En un deber es clave cooperar en armonía

15 Jul 2022

Por Jingkao, Estados Unidos

En verano de 2020, la hermana Wang y yo trabajamos en el etalonaje de videos. Como yo era la líder del equipo y asignaba las tareas, dispuse que la hermana Wang se ocupara de los videos musicales y yo me encargaría de las películas. Me creía capaz de ocuparme del etalonaje de las películas yo sola, ya que anteriormente había hecho varias por mi cuenta. Aunque la hermana Wang también había coloreado películas previamente, yo tenía más práctica, por lo que no me parecía necesario que participara ella. Además, si lo hacía por mi cuenta, me llevaría todo el mérito, lo que destacaría mejor mis habilidades y haría que me admiraran mis hermanos y hermanas. Luego tuve una carga de trabajo algo elevada por la acumulación de escenas sin etalonar. Hacía horas extras a diario para tratar de ponerme al día con las escenas sin acabar. A veces veía que la hermana Wang se acostaba pronto mientras yo aún me quedaba hasta tarde. Por la mañana, madrugaba más que la hermana Wang y me sentía muy cansada. Pero no quería que la hermana Wang compartiera la carga conmigo. Pensaba que, si intervenía ella, habría dos nombres en los títulos de crédito del etalonaje al final de la película. Solía estar mi nombre nada más, pero, si añadía a la hermana Wang, seguro que los hermanos y hermanas creerían que yo tenía pocas habilidades de trabajo, lo que sería vergonzoso. En ocasiones pensaba: “Si dejara que la hermana Wang me ayudara, las cosas irían más rápido, yo no estaría tan ocupada y los resultados serían mejores que si lo hiciera yo sola”. Sin embargo, al pensar en compartir los títulos de crédito con ella, no me convencía. Por eso, ni más ni menos, nunca dejé a la hermana Wang participar en el etalonaje de películas. Por entonces no hacía introspección, hasta que un día, cuando una hermana me dijo que la hermana Wang no llevaba una carga en el deber y me pidió que hablara con ella, de pronto reflexioné: “¿Tiene algo que ver conmigo que la hermana Wang no lleve una carga? Estoy ocupadísima todos los días y sé que ella tiene tiempo, pero no le asigno tareas de atalonaje de películas, así que se queda sin nada que hacer”. Me di cuenta vagamente de que no estaba bien esto y de que, si yo hacía sola el etalonaje de películas, al final demoraría el trabajo de la casa de Dios. Pero luego pensé que podría ocuparme algunas horas extra más, por lo que dejé las cosas como estaban. Aunque me diera cuenta de que tenía mala intención, no obstante, no podía renunciar, lo que me resultaba muy doloroso, así que oré a Dios para pedirle que me guiara hasta que renunciara a mis malas intenciones.

Un día, en mis devocionales, vi una lectura en video de la palabra de Dios, “Aunque los líderes y obreros tienen compañeros, todo el mundo que cumple con algún deber tiene uno, los anticristos piensan que tienen buen calibre y son mejores que las personas corrientes, así que estas no son dignas de ser sus colaboradores y son todas inferiores a ellos. Por eso a los anticristos les gusta tomar las decisiones y no les gusta hablar las cosas con nadie más. Piensan que esto les haría parecer estúpidos e incompetentes. ¿Qué clase de punto de vista es ese? ¿Qué clase de carácter es este? ¿Se trata de un carácter arrogante? Piensan que cooperar y discutir las cosas con los demás, buscar respuestas en ellos y hacerles preguntas, es indigno y degradante, una afrenta a su autoestima. Y por eso, para proteger su autoestima, no permiten la transparencia en nada de lo que hacen, ni se lo cuentan a los demás, y mucho menos lo discuten con ellos. Piensan que discutir con otros es mostrarse como incompetentes; que pedir siempre la opinión de otros equivale a ser estúpidos e incapaces de pensar por sí mismos; que trabajar con los demás para completar una tarea o resolver algún problema les hace parecer inútiles. ¿Acaso no es esta su mentalidad arrogante y absurda? ¿Acaso no es este su carácter corrupto? La arrogancia y la santurronería que hay en ellos son demasiado obvias; han perdido toda su razón humana normal y no están bien de la cabeza del todo. Siempre se piensan que tienen habilidades, que pueden terminar las cosas ellos solos y que no necesitan coordinarse con los demás. Como tienen esas actitudes corruptas, son incapaces de alcanzar una cooperación armoniosa. Creen que trabajar con otros es diluir y fragmentar su poder, que cuando el trabajo se comparte con otros, su propio poder disminuye y no pueden decidirlo todo ellos mismos, con lo que carecen de poder real, lo que a ellos les supone una tremenda pérdida. Y así, no importa lo que les ocurra, si creen que lo entienden y saben cómo manejarlo, entonces no lo discutirán con nadie, seguirán queriendo mantener el control sobre ello. Preferirán equivocarse a informar a los demás, preferirán estar en un error a compartir el poder con alguien, y preferirán la destitución a dejar que otras personas interfieran en su trabajo. Eso es un anticristo. Prefieren dañar y poner en peligro los intereses de la casa de Dios que compartir su poder con nadie. Piensan que cuando están haciendo un trabajo o manejando algún asunto, mientras entiendan algunas doctrinas y sean capaces de hacerlo por su cuenta, no necesitan colaborar con nadie; creen que deben llevarlo a cabo y completarlo solos, y que solo así son competentes. ¿Es esta idea correcta? No saben que, si violan los principios, no están cumpliendo su deber, así que no pueden llevar a cabo la comisión de Dios, y simplemente prestan servicio. En vez de buscar los principios de la verdad cuando cumplen con el deber, ejercen poder según sus pensamientos e intenciones, alardean y se jactan. Sin importar quién sea su compañero o lo que hagan, nunca quieren hablar las cosas, siempre quieren actuar por su cuenta y siempre quieren tener la última palabra. Obviamente juegan con el poder y lo utilizan para hacer las cosas. Todos los anticristos aman el poder, y cuando tienen estatus, quieren más poder. Cuando tienen poder, los anticristos tienden a alardear, jactarse y destacar entre los demás. Así, los anticristos se obsesionan con el poder y el estatus, y nunca jamás lo abandonan” (La Palabra, Vol. IV. Desenmascarar a los anticristos. Querrían que se les obedeciera solo a ellos, no a la verdad ni a Dios (I)). En la palabra de Dios descubrí que los anticristos tienen un carácter muy arrogante y no cooperan con nadie. Creen que, si comparten el trabajo con otros, parecerán incompetentes, se disgregará el poder y no los admirarán. Por eso prefieren perjudicar los intereses de la casa de Dios a compartir el trabajo con nadie. Reflexioné y me di cuenta de que yo era igual. No quería a la hermana Wang en el etalonaje de películas porque temía que su participación me hiciera parecer incompetente y dañara mi imagen, así que lo hacía yo sola. En consecuencia, estaba agotada y el trabajo se demoraba. Realmente era demasiado arrogante e irracional. Haya el trabajo que haya en la casa de Dios, nadie lo puede hacer él solo. Todo el mundo necesita compañeros y ayuda, y es preciso que los hermanos y hermanas cooperen como un solo hombre para hacer el trabajo, ya que nadie es perfecto. Sin importar la aptitud, los dones y los talentos de una persona, todo el mundo tiene fallos y defectos, y es necesario que aprendamos a renunciar a nosotros mismos y a cooperar con los compañeros para cumplir bien con el deber y llevar a cabo la comisión de Dios. Sin embargo, yo era arrogante y engreída. Era demasiado ambiciosa en el deber, quería todo el mérito y que me admiraran; por eso no era compañera de nadie. Prefería demorar el trabajo de la casa de Dios a permitir que nadie se uniera o entrometiera en el mío. Con esta forma de cumplir con el deber, no acumulaba buenas acciones y hacía el mal. Al darme cuenta, me sentí muy triste, por lo que me presenté ante Dios a orar: “Dios mío, veo que soy demasiado arrogante y que carezco de toda humanidad y razón. Deseo arrepentirme. Por favor, guíame para conocerme a mí misma”.

Un día, buscando fragmentos de la palabra de Dios relativos a mi estado, encontré este pasaje: “¿Qué hay que hacer para cumplir bien con el deber? Uno debe llegar a cumplirlo con todo el corazón y todas sus energías. Utilizar todo el corazón y todas las energías implica dedicar todos los pensamientos al cumplimiento del deber y no dejar que otras cosas los ocupen, y luego aplicar la energía que uno tiene, ejerciendo la totalidad del poder propio, y aportando el calibre, los dones, las fuerzas y las cosas que ha comprendido a la tarea. Si eres capaz de comprender y aceptar y tienes una buena idea, debes comunicarla a los demás. Esto es lo que significa cooperar en armonía. Así es como cumplirás bien con tu deber, cómo lograrás un cumplimiento satisfactorio de tu deber. Si deseas llevar siempre toda la carga y asumirlo todo tú mismo, queriendo ser protagonista en lugar de los demás, ¿estás cumpliendo con tu deber? Lo que estás haciendo se llama autocracia; es montar un espectáculo. Es un comportamiento satánico, no el cumplimiento del deber. Nadie, sin importar sus fortalezas, dones o talentos especiales, puede asumir todo el trabajo por sí mismo; deben aprender a cooperar en armonía si quieren hacer bien el trabajo de la iglesia. Por eso, la cooperación armoniosa es un principio de la práctica del cumplimiento del deber. Mientras apliques todo tu corazón y toda tu energía y toda tu fidelidad, y ofrezcas todo lo que puedes hacer, estarás cumpliendo bien tu deber. Si tienes un pensamiento o una idea, cuéntaselo a los demás; no lo retengas ni lo guardes, pero tampoco dejes de tener en cuenta las opiniones de los demás. Venga de quien venga la idea, si es correcta ha de aceptarse y obedecerse. Hazlo y habrás logrado la cooperación en armonía. Esto es lo que significa cumplir fielmente con el deber. Al cumplir con tu deber, no debes asumirlo todo tú mismo, ni trabajar sin descanso, ni ser ‘la única flor en el tiesto’ o un individualista; más bien, debes aprender a cooperar con los demás en armonía, y hacer todo lo que puedas, cumplir con tus responsabilidades, ejercer toda tu energía. Eso es lo que significa cumplir con tu deber. Cumplir con tu deber es ejercer todo el poder y la luz que posees para lograr un resultado. Con eso es suficiente. No trates siempre de presumir, de decir cosas altisonantes, y llevarle la contraria a los demás. Céntrate más en escuchar las sugerencias de los demás y en descubrir sus puntos fuertes. De este modo, cooperar en armonía resulta fácil. Si siempre intentas alardear y tener la última palabra, no estás cooperando en armonía. ¿Qué estás haciendo? Estás causando una perturbación y socavando a los demás. Eso es lo mismo que hacer el papel de Satanás; no es el cumplimiento del deber. Si siempre haces cosas que causan una perturbación y socavan a los demás, entonces no importa cuánto esfuerzo gastes o cuánto cuidado pongas, Dios no lo recordará” (La Palabra, Vol. III. Discursos de Cristo de los últimos días. El correcto cumplimiento del deber requiere de una cooperación armoniosa). A medida que meditaba la palabra de Dios, sentía vergüenza. La palabra de Dios revelaba mi estado. Para lucirme, consolidarme y recibir admiración, quería asumir yo sola el trabajo de etalonaje de películas sin dejar participar a la hermana Wang. Creía que, como antes hacía el etalonaje de cada película por mi cuenta, la participación de la hermana Wang me robaría el mérito. De esa manera, nadie me admiraría y no tendría capital del que presumir. Pensaba que así tendría las de perder. Aunque sabía que había mucha carga de trabajo en el etalonaje de películas, que provocaría demoras si lo hacía yo sola y que, si participaba mi hermana, haríamos más rápido el trabajo y los resultados serían mejores; y aunque sabía que la mayor parte del trabajo del equipo estaba en mis manos, que mi hermana solía estar ociosa y su estado se veía afectado, seguí sin permitir que compartiera la carga conmigo. Quería hacer yo sola el etalonaje de todas las películas tanto para hacer una aportación crucial como para demostrar que tenía buenas competencias técnicas y profesionales. Comprobé que me pasaba el tiempo pensando en mi imagen y estatus. No pensaba para nada en la labor de la casa de Dios ni me importaban los sentimientos de mi hermana. ¡En realidad no tenía conciencia ni humanidad! Aparentemente, madrugaba y trabajaba mucho cada día, como si fuera capaz de llevar una carga, sufrir y pagar un precio, pero, de hecho, me dedicaba a mis empeños personales y a satisfacer mis ambiciones y deseos. No cumplía para nada con mi deber de ser creado. Perturbaba el trabajo de la casa de Dios con el pretexto de cumplir con el deber, y cometía el mal. Además, iba por la senda de un anticristo.

Luego descubrí dos pasajes más de las palabras de Dios. “Cuando Dios requiere que las personas cumplan bien con su deber, no les está pidiendo completar cierto número de tareas o realizar alguna gran empresa, ni desempeñar ningún gran proyecto. Lo que Dios quiere es que la gente sea capaz de hacer todo lo que esté a su alcance de manera práctica y que viva según Sus palabras. Dios no necesita que seas grande u honorable, ni que hagas un milagro, ni tampoco quiere ver ninguna sorpresa agradable en ti. Dios no necesita estas cosas. Lo único que Dios necesita es que practiques con constancia según Sus palabras. Cuando escuches las palabras de Dios, haz lo que has entendido, lleva a cabo lo que has comprendido, recuerda lo que has visto, y entonces, cuando llegue el momento de practicar, hazlo según las palabras de Dios, para que Sus palabras se puedan convertir en tu vida, tus realidades y en lo que vives. Así Dios estará satisfecho. Tú siempre buscas la grandeza, la nobleza y el estatus; siempre buscas la exaltación. ¿Cómo se siente Dios cuando ve esto? Lo detesta y no quiere ni verlo. Cuanto más busques cosas como la grandeza, la nobleza y la superioridad sobre los demás; ser distinguido, destacado y notable, más repugnante serás para Dios. Si no reflexionas sobre ti mismo y te arrepientes, entonces Dios te despreciará y te abandonará. Asegúrate de no ser alguien a quien Dios encuentra repugnante, de ser una persona a la que Dios ama. Entonces, ¿cómo se puede alcanzar el amor de Dios? Recibiendo la verdad en obediencia, colocándote en la posición de un ser creado, actuando con los pies en el suelo por las palabras de Dios, cumpliendo con el deber correctamente, intentando ser una persona honesta y viviendo a semejanza de un ser humano. Con eso es suficiente; Dios estará satisfecho. La gente debe asegurarse de no tener ambiciones ni sueños vanos, no buscar la fama, la ganancia y el estatus ni destacar entre la multitud. Además, no deben intentar ser una persona con grandeza o sobrehumana, que sea superior entre los hombres y haga que los demás la adoren. Ese es el deseo de la humanidad corrupta, y es la senda de Satanás; Dios no salva a tales personas. Si las personas buscan sin cesar la fama, la ganancia y el estatus y se niegan a arrepentirse, entonces no existe cura para ellas, y solo hay un desenlace posible: ser descartados” (La Palabra, Vol. III. Discursos de Cristo de los últimos días. El correcto cumplimiento del deber requiere de una cooperación armoniosa). “¿Cuál es el estándar a través del cual las acciones de una persona son juzgadas como buenas o malvadas? Depende de si en sus pensamientos, expresiones y acciones poseen o no el testimonio de poner la verdad en práctica y de vivir la realidad de la verdad. Si no tienes esta realidad o no vives esto, entonces, sin duda, eres un hacedor de maldad. ¿Cómo considera Dios a los hacedores de maldad? Tus pensamientos y tus acciones externas no dan testimonio de Dios, no avergüenzan a Satanás ni lo derrotan; en cambio, ellos hacen que Dios se avergüence, en todo son la señal de provocar que Dios se avergüence. No estás testificando para Dios, no te estás entregando a Dios y no estás cumpliendo tu responsabilidad y obligaciones hacia Dios, sino que más bien estás actuando para ti mismo. ¿Qué significa ‘para ti mismo’? Significa exactamente para Satanás. Así que, al final Dios dirá: ‘Apartaos de mí, los que practicáis la iniquidad’. A los ojos de Dios tus acciones no han sido buenas, sino que tu comportamiento se ha vuelto malvado. No solo no obtendrá la aprobación de Dios, además será condenado. ¿Qué busca obtener alguien con una fe así en Dios? ¿Acaso no se quedaría esta fe en nada al final?” (La Palabra, Vol. III. Discursos de Cristo de los últimos días. Entrega tu verdadero corazón a Dios y podrás obtener la verdad). En las palabras de Dios entendí Su voluntad. En realidad, las exigencias de Dios al hombre son sencillas. Dios no requiere que la gente haga grandes cosas ni muchas acciones cruciales, ni nos pide que seamos personas excepcionales ni grandes. Dios solo quiere que mantengamos la posición de un ser creado, busquemos la verdad de forma realista, cumplamos con el deber lo mejor que sepamos y vivamos según Su palabra. También comprendí que Dios evalúa si somos hábiles en el cumplimiento del deber, no en función de cuánto logremos ni de cuánto contribuyamos, sino de si nuestra motivación y nuestras ideas iniciales para hacer las cosas tienen en consideración Su voluntad y si nos esmeramos, o no. Cuando tenemos las motivaciones correctas y tomamos la senda correcta es cuando podemos tener testimonio en el deber. Cuando la gente cumple con el deber únicamente para satisfacer sus ambiciones y deseos, por más que se esfuerce o por mucho que contribuya, al final, Dios la despreciará y descartará. Comprobé que siempre quería conservar todo el mérito por mi deber. Por mi carácter corrupto, quería hacer todo el trabajo y no cooperar con mi compañera. Trabajaba mucho y me agotaba para que los demás tuvieran muy buen concepto de mí. Ninguno de mis esfuerzos era para satisfacer a Dios, todos eran para satisfacer mis deseos y ambiciones personales. Aunque estuviera ocupada, sufriera mucho, lograra algunas cosas y me ganara la admiración y el visto bueno de otras personas, ¿qué sentido tenía eso? Nada de ello implicaba que cumpliera con el deber de manera hábil ni que tuviera el visto bueno de Dios. Al final, por haber tomado la senda equivocada, haber actuado de acuerdo con mis actitudes satánicas y haber perturbado la labor de la casa de Dios, Él me rechazaría y descartaría. También pensé que cooperar con la hermana Wang compensaría mis fallos en el deber. Ella se concentraba en aprender, quería estudiar y sus competencias habían progresado rápido, pero yo no era así y me apoyaba, sobre todo, en mi experiencia. Aunque llevaba mucho tiempo en este deber, mis competencias no habían mejorado mucho. Encima, las ideas y la estética de una persona son siempre limitadas y no son perfectas. La gente que se conoce sabe renunciar a sí misma en el deber y está dispuesta a cooperar con los demás para cumplir bien con él. Esta es la razón que debemos tener y el modo en que debemos practicar. Sin embargo, yo era arrogante y mojigata y deseaba estatus. No quería renunciar a mis intereses y cooperar con mi hermana. Todo esto repercutía en el progreso y en los resultados del trabajo. Si hubiera cooperado con ella antes y nos hubiéramos ayudado, los resultados y el progreso del trabajo habrían sido mucho mejores. Cuanto más reflexionaba, más apreciaba que era muy arrogante y que no tenía humanidad, más me odiaba y más me arrepentía mis actos. No quería cumplir con el deber con estas intenciones. Me presenté ante Dios a orar: “Dios mío, siempre quiero cumplir con el deber con ambición, haciendo las cosas por mi reputación y mi estatus personales. Ya no quiero buscar más de esta forma. Deseo arrepentirme, renunciar a mis malas intenciones y trabajar en armonía con mi hermana para cumplir bien con el deber”.

A la mañana siguiente, en mis devociones, leí estas palabras de Dios: “Aquellas que son capaces de poner en práctica la verdad pueden aceptar el escrutinio de Dios cuando hacen las cosas. Cuando aceptas el escrutinio de Dios, tu corazón se corrige. Si solo haces las cosas para que otros las vean, y siempre quieres ganarte los elogios y la admiración de los demás, pero no aceptas el escrutinio de Dios, ¿sigue estando Dios en tu corazón? Estas personas no tienen reverencia hacia Dios. No hagas siempre las cosas para tu propio beneficio y no consideres constantemente tus propios intereses; no consideres los intereses del hombre ni tengas en cuenta tu propio orgullo, reputación o estatus. Primero debes tener en cuenta los intereses de la casa de Dios y hacer de ellos tu principal prioridad. Debes ser considerado con la voluntad de Dios y empezar por contemplar si has sido impuro o no en el cumplimiento de tu deber, si has sido leal, has cumplido con tus responsabilidades y lo has dado todo, y si has pensado de todo corazón en tu deber y en la obra de la iglesia. Debes meditar sobre estas cosas. Piensa en ellas con frecuencia y dilucídalas, y te será más fácil cumplir bien con el deber. Si tu calibre es bajo, si tu experiencia es superficial, o si no eres experto en tu ocupación profesional, puede haber algunos errores o deficiencias en tu obra y los resultados pueden no ser muy buenos, pero habrás hecho todo lo posible. En todo lo que haces, no satisfaces tus propios deseos egoístas ni preferencias. Por el contrario, prestas constante atención a la obra de la iglesia y los intereses de la casa de Dios. Aunque puede que no cumplas bien con tu deber, se ha rectificado tu corazón; si además puedes buscar la verdad para resolver los problemas con tu deber, entonces este estará a la altura y podrás entrar en la realidad de la verdad. Eso es dar testimonio” (La Palabra, Vol. III. Discursos de Cristo de los últimos días. Entrega tu verdadero corazón a Dios y podrás obtener la verdad). Tras meditar las palabras de Dios, hallé una senda de práctica. Para cumplir con un deber, debes renunciar a tus intereses y pensar en los de la casa de Dios. Independientemente de si se resienten tu imagen o tu estatus, lo importante es proteger el trabajo de la casa de Dios y cumplir con el deber. Una vez entendida la voluntad de Dios, tenía motivación para practicar la verdad. Ya no pensaba en cuántos nombres tendrían los títulos de crédito ni me preocupaba lo que finalmente opinaran los demás de mí. Solo pensaba en cómo cumplir bien con el deber y satisfacer a Dios. Así pues, asigné a la hermana Wang tareas de etalonaje de películas y ella accedió enseguida. Pronto se revirtió el estado de la hermana Wang, ya no estaba tan ociosa, y logramos liquidar el trabajo acumulado. Después me sentí muy en paz. También comprendí de veras lo bueno que es practicar la verdad y cooperar en armonía en el deber.

Con el tiempo, terminado el etalonaje de películas, hicimos obras de teatro y videos musicales. En esa ocasión, pensé sin querer: “Si asumo el etalonaje de la obra de teatro, no tendré que compartir el mérito. Y las obras de teatro son más fáciles que las películas. Con mis habilidades, puedo hacerlo yo sola. No necesito implicar a la hermana Wang. Parecería una incompetente si hicieran falta dos personas para el etalonaje de una obra teatral. Todos mis hermanos y hermanas se reirían de mí”. Ahora que me fijo, quería pasarle a la hermana Wang el etalonaje de los videos musicales y ocuparme yo de las obras de teatro. En ese momento me di cuenta de que mis intenciones eran malas. Aún actuaba para satisfacer mis intereses personales. Recordé unas palabras de Dios: “Si en tu corazón sigues obsesionado con el estatus y el prestigio, sigues preocupado por alardear y ganarte la admiración de los demás, entonces no eres alguien que busque la verdad, y caminas por la senda equivocada; lo que buscas no es la verdad ni la vida, sino las cosas que amas, es el estatus y el prestigio; en cuyo caso, nada de lo que hagas se relacionará con la verdad, todo contará como un acto de maldad y como hacer un servicio” (La Palabra, Vol. III. Discursos de Cristo de los últimos días. Solo al practicar la verdad se puede poseer una humanidad normal). La palabra de Dios me despertó. Sin querer, siempre hago cosas egoístas. Soy muy mezquina e interesada. Me odié por ser demasiado corrupta y deseaba renunciar a mis malas intenciones y practicar la verdad. Por ello, le pedí a la hermana Wang que participara conmigo en el etalonaje de la obra teatral. Desde entonces, a la hora de asignar tareas, siempre le consulto y le pido opinión a la hermana Wang, y cuando quiero asumir todo el trabajo para tener todo el mérito, renuncio conscientemente a mí misma y, según las necesidades del deber, le asigno tareas a la hermana Wang. Con esta práctica siento paz y tranquilidad.

Con esta experiencia me percaté de mi ambición arrogante y mi carácter satánico. También me hizo comprender que es clave cooperar en armonía para cumplir bien con mi deber. Sencillamente, es imposible cumplir bien con él en solitario. Solo si cooperamos en armonía podemos obtener las bendiciones de Dios y la guía del Espíritu Santo.

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