Liberada al renunciar al estatus

10 Ene 2022

Por Hao Li, China

En agosto de 2019, fui la lider en la iglesia. Recuerdo que al terminar una reunión la hermana He se me acercó, y me dijo: “Tu enseñanza fue esclarecedora y me puede ayudar con mi problema”. La hermana Li intervino mostrándose de acuerdo. Cuando me di cuenta de que en sus ojos había respeto y admiración, me emocionaron mucho, y pensé: “Me eligieron a mí como líder, entre tantos otros de la iglesia, debe ser, porque soy mejor que los demás hermanos y hermanas. ¿Sino, por qué lo harían, no es cierto?”. Por eso, como abordaba algunos problemas en las reuniones, a los demás les gustaba estar conmigo y me buscaban para hablar cuando tenían algún desafío. Me creía una líder bastante preparada. No podía evitar sentirme orgullosa y me encantaba la sensación, de valoración y admiración de otras personas.

Un día, fui a la reunión de diáconos de siempre, y la hermana Wu comentó, que últimamente revelaba un carácter arrogante, que siempre quería tener la última palabra en el trabajo. Ella sabía, que no era correcto comportarse de esa forma, pero, no podía detenerse. Pidió que compartiéramos con ella para ayudarla. Y justo, cuando yo iba a empezar, la diaconisa de evangelización, la hermana Han, se puso a hablar, y compartió, algo de su experiencia, con las palabras de Dios. Y vi que la hermana Wu estaba atenta, hasta sonreía, mientras escuchaba y asentía con la cabeza. Eso me incomodó enormemente. Pensé: “Soy la líder y soy yo la que debería lidiar con ese problema. ¿Por qué me lo arrebatas? ¿No estás haciendo parecer que no sé tratarlo? Ahora eres el centro de atención y no yo. Ni hablar, no me quitarás el protagonismo; si no, pensarán que aún siendo líder, una diaconisa me supera. Debo cambiar inmediatamente de tema”. Entonces, sin ver si el problema de la hermana Wu se abordó bien, en cuanto la hermana Han hizo una pausa, yo interrumpí. “Lo primordial es predicar el evangelio y dar testimonio de Dios. Analicemos la evangelización. Debemos ayudar a todos a entender la trascendencia de difundir el evangelio y de asumir esa responsabilidad…”. Mientras hablaba, estudiaba la expresión de la hermana Wu y solo me tranquilicé al ver que me escuchaba con mucha atención. Pero, para mi sorpresa, cuando terminé, la hermana Han prosiguió con unas estrategias para predicar el evangelio. En realidad, lo que decía era muy obvio y nunca se me ocurrió a mí. Y cuando vi a los hermanos y hermanas absortos, escuchando y asintiendo con la cabeza, me sentí muy molesta, como si fuera algo vergonzoso para mí. Indignada, pensé: “Yo soy la líder, y tú, una simple diaconisa. ¿Cómo se supone que haga mi trabajo si te adelantas así? Si todos empiezan a admirarte, ¿quién me prestará atención?”. Ante esta idea, le arrebaté la palabra con mucha rudeza y comencé a compartir en comunión. Fue un momento muy violento. Aquella tarde, la hermana Wu comentó que faltaba gente para el trabajo de riego. Estaba a punto de responder, pero, enseguida, la hermana Han habló de su experiencia resolviendo la escasez de personal y sugirió algunas estrategias. Justo volví a ver que la hermana Wu asentía de vez en cuando y sentí muchos celos. Pensé para mí: “Yo soy la líder aquí. Soy yo quien debería enseñar y organizar el trabajo. Tú no tienes por qué hacerlo. ¿Acaso, piensas que no sé cómo hablar con ella? Parece que te crees muy capaz, pero solo estás presumiendo”. Me enojé mucho, con la hermana Han mientras que, pensaba: “Debo ser quisquillosa con su trabajo, para que vea que, después de todo no es tan buena como cree. Así, va a dejar de presumir tanto”. Así que le pregunté: “Hermana, la labor evangelizadora de tus grupos no es muy fructífera. ¿No te has abocado por completo?”. Ante esta pregunta, la hermana Han pareció incómoda y me respondió: “Tengo la capacidad de admitirlo. Lo pensaré y resumiré por qué ha tenido tan poco éxito. y haré introspección”. Al verla tan incómoda, me sentí satisfecha y, rápidamente continué: “Bien, haz un resumen de eso después de lo que hemos hablado y realiza los cambios. Como colaboradora, debes predicar con el ejemplo y cooperar activamente. Si no, ¿cómo se motivarán los demás?”. En respuesta, la hermana Han asintió con la cabeza algo rígida. Cuando inclinó la cabeza en silencio, me crecí y pensé: “¿Y tus aires de hace un momento como si no pudiera competir contigo? Ahora ya no te ves tan bien. ¿ Ya estás contenta?”. Así pues, recuperé mi sentido de superioridad y hablé de nuevo con autoridad y organicé otros trabajos. Entonces ya había anochecido y la hermana Wu y yo teníamos otras tareas que analizar esa noche. Primero quise que la hermana Han estuviera y escuchara, pero luego me preocupó que volviera a robarme el protagonismo. Y, ¿No parecería una inepta? Pensé que era mejor mandarla a casa. Le dije que podía marcharse. De mala gana lo aceptó, tomó sus cosas y se fue. Cuando vi que se iba con la cara larga y descontenta sentí algo de culpa. A la mañana siguiente, camino a una reunión, recapacité sobre mi estado de aquellos días. Sentí que mi actitud hacia la hermana Han había sido algo irracional. Habló bastante bien de la verdad. Me enfureció que fuera el centro de atención, así que hice todo lo posible por detenerla. Pensé que, quizá, parecía molesta al irse porque se sentió limitada por mí. Pero en ese momento, solo lo pensé rápido y ya no reflexioné más. Solo lo dejé pasar.

Pasaron unos días y le comenté a mi compañera, la hermana Li, mi comportamiento hacia la hermana Han. Me trató diciéndome: “Así es un anticristo y debes resolverlo con las palabras de Dios. Cuando, como líder reprimes a alguien que te aventaja, ¡es inaceptable! Contigo al frente, ¿no se arruinarán los miembros más talentosos?”. Oír estas palabras me destrozó y comprendí la gravedad del problema. Regresando a casa, pensé mucho en lo que me había dicho la hermana Li y recordé mi trato hacia la hermana Han y lo que yo había revelado. La excluí para que no tomara la delantera y me superara ¿No la estaba frenando? ¡Estaba haciendo el mal! Cuanto más pensaba en mi conducta, más miedo sentía, y me apresuré a orarle a Dios: “¡Dios mío! Gracias al trato de la hermana Li hacia mí, comprendí que al excluir a la hermana Han mostré ¡el carácter de un anticristo! Con un deber tan importante, si no corrijo mi carácter, ¡podría hacer mucho mal! Dios, mí carácter es muy alarmante. Quiero cambiar; te ruego que me guíes”.

Después leí esto en las palabras de Dios: “Una de las características más obvias de la esencia de un anticristo es que son como déspotas dirigiendo su propia dictadura. No escuchan a nadie, desprecian a todos y, a sus ojos, lo que los demás dicen, hacen, las percepciones que tienen, sus puntos de vista, sus fortalezas; todo es inferior a ellos. Les parece que nadie es apto para participar en lo que ellos quieren hacer ni está capacitado para que se les consulte o para aportar sugerencias; ese es el tipo de carácter de un anticristo. Algunas personas dicen que esto es tener una humanidad pobre, pero ¿cómo va a ser eso sencillamente una humanidad pobre? Se trata de un carácter satánico absoluto; esta clase de carácter es sumamente feroz. ¿Por qué digo que su carácter es sumamente feroz? Los anticristos piensan en la obra de la casa de Dios, incluidos los intereses de la iglesia, como algo propio, como su propiedad personal que debe ser gestionada enteramente por ellos, sin que nadie interfiera. Y por tanto lo único que consideran cuando hacen la obra de la casa de Dios son sus propios intereses, su propio estatus y prestigio. Rechazan a cualquiera que, a sus ojos, sea una amenaza para su estatus y reputación. Los reprimen y los condenan al ostracismo; incluso excluyen y reprimen a las personas que son útiles y adecuadas para cumplir ciertos deberes especiales. No tienen la menor consideración hacia la obra e intereses de la casa de Dios. Si alguien puede resultar una amenaza para su estatus, no se somete a ellos o no les presta atención, entonces lo excluyen y lo mantienen a distancia. No le permiten cooperar con ellos, ni sobre todo le dejan desempeñar ningún papel de peso o tener una utilidad importante dentro de su ámbito de poder. No importa lo meritorio que sean los actos de estas personas o lo maravilloso que sea lo que hayan hecho por la casa de Dios, los anticristos lo ocultan, le restan importancia, no permiten que lo muestren delante de los hermanos y hermanas, y los mantienen desinformados. Además, los anticristos sacan a menudo a relucir los defectos y corrupciones de esta gente entre los hermanos y las hermanas, dicen que son arrogantes, que arman un escándalo ya sea con personas o asuntos, que son susceptibles de vender los intereses de la casa de Dios, que ayudan a los de fuera en lugar de a los de la casa de Dios, que son ignorantes y cosas así. Buscan todo tipo de excusas con la intención de excluirlos y reprimirlos. De hecho, algunas de estas personas tienen una habilidad especial y otras solo alguna pequeña falta. En general, son aptos para cumplir con un deber, concuerdan con los principios propios de aquellos que cumplen un deber. Pero a ojos de un anticristo, su pensamiento es: ‘De ninguna manera voy a soportar esto. Quieres desempeñar un papel en mi campo de acción, quieres competir conmigo. Eso es imposible, ni lo pienses. Eres más competente que yo, más elocuente, ilustrado y popular que yo. ¿Qué haría yo si me robaran el protagonismo? ¿Quieres que obre a tu lado? ¡Ni lo sueñes!’. ¿Están considerando los intereses de la casa de Dios? No. En lo único que están pensando es en cómo preservar su propio estatus, y por eso prefieren dañar los intereses de la casa de Dios que usar a tales personas. Eso es exclusión” (‘Querrían que se les obedeciera solo a ellos, no a la verdad ni a Dios (I)’ en “Desenmascarar a los anticristos”). Vi en las palabras de Dios que el principal rasgo del carácter de un anticristo es considerar el poder como la propia vida y querer el monopolio en nuestro deber, tomar el cargo. Si alguien amenaza nuestro estatus y poder o nos aventaja, arriesgamos la labor de la casa de Dios, lo excluimos y frenamos. Al refexionar sobre mi deber de líder, ni me había fijado en cuáles eran mis responsabilidades ni en cómo hacer un trabajo práctico, sino en el prestigio y estatus que me aportaba el deber. No quería que nadie me superara. La enseñanza de la hermana Han resolvió el problema de la hermana Wu. Ella asumió una carga, lo que es positivo, pero no me alegré de que mejorara el estado de la hermana Wu. Temía que la hermana Han diera mejor imagen que yo y perder mi lugar en el corazón de los demás y que no me admiraran. Probé de todo para bajarle los humos, como cambiar de tema cuando los demás estaban de acuerdo con sus enseñanzas y aprovechar mi estatus para ser quisquillosa con los problemas de su trabajo. Se lo hice difícil a propósito para hacerla quedar mal y así seguiría hasta que dejaran de admirarla. Y supe que, para consolidar mi posición, reprimí y ataqué a quien buscaba la verdad. Con esa táctica tan despreciable, ¿no revelé el carácter de un anticristo? Entonces recordé a un anticristo expulsado de la iglesia pocos días antes. Se manifestaba reprimiendo y desairando a quienes dieran distintas opiniones o fueran mejores en algo, ignorando el trabajo de la casa de Dios. Fue expulsado por hacer esas maldades. Recapacitando sobre lo que le había hecho a la hermana Han, me vi en la senda de un anticristo, ¿verdad? Acabé comprobando lo sumamente malvado que era mi carácter de anticristo.

Luego, leí esto en las palabras de Dios: “Hagas lo que hagas, ya sea importante o no, siempre debe haber personas ahí para ayudarte, para señalarte el camino, para darte consejo y para apoyarte en lo que necesites. De esta manera, harás las cosas de manera más correcta, será más difícil cometer errores y será menos probable que te desvíes, todo lo cual es para bien. Sobre todo ahora, servir a Dios no es un asunto menor: ¡puede costarte la vida! Los anticristos son estúpidos, no se dan cuenta de ello, piensan: ‘Ya he tenido bastantes problemas para hacerme con mi propia autoridad, ¿por qué iba a compartirla con nadie? Si lo hiciera, ¿acaso no tendría menos? Sin una autoridad tan grande, ¿cómo iba a destacar?’. No te das cuenta de que lo que Dios te da no es autoridad; pensar que se trata de poder es buscarse problemas. Ahora es a Dios a quien sirves, al trabajar en Su casa no sirves a ninguna persona. Si trabajaras para personas serías remunerado, tendrías un salario, recibirías un sueldo. ¿Pero trabajar para la casa de Dios? Por supuesto, decir que estás haciendo cosas para Dios es algo inexacto, es ir demasiado lejos, es un poco exagerado. Trabajar en la casa de Dios significa aceptar una comisión, aceptar una responsabilidad sagrada, una que, sea grande o pequeña, es seria. ¿Cómo de seria? En términos menores, se refiere a si eres capaz de ganar la verdad en tu vida, y a cómo te ve Dios en base a lo que haces. En términos mayores, tiene que ver con tu destino en la siguiente vida. Dios contabiliza todo lo que haces en esta vida, te califica, lleva un registro, te evalúa, y después de hacerlo, según lo que has demostrado a lo largo de tu vida, decide en última instancia tu final” (‘Querrían que se les obedeciera solo a ellos, no a la verdad ni a Dios (I)’ en “Desenmascarar a los anticristos”). Estas palabras me enseñaron que era preciso que cooperara armoniosamente con los hermanos y escuchara sus opiniones para servir a la voluntad de Dios. Así no podría extraviarme. Dios concede a cada uno cualidades distintas y cada persona tiene un entendimiento. Cada uno tiene una experiencia limitada y solo tiene un punto de vista. Para tener buen resultado en el deber todos cooperan y compartimos el esclarecimiento y la iluminación del Espíritu Santo. Así podemos suplir las carencias. La hermana Han sugirió buenas estrategias que complementaban lo que yo había pasado por alto. ¡Eso era bueno! Pero, para mí, mi estatus era más importante, y solo quería presumir, que me admiraran, que me apreciaran. Cuando alguien daba otra opinión o me aventajaba, de inmediato lo excluía y todos quedaban intimidados por mi autoridad. Supe que al mostrar esta conducta, vivía según venenos satánicos como “soy mi propio señor en el cielo y la tierra” y “solo hay un macho alfa”. No me importaba si la reunión estaba bien ni si se resolvían los problemas que se planteaban. Ni siquiera pensaba si perjudicaba el trabajo de la casa de Dios ni si la hermana Han se sentía limitada o herida. Vi lo malvado y despreciable de vivir de acuerdo con esos venenos satánicos. Ejercía como líder de la iglesia, pero no llevaba a nadie ante Dios ni ayudaba a los hermanos a conocerlo mejor. Por el contrario quería, aprovechar, el deber para controlarlos. ¿No trataba de arrebatarle Su pueblo a Dios? El carácter de Dios no tolera ofensa. Sabía que si permanecía en la senda de los anticristos sin arrepentirme, seguro que terminaría ofendiendo el carácter de Dios y me eliminaría. Al recordar de nuevo cómo traté a la hermana Han, vi lo vergonzoso de mi conducta, lo maligno de mi carácter, mi carencia de humanidad. En ese momento sentí asco y me desprecié. Quise encontrar una senda de práctica que corrigiera mi carácter satánico rápido.

Y vi un vídeo de las palabras de Dios. Dios Todopoderoso dice: “Hay un principio en las acciones de Dios. Él es protector con las personas, es considerado, las ama y quiere lo mejor para ellas. Ese es el origen y la intención original detrás de todo lo que hace Dios. Satanás, por su parte, hace alarde de sí mismo, impone cosas a la gente, luego hace que lo adoren, los engaña y degenera y, poco a poco, se convierten en demonios vivientes. Satanás no desea lo mejor para las personas, no le importa si viven o mueren, solo piensa en sí mismo, en su propio beneficio y satisfacción. No posee amor ni compasión, y mucho menos tolerancia o comprensión. Solo Dios posee estas cosas. Dios ha hecho mucha obra en el hombre: ¿acaso lo ha divulgado? No. […] Dios es humilde y está oculto, mientras que Satanás hace alarde de sí mismo. ¿Existe alguna diferencia? ¿Podría describirse a Satanás como humilde? (No). A juzgar por su naturaleza y esencia malvadas, es una basura sin valor. Lo raro sería que Satanás no hiciera alarde de sí mismo. ¿Cómo iba calificarse a Satanás como ‘humilde’? La ‘humildad’ es cosa de Dios. La identidad, la esencia y el carácter de Dios son elevados y honorables, pero Él nunca hace alarde. Dios es humilde y está oculto, no deja que la gente vea lo que ha hecho, pero mientras obra en la oscuridad, la humanidad no cesa de ser provista, alimentada y guiada, y todo ello es dispuesto por Dios. El hecho de que Él nunca divulgue ni mencione estas cosas, ¿se debe a la ocultación y la humildad? Dios es humilde precisamente porque es capaz de hacer tales cosas, pero no las menciona ni las divulga, no las discute con la gente. ¿Qué derecho tienes tú a hablar de humildad cuando eres incapaz de hacer tales cosas? No has hecho nada de eso, y sin embargo insistes en atribuirte el mérito. Eso es ser un desvergonzado” (‘Son malvados, insidiosos y mentirosos (II)’ en “Desenmascarar a los anticristos”). Este pasaje me mostró lo humilde y oculto que está Dios. Él es el Creador que realiza Su obra, guía a la humanidad y nos provee lo necesario, pero, nunca se posiciona como Dios ni presume de sí. No exige que todos lo admiremos y apreciemos. Expresa la verdad discretamente mientras obra para salvar a la humanidad. ¡Qué amable y buena es la esencia de Dios! Sin embargo, yo quería presumir en todos lados. Cuando conseguí mi deber de líder, me subí a un pedestal y me negué a bajar. No escuchaba otras ideas ni me dejaba superar por nadie. ¡Qué arrogante! Era líder, pero no ayudaba a los demás con sus problemas, sino que excluía y agobiaba a quienes buscaban la verdad. No solo les exigía a los demás idolatría, sino que los privaba de cualquier beneficio. Vi que realmente no tenía vergüenza, ni conciencia, ni razón, era de la peor calaña. Al ver esto, me apresuré a orarle a Dios: “¡Dios! Gracias por disponer un entorno que desenmascaró mi carácter de anticristo, pude conocerme y descubrir lo que soy en realidad y la senda equivocada que seguí. Dios, me arrepiento ante Ti quiero situarme en el lugar correcto y cumplir bien con mi deber. Espero que continúen Tu juicio y castigo y me ayudes a desechar este carácter corrupto”. Luego me reuní con todos los grupos para compartir las estrategias de la hermana Han, y analicé la expresión de mi corrupción al luchar con ella por estatus y mi carácter de anticristo. Poner en práctica esto me hizo sentir mucha calma y paz.

Después, Dios dispuso otro entorno donde probarme. Estaba reunida con algunos líderes de grupo, entre ellos la hermana Yang, muy extrovertida. Desde el principio parecía muy entusiasta. y respondía rápido todas las preguntas. Era el centro de atención todo el tiempo. Hablamos la hermana Liu y yo de cómo repartirnos las reuniones de nuevos creyentes. En cuanto terminé de hablar, la hermana Yang sugirió otra cosa. Aunque en ese momento me pareció que tenía razón, al ver que todos estaban de acuerdo con su opinión y sus miradas se dirigían a ella, sentí que yo había quedado mal. Pensé: “Lleva muy animada toda la reunión, respondiendo las preguntas y siendo protagonista, y yo en un papel secundario. Soy la líder, pero ¿no estoy de adorno?”. Tan pronto como vi esto, supe que de nuevo rivalizaba por el estatus, por el protagonismo. Enseguida fui ante Dios y oré en silencio: “Dios mío, veo que hoy dispusiste esta situación. Quiero trabajar bien con la hermana Yang. Te ruego que me guíes para corregir mi carácter”. Justo entonces pensé en un pasaje de las palabras de Dios: “Bájate de tu pedestal y deja de lado tu título. No le des importancia a esas cosas, no las consideres relevantes y no las veas como una marca de estatus, como un laurel en la cabeza. Cree de corazón que eres igual a los demás; aprende a ponerte al mismo nivel que ellos e incluso a ser capaz de ser humilde y pedirles su opinión. Ten la capacidad de escuchar con seriedad, cuidado y atención lo que otros tienen que decir. De este modo, fomentarás una cooperación pacífica entre tú y los demás” (‘Querrían que se les obedeciera solo a ellos, no a la verdad ni a Dios (I)’ en “Desenmascarar a los anticristos”). Este pasaje me ofreció una senda de práctica Pensé que no podía preocuparme más por mi reputación y estatus ni competir con nadie más. La hermana Yang tenía razón, debía aceptar su sugerencia. Era lo mejor para el trabajo de la casa de Dios. Cuando terminó, estuve de acuerdo y les dije a los demás que hiciera lo que ella había sugerido. Además, ya no estaba resentida con ella. Todos compartieron sus opiniones abiertamente en esa reunión, que fue muy productiva. Estaba feliz por eso y muy agradecida a Dios por guiarme. Me di cuenta de que es muy liberador cooperar con otros sin estar dominada por limitaciones de estatus.

Luego de eso vi que había excluído y oprimido a muchos por mi estatus en mi senda de anticristo, que viví controlada por mi carácter satánico, que pude extraviarme haciendo el mal, oponiéndome a Dios. ¡Es demasiado peligroso no buscar la verdad! Con el juicio de las palabras de Dios y la revelación de los hechos, fue claro que iba por el camino equivocado y pude cambiar un poco. También sentí que Dios está realmente a nuestro lado y que, si buscamos la verdad y trabajamos para corregir nuestra corrupción, nos mostrará el camino. ¡Gracias a Dios Todopoderoso!

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