Lo que aprendí de mi destitución

31 Ene 2022

Por Zheng Yi, Estados Unidos

Dios Todopoderoso dice: “Las personas no pueden cambiar su propio carácter; deben someterse al juicio y castigo, y al sufrimiento y refinamiento de las palabras de Dios, o ser tratadas, disciplinadas y podadas por Sus palabras. Solo entonces pueden lograr la obediencia y lealtad a Dios y dejar de ser indiferentes hacia Él. Es bajo el refinamiento de las palabras de Dios que el carácter de las personas cambia. Solo a través de la revelación, el juicio, la disciplina y el trato de Sus palabras ya no se atreverán a actuar precipitadamente, sino que se volverán calmadas y compuestas. El punto más importante es que puedan someterse a las palabras actuales de Dios, obedecer Su obra, e incluso si esto no coincide con las nociones humanas, que puedan hacer a un lado estas nociones y someterse por su propia voluntad” (‘Aquellos cuyo carácter ha cambiado son los que han entrado a la realidad de las palabras de Dios’ en “La Palabra manifestada en carne”). Las palabras de Dios son muy prácticas. Solo si las palabras de Dios nos juzgan, castigan, tratan y podan podemos cambiar nuestro carácter satánico y alcanzar la obediencia y la fidelidad a Dios. Yo siempre cumplía con el deber con un carácter corrupto y era especialmente egoísta y ruin, pues siempre protegía mi reputación y estatus. Tras mi destitución, conocí realmente mi carácter corrupto gracias al juicio y castigo de las palabras de Dios. Sentí remordimiento, me desprecié a mí misma y, cuando tuve otro deber, lo hice mejor que antes.

En agosto me eligieron líder de la iglesia, responsable de su labor junto con algunos hermanos y hermanas más. Principalmente, hacía seguimiento de la labor de riego y participaba en la toma de decisiones para los proyectos de la iglesia. Nos habíamos repartido las responsabilidades, pero sabía que el trabajo de la iglesia es una unidad global y que tenía que colaborar con los hermanos y hermanas para proteger los intereses de la casa de Dios y cumplir adecuadamente con el deber. Al principio estaba muy atenta en las reuniones semanales. Participaba activamente en el debate y proponía recomendaciones. En octubre, un día, el riego a los nuevos fieles casi se retrasa porque no había hecho seguimiento a tiempo. Los superiores me podaron y trataron duramente. Pensé para mis adentros que me habían tratado a mí porque se produjo un problema en mi trabajo. Si surgían más problemas, los líderes me calarían, dirían que no sabía hacer un trabajo práctico y me destituirían. ¿Cómo podría volver a dar la cara después? ¿Quién me respetaría? No, tenía que esforzarme más en el trabajo del que era responsable y no podía cometer más errores.

Con el tiempo se amplió mi ámbito de responsabilidad. Como no se me daban bien algunas cosas, necesitaba mucho tiempo y esfuerzo para acostumbrarme a ellas, pero había muchísimas decisiones estratégicas que debatir en cada reunión y esto llevaba mucho tiempo. Me preguntaba si con el tiempo eso podría afectar al trabajo del que era responsable. Si este no era eficaz y se producían más problemas, seguro que me destituían, y entonces, ¿qué opinarían los demás de mí? ¿No había otra gente haciendo seguimiento de otros proyectos de la iglesia? Suponía que ellos podían celebrar sus debates, pero yo tenía mucho trabajo. Además, que ellos terminaran su trabajo no tenía nada que ver conmigo ni me granjearía ningún elogio, pero yo sería responsable directa de los problemas de mi ámbito, así que tenía que ocuparme de mis responsabilidades. Después, dedicaba más tiempo y esfuerzo al trabajo principal del que era responsable y consideraba los demás trabajos una carga. Daba mi opinión sobre cualquier cosa relativa a mi trabajo, pero solo me ocupaba de mis propias tareas cuando se trataba de cosas ajenas a ese ámbito. Como no escuchaba atentamente en los debates, cuando se requería mi postura en las decisiones, me alineaba con el resto. Cuando era urgente debatir y decidir cuestiones importantes, en cuanto veía que no guardaban relación con mi deber, las ignoraba y me mostraba indiferente.

Pasado un tiempo, no dejaba de oír decir a los hermanos y hermanas que algunos asuntos no se habían atendido adecuadamente y los líderes los habían tratado a ellos, y también que la organización del personal no era acorde a los principios, lo que provocaba pérdidas al trabajo de la casa de Dios. Había cosas que exigían la decisión y el visto bueno de todos. Por no haberse abordado correctamente, a la larga esto perjudicó los intereses de la casa de Dios. Además, la adquisición de bienes para la iglesia no se atendía adecuadamente, por lo que se habían perdido ofrendas. No dejaban de pasar cosas como estas. Suponía que era bueno que no hubiera grandes problemas en mi trabajo. No me responsabilizarían cuando lo examinaran. Esta fue la actitud irresponsable que tuve hacia el deber durante bastante tiempo y no veía nada de malo en ella. Un día vino a buscarme una hermana con quien trabajaba y me dijo que yo no asumía una carga en el deber ni tenía una visión global, sino que solo prestaba atención a mi trabajo y no era activa en la toma de decisiones. Según ella, eso era peligroso y, si no lo cambiaba, tarde o temprano me eliminarían. Me dijo que debía recapacitar a fondo sobre mi actitud hacia el deber. Tras su enseñanza seguí sin hacer introspección. En cambio, razoné para mis adentros: “¿No has visto todo mi sufrimiento? Lleva mucho esfuerzo hacer bien este trabajo. Si hay problemas con el trabajo del que soy responsable, son culpa mía, ¿y qué opinarán los demás de mí? Me creerán incapaz y que no sé hacer un trabajo práctico. Es más, ¿no hay nadie responsable de esos otros trabajos? Mi participación en estas decisiones no repercutirá en nada”. Sin embargo, por mi desidia e irresponsabilidad hacia el trabajo general de la iglesia y mi falta de verdadera introspección, pronto cayó sobre mí la ira de Dios. En enero vino un líder a comentarme: “Los hermanos y hermanas han dicho que no llevas una carga en el deber, que en los debates y las decisiones rara vez expresas tu punto de vista, que no propones recomendaciones sustanciales ni sientes la menor responsabilidad hacia el trabajo de la iglesia. Tras debatirlo, todos han decidido que hay que destituirte”. Mientras escuchaba al líder estaba totalmente aturdida, a punto de derrumbarme. Pensé: “¿Cómo puedes destituirme así como así? No participo mucho en el trabajo general de la iglesia, pero estoy ocupadísima todos los días con mis propias responsabilidades y he padecido mucho. ¿Cómo has podido decir que no llevo una carga? ¿No basta con haber realizado mi trabajo sin problemas?”. Por un momento no pude aceptar este desenlace, pero aún creía que todo lo que hacía Dios era bueno y que me faltaba conocimiento. Oré a Dios y le pedí que me guiara para poder recapacitar y conocerme a mí misma.

Una vez vi un pasaje de las palabras de Dios que me conmovió enormemente. “Tanto la conciencia como la razón deben ser componentes de la humanidad de una persona. Ambas son las más fundamentales e importantes. ¿Qué clase de persona es la que carece de conciencia y no tiene la razón de la humanidad normal? Hablando en términos generales, es una persona que carece de humanidad, una persona de una humanidad extremadamente pobre. Entrando en más detalle, ¿qué manifestaciones de humanidad perdida exhibe esta persona para que los demás digan que no tiene humanidad? Prueba a analizar qué características se hallan en tales personas y qué manifestaciones específicas presentan. (Son egoístas y mezquinas). El egoísmo es una, y también lo es la mezquindad. ¿Qué se manifiesta, además, en lo que hacen? Tales personas son superficiales en sus acciones y se mantienen alejadas de las cosas que no les conciernen de manera personal. No consideran los intereses de la casa de Dios ni muestran consideración por la voluntad de Dios. No asumen ninguna carga de testificar por Dios o de desempeñar sus deberes y no poseen ningún sentido de responsabilidad. […] Incluso hay personas que, cuando ven un problema cuando cumplen con su deber, permanecen en silencio. Ven que otros están causando interrupciones y perturbaciones, pero no dicen ni hacen nada para detenerlos. No consideran en absoluto los intereses de la casa de Dios ni piensan en su propio deber ni en las responsabilidades. Hablan, actúan, sobresalen, se esfuerzan, y gastan energía sólo para su propia vanidad, prestigio, posición, intereses y honor. Las acciones e intenciones de alguien así son claras para todos: Salen de repente siempre que hay una oportunidad para el honor o para disfrutar alguna bendición. Pero, cuando no hay una oportunidad para el honor, o tan pronto hay un tiempo de sufrimiento, desaparecen de la vista como una tortuga que esconde su cabeza. ¿Tiene esta clase de persona conciencia y razón? ¿Siente remordimiento una persona sin conciencia ni razón que se comporta de esta manera? (No). Tales personas no tienen sentido del reproche; la conciencia de esta clase de persona no sirve para nada. Nunca han sentido remordimiento. Así que, ¿pueden sentir el reproche o la disciplina del Espíritu Santo? No, no pueden” (‘Entrega tu verdadero corazón a Dios y podrás obtener la verdad’ en “Discursos de Cristo de los últimos días”). Cuanto más leía, más me afligía. Yo era justo como me describía Dios. Era descuidada e indiferente hacia el deber, ya que no prestaba atención a nada fuera de mis responsabilidades. Solo me ocupaba de mi trabajo. Solamente había pensado en si podría satisfacerse mi deseo de reputación y estatus. No había protegido para nada la labor de la casa de Dios. Recordando aquella época en que todo el mundo debatía para tomar decisiones, creía que los éxitos ajenos a mi responsabilidad no me ayudarían a tener buena imagen y que, si no se abordaba bien, no me culparían. Por eso no participaba si podía evitarlo. Simplemente actuaba por inercia, siguiendo el juego al resto. Era una actitud descuidada e irresponsable. Era muy diligente y trabajadora en mi ámbito de trabajo por miedo a que me podaran y trataran si había algún problema con él o a que me destituyeran y me desacreditaran del todo. Para ocuparme correctamente de mi trabajo y conservar mi estatus e imagen ante los demás, consideraba la toma de decisiones una molestia y una pérdida de tiempo que me impedía dar abasto con mi labor. Recapacitando sobre mi conducta, descubrí que cumplía con el deber con la intención de satisfacerme a mí misma y que no sufría más que por mí. No había asumido ninguna carga ni sentido de la responsabilidad para proteger el trabajo general o los intereses de la casa de Dios. Carecía de humanidad y era totalmente indigna de una comisión tan importante. Fue entonces cuando acepté plenamente mi destitución. Aunque consciente de que mis actos no concordaban con la voluntad de Dios, seguía sin entender mi naturaleza y no sabía exactamente qué me había llevado a no tener una carga en el deber. Estaba obsesionada con la reputación y el estatus e ignoraba totalmente los intereses de la casa de Dios. Después llevé este problema ante Dios en oración para pedirle que me guiara hasta conocer la causa y esencia de mi problema, hasta apreciar mi carácter satánico, para poder detestarme de todo corazón.

Luego vi un vídeo de lectura de las palabras de Dios. Dios Todopoderoso dice: “Otro rasgo distintivo de la humanidad de un anticristo, además de no tener vergüenza, es un egoísmo y una vileza poco comunes. ¿Cuán egoístas son? ¿Y cuál es la interpretación literal de este egoísmo? Cualquier cosa que tenga que ver con sus propios intereses recibe su máxima atención, sufren por ello, pagan un precio, están absorbidos por y dedicados a ese asunto. Todo aquello que no tenga relación con ellos, lo ignoran y no lo tienen en cuenta. Los demás pueden hacer lo que quieran, a los anticristos les da igual que alguien sea conflictivo o perturbador. Dicho con tacto, se ocupan de sus propios asuntos. Pero es más acertado decir que este tipo de personas son viles, sórdidas, miserables. Las definimos como ‘egoístas y viles’. ¿Cómo se manifiesta el egoísmo y la vileza de la humanidad de los anticristos? Cuando algo atañe a su estatus o reputación, se devanan los sesos para decidir qué hacer o decir, no paran de correr de un lado a otro, sufren grandes dificultades gustosamente. Pero en lo que respecta a la obra de la casa de Dios y a los principios, incluso cuando personas malvadas interrumpen, interfieren y cometen todo tipo de maldades que afectan gravemente a la obra de la iglesia, permanecen impasibles y despreocupados, como si no tuviera nada que ver con ellos. Y si alguien descubre esto y lo expone, aseguran que no vieron nada y fingen ignorancia. Cuando se les denuncia y se les expone como lo que realmente son, se enfurecen. Convocan reuniones apresuradas para discutir cómo responder, se investiga quién actuó por la espalda, quién fue el cabecilla, quién estuvo involucrado. No comen ni duermen hasta que han llegado al fondo del asunto y este se ha resuelto por completo. Incluso a veces, solo se quedan contentos cuando han acabado también con todos los socios de su acusador. Esta es la manifestación del egoísmo y la vileza, ¿verdad? ¿Acaso están haciendo trabajo de iglesia? Están actuando pura y simplemente en aras de su propio poder y estatus. Se ocupan de sus propios asuntos. Independientemente del trabajo que lleven a cabo, las personas que son del tipo de un anticristo no consideran para nada los intereses de la casa de Dios. Solo consideran si los suyos propios van a verse afectados, solo piensan en las tareas que tienen delante de sus narices. La obra de la casa de Dios y la iglesia es solo algo a lo que dedican su tiempo libre, y hay que empujarlos a hacer todo. Su verdadera vocación es la protección de sus propios intereses, para ellos lo realmente importante es hacer lo que les gusta. A sus ojos, cualquier cosa organizada por la casa de Dios o relacionada con la entrada en la vida de los escogidos de Dios no tiene importancia. No importa qué dificultades tengan otras personas en su trabajo, qué cuestiones identifiquen o lo sinceras que sean sus palabras, los anticristos no prestan atención, no se involucran, es como si no tuviera nada que ver con ellos. Los asuntos de la iglesia les resultan totalmente indiferentes, por importantes que sean. Incluso cuando tienen el problema delante, solo lo abordan de mala gana y de manera superficial. Solo cuando lo alto los trata directamente y se les ordena que resuelvan un problema, hacen a regañadientes un poco de trabajo real y le muestran algo a lo alto. Poco después, siguen con sus propios asuntos. Con respecto al trabajo de la iglesia, a las cosas importantes en el contexto más amplio, no están interesados, se muestran ajenos. Incluso ignoran los problemas que descubren, son evasivos cuando se les pregunta, y solo los abordan con gran reticencia. ¿Acaso no es esto la manifestación del egoísmo y la vileza?” (‘Digresión cuatro: Resumen de la naturaleza humana de los anticristos y de la esencia de su carácter (I)’ en “Desenmascarar a los anticristos”). Fue doloroso y acongojante afrontar el juicio y la revelación de las palabras de Dios. Los anticristos solo trabajan por la reputación y el estatus y son diligentes en todo lo que concierne a sus intereses. Pueden sufrir y gastar toda su energía física y mental en eso. Pasan de todo aquello que no los beneficie. Esta es una naturaleza especialmente egoísta y ruin. Entendí que mi conducta era la misma que la de un anticristo y que trabajaba únicamente por mi reputación y estatus, era egoísta y maquinaba. “Deja las cosas vagar si no te afectan personalmente” y “cuantos menos problemas, mejor” eran filosofías satánicas para mi vida. Solo prestaba atención al trabajo del que era responsable, que pudiera afectar a mi reputación y estatus, e ignoraba y postergaba el trabajo ajeno a mi ámbito de responsabilidad. Ello ocasionó graves pérdidas al trabajo de la casa de Dios y a las ofrendas a Dios. Comprobé que era depravada, egoísta, interesada y ruin, indigna de confianza o crédito alguno. En aquella época surgieron una serie de problemas en la labor de la iglesia y los líderes criticaron a los demás hermanos y hermanas por no hacer correctamente el trabajo. No me criticaron directamente a mí, pero también era líder de la iglesia, con una responsabilidad ineludible. Si hubiera sido diligente en ocuparme y participar en los debates de trabajo, quizá habría destapado algunos de los problemas, pero solo quería cuidar mi imagen y mi estatus y atender mi pequeño conjunto de responsabilidades. No pensaba para nada en el trabajo general ni en los intereses de la casa de Dios. A la vista de mis diversas transgresiones en el deber y de las pérdidas irreparables que ocasioné al trabajo de la casa de Dios, me embargaron el pesar y la culpa. Dios me encumbró a un deber tan importante, una oportunidad de pulirme, para que aprendiera antes la verdad. Dios lo dio todo por salvarme, se esforzó muchísimo por mí y yo gocé durante muchos años del riego y sustento de Sus palabras, pero se lo pagué con ingratitud y no quería hacer correctamente mi deber ni devolverle Su amor. No pensaba más que en preservar mi imagen, mi estatus y mi pequeña esfera para que no me trataran. Era descuidada e irresponsable en este importante trabajo, y permanecía impasible mientras se resentían los intereses de la casa de Dios y se veía afectada la labor de la iglesia. Era indiferente y carecía de todo sentido de la conciencia. ¿Cómo podría considerarme siquiera un ser humano? Cuando una familia alimenta a un perro, él es siempre leal. Realmente, yo era aún peor que un animal. Cuanto más lo pensaba, más inhumana y verdaderamente indigna de gozar de la gracia de Dios me sentía. Me presenté entonces ante Dios a orar: “Oh, Dios mío, me equivoqué. Solo he tenido en cuenta mi reputación y estatus en el deber, sin proteger en absoluto el trabajo de la casa de Dios. Carecía de humanidad y era egoísta e interesada. Hoy me han destituido por Tu justicia y, sobre todo, por Tu amor y salvación para conmigo. Quiero arrepentirme ante Ti”.

Después leí un pasaje de las palabras de Dios de “Entrega tu verdadero corazón a Dios y podrás obtener la verdad”. “¿Cuál es el estándar a través del cual las acciones de una persona son juzgadas como buenas o malvadas? Depende de si en tus pensamientos, expresiones y acciones posees o no el testimonio de poner la verdad en práctica y de vivir la realidad de la verdad. Si no tienes esta realidad o no vives esto, entonces, sin duda, eres un hacedor de maldad. ¿Cómo considera Dios a los hacedores de maldad? Tus pensamientos y tus acciones externas no testimonian para Dios, no ponen a Satanás no ponen a Satanás en vergüenza ni lo derrotan; en cambio, ellos hacen que Dios se avergüence, en todo son la señal de provocar que Dios se avergüence. No estás testificando para Dios, no te estás entregando a Dios y no estás cumpliendo tu responsabilidad y obligaciones hacia Dios, sino que más bien estás actuando para ti mismo. ¿Cuál es la implicación de ‘para ti mismo’? Para Satanás. Así que, al final Dios dirá: ‘Apartaos de mí, los que practicáis la iniquidad’. A los ojos de Dios tus acciones no han sido buenas, sino que tu comportamiento se ha vuelto malvado. En lugar de obtener la aprobación de Dios, serás condenado. ¿Qué busca obtener alguien con una fe así en Dios? ¿Acaso no se quedaría esta fe en nada al final?” (“Discursos de Cristo de los últimos días”). En las palabras de Dios descubrí que Su carácter es justo e inofendible. Dios penetra hasta el fondo del corazón de la gente, y si esta cumple con el deber con otra intención que no sea satisfacer a Dios y le falta testimonio de práctica de la verdad, pero se satisface a sí misma en todos los sentidos y va en pos de sus propios intereses, Dios no elogia eso. Por mucho que padezca una persona con esto, Dios no lo recuerda, sino que la condena por malvada. Mis intenciones en el deber estaban equivocadas. No pretendían satisfacer a Dios, sino que yo iba a mi aire. Estaba dispuesta a sufrir y esforzarme por el trabajo del que era responsable, pero lo hacía para preservar mi estatus e imagen a ojos de los demás. Quería que me admiraran por parecer que sufría y me esforzaba, ganarme el elogio de la gente y un hueco en su corazón. Básicamente, esto era para atrapar a la gente y competir con Dios, lo que ofendió gravemente Su carácter. Si no me arrepentía y cambiaba, al final Dios me abandonaría y eliminaría. Con el deber de líder, Dios me dio una oportunidad de pulirme. Los líderes se responsabilizan del trabajo general de la iglesia y hay muchos problemas, dificultades y asuntos que necesitan una solución. Eso exige buscar mucho la verdad y los principios. Tal vez cometa errores en el trabajo y me poden o traten, pero con el examen, la corrección y la reflexión constantes aprenderé mucho. Todo es conocimiento práctico, trátese del carácter justo de Dios o de mi propio carácter corrupto, pero ni fui agradecida ni valoré esa oportunidad. La consideré, en cambio, una molestia y perdí la ocasión de que Dios me perfeccionara. En un deber tan importante, en el que era irresponsable, no cooperaba y no desempeñaba ningún papel en las decisiones, la supervisión y la vigilancia, ¿cumplía realmente con él? Estaba jugando con Dios y engañándolo. Cometía el mal.

Posteriormente leí un pasaje de las palabras de Dios. “Para todos los que cumplen con su deber, ya sea profundo o superficial su entendimiento de la verdad, la manera más sencilla de entrar en la realidad de la verdad es pensar en los intereses de la casa de Dios en todo, y renunciar a los deseos egoístas, a las intenciones, motivos, reputación y estatus individuales. Poned los intereses de la casa de Dios en primer lugar; esto es lo menos que debéis hacer. Si una persona que lleva a cabo su deber ni siquiera puede hacer esto, entonces ¿cómo puede decir que está llevando a cabo su deber? Esto no es llevar a cabo el propio deber. Primero debes considerar los intereses de la casa de Dios, los propios intereses de Dios y considerar Su obra y poner estas consideraciones antes que nada; solo después de eso puedes pensar en la estabilidad de tu estatus o en cómo te ven los demás. ¿No sientes que se facilita un poco cuando lo divides en estos pasos y alcanzas algunos acuerdos? Si haces esto por un tiempo, llegarás a sentir que satisfacer a Dios no es difícil. Además, deberías ser capaz de cumplir con tus responsabilidades, llevar a cabo tus obligaciones y deberes, dejar de lado tus deseos egoístas y tus propias intenciones y motivos, tener consideración de la voluntad de Dios y poner primero los intereses de Dios y de Su casa. Después de experimentar esto durante un tiempo, considerarás que esta es una buena forma de vivir: es vivir sin rodeos y honestamente, sin ser una persona vil o un bueno para nada, y vivir justa y honorablemente en vez de ser de mente estrecha y despreciable. Considerarás que así es como una persona debe vivir y actuar. Poco a poco disminuirá el deseo dentro de tu corazón de gratificar tus propios intereses” (‘Entrega tu verdadero corazón a Dios y podrás obtener la verdad’ en “Discursos de Cristo de los últimos días”). Las palabras de Dios me dieron una senda de práctica. Los intereses de la casa de Dios son lo primero. Debemos aceptar el escrutinio de Dios y centrarnos en buscar la verdad, dejar de lado la imagen, el estatus y los propios intereses y proteger la labor de la casa de Dios en todos los sentidos. Solo así actuamos según la voluntad de Dios y vivimos sincera y honradamente. Siempre había pensado que participar en la toma de decisiones del trabajo de la iglesia retrasaría mi trabajo, pero es una idea absurda. De hecho, mientras te centres en buscar la verdad y los principios, conserves el sentido de las prioridades y te ocupes de las tareas clave, no se retrasará el trabajo. Y al participar en la toma de decisiones captarás más principios, lo que beneficiará a tu deber y a ti mismo. La casa de Dios ordena a cada iglesia elegir a líderes como responsables conjuntos de la labor de aquella para que la gente se complemente, se supervise y se controle entre sí. Sobre todo en cuestiones complicadas en que ellos toman las decisiones, esto puede evitar al trabajo de la casa de Dios pérdidas por decisiones arbitrarias y desconocimiento, pero yo era descuidada y negligente en un deber así de importante. Era verdaderamente indigna de confianza y merecía la destitución y la eliminación. Cuando lo entendí, decidí que, en el futuro, se tratara o no de algo de mi principal responsabilidad de trabajo, si era un trabajo de la casa de Dios o concernía a sus intereses, era mi responsabilidad y mi deber y debía esforzarme al máximo por proteger el trabajo de la casa de Dios. Dejaría de ser egoísta y ruin y de preocuparme solamente por mis intereses.

Más adelante, me eligieron de nuevo líder en otra iglesia. Sabía que Dios me estaba encumbrando. Había sido egoísta y ruin, pese a lo cual la casa de Dios me permitía cumplir con un deber así de importante. Juré que lo haría bien, que no pensaría exclusiva y egoístamente en mi trabajo. Era una de los tres líderes de esa iglesia, cada cual responsable de una parte del trabajo. Cuando una hermana me hablaba de los proyectos de la iglesia, yo veía muchas cosas que no entendía, que requerían tiempo y esfuerzo para aprenderlas. Cada día tenía la agenda llena y a veces sentía que me faltaba tiempo. Un día vino la hermana con quien trabajaba porque quería que la ayudara a hablar a otras personas de ciertos problemas. Pensé: “Hace unos días revisó mi trabajo una líder superior y dijo que había muchas cosas que no había hecho bien. Mi tiempo es muy valioso. Si voy a ayudarla, se retrasa mi trabajo y eso me impide obtener resultados, ¿qué opinará la líder de mí? ¿Dirá que soy incompetente y que no hago un trabajo práctico? ¿Me destituirán de nuevo?”. Ante esa idea, me di cuenta de que estaba pensando otra vez en la imagen y el estatus, de que el trabajo de la iglesia es uno solo y no puedo dividirlo. Si solo atendía mis responsabilidades e ignoraba todo lo demás, ¿no estaría siendo egoísta y ruin y protegiendo mis propios intereses? No podía hacer eso. Tenía que dejar de lado mis intereses y cooperar con esta hermana para solucionar los problemas de la iglesia. Así pues, acepté ir a la reunión con ella para ayudarla con su enseñanza. Cuando lo hice, sentí paz y la libertad derivada de practicar la verdad. Pese a que me resultó muy dolorosa mi destitución del deber, también me enseñó una valiosa lección. Me aportó conocimiento práctico del carácter justo e inofendible de Dios. Además, he corregido mis ideas erradas y mi actitud descuidada hacia el deber. Doy gracias a Dios por salvarme.

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