No te dejes atrapar por los celos

23 Oct 2022

Por Li Fang, China

En el verano de 2017 servía como líder de iglesia. Por necesidades de trabajo, la líder superior dispuso que trabajaran conmigo la hermana Yang y la hermana Wang y me ordenó que las ayudara. Con el tiempo, comprobé que estas dos hermanas tenían una carga en el deber y progresaban rápido. No tenía que preocuparme de ciertas cosas: las dos podrían debatirlas y ocuparse de ellas. Al principio me alegraba mucho de ello, pero, pasado un tiempo, empezó a dejarme mal sabor de boca. Como yo era la líder, los grandes y pequeños asuntos de la iglesia, en realidad, tenían que debatirlos conmigo antes, pero ahora disponían algunas cosas sin hablar conmigo. ¡Ya no me tomaban en serio! De seguir así, solo sería líder de boquilla.

En una reunión, una supervisora mentó a las dos hermanas con quienes trabajaba: “Asumen una gran carga en el deber. Antes, siempre nos faltaban regantes, pero, desde que llegaron ellas, enseguida se han hecho cambios y el equipo es bastante eficaz”. Di gracias a Dios de palabra, pero en el fondo no me alegraba tanto. Noté que me ruborizaba. Parecía que, después de todo, los demás las apreciaban más a ellas que a mí. Hacía varios años que yo era líder, pero ellas, en cambio, llevaban unos días. ¿Eran mejores que yo? No quería admitirlo. No oí nada de lo que dijo después la supervisora. Me marché a casa tras la reunión. Esa noche estuve dando vueltas en la cama sin poder dormir. Me sentía muy molesta cada vez que pensaba en lo que había dicho la supervisora. Tras haber sido líder durante años, aún no estaba a la altura de esas hermanas que acababan de empezar a formarse. ¿Qué opinaría de mí la líder superior si se enteraba? ¿Diría que era una incompetente e inadecuada para ser líder? Antes, los demás me admiraban, pero ahora todos creían mejores a esas hermanas. Después de aquello, ¿las apoyarían a ellas en vez de a mí? Sentía que la hermana Yang y la hermana Wang me habían eclipsado, y me embargaron los celos y el rencor hacia ellas. En esa época tenía la mente agitada y temía que mi puesto no estuviera seguro. Me animaba mentalmente para hacer un buen trabajo y esforzarme en hacer bien todos nuestros proyectos, de forma que todos vieran que en absoluto era yo inferior a ellas. Posteriormente, madrugaba y trasnochaba todos los días. Saltaba a la palestra para cualquier labor importante y pronto resolvía los problemas que surgían por temor a que mis hermanas se colocaran en cabeza. A veces incluso esperaba que metieran la pata y quedaran mal. Un día, comprobando los libros de la iglesia, descubrimos discrepancias en las cifras de enviados y recibidos. Ellas gestionaban la distribución y recepción de libros y, al verlas buscando el motivo con tanta ansia, yo no solo no las ayudaba, sino que estaba disfrutando de su desgracia, pensando: “Os creía muy capaces; ¿qué vais a hacer ahora?”. En tono de reprensión, señalé: “Un problema con los libros de la iglesia es algo importante”. Les resultó muy agobiante oír esto, lo que repercutió en sus respectivos estados. Estaba contenta en secreto: “¡A ver si la líder cree que son mejores después de semejante error! Si siguen en un estado negativo, no tendré que preocuparme por ninguna amenaza a mi puesto”. Entonces me sentí algo culpable y me di cuenta de que me estaba pasando de la raya, pero no lo reflexioné mucho.

Luego cambiaron de deber a la hermana Wang por ciertos motivos, así que la hermana Yang y yo nos quedamos trabajando juntas. Un día, en un debate de trabajo, reparé en que la líder superior siempre le pedía opinión a la hermana Yang, mientras yo estaba sentada a un lado sintiéndome marginada. No pude evitar conjeturar que tal vez la líder pensara que, como ella era más joven y más apta, ella quería formarla. Me sentí abatida al pensarlo. Antes, la líder siempre había debatido las cosas conmigo, pero ahora valoraba a la hermana Yang. ¿Eso no le hacía quedar a ella mejor que a mí? Estaban reapareciendo mis celos. En esa época, la reprendía siempre que advertía errores en su trabajo y algunas veces no le prestaba atención. En las reuniones me reafirmaba como quien las dirigía para poder resolver los problemas de todos, y no le daba ocasión de hablar. Su estado fue cada vez a peor y ya no tenía una carga en el trabajo de la iglesia. Algunas cosas no se gestionaron a tiempo, lo que perjudicó la labor de la iglesia. Por entonces sí me sentía un poco culpable. Sentía que tenía mucho que ver con su estado negativo, pero no hacía introspección. No entendí mi propio estado hasta que no me sobrevino la disciplina de Dios.

Un día, de pronto tuve náuseas y fiebre, y luego me dio tos. Pensé que el asma me estaba dando problemas otra vez, pero una hermana me advirtió: “Últimamente noto que eres la única que habla en las reuniones. La hermana Yang no puede intervenir. Deberías hacer mucha introspección. ¡Es peligroso seguir así!”. No solo no lo admití, sino que hice de todo por defenderme: “No la conoces, no se le da bien hablar. A veces no habría más que silencio en las reuniones si no hablara yo”. No añadió nada más. Más tarde empeoró cada vez más mi tos, y ningún medicamento me servía. Por más que quisiera, no podía hablar en las reuniones. Fui a la médica a que me lo mirara. Según ella, tenía bronquiectasia y tuberculosis agudas y dijo que son enfermedades muy graves que, con medicación, se tarda un año en controlar. Al oírlo, me quedé allí sentada en shock y sintiéndome muy desdichada. Ya había tenido tuberculosis y costó mucho tratarla. No sabía cómo podía haberla contraído de nuevo, y encima un caso tan grave. Como la tuberculosis es contagiosa, no podía tener contacto con los hermanos y hermanas. Eso significaba que no podría cumplir con el deber. Había cumplido con un deber durante todos mis años de fe y hasta había dejado familia y trabajo para entregarme. Especialmente en aquel entonces, había muchísimo trabajo y yo estaba al frente de todo ello. ¿Por qué contraje una enfermedad tan grave? ¿Cuál era la voluntad de Dios? Cuanto más lo pensaba, peor me sentía, y seguí escondida bajo el edredón para llorar. Una vez oré a Dios llorando: “¡Dios mío! Estoy sufriendo muchísimo. No sé cómo resolver esto. Te pido esclarecimiento para entender Tu voluntad y, con ello, aprender mi lección en esta enfermedad”.

Un día leí estas palabras de Dios en mis devociones: Dios dice: “La mayoría de las veces, cuando te sobreviene una enfermedad grave o inusual y esta te causa un gran dolor, esto no es algo que te suceda por accidente; tanto si estás enfermo como si estás sano, la voluntad de Dios está detrás de todo” (La Palabra, Vol. III. Discursos de Cristo de los últimos días. En la fe en Dios, lo más importante es alcanzar la verdad). Al meditarlo, comprendí que el que Dios permitiera que enfermara tanto no tenía nada de arbitrario, sino que, sin duda, entrañaba Su voluntad. Tenía que hacer introspección en serio. Oré y busqué una y otra vez. Reflexionando, de repente me di cuenta de que mis celos constantes hacia la hermana Yang, viviendo en un estado de pugna por la reputación y la ganancia sin transformarme, habían hecho que ella se sintiera limitada, lo que había afectado al trabajo de la iglesia. Me sentí culpable y llena de pesar. Leí estas palabras de Dios: “¡Humanidad cruel! La confabulación y la intriga, robarse y agarrarse entre ellos, la lucha por la fama y la fortuna, la masacre mutua, ¿cuándo se van a terminar? A pesar de que Dios ha hablado cientos de miles de palabras, nadie ha entrado en razón. La gente actúa por el bien de sus familias, hijos e hijas, por sus carreras, perspectivas de futuro, posición, vanidad y dinero, por comida, ropa y por la carne. Pero ¿existe alguien cuyas acciones sean verdaderamente por el bien de Dios? Incluso entre aquellos que actúan por el bien de Dios, casi nadie lo conoce. ¿Cuántas personas no actúan por sus propios intereses? ¿Cuántos no oprimen ni condenan al ostracismo a los demás con el propósito de proteger su propia posición?” (La Palabra, Vol. I. La aparición y obra de Dios. Los malvados deben ser castigados). “Algunos siempre tienen miedo de que otros sean mejores y más elevados que ellos, que otros obtengan reconocimiento mientras ellos son ignorados. Esto lleva a que ataquen y excluyan a los demás. ¿Acaso no están celosas de las personas más capaces que ellas? ¿No es egoísta y despreciable este comportamiento? ¿Qué tipo de carácter es este? ¡Es malicioso! Pensar solo en los intereses propios, satisfacer solo los deseos propios, sin mostrar consideración por los demás o los intereses de la casa de Dios: las personas así tienen mal carácter y Dios no las ama” (La Palabra, Vol. III. Discursos de Cristo de los últimos días. Entregando el corazón a Dios, se puede obtener la verdad). La lectura de las palabras de Dios me resultó muy incisiva. Revelaba mi estado preciso. Como esas dos hermanas cumplían con el deber hábilmente, aprendían rápido y gestionaban las cosas sin debatirlas conmigo, me había incomodado y pensaba que me faltaban al respeto. Cuando aquella supervisora las elogió por ser eficaces en el deber, las percibí todavía más como una amenaza a mi puesto y que querían eclipsarme. Para demostrarme mejor que ellas y asegurarme el puesto, aprovechaba para ser el centro de atención al hablar y resolver los problemas de los demás en las reuniones y no les daba ocasión de hablar a ellas. Cuando al cuadrar los libros había algo que no estaba claro, en lugar de ayudarlas a encontrar el motivo, disfruté de su desdicha e hice comentarios sarcásticos, con lo que las presioné e hice que vivieran en la negatividad. Qué maligna fui. Al pensarlo, sentí culpa y pesar y oré a Dios con lágrimas: “¡Oh, Dios! No solo no cumplí bien con él ni retribuí Tu amor, sino que tenía celos de quienes tenían capacidad y pugnaba por la reputación y la ganancia. Mi conducta te resulta repugnante, abominable. Dios mío, quiero arrepentirme y transformarme”. Leí estas palabras de Dios. “Al enfrentarse a un problema, algunas personas sí buscan una respuesta de los demás, pero cuando el otro habla conforme a la verdad, no lo aceptan, no son capaces de obedecer y, por dentro, piensan: ‘Normalmente soy mejor que él. Si escucho sus sugerencias esta vez, ¿no parecerá que él es superior a mí? No, no puedo escucharlo en lo que se refiere a este asunto. Simplemente, lo haré a mi manera’. Luego encuentran una razón y una excusa para rebatir el punto de vista del otro. ¿Qué tipo de carácter se presenta cuando una persona ve a alguien que es mejor que ella y trata de derribarla, difundiendo rumores sobre tal persona o empleando medios despreciables para denigrarla y socavar su reputación —incluso pisoteándola— con el fin de proteger su propio lugar en la mente de la gente? Esto no es solo arrogancia y engreimiento, es el carácter de Satanás, es un carácter malicioso. Que esta persona pueda atacar y alienar a personas que son mejores y más fuertes que ella es mezquino y malvado. Y que no se detengan ante nada para derribar a la gente muestra que hay mucho de diablo en ellos. Viviendo según el carácter de Satanás, son capaces de menospreciar a las personas, de intentar que las culpen de algo que no han hecho, de ponerles las cosas difíciles. ¿No es esto hacer el mal? Y viviendo así, siguen pensando que no hay problema en ellos, que son buenas personas; sin embargo, cuando ven a alguien más fuerte que ellos, son propensos a hacérselo pasar mal, a pisotearlo todo. ¿Qué problema hay aquí? Las personas que son capaces de cometer semejantes maldades, ¿acaso no son inescrupulosas y caprichosas? Esas personas solo piensan en sus intereses, solo consideran sus sentimientos, lo único que quieren es concretar sus deseos, ambiciones y objetivos. No les importa el daño que causan a la obra de la iglesia, y prefieren sacrificar los intereses de la casa de Dios para proteger su estatus en la mente de la gente y su propia reputación. ¿Acaso no son las personas así arrogantes y santurronas, egoístas y viles? Estas personas no solo son arrogantes y santurronas, sino que también son extremadamente egoístas y viles. No tienen en cuenta la voluntad de Dios en absoluto. ¿Tienen estas personas algún temor de Dios? No tienen el más mínimo temor de Dios. Esa es la razón por la que actúan arbitrariamente y hacen lo que les place, sin ningún sentido de culpa, sin ninguna inquietud, sin ninguna aprensión o preocupación y sin considerar las consecuencias. Esto es lo que suelen hacer y el modo en que se han comportado siempre. ¿Cuál es la naturaleza de tal comportamiento? Por decirlo suavemente, esas personas son demasiado envidiosas y tienen un deseo excesivo de reputación y estatus personales; son demasiado astutas y traicioneras. Dicho con mayor dureza, la esencia del problema es que en el corazón de esas personas no hay el más mínimo temor de Dios. No temen a Dios, creen que son sumamente importantes y consideran que cada aspecto de sí mismas es superior a Dios y a la verdad. En su corazón, Dios no merece mención y es insignificante, y Dios no tiene absolutamente ningún estatus en su corazón. ¿Acaso pueden aquellos que no tienen lugar para Dios en su corazón y no lo veneran poner la verdad en práctica? Por supuesto que no. Entonces, cuando habitualmente van alegres manteniéndose ocupados y gastando mucha energía, ¿qué están haciendo? Esa gente incluso asegura que lo ha abandonado todo para esforzarse por Dios y que han sufrido mucho, pero, en realidad, la motivación, el principio y el objetivo de todos sus actos es en aras de su propio estatus y prestigio, de proteger todos sus intereses. ¿Diríais o no que esa clase de gente es terrible? ¿Qué clase de personas han creído en Dios durante muchos años y sin embargo no tienen temor de Él? ¿Acaso no son arrogantes? ¿No son Satanás? ¿Y cuáles son las cosas que más carecen del temor de Dios? Además de las bestias, los malvados y los anticristos, la calaña de los demonios y Satanás. No aceptan para nada la verdad; carecen de temor a Dios. Son capaces de cualquier maldad; son los enemigos de Dios, y los enemigos de Sus escogidos” (La Palabra, Vol. III. Discursos de Cristo de los últimos días. Las cinco condiciones que hay que cumplir para emprender el camino correcto de la fe en Dios). Al leer las palabras de Dios, parecía que estuviera cara a cara conmigo juzgándome. Creía que, como líder desde hacía años, debía de ser mejor que nadie, de un nivel superior, así que tenía celos y excluía a cualquiera más capaz que yo. Sabía que esas dos hermanas tenían aptitud y una carga en el deber y que lograban resultados. Eso era bueno para la labor de la iglesia y para la entrada en la vida de los hermanos y hermanas. Sin embargo, yo no pensaba en nada de eso; solo me importaban mi reputación y estatus. Peleaba en silencio contra ellas buscando errores y descuidos en su trabajo, alterándolas, haciéndoles quedar mal, dejándolas en un mal estado y ya sin una carga en el deber. También perjudiqué el trabajo de la iglesia. Por mantener el estatus, tenía celos de quienes tenían más talento y deprimí a unas hermanas capaces de hacer un trabajo práctico. Eso perturbó el trabajo de la iglesia y perjudicó los intereses de la casa de Dios. No tenía humanidad y revelaba un carácter satánico. Satanás no soporta que a la gente le vaya bien, sino que se muere de ganas de que se deprima y traicione a Dios. Actuaba totalmente como una esbirra de Satanás, que hacía el mal y se oponía a Dios. Como líder de iglesia, debía tener en cuenta la voluntad de Dios y formar a gente con más talento para la iglesia, pero, en cambio, no solo no formaba a gente con talento, sino que era celosa y agobiante. ¿Eso era cumplir con un deber? ¡Solamente hacía el mal y me oponía a Dios! Me detesté de veras: sentí que ni siquiera era humana y que no merecía vivir.

Un día me sinceré con una hermana y le hablé de mis celos. Me escuchó y compartió conmigo el ejemplo de los celos de Saúl a David. Me dijo: “Cuando Saúl vio que Dios usaba a David para ganar guerras y los israelitas lo respaldaban, tuvo celos de David y lo persiguió para matarlo. Acabó siendo detestado y rechazado por Dios”. Esto me provocó un escalofrío por todo el cuerpo. Pensé en la totalidad de mi conducta reciente. Como esas dos hermanas lograban resultados en el deber, me puse celosa de ellas y las frenaba a cada paso. Eso no era llevarse bien con la gente, sino oponerse a Dios. ¿No era igual que Saúl? Visto de ese modo, me asusté bastante y comprendí que la oportuna disciplina de Dios le paró los pies a mi maldad. Si seguía así, las consecuencias serían inimaginables. Luego lo pensé una y otra vez. Si sabía de sobra que a Dios no le agradan los celos, ¿por qué no podía evitar dejar a otros de lado? Leí un pasaje de las palabras de Dios. “Una de las características más obvias de la esencia de un anticristo es que son como déspotas dirigiendo su propia dictadura. No escuchan a nadie, desprecian a todos y, a pesar de los puntos fuertes de la gente, o de lo que dicen y hacen, o de las ideas y opiniones que tienen, no les prestan atención; es como si nadie estuviera cualificado para trabajar con ellos, o para participar en cualquier cosa que hagan. Ese es el tipo de carácter de un anticristo. Algunas personas dicen que esto es tener una humanidad pobre, pero ¿cómo va a ser eso sencillamente una humanidad pobre? Se trata de un carácter satánico absoluto; esta clase de carácter es sumamente feroz. ¿Por qué digo que su carácter es sumamente feroz? Los anticristos piensan en los intereses de la casa de Dios y de la iglesia como algo propio, como su propiedad personal que debe ser gestionada enteramente por ellos, sin que nadie interfiera. Lo único en lo que piensan cuando hacen el trabajo de la iglesia es en sus propios intereses, su propio estatus e imagen. No permiten que nadie perjudique sus intereses, y mucho menos dejan que cualquiera que tenga aptitud y sea capaz de hablar de sus experiencias y su testimonio amenace su estatus y prestigio. […] Cuando alguien se distingue con un pequeño trabajo, cuando alguien es capaz de hablar de experiencias y testimonios verdaderos para beneficiar, edificar y apoyar a los escogidos, y se gana grandes elogios de todos, la envidia y el odio crecen en los corazones de los anticristos, tratan de alienarlos y socavarlos, y bajo ninguna circunstancia permiten que tales personas emprendan ningún trabajo, para evitar que amenacen su estatus. […] Los anticristos piensan para sí: ‘De ninguna manera voy a soportar esto. Quieres desempeñar un papel en mi campo de acción, quieres competir conmigo. Eso es imposible, ni lo pienses. Eres más competente que yo, más elocuente, ilustrado y popular que yo. ¿Quieres que trabaje a tu lado? ¿Qué haría yo si me robaras el protagonismo?’. ¿Están considerando los intereses de la casa de Dios? No. ¿En qué piensan? Solo piensan en cómo mantener su propio estatus. Aunque se saben incapaces de hacer un trabajo real, no nutren ni promueven a las personas de buena aptitud que buscan la verdad; a las únicas que promueven son a las personas que los adulan, a las que son propensas a adorar a otros, a aquellos que los alaban y admiran en sus corazones, personas que se las saben todas, que no tienen comprensión de la verdad y son incapaces de notar la diferencia” (La Palabra, Vol. IV. Desenmascarar a los anticristos. Punto 8: Querrían que se les obedeciera solo a ellos, no a la verdad ni a Dios (I)). Dios expone que los anticristos no piensan en absoluto en el trabajo de Su casa y quieren todo el poder. Se hacen con el control de la iglesia y no dejan que participe nadie más. Excluyen y oprimen a todo aquel que suponga una amenaza a su estatus y se esfuerzan mucho por ocultar los puntos fuertes y las bondades de otros. Yo actuaba igual que un anticristo. Por consolidar mi estatus, quería el monopolio del poder y ser la única que tuviera la última palabra en la iglesia, y defendía que “no puede haber más que un macho alfa” y “yo soy mi propio señor en todo el cielo y la tierra”. No me dejaba superar por nadie. Consideraba competidoras a esas hermanas, las atacaba en cuanto tenía ocasión y disfrutaba con sus errores. Tenía un carácter muy ruin e iba por la senda de un anticristo. Si no me arrepentía y transformaba, ¿no acabaría como ellos? En ese momento entendí que, sin la disciplina de Dios y sin el juicio y las revelaciones de Sus palabras, nunca habría descubierto la gravedad de la naturaleza de mis actos. Durante un rato sentí mucho pesar y mucha culpa y me detesté de veras. Lamentaba no haber valorado la oportunidad de cumplir con el deber y me sentía muy en deuda con Dios.

Después leí más palabras de Dios. “Ser líder de la iglesia no es solo aprender a usar la verdad para resolver los problemas, sino también descubrir y cultivar a la gente de talento, a quienes de ninguna manera debes envidiar ni reprimir. Practicar de esta manera es beneficioso para la obra de la iglesia. Si puedes formar a algunos buscadores de la verdad para que cooperen bien contigo en toda la labor que realizas y, al final, todos vosotros tenéis testimonios basados en la experiencia, serás un líder cualificado. Si llegáis a ser capaces de actuar en todas las cosas según los principios, entonces estaréis viviendo a la altura de vuestra lealtad. […] Si realmente puedes ser considerado con la voluntad de Dios, entonces podrás tratar a otras personas de manera justa. Si recomiendas a una buena persona y dejas que reciba formación y cumpla un deber, con lo que la casa de Dios gana así una persona talentosa, entonces ¿no será más sencillo tu trabajo? ¿No habrás estado entonces a la altura de tu lealtad en este deber? Se trata de una buena obra ante Dios, es el mínimo de conciencia y sentido que debe poseer un líder” (La Palabra, Vol. III. Discursos de Cristo de los últimos días. Entregando el corazón a Dios, se puede obtener la verdad). En las palabras de Dios aprendí que los líderes y obreros han de centrarse en descubrir y formar a gente con talento. Reprimirla y tenerle celos en aras de sus propios intereses le resulta abominable a Dios. Teniendo presente mi pesar por mi colaboración anterior con aquellas dos hermanas, decidí que, sin importar con quiénes trabajara en un futuro, priorizaría los intereses de la casa de Dios y recomendaría de inmediato a todo talento que descubriera, con lo que cumpliría mi responsabilidad en mi deber. En una reunión posterior, revelé y analicé mi corrupción ante los demás, y, al trabajar con otra gente, constantemente me recordaba que no debía hacer nada que dificultara el trabajo de la iglesia. Con el tiempo, la iglesia dispuso que trabajase en la producción de videos.

La iglesia no tardó en disponer que diera formación práctica a otra hermana. Tenía aptitud y aprendía rápido. Yo pensaba: “Si lo hace bien, ¿ocupará mi lugar? ¿Me despreciará la líder cuando vea que yo aprendo más despacio que la hermana?”. Al pensarlo, no tenía ganas de volcarme en formarla. Me di cuenta entonces de que no me hallaba en el estado correcto, por lo que me apresuré a orar para pedirle a Dios que velara mi corazón. Recordé unas palabras de Dios: “Primero debes considerar los intereses de la casa de Dios, tener en cuenta la voluntad de Dios, considerar la obra de la iglesia y poner estas cosas antes que nada; solo después de eso puedes pensar en la estabilidad de tu estatus o en cómo te ven los demás” (La Palabra, Vol. III. Discursos de Cristo de los últimos días. Entregando el corazón a Dios, se puede obtener la verdad). Con esta idea, renuncié a mi forma incorrecta de pensar y me esmeré por formarla, y ella pudo cumplir sola con el deber en cuestión de días. Trabajando juntas, también mejoró algo nuestra eficacia en el deber. Experimenté personalmente que la cooperación armoniosa acarrea una libertad y una paz profundas. Acarrea las bendiciones de Dios. Mi transformación ha sido, toda ella, un logro de las palabras de Dios. ¡Gracias a Dios!

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