Las recompensas de cumplir con el deber propio

Por Yang Mingzhen, Canadá

Dios Todopoderoso dice: “La sumisión a la obra de Dios debe ser tangible y debe vivirse. La sumisión superficial no puede contar con la aprobación de Dios, y obedecer meramente los aspectos superficiales de la palabra de Dios, sin buscar una transformación del carácter, no podrá agradar al corazón de Dios. La obediencia a Dios y la sumisión a Su obra son la misma cosa. Los que se someten sólo a Dios pero no a Su obra no pueden considerarse personas obedientes, y menos aún aquellos que no se someten de verdad, sino que son aduladores por fuera. Aquellos que se someten verdaderamente a Dios pueden sacar provecho de la obra y alcanzar una comprensión del carácter y la obra de Dios. Sólo estos hombres se someten verdaderamente a Dios. Tales hombres pueden obtener un nuevo conocimiento de la obra nueva y experimentar cambios nuevos de la misma. Sólo estos hombres cuentan con la aprobación de Dios; sólo esta clase de hombre es perfeccionada, la que ha experimentado una transformación de su carácter. Los que reciben la aprobación de Dios son aquellos que se someten de buen grado a Él, así como a Su palabra y Su obra. Sólo esta clase de hombre está en lo correcto; sólo esta clase de hombre desea sinceramente a Dios y lo busca de corazón” (‘Los que obedecen a Dios con un corazón verdadero, con seguridad serán ganados por Dios’ en “La Palabra manifestada en carne”). Me gustaría compartir mi experiencia y comprensión de la sumisión a Dios a la luz de estas palabras.

Todo comenzó en marzo de 2016, cuando hui de China para escapar de la persecución y del arresto por parte del PCCh para poder practicar mi fe libremente. Tiempo después, la hermana Zhang, líder de la iglesia,vino a verme y me preguntó: “¿Te gustaría asumir deberes de riego?”. Encantada, le respondí: “¡Eso sería maravilloso! Podré ayudar a los hermanos y hermanas a entender la verdad y establecer una base en el camino verdadero. ¡Haré obras muy buenas!”. Si los hermanos y hermanas que me conocían se enteraban de que cumplía deberes de riego, me admirarían y respetarían. Me haría ver muy bien. Sin embargo, cuando mis ilusiones habían crecido, la líder volvió a hablar conmigo. Dijo que algunas hermanas debían mudarse debido a emergencias, pero no habían hallado un lugar adecuado. Dijo que mi casa serviría y preguntó si podía cumplir deberes de anfitriona. Sentí una gran agitación interna cuando dijo eso. Pensé que cumpliría deberes de riego, pero ¿ahora iba a ser anfitriona? ¿No pasaría todo el tiempo en la cocina? Sería mucho esfuerzo, pero, más que eso, ¡sería humillante! En el mundo, había participado en grandes negocios y había tenido mi propia fábrica. Mis amigos y familiares me consideraban una mujer fuerte. En casa, tenía una niñera que lavaba la ropa, cocinaba y limpiaba. Ahora, yo debía asumir ese rol y cocinar para otros. En verdad, no quería hacerlo. Pero pensé que las hermanas no tenían donde vivir y no podían cumplir sus deberes en paz. Además, mi casa era adecuada para hospedarlas, así que accedí, renuente.

Los días siguientes, en apariencia cumplía con mis deberes de anfitriona, pero estaba agitada por dentro, y empecé a sospechar. ¿Mis hermanos y hermanas creían que no era apta para los deberes de riego? ¿Por qué, si no, me pedirían que fuera anfitriona? Si los hermanos y hermanas que me conocían se enteraran, ¿dirían que me faltaba la realidad de la verdad y que no podía cumplir otros deberes, sino que solo podía ser anfitriona? Este pensamiento me alteró aún más. Luego, pensé en la resolución que había hecho ante Dios, que, sin importar qué deber me asignaran, si beneficiaba la obra de la iglesia, lo cumpliría al 100 %, e incluso si no me gustaba, me sometería para satisfacer a Dios. Entonces, ¿por qué no podía someterme ahora que me pedían que cumpliera deberes de anfitriona? Oré a Dios en silencio. Dije: “Oh, Dios, Tú has decidido y dispuesto que cumpliera deberes de anfitriona, pero siempre quiero rebelarme y nunca puedo someterme. Dios, por favor, esclaréceme y guíame para que pueda entender Tu voluntad”.

Después, leí dos pasajes de las palabras de Dios: “A la hora de determinar si las personas pueden obedecer a Dios o no, el aspecto clave a considerar es si desean algo extravagante de Dios y si tienen o no motivaciones ocultas. Si las personas siempre están haciéndole peticiones a Dios, eso demuestra que no le son obedientes. Te suceda lo que te suceda, si no puedes recibirlo de Dios, si no puedes buscar la verdad, si siempre hablas desde tu razonamiento subjetivo y siempre sientes que solo tú tienes la razón e, incluso, eres igualmente capaz de dudar de Dios, tendrás problemas. Esas personas son las más arrogantes y rebeldes hacia Dios. La gente que siempre le exige a Dios nunca puede obedecerlo de verdad. Si le haces peticiones a Dios, esto prueba que estás haciendo un trato con Él, que estás eligiendo tus propios pensamientos y actuando según tus propios pensamientos. En este sentido, traicionas a Dios y no tienes obediencia” (‘Las personas le ponen demasiadas exigencias a Dios’ en “Registros de las pláticas de Cristo”). “¿Cuál es la verdadera sumisión? Cuando Dios hace algo de acuerdo a tus deseos y sientes que todo es satisfactorio y adecuado, y se te permite destacar, sientes que es muy glorioso y dices ‘gracias a Dios’ y eres capaz de someterte a las orquestaciones y disposiciones de Dios. Sin embargo, cuando se te asigna a un lugar poco llamativo en el que nunca puedes destacar, en el que nadie te da reconocimiento, entonces dejas de sentirte feliz y te parece difícil someterte. […] Someterse bajo circunstancias favorables por lo general es fácil. Si también te puedes someter bajo circunstancias adversas, aquellas que van en contra de tu voluntad, que hieren tus sentimientos, que te debilitan, que te hacen sufrir en la carne y tener vergüenza, que no pueden satisfacer tu vanidad ni tu orgullo, que te hacen sufrir en tu corazón, entonces de verdad tienes estatura” (La comunión de Dios). Las palabras de Dios me mostraron que la sumisión verdadera no es una transacción y que la elección personal no tiene lugar. Si me gusta o no, si me beneficia o no, si viene de Dios y ayuda a la obra de la iglesia, debería someterme por completo. Pero ¿qué hacía en lugar de eso? Cuando me pidieron que cumpliera deberes de anfitriona, no pensaba cómo ser considerada con la voluntad de Dios o cómo sostener la obra de la iglesia. Solo pensaba si iba a poder presumir, hacer que otros me admiraran y si mi vanidad estaría satisfecha. ¿Era eso someterse a Dios? Pensé en cuando fui líder de grupo. El líder de la iglesia siempre hablaba primero conmigo sobre la obra en la iglesia. Solía pensar que me respetaba mucho, y que mis hermanos y hermanas me admiraban. Ningún esfuerzo era demasiado para mi deber; sin importar cuán difícil o agotador fuera, me alegraba hacerlo. Pero, al enfrentarme con los deberes de anfitriona, me volví negativa, pensaba que era humilde. Lo más importante, más allá de cuánto me esforzara, era que ese esfuerzo sería invisible para otros. Por eso sentía aversión y no quería hacerlo. Recién en ese momento vi que me había esforzado tanto en mi deber pasado porque podía presumir y hacer que otros me admiraran. Los deberes de anfitriona, sin embargo, no satisfacían mi ambición, por eso no podía someterme. Entonces, me di cuenta de que siempre había tenido preferencias y elecciones personales en mi deber, y que solo pensaba en mi reputación, mi estatus, y en cómo me beneficiaba. ¡No buscaba la verdad ni me sometía a Dios para nada!

Después leí estas palabras de Dios: “Aquellos que son capaces de poner en práctica la verdad pueden aceptar el escrutinio de Dios en sus acciones. Cuando aceptas el escrutinio de Dios, tu corazón se corrige. Si sólo haces las cosas para que otros las vean y no aceptas el escrutinio de Dios, ¿tienes a Dios en tu corazón? Las personas que son así no tienen un corazón temeroso de Dios. No siempre hagas las cosas para tu propio beneficio, no siempre consideres tus propios intereses y no consideres tu propio estatus, imagen o reputación. No tengas en cuenta los intereses de la gente. Primero debes considerar los intereses de la casa de Dios y hacer de ello tu principal prioridad; debes ser considerado con la voluntad de Dios. Comienza por contemplar si has sido impuro o no en el cumplimiento de tu deber, si has hecho todo lo posible para ser leal, completas tus responsabilidades y lo das todo, y si has pensado de todo corazón en tu deber y en la obra de la casa de Dios. Tienes que meditar sobre estas cosas. Considéralas con frecuencia y te será fácil cumplir bien con tu deber” (‘Puedes obtener la verdad después de entregarle tu verdadero corazón a Dios’ en “Registros de las pláticas de Cristo”). En las palabras de Dios, hallé un camino de práctica. Debía aceptar el escrutinio de Dios en mi deber y tener un corazón temeroso de Dios, poder renunciar a la ganancia personal y solo hacer lo que beneficiara a la iglesia. Tras entender la voluntad de Dios, dije esta plegaria: “Oh, Dios, estoy dispuesta a aceptar Tu escrutinio. Ya no me concentraré en lo que otros piensen de mí. Solo quiero poder someterme a Tus disposiciones y cumplir bien mi deber de anfitriona”. A lo largo de los días que siguieron, mis hermanas de la iglesia sabían que recién había llegado a este país extranjero y que me costaba mucho comprar cosas, así que hallaron tiempo para ir a comprar productos básicos conmigo. Estaban muy ocupadas con sus deberes, pero me ayudaban con los quehaceres de la casa cuando podían. Cuando yo tenía un problema, ellas hablaban de las palabras de Dios conmigo, y hablaban conmigo de sus propias experiencias para ayudarme y apoyarme. Ninguna de estas hermanas me despreció ni se apartó de mí porque era anfitriona. Llegué a apreciar que no existen cosas más o menos importantes en cuanto a cumplir los deberes con los hermanos y hermanas. Solo cumplimos nuestros deberes y nuestras obligaciones ante Dios. Tras esta experiencia, pensé que podía someterme un poco en mi deber, pero como no tenía una comprensión real de mi naturaleza y esencia, aún no había abandonado por completo mi búsqueda de fama y estatus. Cada vez que surgía una situación que no me gustaba, quedaba expuesta otra vez.

Tiempo después, la líder de la iglesia me llamó y dijo que la hermana Zhou había estado muy ocupada predicando el evangelio, y me preguntó si podía disponer de medio día cada sábado para cuidar a la hija de la hermana Zhou. Me opuse a la idea de cuidar niños de inmediato. Solía estar tan ocupada con mi negocio que ni siquiera había cuidado a mis propios hijos. Cuidar hijos ajenos me haría sentir como una niñera. ¿Qué pensarían los hermanos y hermanas que me conocían si se enteraban de esto? ¿Cómo podría mostrar la cara? Pero pensé en las dificultades reales de la hermana Zhou, y supe que, si no ayudaba, pesaría en mi conciencia. Lo pensé un poco y luego accedí. Ese sábado por la tarde, fui a la casa de la hermana Zhou. Apenas llegué hasta el atardecer, cuando, de pronto, la niña empezó a llorar y gritar por su mamá, y yo no podía consolarla. Corrí por ahí buscando golosinas para darle y alegrarla, le conté cuentos y le puse dibujos animados, y, al final, dejó de llorar. Al volver, pensé mientras caminaba: “Cuidar niños es muy difícil. Es agotador, y además, es servil, y nadie lo nota”. Cuanto más pensaba, más agraviada me sentía. Cuando volví a casa, vi que las hermanas hablaban con felicidad de las recompensas y experiencias que habían obtenido de sus deberes. Me sentí envidiosa y frustrada. Pensé: “¿Cuándo tendré deberes de riego como mis hermanas? En este deber que cumplo ahora, friego ollas y sartenes o cuido niños. ¿Qué verdades puedo obtener al hacerlo? ¿La gente dirá que no tengo la realidad de la verdad y por eso solo soy capaz de tareas serviles como esta?”. Este pensamiento me alteró aún más. Esa noche, di vueltas en la cama, incapaz de dormir, por lo que volví ante Dios para orar. Dije: “Oh, Dios, me siento muy alterada ahora. Siempre quiero cumplir deberes que me hagan sobresalir, que hagan que otros me admiren. Oh, Dios, sé que esta búsqueda se opone a Tu voluntad, pero me cuesta someterme. Dios, por favor, guíame y dirígeme, ayúdame a conocerme para que pueda dejar atrás este estado equivocado”.

Luego leí algunas palabras de Dios: “El carácter corrupto del hombre se esconde dentro de cada uno de sus pensamientos e ideas, dentro de los motivos detrás de cada una de sus acciones; se esconde en cada punto de vista que tiene el hombre acerca de todo y dentro de cada opinión, entendimiento, punto de vista y deseo que tiene en su acercamiento a todo lo que Dios hace. Está oculto dentro estas cosas” (‘Sólo si se es verdaderamente obediente se tiene una creencia auténtica’ en “Registros de las pláticas de Cristo”). “Hay un carácter satánico corrupto profundamente arraigado en las personas; se convierte en su vida. ¿Qué es exactamente lo que la gente busca y desea obtener? Bajo la fuerza impulsora de un carácter satánico corrupto, ¿qué ideales, esperanzas, ambiciones, metas de vida y rumbos tienen las personas? ¿No son contrarios a las cosas positivas? En primer lugar, la gente siempre quiere tener prestigio o ser famosa; desea obtener mucha fama y prestigio y honrar a sus antepasados. ¿Son positivas estas cosas? No concuerdan en absoluto con las cosas positivas; es más, son contrarias al hecho de que la ley de Dios tiene dominio sobre el destino de la humanidad. ¿Por qué digo esto? ¿Qué tipo de persona quiere Dios? ¿Quiere una persona con grandeza, famosa, noble o increíble? (No). Entonces, ¿qué tipo de persona quiere Dios? Quiere una persona que tenga los pies bien puestos en la tierra y busque ser una criatura de Dios capacitada, que pueda cumplir el deber de una criatura y pueda atenerse al sitio que debe ocupar un ser humano. […] Así pues, ¿qué le trae a las personas un carácter satánico corrupto? (Oposición a Dios). ¿Qué sale de las personas que se oponen a Dios? (Dolor). ¿Dolor? ¡Destrucción! El dolor no es ni la mitad. Lo que ves ante tus ojos es dolor, negatividad, debilidad, resistencia y agravios. ¿Qué consecuencia traerán estas cosas? ¡La aniquilación! Esto no es un asunto menor ni un juego” (“Registros de las pláticas de Cristo”). Tras leer las palabras de Dios de juicio y revelación, me sentí muy avergonzada. Empecé a reflexionar sobre mí misma: “¿Por qué nunca puedo someterme a las situaciones que Dios dispone? ¿Por qué nunca estoy dispuesta a realizar estos deberes que parecen no ser importantes? Siento que otros me desprecian por cumplirlos, como si fuera inferior. No puedo llevar la cabeza en alto y me siento sin valor. Siento como si solo los deberes importantes en los que me puedo destacar y ganar la admiración y estima de otros valieran la pena”. Mientras reflexionaba sobre estos pensamientos, descubrí que aún me controlaba mi deseo de fama y estatus. Vivía según los venenos satánicos como: “Al igual que un árbol vive por su corteza, el hombre vive por su rostro”, “Hazte fama y échate a dormir” y “El hombre lucha hacia arriba; el agua fluye hacia abajo”. Estos venenos se habían enraizado en mí y se habían convertido en mi vida. Me habían convertido en arrogante y engreída. Me encantaba que otros me admiraran. Me encantaba tener reputación y estatus, y los consideraba objetivos de vida que alcanzar. Me di cuenta de que eran los mismos objetivos que buscaba la gente en el mundo. Antes de empezar a creer en Dios, solía ser muy competitiva. Trabajaba desde el amanecer hasta el anochecer y me agotaba con el trabajo en un esfuerzo por que a mi fábrica le fuera bien. Cuando visitaba mi pueblo natal y mis amigos y familiares me saludaban cálidamente y me consideraban una mujer fuerte, mi vanidad se saciaba, y yo estaba dispuesta a pagar cualquier precio. Aún vivía según esas ideas, después de haber ganado mi fe. Cumplir mi deber por la reputación y la posición hacía que me preocupara por mis ganancias y pérdidas. Era feliz con una posición que otros admiraran. Sin esa posición, cuando no podía sobresalir, me volvía negativa e infeliz, me resistía a Dios, y resistía la situación que Dios había dispuesto. Cuanto más lo pensaba, más me daba cuenta de que estos venenos satánicos solo me traían dolor y hacían que me rebelara contra Dios y lo desafiara a pesar de mí. Si seguía en ese tipo de búsqueda, sin duda terminaría incurriendo en el odio de Dios, y Él me eliminaría. Cuanto más lo pensaba, más temía por el camino que estaba siguiendo. Me apuré a orar y arrepentirme ante Dios. Ya no quería buscar renombre y estatus, ni que los otros me admiraran, quería buscar ser un ser creado genuino en línea con las palabras de Dios. Después de orar, mi corazón se aquietó.

Durante mis devocionales del día siguiente, leí estas palabras de Dios: “Crees en Dios y lo sigues y, por tanto, en tu corazón debes amarlo. Debes apartar tu carácter corrupto, buscar cumplir el deseo de Dios y debes cumplir con el deber de una criatura de Dios. Como crees en Dios y lo sigues, debes ofrecerle todo a Él y no hacer elecciones o exigencias personales; debes lograr el cumplimiento del deseo de Dios. Como fuiste creado, debes obedecer al Señor que te creó, porque inherentemente no tienes dominio sobre ti mismo ni capacidad para controlar tu destino. Como eres una persona que cree en Dios, debes buscar la santidad y el cambio. Como eres una criatura de Dios, debes ceñirte a tu deber, mantener tu lugar y no excederte en tus deberes. Esto no es para limitarte ni para reprimirte por medio de la doctrina, sino que es la senda por la que puedes cumplir con tu deber, que es el que pueden lograr —y deben lograr— todas las personas que actúan con justicia” (‘El éxito o el fracaso dependen de la senda que el hombre camine’ en “La Palabra manifestada en carne”). Leer las palabras de Dios me llevó a entender que, como ser creado, debía someterme a la decisión y las disposiciones de Dios. Debía buscar la verdad y buscar cambiar mi carácter. Este es mi deber y es lo que debería buscar. No me gustaba la situación que Dios había dispuesto, pero Sus buenas intenciones estaban detrás. Lo había organizado todo cuidadosamente para purificarme y cambiarme. Ya no podía buscar reputación y posición, ni ser quisquillosa con mi deber. Debía concentrarme en buscar la verdad, y aceptar el juicio y castigo de las palabras de Dios para resolver mi carácter corrupto. Debía dedicarme por completo a cumplir mi deber correctamente.

Durante los días siguientes, dejé de concentrarme en qué pensaban los demás de mí y cumplí mi deber ante Dios. A veces, cuando los hermanos y hermanas estaban ocupados con sus deberes y no tenían tiempo para cuidar a sus hijos, me ofrecía a ayudar. Cuando veía que los hermanos y hermanas predicaban el evangelio y traían más gente ante Dios, sentía felicidad en el corazón. Aunque no podía destacarme en mi deber, podía tranquilizar a los hermanos y hermanas y cumplir silenciosamente con mi parte en la expansión del evangelio del reino. Esto también era importante. Mientras yo cumplía deberes de anfitriona y ayudaba con el cuidado de los niños, aunque mi vanidad y mi deseo de prestigio no estaban satisfechos, me resultaba muy gratificante. Sabía que buscar reputación y posición no era el camino correcto. Someterme a las decisiones y disposiciones de Dios y esforzarme en mi deber era lo que debía buscar. Llegué a apreciar que no hay cosas más o menos importantes en los deberes en la casa de Dios. No importa qué deber cumpla, siempre hay lecciones por aprender y verdades que debo practicar y en las que debo entrar. Mientras me someta y busque la verdad, seré recompensada. Esto me enseñó cuán justo es Dios y que no favorece a nadie. Haber logrado esta pequeña comprensión y cambio es una recompensa que Dios otorgó a mi vida. ¡Gracias a Dios!

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