Así descubrí la maldad del pastor

31 Ene 2022

Por Xiaoci, Myanmar

En septiembre de 2020 conocí a una hermana por internet. Me contó que el Señor Jesús ha regresado como Dios Todopoderoso y que está expresando verdades para realizar la obra del juicio. Me ilusionó la noticia del regreso del Señor y comencé a asistir a reuniones virtuales y a estudiar la obra de Dios Todopoderoso. Leyendo las palabras de Dios Todopoderoso conocí la raíz de la corrupción satánica del hombre, las tres etapas de la obra de Dios para salvarlo, los misterios de la encarnación, la obra del juicio de Dios de los últimos días y más verdades que jamás había oído. Tras un tiempo de búsqueda y estudio, me cercioré de que Dios Todopoderoso es el regreso del Señor Jesús y me uní a la Iglesia de Dios Todopoderoso. Me encantaba el sustento de leer a diario las palabras de Dios y me sentía más alimentado espiritualmente que nunca. En comparación, los sermones del pastor eran siempre lo mismo, pobres, aburridos y carentes de luz. Como no eran nada edificantes, dejé de asistir a los servicios religiosos.

En febrero de 2021 se produjo un golpe militar en Birmania y cortaron internet. Ya no podía asistir a reuniones virtuales. Poco despues fueron a mi aldea un par de hermanos y dijeron que querían organizar reuniones a nivel local. En esa época teníamos 20 asistentes. Sorprendentemente, tras unas pocas reuniones, nos denunciaron ante el pastor local. Se puso a contarle a la gente de la iglesia que asistíamos a reuniones virtuales, en vez de a la iglesia, y que no escuchábamos al clero. Mintió al afirmar que estábamos organizando una facción. Ordenó a todo el mundo que no tuviera relación con nosotros. En la aldea, prácticamente todo el mundo era cristiano, idolatraba al pastor y lo escuchaba. A raíz de sus ataques y juicios, se corrió la voz de nuestra fe en Dios Todopoderoso por la aldea y todos, incluidos parientes, amigos y vecinos, comenzaron a increparnos por no ir a la iglesia ni escuchar más al pastor y decían que eso era terrible. Allá donde fuera, la gente me señalaba con el dedo y mi familia lo aceptaba y se oponía a mi fe en Dios Todopoderoso. Estaba muy angustiado. Siempre había tenido buena relación con amigos y vecinos, siempre nos ayudábamos, pero ahora me consideraban una molestia, un enemigo. La fe es una libertad personal. Nosotros practicábamos la fe sin hacer nada ilegal en absoluto. ¿Por qué el pastor nos juzgaba, nos condenaba y hacía que nos rechazaran en la aldea? Caí en una depresión sin darme cuenta y oré a Dios: “Dios mío, el pastor nos ataca y hasta me rechazan mis seres cercanos. Soy muy desdichado. Dios mío, no entiendo por qué tienen que tratarnos así. Te pido esclarecimiento para comprenderlo mejor y librarme de la depresión”. Recordé entonces un pasaje de las palabras de Dios. Dios Todopoderoso dice: “Dios hace Su obra, se preocupa por la persona, la escudriña, y mientras tanto Satanás sigue de cerca cada uno de Sus pasos. A quienquiera que Dios favorece, Satanás también le observa y va a la zaga. Si Dios quiere a esa persona, Satanás hará todo lo que pueda para estorbarle usando diversas tácticas malvadas para tentarle, para alterar y estropear la obra que Dios hace, todo ello con el fin de lograr su objetivo oculto. ¿Cuál es este objetivo? No quiere que Dios gane a nadie; él quiere para sí a todos a los que quiere Dios, para ocuparlos, controlarlos, hacerse cargo de ellos para que le adoren y entonces se le unan para cometer actos malvados. ¿Acaso no es esta su siniestra motivación? […] Al hacer la guerra contra Dios, y al ir detrás de Él, el objetivo de Satanás es demoler toda la obra que Dios quiere hacer, ocupar y controlar a aquellos a los que Dios quiere ganar, extinguirlos por completo. Si esto no ocurre, pasan a ser posesión de Satanás para ser usados por él; esta es su meta” (‘Dios mismo, el único IV’ en “La Palabra manifestada en carne”). Esto me ayudó a entender que los intentos del pastor por impedirnos seguir a Cristo de los últimos días eran, en realidad, una batalla espiritual. Dios expresa verdades para juzgar y purificar a la gente en los últimos días, para salvar y formar un grupo de auténticos creyentes. Sin embargo, Satanás es el enemigo de Dios y entorpece y perjudica Su obra con toda clase de tácticas para que la gente abandone a Dios, lo traicione y viva bajo el poder de Satanás. Entonces puede controlarla y al final será castigada en el infierno junto con él. Descubrí que los del clero de la iglesia eran realmente esbirros de Satanás. Oyeron que había vuelto el Señor, pero, en vez de investigarlo, impedían a otros que lo hicieran. Sus sermones no sustentaban en lo espiritual, pero no dejaban que la gente buscara el camino verdadero. Al ver que dejamos de ir a la iglesia y de seguirlos, nos condenaban y calumniaban porque querían que traicionáramos a Dios Todopoderoso y volviéramos a su iglesia, a estar bajo su control. Entonces perderíamos la salvación de Dios de los últimos días. Cuando me percaté, me dije que no podía caer en la trampa de Satanás. No podía dejar a Dios Todopoderoso por seguirlos a ellos, sino que debía mantenerme firme.

Más adelante, algunos nuevos creyentes y los que examinaban la obra de Dios de los últimos días se debilitaron y se apartaron. Aunque todo nuestro entorno protestaba, los demás no dejamos de celebrar reuniones. El pastor se indignó al enterarse y mandó una y otra vez a mi casa a unos colaboradores de la iglesia a insistirme en que fuera a casa del pastor. Aquello me incomodaba, y pensaba que yo solo adoraba a Dios y celebraba comunión y que tenía esa libertad. ¿Por qué no dejaba el pastor de interponerse en mi camino? Quería ir a escucharlo para ver qué creía que había hecho yo mal. Esa tarde fui a casa del pastor con otros hermanos y hermanas. Allí había más miembros del clero. Dijo el pastor: “Me he enterado de vuestras reuniones virtuales. Como clero vuestro, tenemos la responsabilidad de advertiros que no toméis otra senda”. Respondí: “Escuchamos sus sermones, pero no traicionamos al Señor. El Señor Jesús ha vuelto y está en un nuevo paso de Su obra…”. Sin haber podido terminar, me interrumpió airadamente: “¡Basta! No vamos a seguir escuchando ni una palabra más. Tenéis que decidiros hoy. ¿Vais a seguir creyendo en otro Dios o vais a volver a nuestra iglesia?”. Mientras hablaba, sacó un cuaderno con todos nuestros nombres escritos en él. Con tono de mando, dijo: “Si vais a seguir escuchando sus sermones, poned una marca junto a vuestro nombre; si no, tachadlo. Si no me hacéis caso, ¡vais a padecer mucho dolor! No haremos absolutamente nada por los matrimonios, muertes o nacimientos en vuestras familias, nada de eso. No os ayudaremos con los preparativos”. Nadie le replicó. Yo dudé un poco, pensando que, si no escribía nada, el pastor continuaría buscando el modo de interponerse en mi fe. Si marcaba mi nombre, el clero jamás ayudaría a mi familia con ningún preparativo. Eran antiguas costumbres de la aldea, importantísimas para todos e imposibles de ignorar, y toda la aldea hacía caso al clero. Si estos no aparecían, tampoco nadie lo haría ni ayudaría. ¿Iban a rechazarme todos? Pero, como sabía que había vuelto el Señor, si tachaba mi nombre y me reincorporaba a la iglesia, ¿no estaría negando y traicionando a Dios? En ese momento no sabía qué hacer, así que oré a Dios para pedirle que me guiara. Luego recordé unas palabras del Señor Jesús: “Nadie, que después de poner la mano en el arado mira atrás, es apto para el reino de Dios” (Lucas 9:62). Cierto. Soy creyente, un seguidor. En la fe, hemos de venerar a Dios, someternos a Su obra e ir al ritmo de Sus pasos. ¿Cómo podría denominarme creyente si valoraba al pastor más que a Dios? ¿Cómo iba a ser apto para el reino? Acto seguido, oré: “Oh, Dios mío, quiero mantenerme firme en el testimonio de Ti hoy. Pase lo que pase, quiero seguirte”. Me sentí mucho más tranquilo después y, con decisión, puse una marca junto a mi nombre. Otros también marcaron sus nombres y solo una hermana tachó el suyo. Enfadado, el pastor señaló: “Es vuestra decisión y, de ahora en adelante, vamos por sendas distintas. Vuestros asuntos ya no nos incumben”.

Al llegar a casa resurgieron mis preocupaciones. Por lo general, ante cualquier acontecimiento familiar en la aldea, le pedíamos al pastor que orara por nosotros y presidiera los ritos religiosos. No podríamos hacerlo si el pastor nos ignoraba, y todo el mundo nos despreciaría y atacaría. No sabía con qué otras tácticas nos impedirían practicar nuestra fe ni cuándo terminaría todo. Me resultaba muy doloroso pensar en todo eso y no sabía cómo salir adelante. Oré inmediatamente: “Dios mío, veo lo exigua que es realmente mi estatura. Siempre me preocupan la calumnia y el rechazo de los demás. Me da miedo afrontar esto y me siento débil. Dios mío, te pido que me guíes para salir adelante”. Después, busqué en internet a una hermana que me regara y le conté lo que estaba viviendo. Me envió un pasaje de las palabras de Dios. Dios Todopoderoso dice: “Tras recibir el testimonio de Job al finalizar sus pruebas, Dios decidió ganar un grupo o más de un grupo de personas como él, pero nunca más permitiría que Satanás atacara o maltratara a otra persona con los medios utilizados para tentar, atacar y maltratar a Job, apostando con Él; Dios no volvería a permitir que Satanás hiciera algo así al hombre, que es débil, insensato e ignorante. ¡Era suficiente con que hubiera tentado a Job! No consentirle a Satanás que maltrate a las personas como él quiera es la misericordia de Dios. Para Él fue suficiente con que Job sufriera la tentación y el maltrato de Satanás. Dios no le autorizó a repetir estas cosas nunca más, porque Él gobierna y orquesta la vida y todo lo relativo a quienes le siguen; Satanás no tiene derecho a manipular a su antojo a los escogidos de Dios. ¡Esto es algo que deberíais tener claro a estas alturas! Dios se preocupa de las debilidades del hombre, y entiende su insensatez e ignorancia. Aunque, para que pueda salvarse por completo, Él tiene que entregarlo a Satanás, no está dispuesto a ver que tome por tonto al hombre y lo maltrate, ni quiere verle sufrir siempre. Dios creó al hombre, y está perfectamente justificado que Él gobierne y disponga todo lo que tiene que ver con él; ¡esta es la responsabilidad de Dios, y la autoridad por la que domina todas las cosas! Él no permite que Satanás abuse del hombre ni que lo maltrate a su antojo, Él no permite que Satanás emplee diversos medios para extraviar al hombre, y además no permite que intervenga en Su soberanía sobre él, ni que pisotee y destruya las leyes por las que Dios gobierna todas las cosas; ¡esto, por no hablar de Su gran obra de gestión y salvación de la humanidad! Aquellos a quienes Dios desea salvar, y los que son capaces de dar testimonio de Él, son el núcleo y la cristalización de la obra del plan divino de gestión de seis mil años, así como el precio de Sus esfuerzos en todo ese tiempo de obra. ¿Cómo iba Dios a entregar, con indiferencia, estas personas a Satanás?” (‘La obra de Dios, el carácter de Dios y Dios mismo II’ en “La Palabra manifestada en carne”). En las palabras de Dios descubrí que, sin importar qué afrontemos, Él permite que suceda y todo está en Sus manos. Sin Su permiso, por muy feroz que sea Satanás o por mucho daño que quiera hacernos, no puede hacer nada. Dios permitía que sucedieran todas esas cosas molestas. Me estaba probando y también salvando. Esperaba que fuera como Job, firme en el testimonio en esa situación. También, que pudiera ampararme en Él en ese ambiente y experimentar Su obra y Sus palabras para poder cultivar una fe sincera en Él. Pero yo estaba atrapado en la red de Satanás. Quería preservar mis relaciones interpersonales y no ser rechazado y calumniado. Siempre temía que pasara algo malo. No había comprendido la voluntad de Dios. Me calmé y oré: “Oh, Dios mío, ahora entiendo que Tú permites todo esto; todo para salvarme y purificarme, para perfeccionar mi fe. Quiero mantenerme firme en el testimonio de Ti, pero mi estatura es muy pequeña. Te pido que me ayudes a fortalecer mi fe para sobrevivir a esto”.

Imaginaba que, como ya había decidido seguir a Dios Todopoderoso, el pastor me dejaría en paz y podría reunirme con normalidad. En cambio, a raíz de la agresividad y los juicios del pastor, el resto de la aldea no paraba de molestar. Se reían de nosotros, nos calumniaban y nos gritaban delante de nuestras familias diciéndonos que no practicábamos ritos religiosos y que vulnerábamos las normas de la aldea; que, si manteníamos nuestra fe, nos denunciarían ante el Gobierno para que nos detuviera. Mi familia no soportaba el estrés. Se ponían a discutir constantemente y me instaban a renunciar a mi fe. A los demás también los presionaban sus familias. A algunos los echaron y ni siquiera podían entrar en su propia casa. El pastor difundía mentiras y afirmaba que teníamos tantos problemas en casa solo porque no escuchábamos al clero ni íbamos a la iglesia. Además, quería interrogar a los dos hermanos que habían venido a regarnos. Yo estaba fuera de mis casillas. El clero tergiversaba realmente la verdad. De no haber sido por sus ataques, jamás habríamos tenido esos problemas. Luego, una hermana les dijo a los dos hermanos de riego que dejaran de venir para evitar cualquier peligro. Todos se sentían negativos y débiles en aquella época y nos faltaba motivación para reunirnos o cumplir con el deber. Yo también sentía cierta debilidad ante estos sucesos. No sabía cómo ayudar y apoyar a los hermanos y hermanas y, de pronto, esa senda de fe me pareció demasiado difícil. No la comprendía. Éramos meros creyentes que se reunían y leían las palabras de Dios. ¿Por qué no nos dejaban en paz, sino que estaban decididos a forzarnos hacia una senda sin salida? Sufriendo, clamé a Dios: “Dios mío, me siento muy débil y no puedo calmar mis sentimientos. ¿Cómo puedo permanecer en esta senda de fe? Te pido esclarecimiento y guía”. Recordé entonces algo que manifestó el Señor Jesús: “Si el mundo os odia, sabéis que me ha odiado a mí antes que a vosotros. Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero como no sois del mundo, sino que yo os escogí de entre el mundo, por eso el mundo os odia” (Juan 15:18-19). De pronto caí en la cuenta de que nos detestaban y oprimían porque en realidad detestaban la venida de Dios y luchaban contra Él. Dios se ha encarnado en los últimos días y expresa verdades para que Su obra del juicio purifique y salve a la humanidad. Su aparición y obra delatan a los mundanos. Estos no aman la verdad, sino que la detestan y detestan a Dios. Creen en un Dios difuso en el cielo, razón por la cual juzgan y condenan la obra y las palabras de Dios encarnado. Es igual que cuando vino a obrar el Señor Jesús: los líderes judíos se negaban a aceptar las verdades que expresaba e hicieron todo lo posible por condenarlo y blasfemar contra Él. Los creyentes judíos les siguieron la corriente, rechazaron al Señor y acabaron clavándolo en la cruz. ¡Este mundo es verdaderamente malvado! Pero, cuanto mayores el rechazo del mundo y la condena de las fuerzas religiosas, más evidente era que se trataba del camino verdadero y de la obra de Dios. ¡Eso redoblaba mi deseo me permanecer en esta senda!

Cuando se enteraron los hermanos y hermanas de lo que pasaba, me enviaron un pasaje de Dios Todopoderoso. Dios Todopoderoso dice: “No te desanimes, no seas débil; y Yo te aclararé las cosas. El camino que lleva al reino no es tan fácil. ¡Nada es tan simple! Queréis que las bendiciones vengan a vosotros fácilmente, ¿no es así? Hoy, todos tendréis que enfrentar pruebas amargas. Sin esas pruebas, el corazón amoroso que tenéis por Mí no se hará más fuerte ni sentiréis verdadero amor hacia Mí. Aun si estas pruebas consisten únicamente en circunstancias menores, todos deben pasar por ellas; es solo que la dificultad de las pruebas variará de una persona a otra. Las pruebas son una bendición proveniente de Mí. ¿Cuántos de vosotros venís a menudo delante de Mí y suplicáis de rodillas que os dé Mis bendiciones? ¡Niños tontos! Siempre pensáis que unas cuantas palabras favorables cuentan como Mi bendición, pero no reconocéis que la amargura es una de Mis bendiciones. Los que participan de Mi amargura ciertamente compartirán Mi dulzura. Esa es Mi promesa y Mi bendición para vosotros. No dudéis en comer, beber y disfrutar Mis palabras. Cuando pasa la oscuridad, la luz aparece. Siempre está más oscuro antes del amanecer; después de esa hora, el cielo poco a poco se ilumina y, a continuación, sale el sol. No temáis ni seáis tímidos” (‘Capítulo 41’ de Declaraciones de Cristo en el principio en “La Palabra manifestada en carne”). Me emocionó mucho leer esto. Seguíamos la nueva obra de Dios, el clero nos lo dificultaba y el resto de la aldea nos trataba injustamente. Era inevitable, pues la gente está muy hondamente corrompida por Satanás y el mundo es sumamente oscuro y malvado. Ninguno de ellos recibe la venida de Dios. No es fácil seguir a Dios. Para entrar en el reino de Dios y recibir Su aprobación, hemos de experimentar ese tipo de persecución y dificultad. Dios es nuestra fuerza de apoyo y siempre está con nosotros. No tenía nada que temer. Solo tenía que orar y ampararme en Dios y seguro que Él nos guiaba hasta superar las perturbaciones del pastor. Recordé las experiencias de los hermanos y hermanas chinos que había visto en películas y vídeos. El Gobierno chino los oprime, persigue y vigila y han de afrontar su detención en cualquier momento. También se ven implicadas sus familias y se les despoja de sus propiedades y empleos. Muchos son encarcelados y brutalmente torturados. Sufren muchísimo, pero saben ampararse en Dios y dar testimonio de la derrota de Satanás. Luego me acordé de cómo ha sufrido Dios en Sus dos encarnaciones. Cuando el Señor Jesús se encarnó y vino a la tierra a redimir a la humanidad, el pueblo judío lo condenó, blasfemó contra Él y acabó crucificándolo. En los últimos días, Dios se ha encarnado de nuevo y expresa verdades para salvar a la humanidad. El régimen satánico y las fuerzas del anticristo del mundo religioso se resisten a Él, lo condenan, lo rechazan y blasfeman contra Él. Dios sufre muchísimo por salvar a la humanidad y mi mísero sufrimiento no era ni digno de mención. Dios es santo y todo Su sufrimiento es en aras de nuestra salvación. Mi sufrimiento era para que pudiera recibir la verdad y salvarme, así que tenía que soportarlo. Aunque esa experiencia me resultaba dolorosa, había aprendido a discernir un poco al clero y tenía más fe en Dios. En realidad, Dios utiliza ambientes arduos para impartirnos la verdad, para perfeccionar nuestra fe. ¡Es una bendición de Dios! Me sentí mucho más tranquilo tras conocer la voluntad de Dios y salí de la nube de mi depresión. Después me apresuré a organizar una reunión con todos los hermanos y hermanas aún estancados en un estado negativo. Todos comprendieron la voluntad de Dios por medio de la comunión, adquirieron la fe para continuar siguiéndolo y dejaron de estar deprimidos. Empezamos a llevar una vida normal de iglesia, compartiendo el evangelio y dando testimonio, y todos estábamos motivados.

No obstante, el clero siguió intentando de todo para frenarnos. Una vez, cuando falleció el esposo de una hermana por enfermedad, toda la familia de ella la presionaba para que fuera a disculparse al pastor, a fin de que este ayudara con oraciones y ritos fúnebres. El clero aprovechó esa oportunidad para presionarla para que renunciara a su fe en Dios Todopoderoso y volviera a la iglesia. Me enfadé mucho. Ella ya estaba desolada por su esposo, pero el clero le echaba sal en la herida presionándola para que admitiera su agravio, con el único fin de que volviera a la iglesia y los siguiera a ellos. ¡Era algo despreciable! Un pastor superior vino a hablar con nosotros y nos dijo muchas cosas de condena y blasfemia contra Dios. Nos instó reiteradamente a que renunciáramos a nuestra fe. Sin embargo, como ya teníamos discernimiento, eso no nos afectó. Cuando el clero y los líderes de la aldea vieron nuestra firmeza, hicieron que el resto de la aldea nos aislara y marginara, diciendo: “Estos se niegan a escucharnos, así que dejadlos con su fe. Vigilad a vuestros hijos, alejadlos de esta gente. Quien tenga contacto con ellos o pregunte por su fe, verá a su familia entera implicada y no lo ayudaremos en nada”. También organizaron un grupo juvenil especial, formado por los jóvenes de la iglesia, básicamente para que nos vigilara. Quien tuviera contacto con nosotros sería llamado a la casa del pastor para que este lo interrogara. Con esto vi con mayor nitidez sus auténticos rostros antiDios. Tenían a los creyentes fuertemente controlados en sus manos y no los dejaban presentarse ante Dios ni oír Su voz. Me acordé de los fariseos. Cuando vino el Señor Jesús, Su obra y Sus palabras rebosaban autoridad, pero ellos no las buscaron ni las estudiaron. Por miedo a que los creyentes siguieran al Señor Jesús y ellos perdieran su estatus y su pan, hicieron de todo por condenarlo y hasta lo crucificaron. Tenían a los creyentes en sus garras, al pueblo solo le permitían que los idolatrara a ellos y se negaban a devolverle a Dios Sus ovejas. Eran siervos infieles y los pastores y ancianos actuales no son distintos a ellos. Recordé las palabras de condena del Señor hacia ellos: “¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas!, porque cerráis el reino de los cielos delante de los hombres, pues ni vosotros entráis, ni dejáis entrar a los que están entrando” (Mateo 23:13). “¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas!, porque recorréis el mar y la tierra para hacer un prosélito, y cuando llega a serlo, lo hacéis hijo del infierno dos veces más que vosotros” (Mateo 23:15). El clero actual es igual que los antiguos fariseos. Son siervos infieles que obstruyen la senda al reino. Es lo que señala Dios Todopoderoso. “Hay algunos que leen la Biblia en grandes iglesias y la recitan todo el día, pero ninguno de ellos entiende el propósito de la obra de Dios. Ninguno de ellos es capaz de conocer a Dios y mucho menos es conforme a la voluntad de Dios. Son todos personas inútiles y viles, que se ponen en alto para enseñar a Dios. Se oponen deliberadamente a Él mientras llevan Su estandarte. Afirman tener fe en Dios, pero aun así comen la carne y beben la sangre del hombre. Todas esas personas son diablos que devoran el alma del hombre, demonios jefes que estorban deliberadamente a aquellos que tratan de entrar en la senda correcta y obstáculos en el camino de quienes buscan a Dios. Pueden parecer de ‘buena constitución’, pero ¿cómo van a saber sus seguidores que no son más que anticristos que llevan a la gente a levantarse contra Dios? ¿Cómo van a saber sus seguidores que son diablos vivientes dedicados a devorar a las almas humanas?” (‘Todas las personas que no conocen a Dios son las que se oponen a Él’ en “La Palabra manifestada en carne”). El clero no solo no estudia la nueva obra de Dios, sino que, cuando descubre que alguien sí, hace todo lo posible por interponerse en su camino por miedo a que los creyentes sigan a Dios Todopoderoso y dejen de idolatrarlos y seguirlos a ellos o de darles ofrendas. Controlaban a la gente con costumbres y ritos tradicionales antiguos de la aldea y la obligaban a volver a la iglesia. Afirmaban ser creyentes, pero no tenían la menor veneración por Dios. Por naturaleza, son demonios que detestan a Dios y la verdad. Son escollos en nuestra senda al reino. Supe que Dios había permitido toda esta opresión para ayudarnos a cultivar el discernimiento y que pudiéramos escapar realmente del control del clero religioso. Los ataques del clero no pudieron mantenerme en un estado negativo, sino que, a decir verdad, fortalecieron mi fe. Además, pude escapar a sus restricciones y seguir compartiendo el evangelio y dando testimonio. Con el tiempo, también algunos amigos y parientes comenzaron a discernir la conducta del clero y algunos de ellos aceptaron la obra de Dios Todopoderoso de los últimos días. Esto me demostró que Dios ejerce Su sabiduría sobre las trampas de Satanás. La opresión y los obstáculos del pastor ayudaron a separar las ovejas de las cabras. Algunos siguieron el juego al clero en su oposición contra nosotros, pero otros lograron discernir su auténtica esencia. Oyeron la voz de Dios y se volvieron hacia Él. ¡Es maravillosa la obra de Dios! Esta experiencia me enseñó que en toda situación está la voluntad de Dios. No necesitamos más y todo es para salvarnos y perfeccionarnos. Decidí que, sin importar lo que afrontara en lo sucesivo, quería someterme a las disposiciones de Dios y ampararme en Él. ¡Gracias a Dios Todopoderoso!

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