivas como las muertas, están en manos de Dios, y que todas cambian conforme a los pensamientos de Dios. No se ven afectadas por ningún otro factor. Esta es la autoridad de Dios. Por ejemplo, si mi enfermedad podía ser curada, o no, estaba en manos de Dios. Cuando vivía sumido en un estado incorrecto, por mucho que tratara mi enfermedad, no hacía más que empeorar y nunca mejoraba. Sin embargo, cuando obtuve cierta comprensión sobre mí mismo y mi estado cambió un poco, me recuperé rápidamente, a pesar de que tomaba la medicación de manera irregular. ¡Dios es tan todopoderoso y Sus obras son tan milagrosas! Alabé a Dios desde lo más profundo de mi corazón. Esta enfermedad había durado casi un año y había sufrido mucho durante esa época. Sin embargo, gracias a esta experiencia, obtuve cierta comprensión sobre la autoridad de Dios y mi fe en Él aumentó, ¡así que sentí que contraer esta enfermedad había merecido la pena!
A través de esta enfermedad, entendí mis propias intenciones impuras de buscar bendiciones en mi fe en Dios y también vi con claridad mi lado más desagradable: era egoísta y vil. Vi que todo lo que Dios hizo fue para purificarme, para guiarme por la senda correcta de la fe en Él y para hacer que viviera con humanidad y razón. Esta enfermedad provocó un punto de inflexión en la senda de mi fe en Dios. Realmente experimenté que el hecho de que esta enfermedad me sobreviniera fue una bendición de Dios, ¡y agradezco a Dios desde lo más profundo de mi corazón!