28. Ya no temo la responsabilidad

Por Cheng Nuo, China

Un día de noviembre de 2020, un líder asistió a nuestra reunión de equipo y, al término de esta, dijo que quería que eligiéramos a un líder de equipo que se encargara de nuestra labor editorial. Para mi sorpresa, yo fui la más votada. Estaba totalmente sorprendida: ¿me habían elegido líder de equipo? Apenas había entrado en la vida y carecía de la realidad de la verdad. ¿De veras podía asumir el deber de liderar el equipo? Si surgían problemas en el trabajo, ¿no sería lo natural reclamarle a la líder del equipo que admitiera su responsabilidad? ¿Y si no supiera solucionarlos y nuestro trabajo se viera perjudicado por ello? Reflexioné acerca de una experiencia anterior que tuve como líder de equipo. Me había cubierto las espaldas sin poner en práctica la verdad. Cuando vi que había quienes interrumpían y dificultaban la labor de la iglesia, no lo paré de inmediato por miedo a ofenderlos. A consecuencia de ello, peligró el trabajo de la iglesia y a mí me destituyeron. Creía que, si esta vez no cumplía correctamente con el deber, sino que retrasaba la labor de la casa de Dios y la entrada en la vida de los hermanos y hermanas, eso sería tanto como hacer el mal. Mi única preocupación no sería que me destituyeran: podría darse incluso la posibilidad de que me eliminaran. No quería que eso sucediera y pensaba que no podría afrontarlo. Así pues, le dije al líder que no había entrado lo suficiente en la vida y que no sabía resolver los problemas ajenos, por lo que no encajaba bien en el puesto. Se me ocurrió toda una serie de excusas. Me dijo que debía aceptar aquel deber y someterme a él, pero yo, sencillamente, no podía quedarme tranquila con ello. Tenía la mente agitada. Justo en ese momento, de pronto recordé este pasaje de las palabras de Dios: “Debes someterte y colaborar activamente. Es tu deber y tu responsabilidad. Sin importar el camino que tengas por delante, debes tener un corazón obediente. Cobardía, miedo, preocupación, desconfianza… Nada de esto debe ser tu actitud hacia el deber” (‘¿Cuál es el desempeño adecuado del deber?’ en “Registros de las pláticas de Cristo de los últimos días”). Mientras lo meditaba, empecé a sentir cierta calma y me di cuenta de que este deber que tenía ante mí provenía del gobierno y las disposiciones de Dios. Aunque en aquel momento no comprendía la voluntad de Dios, entendí que tenía que dejarme guiar por Él y someterme.

Después me encontré con todo tipo de problemas y dificultades en el deber y no veía ningún progreso concreto en el trabajo del equipo. Resurgió mi preocupación por el hecho de que, si no mejoraba nuestro desempeño, yo no podría eludir mi responsabilidad como líder del equipo. Al pensarlo me sumí en un estado de absoluta turbación. Una noche, mientras charlaba de nuestros estados con la hermana que trabajaba más estrechamente conmigo, comencé a sentirme muy incómoda a medida que me hablaba ella de la anterior líder del equipo, destituida por no buscar la verdad ni esforzarse por mejorar. Ni estaba mejorando sus competencias profesionales ni era capaz de hacer ningún trabajo práctico. Yo sabía que estaba ejerciendo como líder de un equipo que se enfrentaba a una serie de dificultades y problemas, por lo que, si no era capaz de controlarlos y de hacer algo de trabajo práctico, ¿también me destituirían a mí? Quería volver a ser una integrante normal del equipo, sin tanta responsabilidad. Pensaba cumplir provisionalmente con este deber porque acababan de elegirme y que luego, si resultaba ser una incompetente, tendría que renunciar lo antes posible de manera elegante para no hacer un mal que interrumpiera y perjudicara la labor de la iglesia; entonces me destituirían. Si eso sucedía, podría llegar a suponerme la pérdida de mi destino final. Estaba atrapada en ese estado, aterrada por la posibilidad de no cumplir correctamente con el deber, por tener que responsabilizarme de cualquier problema. Cuando me surgía una dificultad en el trabajo, me daba miedo, sobre todo, no saber manejarla; estaba estancada a perpetuidad en un universo de dolor y sufrimiento.

Posteriormente, pude comprender un poco mi estado gracias a este pasaje de las palabras de Dios que leí un día y que revela la esencia del carácter de un anticristo: “Cuando introduzcan una sencilla modificación en tu deber, haz lo que te digan, lo que puedas y, sea lo que sea, lo mejor que sepas dentro de tus posibilidades, de todo corazón y con todas tus fuerzas. Lo que Dios ha hecho no es un error. El corazón de los anticristos no alberga ni siquiera una verdad tan simple como esta. ¿Qué tienen dentro de su corazón? Desconfianza, duda, rebeldía, tentación… Con lo sencilla que es esta cuestión, un anticristo monta un gran escándalo por ello y le da vueltas y más vueltas, de modo que no pega ojo. ¿Por qué piensan así? ¿Por qué piensan de manera tan complicada sobre algo tan simple? La razón es sencilla y no hay más que una: enlazan con un apretado nudo cada asunto o disposición de la casa de Dios que les afecte a ellos con su destino y su deseo de recibir bendiciones. Por eso piensan: ‘He de tener cuidado; un paso en falso hará que todos los pasos sean en falso y tenga que despedirme del deseo de recibir bendiciones, lo que será el final para mí. ¡No puedo ser imprudente! La casa de Dios, los hermanos y hermanas, los líderes superiores, incluso Dios, son poco fiables. No confío en ninguno de ellos. La persona más fiable y digna de confianza es uno mismo; si tú no haces tus propios planes, ¿quién va a mirar por ti? ¿Quién va a pensar en tu porvenir y en si vas a recibir bendiciones? Por tanto, tengo que esforzarme al máximo para hacer planes, preparativos y cálculos meticulosos; no puedo descuidarme ni cometer la menor torpeza; de lo contrario, será fácil que la gente me confunda y se aproveche de mí’” (‘Para los líderes y obreros, escoger una senda es de la mayor importancia (29)’ en “Registros de las pláticas de Cristo de los últimos días”). Hasta que no leí estas palabras de Dios no entendí que es completamente normal experimentar cambios en nuestro deber y que debía abordarlo con la actitud adecuada. Debía hacer todo lo posible por mejorar en el trabajo y cumplir con mis responsabilidades, y si aun así no era capaz dar la talla ni poniendo todo mi empeño, tendría que aceptar de buena gana mi destitución. Se te cambia de deber en función de las necesidades de la casa de Dios y de tu capacidad personal para asumir determinado deber. Eso no guarda relación alguna con el resultado y destino de la persona. Sin embargo, yo carecía de verdadera fe en Dios y no había entendido de forma correcta los cambios, absolutamente acertados, introducidos en los deberes de la gente en la casa de Dios. Había mantenido una perspectiva enrevesada al considerar mi deber indisolublemente ligado a mi destino y mi resultado, a ser o no finalmente bendecida. Lo cuestionaba todo, en guardia contra Dios, con miedo a quedar en evidencia y eliminada si no era capaz de cumplir correctamente con el deber, lo que me dejaría sin estatus y sin futuro de ninguna clase. ¡Estaba dándole muchas vueltas y tremendamente atrapada en el mal! Estaba tratando de ser astuta y de jugar con los sentimientos de Dios para proteger mi propio interés, planeando tirar la toalla si no era capaz de hacerlo bien en el deber. No pensaba en la manera de llegar a cumplir correctamente con él, sino que estaba obsesionada con mis perspectivas de futuro. Que Dios me encumbrara a líder de equipo era una oportunidad de formarme para poder progresar en el trabajo y en la entrada en la vida. Ese era el amor de Dios hacia mí. Sin embargo, yo había tergiversado mi idea del amor de Dios porque creía que en realidad estaba a punto de quedar en evidencia y eliminada. ¿Acaso no era eso una blasfemia contra Dios? ¿Acaso yo no estaba revelando, precisamente, el carácter malvado de un anticristo?

Recordé lo que había revelado durante aquella época: no había comprendido a Dios lo más mínimo, sino que me superaban las especulaciones y la cautela. Estaba alteradísima y no podía dejar de preguntarme por qué me hallaba en ese estado, dónde radicaba realmente el problema. Luego leí otro pasaje de las palabras de Dios, que exponía el carácter de los anticristos y resonó en mí enormemente: “Los anticristos no creen que haya verdad en las palabras de Dios ni creen en Su carácter, identidad y esencia. Consideran todo esto desde las ideas y perspectivas humanas, a fin de analizar y examinar todo lo que sucede a su alrededor y, asimismo, consideran la forma en que Dios trata a las personas, las diversas obras que Dios lleva a cabo en ellas, desde las perspectivas, las ideas y la malicia humanas. Aparte, se valen del pensamiento y los métodos humanos, con la lógica y el pensamiento de Satanás, para considerar el carácter, la identidad y la esencia de Dios. Obviamente, los anticristos no solo no aceptan ni reconocen el carácter, la identidad y la esencia de Dios, sino que albergan multitud de nociones e ideas difusas y vacías sobre ellos. No albergan otra cosa sino el entendimiento humano; no tienen ni el más mínimo conocimiento verdadero. Así las cosas, ¿de qué forma acaba definiendo un anticristo el carácter, la identidad y la esencia de Dios? ¿Puede verificar que Dios es justo y, para el hombre, amor? Desde luego que no. Para los anticristos, la definición de la justicia y el amor de Dios es un interrogante, una duda. El carácter de Dios determina Su identidad y ellos resoplan burlándose de Su carácter y rebosan escepticismo, rechazo y denigración hacia él. Y entonces, ¿qué pasa con Su identidad? El carácter de Dios representa Su identidad; tal como lo consideran ellos, es evidente su consideración de la identidad de Dios: de rechazo directo. Esta es la esencia de los anticristos” (‘Para los líderes y obreros, escoger una senda es de la mayor importancia (26)’ en “Registros de las pláticas de Cristo de los últimos días”). Las palabras de Dios muestran que los anticristos no creen que las palabras de Dios sean la verdad, y ni mucho menos reconocen el carácter justo de Dios. Jamás fundamentan sus opiniones sobre las cosas en las palabras de Dios, sino que lo enfocan todo basándose en el entendimiento humano y la lógica de Satanás. Comprobé que yo también albergaba ese carácter de anticristo, que no comprendía el carácter justo de Dios en lo referido al reajuste de puestos en la iglesia o a que se destituyera o eliminara a gente. Por el contrario, contemplaba estos asuntos a través de la lente de la lógica satánica; por ejemplo, “Cuanto más alto, más grande es la caída,” “Todas las miradas van al más notable,” y “Quien camina muy alto, camina solo”. Pensaba que tener más estatus y responsabilidad solo serviría para dejarme en evidencia mucho más rápido y después conducirme a la eliminación. Por eso, aunque en apariencia acepté el puesto de líder de equipo, me mantuve en guardia frente a Dios por temor a quedar en evidencia y eliminada si me equivocaba y terminaba perdiendo mi destino final. Era una creyente que leía las palabras de Dios, pero mi perspectiva de las cosas no cambiaba en absoluto y nunca buscaba la verdad ante los problemas ni enfocaba las cosas a la luz de las palabras de Dios, sino que evaluaba Su obra en función de nociones satánicas, imaginándome a Dios como una especie de dictador que me dejaría en evidencia y me eliminaría al menor fallo. ¿No estaba negando el carácter justo de Dios? ¿No estaba blasfemando contra Él? Lo cierto es que, cada vez que la iglesia destituye o elimina a alguien, lo hace según los principios. Se basa en una consideración general de la aptitud de una persona, de si su humanidad es buena o mala, de si busca la verdad y del tipo de senda por la que va. La iglesia no la define como persona, la destituye y la elimina por una transgresión ocasional, por una expresión momentánea o por tener un estatus elevado. Pese a las transgresiones, la casa de Dios da más oportunidades a aquellos líderes que verdaderamente se esfuerzan por Dios y buscan la verdad. Se les poda y trata, se les amonesta y exhorta, y se sigue utilizando y cultivando a todo aquel capaz de conocerse a sí mismo, a todo aquel que se arrepiente y se transforma. Hay falsos líderes que no hacen un trabajo práctico, ávidos de comodidad, negligentes en el deber y que desempeñan el cargo de líder sin asumir las debidas obligaciones. Esa clase de personas, indefectiblemente, serán destituidas del puesto, pero mientras no sean personas inicuas que cometan toda clase de maldades, no serán eliminadas, expulsadas de la iglesia, a la ligera. La casa de Dios dispondrá otro deber adecuado para ellas, con lo que tendrán la oportunidad de arrepentirse y hacer introspección. Están esos anticristos que se niegan a aceptar cualquier verdad, que trabajan exclusivamente por el estatus y el poder, que solamente quieren hacerse con el poder para controlar la iglesia; ellos son los únicos que quedan totalmente en evidencia y eliminados, expulsados permanentemente de la iglesia. Comprobé que la casa de Dios trata a la gente de manera absolutamente justa y equitativa, que impera la verdad en la casa de Dios. Nunca acusarían injustamente a una buena persona ni excusarían tranquilamente a una malvada. Que alguien quede en evidencia y eliminado no tiene nada que ver con su puesto. Lo que realmente importa es si es capaz de aceptar y buscar la verdad. Quienes buscan la verdad, cuando asumen un deber importante, cuando asumen más responsabilidad, consiguen más oportunidades de desarrollo y están más capacitados para que los perfeccione Dios. Sin embargo, quienes no buscan la verdad, no buscan los principios en el deber y se niegan a aceptar ser juzgados, castigados, podados y tratados; aquellos cuyo carácter corrupto no se transforma lo más mínimo, acaban eliminados al final, sea cual sea su estatus. Al meditarlo un poco más, me di cuenta de que, cuando anteriormente me habían destituido del puesto de líder de equipo, fue porque era egoísta y despreciable por naturaleza y no ponía en práctica la verdad en modo alguno. Era un obstáculo para la labor de la iglesia. En ese momento, el carácter justo de Dios vino sobre mí y Dios me dio la oportunidad de arrepentirme y transformarme. Yo, en cambio, actué como una incrédula, sin fe en la salvación de Dios y malinterpretándolo. Fue entonces cuando por fin comprendí el terrible daño que me había hecho la filosofía satánica de “Cuanto más alto, más grande es la caída”. No solo me consumían mis malentendidos y mi cautela hacia Dios, sino que cada vez era más astuta y malvada. Sabía que no podía seguir viviendo según la lógica y las leyes satánicas, sino que tenía que observar y enfocar las cosas en función de las palabras de Dios. Aceptar este deber de líder de equipo suponía ser encumbrada por Dios y una oportunidad que Él me daba para aprender. Debía valorar esta oportunidad. Yo había sido un obstáculo en mi deber anterior, pero esta vez sabía que tenía que pagar un precio en el deber por mis fracasos del pasado, buscar más los principios de la verdad y darlo todo para cumplir correctamente con el deber.

Además, me ha resultado realmente liberador comprender estas cosas. Cuando ahora recuerdo cómo malinterpretaba y me ponía en guardia contra Dios, he percibido lo irracional y necia que era, y lo ciega que estaba, sin el menor entendimiento de Dios. He orado en silencio a Dios de todo corazón: “Oh, Dios mío, gracias por guiarme, por hacerme ver mi perversidad y por mostrarme la grandísima barrera que estas nociones satánicas habían creado entre Tú y yo. He sido insensible e inconsciente al malinterpretar las cosas y ponerme en guardia, e ignoraba totalmente lo que Tú sentías. He sido muy rebelde y me arrepiento por completo ante Ti”.

Un día leí un artículo cuyo autor expresaba claramente mi propio estado personal y citaba unas palabras de Dios que me ofrecían una senda de práctica: “Que el hombre lleve a cabo su deber es, de hecho, el cumplimiento de todo lo que es inherente a él; es decir, lo que es posible para él. Es entonces cuando su deber se cumple. Los defectos del hombre durante su servicio se reducen gradualmente a través de la experiencia progresiva y del proceso de pasar por el juicio; no obstaculizan ni afectan el deber del hombre. Los que dejan de servir o ceden y retroceden por temor a que puedan existir inconvenientes en su servicio son los más cobardes de todos. […] No existe correlación entre el deber del hombre y que él sea bendecido o maldecido. El deber es lo que el hombre debe cumplir; es la vocación que le dio el cielo y no debe depender de recompensas, condiciones o razones. Solo entonces el hombre está cumpliendo con su deber. Ser bendecido es cuando alguien es perfeccionado y disfruta de las bendiciones de Dios tras experimentar el juicio. Ser maldecido es cuando el carácter de alguien no cambia tras haber experimentado el castigo y el juicio; es cuando alguien no experimenta ser perfeccionado, sino que es castigado. Pero, independientemente de si son bendecidos o maldecidos, los seres creados deben cumplir su deber, haciendo lo que deben hacer y haciendo lo que son capaces de hacer; esto es lo mínimo que una persona, una persona que busca a Dios, debe hacer. No debes llevar a cabo tu deber solo para ser bendecido y no debes negarte a actuar por temor a ser maldecido. Dejadme deciros esto: lo que el hombre debe hacer es llevar a cabo su deber, y si es incapaz de llevar a cabo su deber, esto es su rebeldía” (‘La diferencia entre el ministerio de Dios encarnado y el deber del hombre’ en “La Palabra manifestada en carne”). A medida que lo pensaba, llegué a comprender la voluntad de Dios. Él no espera demasiado de la humanidad. Solo quiere que busquemos la verdad, que hagamos todo lo posible por poner en práctica todo lo que podamos captar, todo lo que podamos lograr, sin limitarnos a ir tirando, sin ser escurridizos y mentirosos, sino dándolo todo y haciendo lo que Dios nos pida. Incluso aunque experimentemos fracasos y tropiezos de por medio, mientras seamos capaces de aceptar la verdad, la poda y el trato, es posible resolver estos problemas. Podemos conseguir progreso y transformación. Desde que recibí aquella comisión, carecía de toda actitud de aceptación y sumisión. Me daba miedo que al más mínimo tropiezo, por cualquier transgresión, me eliminaran, que perdiera mi resultado y mi destino final. Comprobé que realmente no tenía el menor entendimiento de la verdad y que, en efecto, no comprendía la obra de Dios. Descubrí, sobre todo, que durante todos aquellos años que creí en Dios y cumplí con el deber, no lo hacía para satisfacer a Dios, sino que únicamente me esforzaba por mi futuro y mi destino. ¡Qué egoísta y astuta! Un deber es una comisión de Dios y una responsabilidad que todo ser creado ha de cumplir. Seamos bendecidos o maldecidos al final, todos tenemos que cumplir con el deber. No puedo negarme a cumplir con el deber solo porque tenga miedo de cometer el mal. A pesar de mi mísera entrada en la vida y de carecer de la realidad de la verdad, Dios me ha encumbrado a líder de equipo. No porque ya sea digna del puesto, sino con la esperanza de que al cumplir con este deber sea capaz de buscar la verdad, de aceptar ser juzgada, castigada, podada y tratada, y de continuar mejorando mis defectos personales. Dios espera, pues, que sepa ingeniármelas al final para cumplir adecuadamente con este deber. Una vez que comprendí la voluntad de Dios, adquirí más confianza para afrontar los problemas y dificultades que surgieran en mi deber, y tomé la determinación de satisfacer a Dios cumpliéndolo.

Después leí esto en las palabras de Dios: “¿Cuáles son las expresiones de una persona honesta? El quid de la cuestión es practicar la verdad en todas las cosas. Si dices que eres honesto, pero siempre colocas las palabras de Dios en el fondo de tu mente y haces lo que te parece, ¿acaso es esa la expresión de una persona honesta? Dices: ‘Mi calibre es bajo, pero tengo por dentro soy honesto’. Sin embargo, cuando te llega un deber te da miedo sufrir o que, si no lo puedes cumplir bien, tendrás que cargar con la responsabilidad y por eso pones excusas para evadirlo y recomiendas a otros para que lo hagan. ¿Es esta la expresión de una persona honesta? Claramente, no lo es. ¿Cómo, entonces, debería comportarse una persona honesta? Debe aceptar y obedecer y, luego, dedicarse completamente a realizar sus deberes de la mejor manera posible, esforzándose por cumplir la voluntad de Dios. Esto se expresa de diferentes maneras. Una de ellas es que debes aceptar tu deber con honestidad, no pensar en ninguna otra cosa y no ser indeciso. No conspires por tu propio bien. Esta es una expresión de honestidad. Otra manera es utilizar toda tu fuerza y todo tu corazón para ello. Dices: ‘Esto es todo lo que puedo hacer; pondré todo en juego y me dedicaré completamente a Dios’. ¿No es esta una expresión de honestidad? Dedicas todo lo que tienes y todo lo que puedes hacer: esta es una expresión de honestidad. Si no estás dispuesto a ofrecer todo cuanto tienes, si lo mantienes oculto y en secreto, si actúas de manera escurridiza, eludes tu deber y haces que otro lo haga porque temes tener que soportar las consecuencias de no hacer un buen trabajo, ¿acaso eso es ser honesto? No. Ser una persona honesta, por lo tanto, no es simplemente una cuestión de tener un deseo. Si no lo pones en práctica cuando las cosas te suceden, entonces no eres una persona honesta. Cuando te encuentras con problemas, debes practicar la verdad y tener expresiones prácticas. Esta es la única manera de ser una persona honesta, y solo estas son las expresiones de un corazón honesto” (‘Las personas solo pueden ser verdaderamente felices si son honestas’ en “Registros de las pláticas de Cristo de los últimos días”). A Dios le agradan los honestos, y los que lo son no se preocupan por las bendiciones. No temen asumir responsabilidades, sino que intentan de todo corazón cumplir correctamente con el deber para satisfacer a Dios. Ponen todo su empeño en hacer lo que pueden. Pasé mucha vergüenza pensando en esto. Siempre hablaba de cómo quería satisfacer a Dios, pero cuando de verdad me tocó aceptar una comisión, afanarme sinceramente por algo, fui una falsa y quise zafarme. Me di cuenta entonces de que solamente decía cosas agradables al oído, pero en realidad trataba de engañar a Dios y en el fondo era absolutamente deshonesta. Cuando caí en la cuenta, supe que no podía seguir así. Aunque tuviera muchos problemas y defectos, tenía que practicar la honestidad, tal como exige Dios. Tenía que entregarle mi corazón a Dios y cumplir con el deber lo mejor que pudiera con los pies bien firmes en la tierra. Y fuera cual fuera el resultado, estaba dispuesta a obedecer las instrumentaciones y disposiciones de Dios. A partir de ese momento me relajé de manera increíble. Cuando afrontaba dificultades en el deber, oraba a Dios para buscar y resolverlas, y cuando estaba confundida analizaba las cosas con mis hermanos y hermanas para buscar los principios de la verdad. Descubrí que, con el tiempo, era capaz de resolver muchos problemas y dificultades.

Esta experiencia me ha mostrado de qué manera el juicio y el castigo de Dios son, en realidad, Su amor y salvación para la humanidad. He perdido el miedo a asumir responsabilidades y ya no estoy tan a la defensiva ni soy proclive a los malentendidos. Aunque aún tengo muchas actitudes corruptas, estoy dispuesta a aceptar que Dios me juzgue, castigue, pode y trate, y a procurar purificarme y transformarme. ¡Doy gracias a Dios!

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“Si te sientes contento de ser alguien que es un hacedor de servicio en la casa de Dios, trabajando de forma diligente y concienzudamente en la oscuridad, siempre dando y nunca quitando, entonces Yo te digo que eres un santo leal, porque no buscas ninguna recompensa y estás simplemente siendo un hombre honesto” (‘Tres advertencias’ en “La Palabra manifestada en carne”).

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