Una compañera no es una rival

23 Oct 2022

Por Ou’zhen, Myanmar

Al poco de aceptar la obra de Dios de los últimos días, empecé a practicar el riego a nuevos fieles. Como era entusiasta y activa, obtenía resultados en el deber y me eligieron líder de grupo. Luego fui diaconisa de evangelización. Según mis hermanos y hermanas, pese a ser joven, era confiable, llevaba una carga en el deber y era responsable. Esto satisfacía enormemente mi vanidad. En octubre de 2020 me convertí en líder de la iglesia, lo que me hizo creer más aún que, en el corazón de mis hermanos y hermanas, yo era alguien competente que buscaba la verdad. Con el tiempo, una líder superior dispuso que la hermana Liu trabajara conmigo. Al presentarle el trabajo a ella, la líder habló de algunos problemas de nuestra iglesia. Cuando la hermana Liu lo oyó, dijo: “Hemos de descubir la causa del problema y resolverlo pronto. Si no, eso entorpecerá el trabajo de la iglesia”. Sentí vergüenza cuando lo dijo, pues me preocupaba que la hermana Liu me despreciara por tener esos problemas en mi trabajo. En días posteriores, la hermana Liu investigó la situación real de la iglesia. Entonces me comentó delante de varios colaboradores, hermanos y hermanas: “El diácono de evangelización y varios líderes de grupo con quienes me he reunido estos dos días no llevan una carga. Cuando los nuevos fieles tienen nociones y dificultades, los líderes de grupo no las subsanan ni buscan, sino que se atascan en las dificultades. Así no pueden regar bien a los nuevos fieles”. Me sentí algo reacia ante sus palabras, porque había líderes de grupo en cuya formación yo me centraba. Según ella, ninguno de ellos era bueno, así que me pareció que tal vez ella era demasiado exigente. Pensé: “Acabas de llegar y no conoces la situación concreta, pero te has puesto a criticar defectos. ¿Quieres demostrar que llevas una carga y sabes descubrir problemas? ¿Tratas de impresionar porque eres nueva aquí? Si sigues metiéndote en los problemas de mi trabajo, hundirás mi buena imagen a ojos de mis hermanos y hermanas”. Reprimí la ira y dije: “Tienes razón respecto a estas cuestiones. Ahora bien, los líderes de grupo y el diácono de evangelización afrontan dificultades prácticas, por lo que a veces no se hace un buen seguimiento del trabajo, y hemos de entenderlo”. Tras escucharme, alegó: “Estas dificultades pueden resolverse enseñando la verdad. Si son capaces de aceptarla y comprenden la voluntad de Dios, llevarán una carga y serán responsables en el deber. La clave es si les enseñamos o no la verdad para resolver estos problemas”. Pero yo no lo percibí de forma correcta y me enojé todavía más. Me pregunté: “¿Quieres decir que no sé enseñar la verdad?”. Cambié totalmente de opinión sobre la hermana Liu. Ya no la consideraba compañera y ayudante, sino adversaria. Creía que, de continuar así, antes o después tomaría ella el mando en el trabajo, pero la líder era yo y ella estaba ahí solo para cooperar conmigo. Era mejor que yo en todos los sentidos y siempre me abochornaba. Así, ¿cómo podría tener dignidad yo? ¿Y qué opinarían de mí mis hermanos y hermanas? Después ya no quería trabajar con ella ni hablarle. Una vez, en una reunión de colaboradores, leímos la palabra de Dios que revela que los falsos líderes no hacen un trabajo práctico, y la hermana Liu reflexionó, se comprendió a sí misma y explicó que ya llevaba un tiempo en la iglesia, pero que, como no hacía un trabajo práctico, no se resolvían a tiempo las dificultades de los nuevos fieles, con lo que estaban encallados en ellas y no sabían cómo practicar la verdad, lo que demoraba su crecimiento en la vida. Aunque estaba hablando de su autoconocimiento, a mí me parecía que estaba exponiendo que yo no hacía un trabajo práctico. Me puse a conjeturar qué quería decir: “Hablas de estos problemas para informar a todos adrede sobre los problemas de mi trabajo, ¿verdad? Antes, los hermanos y hermanas tenían una buena impresión de mí, pero ahora que me has dejado en evidencia de esta manera, ¿eso no dañará mi imagen? ¿Qué opinarán de mí ahora?”. En ese momento era muy reacia y quería marcharme, pero temí que eso fuera algo irracional, así que me obligué a quedarme hasta el final.

Esa noche, la hermana Liu acudió a mí para debatir la elección de nuevos líderes de grupo y me preguntó quién llevaba una carga y podía ser ascendido. Ante su pregunta me sentí muy reacia. Pensé: “¿Quedan candidatos adecuados? Has rechazado a los mejores. Hay problemas en nuestra iglesia, pero tú no solo hablas abiertamente de ellos aquí, sino también delante de hermanos y hermanas de otras iglesias. Ahora saben que no hago un trabajo práctico. ¿Por qué no piensas en mis sentimientos cuando hablas? ¡Creo que me atacas adrede!”. Comenté con severidad: “Desde que llegaste, nadie más lleva una carga”. Me respondió en voz baja: “Entonces, ¿quieres decir que no debería estar aquí?”. Fui demasiado impulsiva y me di cuenta de que lo que dije fue un error, así que contesté de inmediato que no. Ambas enmudecimos durante un rato antes de poder continuar debatiendo el trabajo. Luego, al pensar en lo que le dije a mi hermana, me sentí algo culpable. No debería haberle hablado de ese modo. Quise pedirle disculpas una vez finalizada la conversación, pero se me olvidó en cuanto estuve ocupada con el trabajo.

Más adelante, cuando veía que la líder superior se lo consultaba todo a la hermana Liu, me sentía muy incómoda. “También yo soy líder. ¿Qué opinarán de mí mis hermanos y hermanas? ¿Dirás que soy una líder inútil y que soy innecesaria?”. Me parecía que la hermana Liu me robaba protagonismo y le tenía celos. Pensaba: “Si ella no hubiera venido, la líder debatiría el trabajo conmigo”. También reflexionaba sobre el hecho de que la hermana Liu ya dominaba todo el trabajo, creía en Dios desde hacía mucho y comprendía más la verdad que yo. Además, había señalado los problemas de mi trabajo delante de mis hermanos y hermanas, por lo que no tenía ni idea de qué opinaban ellos de mí ahora. Al pensar en estas cosas, tenía una sensación de crisis. Me preocupaba que la hermana Liu ocupara mi puesto de líder. Cuanto más lo pensaba, mayor insatisfacción sentía, y tenía el deseo de vengarme de ella: “Como no te importan mis sentimientos, a partir de ahora no te lo pondré fácil”. Recuerdo que una vez estábamos debatiendo el trabajo, y después de que la hermana Liu expresara su opinión, me pidió consejo a mí. Pasé de ella y le puse peros a su organización del trabajo alegando que esto y aquello no funcionaría para buscarle adrede los tres pies al gato. Una vez estábamos debatiendo un trabajo cuya principal responsable era la hermana Liu. En aquel momento yo sabía cómo resolver el problema, pero no quise hacer sugerencias. Llegué a pensar: “Mejor si fracasa lo que tú organices. Así todos sabrán que no eres capaz de ocuparte de las cosas, y la líder verá que se equivoca al hablar siempre contigo en lugar de conmigo”. Después hizo varias sugerencias, las cuales rechacé en su totalidad. Al ver que ella no sabía cómo resolverlo y que quería que yo le diera consejos, estaba bastante orgullosa de mí misma. Pensé: “No sabes ni organizar bien un trabajo como este y todavía tienes el descaro de señalar con el dedo el mío”. Mi líder vio entonces que mi estado era incorrecto y me recordó que tenía que trabajar en armonía con la hermana Liu; si no, se demoraría el trabajo de la iglesia. Tras oír a mi líder, en el fondo noté cierta reprensión. Cuando estábamos encallados en nuestra labor, ¿por qué no llevaba la carga de resolverlo? En cambio, esperaba y sonreía. No protegía para nada la labor de la iglesia. Una vez que me di cuenta, rectifiqué mi mentalidad y participé en los debates, pero, por la demora a raíz del debate anterior, se organizó muy tarde el trabajo. Una noche se me acercó la líder a señalarme mis problemas. Me dijo: “Anhelas en exceso el prestigio y el estatus. Compites con la hermana Liu por la reputación. Al debatir el trabajo, no aceptas ninguna opinión que proponga ella. Las refutas todas. La hermana Liu se siente limitada por ti y no sabe cómo cooperar contigo. Has de hacer introspección”. Tras oír a mi líder me sentí muy triste y agraviada: “¿Por qué denunciaba la hermana Liu mis problemas a mis espaldas? Si realmente quisiera ayudarme, podría contármelos en persona. Ahora la líder conoce mis problemas y tal vez me destituya del deber”. Tan pronto como lo pensé, me sinceré sobre mi estado con la líder. Incluso me ofrecí a renunciar para no seguir demorando el trabajo de la iglesia. Conforme decía aquello, casi se me partía el corazón. Creía estar a punto de perder mi deber. La líder me dijo: “Cuando tengamos problemas, no podemos eludirlos. Hemos de buscar la verdad y hacer introspección. Que la hermana Liu descubra problemas en el trabajo indica que puede llevar una carga. ¿Eso no es beneficioso para la labor de la iglesia? ¿Por qué no puedes considerarlo de forma correcta? Siempre le tienes celos y temes que te supere. Esto demuestra tu excesivo anhelo de estatus”. Cuando mi líder dejó de hablar, comprendí que realmente tenía un anhelo excesivo de prestigio y estatus. Tenía que buscar la verdad para corregir mi estado. No podía continuar siendo pasiva y reacia.

Más tarde leí un pasaje de las palabras de Dios, y logré entender un poco el carácter corrupto que revelaba. “Los anticristos piensan que quien los revela, sencillamente, les está complicando la vida, por lo que se la complican a cualquiera que los revele, compiten y luchan contra ellos. Por su naturaleza de anticristos, nunca son amables con quien los poda o trata con ellos, ni lo toleran o soportan, y ni mucho menos sienten gratitud ni elogian a quien lo haga. En cambio, si alguien los poda o trata con ellos y les hace perder dignidad y prestigio, albergarán odio hacia esta persona de todo corazón y querrán hallar la ocasión de vengarse. ¡Cuánto odio sienten hacia los demás! Esto es lo que piensan y dicen abiertamente delante de ellos: ‘Hoy me has podado y has tratado conmigo. Bien, ahora nuestra animadversión está grabada en piedra. Tú sigue tu camino, y yo, el mío, ¡pero te juro que me vengaré! Si me confiesas tu culpa, inclinas la cabeza ante mí o te arrodillas y me suplicas, te perdonaré; si no, ¡jamás olvidaré esto!’. Sin importar lo que digan o hagan los anticristos, nunca entienden la poda o el trato amables de alguien, ni su ayuda sincera, como el advenimiento del amor y la salvación de Dios. Por el contrario, lo consideran señal de humillación y su momento de mayor vergüenza. Esto demuestra que los anticristos no aceptan la verdad en absoluto, que su carácter es estar hartos de la verdad y odiarla” (La Palabra, Vol. IV. Desenmascarar a los anticristos. Punto 9: Cumplen con su deber solo para distinguirse a sí mismos y satisfacer sus propios intereses y ambiciones; nunca consideran los intereses de la casa de Dios, e incluso los venden a cambio de su propia gloria (VIII)). Dios revelaba que, cuando se poda y trata con los anticristos, no solo no lo aceptan, sino que comienzan a odiar a la persona que los podó y trató con ellos y quieren venganza. Vi que los anticristos no aceptan la verdad, están cansados de ella y la detestan. Antes, cuando veía las palabras “venganza contra alguien”, me parecía un enfoque ruin. Creía que yo no manifestaba ruindad y no era capaz de estas cosas, y que solo los anticristos y malhechores se vengaban de la gente. Recordé mi propia conducta: cuando la hermana Liu señaló los problemas de mi trabajo delante de los colaboradores, hermanos y hermanas, sentí dañada mi imagen, por lo que comencé a tener prejuicios y a ser reacia hacia ella. En una reunión, la hermana Liu se percató de que ella no hacía un trabajo práctico según las palabras de Dios, y a mí me pareció que, al hablar de su autoconocimiento, estaba exponiendo adrede los problemas de mi trabajo, por lo que mis prejuicios hacia ella no hicieron sino aumentar. Llegué a atacarla diciéndole que nadie más llevaba una carga desde que ella llegara. Luego, al ver que la líder siempre debatía el trabajo con la hermana Liu, creía que esta me robaba protagonismo. Para vengarme de ella, no expresaba ninguna sugerencia cuando debatíamos el trabajo, y cuando ella expresaba sus ideas y sugerencias, las criticaba y la rechazaba, así que era imposible que avanzara el trabajo. Consideraba rival a mi hermana. Por conservar mi reputación y estatus, llegué a ser capaz de atacarla y vengarme de ella. ¿No revelaba un carácter igual que el de un anticristo? Además, pensé en el hecho de que señalara problemas reales de mi trabajo. Si yo hubiera buscado la verdad para hacer introspección y revertir los errores, podrían haberse resuelto enseguida los problemas. Eso habría sido beneficioso para nuestro trabajo. Sin embargo, no solo no lo acepté, sino que quise vengarme de mi hermana. ¡Realmente no merecía el calificativo de creyente en Dios!

Después leí otros dos pasajes de la palabra de Dios que me dieron una mejor idea de la esencia y las consecuencias de esta conducta. Dios dice: “Una de las principales características de la naturaleza de los anticristos es la perversidad. ¿Qué significa ‘perversidad’? Significa que tienen una actitud particularmente perversa con respecto a la verdad: no solo no se someten a ella, y se niegan a aceptarla, sino que incluso condenan a los que los podan y tratan. Ese es el carácter perverso de los anticristos. Los anticristos piensan que quien acepta ser tratado y podado es susceptible a ser intimidado, y que las personas que siempre están tratando y podando a los demás son las que desean siempre pinchar e intimidar a la gente. Por lo tanto, un anticristo se resistirá a aquel que lo trate y lo pode, y le hará pasar un mal rato a esa persona. Y quienquiera que saque a relucir las deficiencias o la corrupción de un anticristo, o que comunique con él la verdad y la voluntad de Dios, o que le haga conocerse a sí mismo, para él será una persona que le está haciendo la vida imposible y lo mira con recelo. Odian a esa persona desde el fondo de su corazón, y se vengarán de ella y le pondrán las cosas difíciles. […] ¿Qué clase de personas poseen un carácter tan perverso? Las personas malvadas. Lo cierto es que los anticristos son personas malvadas. Por lo tanto, solo la gente malvada y los anticristos poseen ese carácter tan perverso. Cuando una persona feroz se enfrenta a cualquier tipo de exhortación, acusación, enseñanza o ayuda bien intencionada, su actitud no es la de agradecerla o aceptarla humildemente, sino que se enfurece, y siente un odio extremo, hostilidad, e incluso un deseo de venganza” (La Palabra, Vol. IV. Desenmascarar a los anticristos. Punto 9: Cumplen con su deber solo para distinguirse a sí mismos y satisfacer sus propios intereses y ambiciones; nunca consideran los intereses de la casa de Dios, e incluso los venden a cambio de su propia gloria (VIII)). “Los anticristos consideran que su propio estatus y reputación son más importantes que cualquier otra cosa. Estas personas no solo son taimadas, intrigantes y malvadas, sino también extremadamente despiadadas. ¿Qué hacen cuando detectan que su estatus está en peligro o cuando han perdido su lugar en el corazón de la gente, su respaldo y afecto, cuando esa gente ya no les venera ni admira, cuando han caído en la ignominia? De repente, cambian. En cuanto pierden su estatus, se vuelven reacios a cumplir cualquier deber, todo lo que hacen es chapucero, y no tienen ningún interés en hacer nada. Pero esta no es su peor expresión. ¿Cuál es entonces? En cuanto estas personas pierden su estatus, y nadie las admira ni se deja engatusar por ellas, salen el odio, los celos y la venganza. No solo no tienen temor de Dios, sino que también carecen de un ápice de obediencia. En sus corazones, asimismo, son propensos a odiar a la casa de Dios, a la iglesia, y a los líderes y obreros, anhelan que la obra de la iglesia tenga problemas o se paralice, quieren reírse de la iglesia y de los hermanos y hermanas. También odian a cualquiera que busque la verdad y tema a Dios. Atacan y se burlan de cualquiera que sea fiel a su deber y esté dispuesto a pagar un precio. Este es el carácter del anticristo, ¿acaso no es despiadado? Se trata claramente de gente malvada; en esencia, los anticristos son personas malvadas” (La Palabra, Vol. IV. Desenmascarar a los anticristos. Punto 9: Cumplen con su deber solo para distinguirse a sí mismos y satisfacer sus propios intereses y ambiciones; nunca consideran los intereses de la casa de Dios, e incluso los venden a cambio de su propia gloria (II)). Términos como “perverso” y “gente malvada” me resultaron dolorosos y me atemorizaron. No esperaba que estos términos se refirieran a mí. Mi image se vio dañada porque mi hermana señaló los problemas de mi trabajo, así que la ataqué y me vengué de ella, la abochorné adrede cuando debatíamos el trabajo y le critiqué los defectos de su organización del trabajo. Ni siquiera expliqué cómo resolver un problema que tenía ella en el trabajo, aunque sabía cómo, porque quería abochornarla y reírme de ella. Cuando la líder me reveló y trató conmigo, no solo no hice introspección, sino que la odié por denunciar mis problemas. Era negativa y reacia, sacaba mi ira en el deber y hasta quise renunciar y dejar de cumplirlo. Manifestaba lo mismo que un anticristo: ¡un carácter ruin! Creía en que “no atacaremos a menos que nos ataquen” y en que “donde las dan, las toman”. Cuando alguien afectaba a mis intereses y mi imagen, lo odiaba, lo atacaba y me vengaba de él. Me acordé de que una vez, antes de creer en Dios, tuve un conflicto con una amiga y ella habló mal de mí a otra persona. Me enojé mucho y pensé: “Donde las dan, las toman”. A escondidas, le dije a esa otra persona: “¿Cómo puedes ser tan tonto como para ser amable con ella? ¡Ni siquiera sabes que dice cosas malas de ti a tus espaldas!”. Creía que era débil si no me vengaba del acoso. Vivir según esta filosofía me hacía egoísta y ruin, distorsionaba mi pensamiento y me incapacitaba para discernir el bien del mal. Reconocerlo me asustó y, a la vez, sentí que era horrenda. Si no abordaba mi ruindad, solo podría cometer más maldad, ¡y Dios me rechazaría y descartaría! Al reconocerlo, oré a Dios en silencio: “Dios mío, creía ser de buena humanidad, pero el juicio y la revelación de Tu palabra me mostraron que soy de mala humanidad y muy ruin. De hecho, me vengué de mi hermana por su amable ayuda. ¡Realmente no tengo nada de humanidad! Dios mío, quiero arrepentirme, practicar la verdad y transformarme. Por favor, guíame”.

Luego leí en la palabra de Dios: “Cuando alguien dedica algo de tiempo a vigilarte u observarte, o te hace preguntas en profundidad para tratar de conversar contigo de corazón a corazón y averiguar tu estado durante este tiempo; e incluso a veces, cuando su actitud es algo más dura y te trata y poda un poco, te disciplina y te reprueba, hace todo esto porque tiene una actitud consciente y responsable hacia el trabajo de la casa de Dios. No deberías albergar pensamientos ni sentimientos negativos al respecto. ¿Qué significa que puedas aceptar la vigilancia, observación e indagación de otros? Que, en tu interior, aceptas el escrutinio de Dios. Si no aceptas la vigilancia, observación e indagación de la gente, si te resistes a todo esto, ¿puedes aceptar el escrutinio de Dios? El escrutinio de Dios es más detallado, profundo y preciso que la indagación de las personas; lo que pide Dios es más específico, exigente y profundo que esto. Entonces, si no eres capaz de aceptar que te vigilen los escogidos de Dios, ¿no son vacías tus afirmaciones de que puedes aceptar el escrutinio de Dios? Para que puedas aceptar el escrutinio y el examen de Dios, primero has de ser capaz de aceptar la vigilancia de la casa de Dios, de los líderes y obreros y de los hermanos y hermanas” (La Palabra, Vol. V. Las responsabilidades de los líderes y obreros). “Independientemente de los problemas que haya en ti, o de qué clase de corrupción expongas, debes reflexionar y conocerte a ti mismo según las palabras de Dios o hacer que los hermanos y hermanas te hagan comentarios. Lo más importante es que debes aceptar el escrutinio de Dios y presentarte ante Él para pedirle esclarecimiento e iluminación. No importa cómo te lo tomes, lo mejor es que identifiques de antemano tus problemas y los resuelvas, lo cual es el resultado de reflexionar sobre ti mismo. Hagas lo que hagas, no esperes a ser expuesto por Dios, pues entonces será demasiado tarde” (La Palabra, Vol. IV. Desenmascarar a los anticristos. Punto 7: Son malvados, insidiosos y mentirosos (I)). Hasta que no leí las palabras de Dios no comprendí que mis hermanos y hermanas me supervisan y guían solo porque son serios y responsables en el trabajo, y yo debía admitirlo de parte de Dios y aprender a aceptar y obedecer. Este es el único modo de aceptar el escrutinio de Dios y de temerlo a Él de corazón. Cuando mi hermana descubrió mis problemas y me los señaló, lo hizo para ayudarme y favorecerme. Mi experiencia vital era demasiado superficial. Los nuevos fieles tenían problemas en el deber, pero yo no sabía enseñarles la verdad para resolverlos y, muchas veces, simplemente organizaba el trabajo y así lo dejaba, sin seguimiento ni ayuda posteriores. No captaba los principios de organización del personal, pero la hermana Liu comprendía algo la verdad y tenía claras algunas cuestiones, por lo que, de haber cooperado en la labor de la iglesia, eso no solo habría favorecido el trabajo, sino que yo habría aprendido de ella y habría mejorado antes. Fue entonces cuando entendí por qué nos exige Dios que cooperemos en el deber, en vez de hacerlo en solitario: porque la gente tiene un carácter corrupto, así que hemos de supervisarnos entre nosotros, guiarnos y ayudarnos a evitar los errores. Me sentí especialmente culpable al pensarlo. No podía seguir viviendo por el prestigio y el estatus. Tenía que aprender a renunciar a mí misma, aceptar la supervisión y la guía de otras personas, cooperar con mi hermana, buscar la verdad y resolver juntas los problemas de trabajo y cumplir bien con el deber.

Después quise sincerarme con la hermana Liu para exponerle y analizar mi corrupción y pedirle disculpas. Me sorprendió que mi líder me enviara a otra iglesia a cumplir con el deber. Separada de la hermana Liu, sentía muchos remordimientos. Así pues, oré a Dios en silencio para decir que, desde entonces, quería cumplir bien con el deber y centrarme en enderezar mis actitudes corruptas. Más adelante, en la nueva iglesia, me consagré al deber. Recuerdo que una vez me llamó la hermana Li, encargada del riego, para preguntarme qué tal las reuniones de nuevos fieles. La hermana Li me advirtió: “Siempre vas a otras reuniones y rara vez vienes a las de nuevos fieles, con lo que parece que la líder está ausente. No te conoce ninguno de los hermanos y hermanas. Así es difícil seguir correctamente sus estados y dificultades posteriormente”. Me quedé anonadada al oírle decir eso y notaba que me estaba poniendo nerviosa. Pensé: “¿Cómo puedes calificarme de líder ausente? ¿Acaso no quieres decir que no hago un trabajo práctico y que soy una inútil? ¡Eres demasiado dura! No es que no trabaje; hago seguimiento de otros trabajos. Ya que te encargas de este grupo, ¿por qué no te responsabilizas de él? No tengo que ser yo la que lo haga todo. Si los líderes superiores se enteran de esto, ¿no creerán que no hago un trabajo práctico? Así no puede ser. Tengo que encontrar errores en tu trabajo que contar…”. Al pensarlo me di cuenta de que mi estado era incorrecto. Mi hermana estaba señalando problemas en mi trabajo y, en vez de admitirlo y reflexionar, la consideraba demasiado dura y quería encontrar problemas en su labor para refutarla. Estaba negándome a aceptar la verdad e intentando vengarme otra vez. Una vez que lo reconocí, oré en silencio a Dios: “Dios mío, Tú dispusiste que la hermana Li me señalara este asunto hoy, pero yo en el fondo fui reacia, lo que se opone a Tu voluntad. Deseo obedecer y hacer introspección”. Tras orar me calmé y me puse a hacer introspección. Me di cuenta de que sí tenía un problema: dependía mucho de la hermana Li. Creía que, con ella a cargo del riego a nuevos fieles, yo podría relajarme y no intervenir. Como líder de iglesia, rara vez lograba conocer los estados y dificultades reales de los nuevos fieles. No cumplía mis responsabilidades. Esta era una auténtica manifestación de ausencia de trabajo práctico. Luego le dije a la hermana Li: “Reorganizaré mi horario. Antes no sabía de este problema, pero quiero cambiarlo”. Después, me ponía en contacto con los nuevos fieles, asistía a sus reuniones y les brindaba enseñanzas que corrigieran sus estados. Me sentía muy tranquila cumpliendo así con el deber. Con esta experiencia me di cuenta de que, al practicar según la palabra de Dios y aprender a aceptar la supervisión, la guía, la poda y el trato de mis hermanos y hermanas, podía transformarme de verdad un poco.

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