Lo que el silencio esconde

27 Mar 2025

Por Jin Xin, China

Me preocupaba mucho por mi orgullo y siempre estaba pendiente de cómo me veían los demás. Siempre que asistía a reuniones, me ponía muy nerviosa y temía que, si no oraba o compartía bien, los demás me menospreciarían. Antes de cada oración, me preparaba de antemano y elegía las palabras exactas que iba a usar. Cuando hablaba sobre la palabra de Dios, si tenía algo de conocimiento vivencial, no me preocupaba tanto. Sin embargo, si carecía de entendimiento y no sabía qué compartir, mi corazón se aceleraba, como si tuviera mariposas en el estómago, y me sudaban las manos. En la vida cotidiana, si los demás se percataban de mis defectos, me sentía muy avergonzada y no me atrevía a mirarlos a la cara; y cada acción que realizaba se volvía muy limitada. Vivir en ese estado a menudo me hacía sentir muy reprimida y con dolor.

Recuerdo que cuando empecé a formarme en el trabajo relacionado con textos, hubo una ocasión en que el supervisor organizó una reunión con nosotros. Vi que mi compañera, la hermana Yang Min, compartía de manera muy específica y pensé: “¿No podrías compartir menos? Ya has abordado lo que yo conozco, así que, si comparto después, será repetitivo. Entonces, seguro que el supervisor pensará que no tengo ningún entendimiento nuevo que aportar. Si hablo sobre otras partes y al final lo que digo no es acertado, ¿pensará el supervisor que mi comprensión de la verdad es limitada y que mi plática no va al grano?”. Cuanto más lo pensaba, más nerviosa me ponía. Leí un pasaje de las palabras de Dios, luego otro, pensando cuál podría entender mejor para compartirlo. En ese momento, tenía tal caos en la mente que no podía tranquilizarme para reflexionar con claridad. Después de leer durante mucho rato, seguía sin saber por dónde empezar. Realmente esperaba que, después de que Yang Min terminara de compartir, el supervisor continuara compartiendo, así yo no tendría que hacerlo. Pero, para mi sorpresa, cuando Yang Min terminó, el supervisor me pidió que compartiera. Me preocupaba que, si decía que no tenía ningún entendimiento, los demás me menospreciarían. Por eso, terminé quedándome en silencio. Sabía que todos estaban esperando que compartiera, pero me sentía demasiado cohibida. En ese momento, una hermana me dijo sin rodeos: “Deberías compartir tanto como entiendas. Si tienes miedo de no compartir bien y de que los demás te menosprecien, o si te preocupas constantemente por cómo hacerlo mejor o incluso por evitar compartir, estás protegiendo tu imagen. Tu intención es que las personas tengan una buena opinión de ti y ocupar un lugar en sus corazones”. Esas simples palabras me llegaron directamente al corazón. No me atrevía a levantar la cabeza para mirar a los hermanos y hermanas. Me ardía el rostro y sentí resistencia en mi interior. Pensé: “¡Yo también sé que no debería ser así, pero simplemente no puedo superarlo!”. Al ver que permanecía en silencio todo el tiempo, nadie dijo nada más. En ese momento, el ambiente se volvió muy incómodo. Después de la reunión, me sentía angustiada todo el tiempo y no podía concentrarme en mis deberes. En otra ocasión, la hermana Zhang Xin nos pidió a Yang Min y a mí que diéramos nuestra opinión sobre un guion que había escrito. Poco después, Yang Min señaló los problemas que veía. Después de que ella terminara, Zhang Xin me preguntó qué problemas detectaba. Pensé: “Parece que el proceso de pensamiento no está muy claro, pero no estoy segura de dónde se encuentran los problemas. ¿Qué debería decir? Si digo algo incorrecto, será muy vergonzoso”. Para evitar que me menospreciaran, permanecí en silencio. Zhang Xin me volvió a preguntar, y aunque por fuera parecía estar calmada, me sentía muy nerviosa: “Todavía no lo he descubierto. ¿Qué debería decir? Si menciono los problemas menores que noté, estaría bien si tengo razón. Pero si me equivoco, ¿pensará Zhang Xin que, después de trabajar en el guion durante un tiempo, ni siquiera soy capaz de identificar los problemas, y que, en realidad, soy muy incompetente?”. En ese momento, Zhang Xin se impacientó y dijo: “No te quedes callada. Si has detectado algo, di lo que has visto. Si no, dilo y ya”. Todos me miraban en silencio. En ese momento, me sentí extremadamente incómoda y deseé poder desaparecer bajo tierra. A regañadientes, contesté: “No lo discutamos por ahora; déjalo tal como lo has escrito por el momento”. No les quedó más remedio que regresar cada uno a sus propias tareas. Me quedé ahí sentada, muy avergonzada y profundamente angustiada. Al recordar lo ocurrido, no pude evitar especular sobre cómo me verían las dos hermanas. Cuanto más lo pensaba, más malestar sentía, y no tenía ánimos para cumplir con mis deberes. Sentía como si algo pesado me oprimiera el corazón. Me dolía mucho pensar que, con frecuencia, me encontraba en este estado y no sabía qué lección aprender de ello. Así que, oré a Dios, pidiéndole que me esclareciera y me guiara para comprender mi verdadero estado.

Más tarde, leí dos pasajes de las palabras de Dios y gané cierta comprensión sobre mi estado. Dios dice: “Si a menudo tienes un sentimiento de culpabilidad en tu vida, si tu corazón no halla descanso, si no tienes paz ni alegría, y a menudo te sientes abrumado por la preocupación y la ansiedad por todo tipo de cosas, ¿qué demuestra esto? Simplemente que no practicas la verdad, que no te mantienes firme en tu testimonio de Dios. Cuando vives en medio del carácter de Satanás, es posible que falles en practicar la verdad con frecuencia, que la traiciones, que seas egoísta y vil; solo defiendes tu imagen, tu reputación, tu estatus y tus intereses. Vivir siempre para ti mismo te acarrea un gran dolor. Tienes tantos deseos egoístas, enredos, grilletes, recelos y preocupaciones que no albergas la menor paz ni alegría. Vivir en aras de la carne corrupta es sufrir de manera excesiva. Quienes persiguen la verdad son diferentes. Cuanto más entienden la verdad, más libres son y más se liberan; cuanto más practican la verdad, más paz y alegría tienen. Cuando obtengan la verdad, vivirán por completo en la luz, gozarán de las bendiciones de Dios y no sufrirán en modo alguno(La Palabra, Vol. III. Discursos de Cristo de los últimos días. La entrada en la vida comienza con el cumplimiento del deber). “Hay quienes no suelen hablar porque su calibre es escaso, son ingenuos o carecen de pensamientos complejos, pero cuando los anticristos hablan poco no es por la misma razón; se trata de un problema de carácter. Rara vez hablan al encontrarse con otra gente y no expresan de buena gana sus opiniones acerca de cualquier asunto. ¿Por qué no? En primer lugar, porque no cabe duda de que carecen de la verdad y no pueden desentrañar las cosas. Si hablan, podrían cometer errores y quedar retratados. Temen que los menosprecien, así que fingen que son silenciosos y profundos, por lo que a los demás les resulta complicado evaluarlos, pues dan la impresión de ser sabios y distinguidos. Con esta fachada, nadie se arriesga a subestimar al anticristo y, al percibir su exterior en apariencia calmado y sereno, lo tienen incluso en mayor estima y no se atreven a menospreciarlo. Este es el aspecto retorcido y perverso de los anticristos. No expresan de buena gana sus opiniones porque la mayoría no coinciden con la verdad, sino que son meras nociones y figuraciones humanas que no son dignas de sacarse a colación. Así que permanecen en silencio. Por dentro esperan obtener algo de luz que puedan liberar para obtener admiración, pero ya que carecen de esta, se quedan callados y ocultos durante la enseñanza de la verdad, acechan en las sombras como un fantasma que espera su oportunidad. Cuando ven que otros hablan con luz, buscan maneras de hacerla suya y la expresan de otra manera a fin de presumir. Así de astutos son los anticristos. Hagan lo que hagan, se esfuerzan por destacar y ser superiores, ya que solo así se sienten complacidos. Si no se les presenta la oportunidad, primero pasan desapercibidos y se reservan sus opiniones. Esta es la astucia de los anticristos. Por ejemplo, cuando la casa de Dios publica un sermón, hay quienes dicen que parecen palabras de Dios, mientras que otros piensan que parece más bien una charla de lo Alto. Aquellos que son bastante cándidos dicen lo que piensan, pero los anticristos, aunque tengan una opinión al respecto, la mantienen oculta. Observan y están listos para seguir el punto de vista de la mayoría, pero en realidad ni ellos mismos son capaces de captarlo en profundidad. ¿Pueden estas personas tan escurridizas y astutas comprender la verdad o gozar de un discernimiento real? ¿Qué puede dilucidar alguien que no entiende la verdad? Nada. Hay gente que no puede dilucidar nada y, sin embargo, finge ser profunda; en realidad, carece de discernimiento y teme que los demás la desentrañen. La actitud correcta en tales situaciones es: ‘No podemos dilucidar este asunto. Como no lo conocemos, no hablemos a la ligera. Expresarse de manera incorrecta puede acarrear consecuencias negativas. Esperaré a ver qué dice lo Alto’. ¿Acaso no es eso hablar con honestidad? Es un lenguaje muy simple, no obstante, ¿por qué no lo dicen los anticristos? No quieren que los desentrañen, pues conocen sus propias limitaciones, pero en ello radica un despreciable propósito: que los admiren. ¿No es esto lo más repugnante?(La Palabra, Vol. IV. Desenmascarar a los anticristos. Punto 6). Las palabras de Dios dejaron en evidencia mi estado y comportamiento. Yo era justo como Dios lo describía: nunca expresaba fácilmente mis opiniones ni revelaba mis verdaderos pensamientos. Cuando hablaba sobre las palabras de Dios o discutía sobre temas, no compartía todo lo que entendía, ni me abría de forma pura para expresar lo que realmente pensaba. En cambio, siempre temía decir algo incorrecto, no expresarme bien o no ir al grano, y que por eso los demás me menospreciaran. Siempre tenía miedo de dejar al descubierto mi verdadera estatura, de que los demás me vieran tal como soy y dijeran que no valía nada. Por lo tanto, siempre me aseguraba de ser la última en hablar y de dejar que los demás compartieran primero, o incluso permanecía en silencio durante toda la reunión. Siempre aparentaba ser reservada y reflexiva delante de los hermanos y hermanas. Cuando quedaron en evidencia mis deficiencias o problemas, me sentí muy avergonzada y sin ánimo de cumplir con mis deberes, lo que me provocó un intenso dolor y tormento interior. Ahora entendía que mi sufrimiento se debía a que protegía en exceso mi imagen, mi estatus y cómo los demás me percibían. Por ello, siempre hacía grandes esfuerzos para disfrazar y ocultar mi verdadero yo, sin atreverme siquiera a decir una sola palabra sincera. Tal como Dios lo dijo, yo era como un fantasma que siempre se ocultaba en la oscuridad, con miedo de salir a la luz. Pensé que llevaba poco tiempo como creyente y que tenía una aptitud media, por lo que era completamente normal no comprender muchas verdades ni tener claridad sobre muchos asuntos. Si no entendía, simplemente debía reconocerlo. Esto debería haber sido una cuestión sencilla, pero a mí me resultaba muy difícil. Para evitar que me descubrieran o me menospreciaran, y para proteger mi imagen y estatus, hice todo lo posible por ocultarme y engañar a los hermanos y hermanas. ¡Realmente fui muy falsa! Solo a través del desenmascaramiento de las palabras de Dios reconocí que este era, en esencia, un carácter perverso. Cuanto más me comparaba con las palabras de Dios, más fea y repulsiva me sentía, carente de toda semejanza humana y vergonzosa. Por lo tanto, quería cambiar este estado y dejar de vivir de esa manera.

Más tarde, leí un pasaje de las palabras de Dios: “Con independencia de lo que te ocurra, si quieres decir la verdad y ser una persona honesta, debes ser capaz de desprenderte de tu orgullo y vanidad. Cuando no entiendas algo, di que no lo entiendes; cuando no tengas algo claro, di que no lo tienes claro. No temas que los demás te menosprecien o infravaloren. Si hablas consistentemente desde el corazón y dices la verdad de este modo, encontrarás la alegría, la paz y una sensación de libertad y liberación en tu corazón, y la vanidad y el orgullo ya no te constreñirán. Da igual con quién interactúes, si puedes expresar lo que piensas de verdad, ábrele el corazón a los demás y no pretendas saber cosas que no sabes, esa es la postura honesta. A veces, la gente puede menospreciarte y llamarte necio porque siempre dices la verdad. ¿Qué debes hacer en tal situación? Debes decir: ‘Aunque todo el mundo me llame necio, decido ser una persona honesta y no alguien taimado. Hablaré con la verdad y según los hechos. Aunque soy repugnante, corrupto y no valgo nada ante Dios, seguiré contando la verdad sin fingir ni disfrazarme’. Si hablas de este modo, tu corazón estará en calma y en paz. Para ser una persona honesta, debes desprenderte de tu vanidad y tu orgullo, y para hablar de la verdad y expresar tus verdaderos sentimientos, no debes temer el ridículo y el desprecio de los demás. Aunque otros te traten como a un necio, no debes discutir ni defenderte. Si eres capaz de practicar la verdad de este modo, puedes convertirte en una persona honesta(La Palabra, Vol. III. Discursos de Cristo de los últimos días. Solo una persona honesta puede vivir con auténtica semejanza humana). Después de leer las palabras de Dios, encontré una senda de práctica. Para liberarme de las ataduras y limitaciones de la vanidad y el orgullo, necesitaba practicar ser una persona honesta. Tenía que aprender a desprenderme de mi orgullo y a abrirme de manera pura. Si no sabía algo, debía decir que no lo sabía; si no entendía, podía simplemente admitirlo. Incluso si me menospreciaban por decir algo incorrecto o admitir mi falta de comprensión, habría practicado la verdad y sido una persona honesta delante de Dios, lo cual me haría sentir en paz y liberada. Esto es mucho más significativo que recibir elogios y admiración de los demás. Cuando pensé esto, dejé de tener tantas preocupaciones y quise practicar la verdad y transformarme. Más adelante, ya fuera al compartir sobre las palabras de Dios durante las reuniones o al discutir asuntos, cada vez que sentía la tentación de aparentar o disfrazar mi verdadero yo, oraba a Dios y conscientemente me rebelaba contra mis intenciones equivocadas. Compartía tanto como entendía y si no entendía algo, lo decía y revelaba mis verdaderos pensamientos. Al practicar de esta manera, poco a poco comencé a sentirme más libre en mi corazón.

Más tarde, no pude cumplir con mis deberes durante seis meses porque fui arrestada por el Partido Comunista. Después de que me liberaran, el líder me asignó continuar con un deber relacionado con textos. Como los hermanos y hermanas del equipo eran nuevos en este tipo de trabajo, el líder propuso que yo asumiera temporalmente el papel de líder del equipo. Hacía mucho tiempo que no realizaba este deber y me sentía un poco fuera de práctica para escribir guiones, por lo que apenas escribí durante toda la tarde. Cuando empezaba a ponerme nerviosa, una hermana me pidió ayuda porque no lograba identificar los problemas en su guion. En ese momento, no podía calmar mi mente y, tras leer su guion, no pude detectar ningún problema. Cuando preguntó qué problemas había, me quedé sin palabras y no pude responder, lo que de inmediato me hizo sentir bastante avergonzada. Pensé: “Soy la líder del equipo, después de todo; tengo que ayudar a resolver los problemas que los demás no pueden identificar. Pero como no puedo dar una respuesta clara, la hermana dirá: ‘Eres la líder del equipo, ¿este es realmente tu nivel?’”. Me sentí profundamente avergonzada. Esa noche, mientras revisaba el guion donde me había quedado atascada a mitad de escritura, quería pedirles a las otras hermanas que lo revisaran. Pero temía que pudieran decir que mi nivel no era bueno si había cometido tantos errores en el guion. Me sentía muy indecisa y, durante mucho tiempo, no me atreví a mostrárselo a las hermanas. En ese momento, me di cuenta de que mi estado no era bueno: temía que los demás notaran mis fallas y estaba más preocupada por proteger mi imagen y estatus. Entonces, oré a Dios y, conscientemente, cambié este estado. Luego, les mostré el guion a las hermanas. Con su ayuda y enseñanza, encontré la senda para continuar escribiéndolo.

Más adelante, me di cuenta de que el orgullo constantemente me limitaba. A veces, mediante la oración, lograba mejorar un poco mi estado, pero mi problema distaba mucho de estar completamente resuelto. Pensé: “Aunque sé que aparentar y disfrazarme resulta tan doloroso y agotador, ¿por qué sigo viviendo tan a menudo de esta manera?”. En mi búsqueda, leí un pasaje de las palabras de Dios: “¿De qué clase de carácter se trata cuando la gente monta siempre una fachada, se blanquean a sí mismos, se dan aires para que los demás los tengan en alta estima y no detecten sus defectos o carencias, cuando siempre tratan de presentar a los demás su mejor lado? Eso es arrogancia, falsedad, hipocresía, es el carácter de Satanás, es algo perverso. Tomemos como ejemplo a los miembros del régimen satánico: por mucho que se peleen, se enemisten o se maten en la oscuridad, nadie puede denunciarlos o exponerlos. Temen que la gente vea su rostro demoniaco, y hacen todo lo posible para encubrirlo. En público, se esfuerzan al máximo para blanquearse, diciendo lo mucho que aman al pueblo, lo grandes, gloriosos e infalibles que son. Esta es la naturaleza de Satanás. La característica más notable de la naturaleza de Satanás son las artimañas y los engaños. ¿Y cuál es el objetivo de estas artimañas y engaños? Engañar a la gente, impedir que vean su esencia y su verdadera cara, y lograr así el objetivo de prolongar su gobierno. Puede que la gente común carezca de tal poder y estatus, pero ellos también desean hacer que los demás tengan una visión favorable de ellos, que los tengan en alta estima y les otorguen un estatus elevado en su corazón. Eso es un carácter corrupto […]. La gente siempre disimula, se exhibe ante los demás, aparenta, finge y se embellece para hacer creer a otros que es perfecta. Su objetivo es ganar estatus, para poder disfrutar de los beneficios de este. Si no te lo crees, piénsalo con detenimiento: ¿Por qué siempre quieres que la gente te tenga en alta estima? Quieres que te adoren y te admiren, para poder acabar haciéndote con el poder y disfrutar de los beneficios del estatus(La Palabra, Vol. III. Discursos de Cristo de los últimos días. Los principios que deben guiar el comportamiento de una persona). A través del desenmascaramiento de las palabras de Dios, me di cuenta de que aparentar y disfrazar constantemente quienes somos es una manifestación de las actitudes arrogantes, perversas y falsas de Satanás. Bajo el dominio de estas actitudes satánicas, siempre quería que los demás pensaran bien de mí y mantener mi estatus e imagen en sus mentes. Aunque sabía que no entendía muchos principios-verdad y que tenía muchas deficiencias, seguía sin querer que los demás vieran mis fallas y pensaran que no valía para nada. Por eso, ya fuera al hablar sobre las palabras de Dios durante las reuniones o al discutir asuntos, si algo podía hacerme sentir avergonzada, apenada o dañar mi orgullo, hacía todo lo posible por disfrazar y ocultar mi verdadero yo. Me envolvía herméticamente, escondía mi lado malo y mostraba solo mi lado bueno a los demás para construir una buena imagen de mí misma en sus mentes. Me di cuenta de que estaba profundamente corrompida por Satanás y que mi arrogancia llegaba al punto de carecer de toda razón. Claramente era una persona corriente, corrupta, sin nada en absoluto, empobrecida y lamentable; sin embargo, siempre quería aparentar y ganar la admiración de los demás. Realmente no tenía vergüenza y carecía de autoconciencia. Pensé en que todas las personas corruptas —tengan estatus o no— quieren hacerse un nombre, que los demás las elogien y admiren, y desean que todos las veneren. El régimen satánico del Partido Comunista Chino, en particular, siempre habla con palabras bonitas mientras comete actos atroces. Exteriormente, finge que todo marcha bien y promueve su imagen de “grande, glorioso y correcto”. Utiliza falsas apariencias para engañar y embaucar a los pueblos del mundo, pero en secreto reprime y persigue las creencias religiosas, elimina los derechos humanos y asesina y daña brutalmente a innumerables personas. Sin importar cuántas cosas malas haya hecho o cuántas acciones malvadas haya llevado a cabo, nunca se atreve a exponer estas cosas al público y mostrar a la gente su verdadero rostro malvado y feroz. Comprendí que el engaño y la mentira son las tácticas habituales de Satanás. Reflexioné sobre mis propias acciones: Tenía defectos y problemas, pero no estaba dispuesta a que otros los vieran y hablaran negativamente de mí. Prefería aparentar y disfrazarme, aunque eso significara soportar tormentos internos. Ya fuera en mis palabras, al compartir, en mi conducta o comportamiento, presentaba una imagen falsa a los demás, impidiéndoles ver mi lado más verdadero. Cuanto más lo pensaba, más me daba cuenta de lo falsa que era, y al igual que Satanás, estaba llena de engaño y mentira; era completamente fea y despreciable. Antes, siempre había sentido que era vergonzoso permitir que otros vieran mis defectos y debilidades. Pero luego entendí que vivir según las actitudes arrogantes, perversas y falsas de Satanás, disfrazándome constantemente, engañando a los demás y viviendo sin semejanza humana, es lo realmente vergonzoso y despreciable. No solo Dios odia y aborrece esto, también los hermanos y hermanas sienten repulsión y aversión hacia ello cuando lo calan. Si no me arrepentía, el único resultado sería que Dios me descartase. Al reflexionar sobre esto, comencé a aborrecer mis actitudes corruptas y ya no quería seguir viviendo de esa manera.

Un día, la líder envió un mensaje diciendo que vendría a nuestro equipo para una reunión al día siguiente. Pensé: “Cuando la líder llegue, seguramente preguntará cómo han estado nuestros estados últimamente. ¿De qué partes debería hablar? Últimamente, me he dado cuenta de que amo el estatus y quiero ser supervisora, pero ¡me daría tanta vergüenza decirlo! Mi comprensión de la verdad es superficial y no he tenido muchas experiencias reales, pero aún así quiero asumir el papel de supervisora. Si hablo de esto, ¿dirán los hermanos y hermanas que no sé cuál es mi lugar en el universo y que me estoy sobrevalorando?”. Cuanto más lo pensaba, más vergüenza me daba y no tenía el valor para hablar. Pensé: “Quizá solo debería hablar un poco sobre mis experiencias de entrada positiva. Pero la líder viene a la reunión para ayudarnos a resolver nuestros estados incorrectos y nuestras dificultades. Si no me sincero, entonces no estoy siendo una persona honesta, y mis problemas no se resolverán”. Mi mente estaba agitada. Me preocupaba que la líder pensara que estaba demasiado obsesionada por el estatus y que me faltaba autoconciencia, así que no tuve el valor de hablar. Durante la reunión, después de que los otros hermanos y hermanas compartieran sus estados, la líder encontró unas palabras de Dios y me pidió que las leyera. Justo leí un pasaje: “¿De qué clase de carácter se trata cuando la gente monta siempre una fachada, se blanquean a sí mismos, se dan aires para que los demás los tengan en alta estima y no detecten sus defectos o carencias, cuando siempre tratan de presentar a los demás su mejor lado? Eso es arrogancia, falsedad, hipocresía, es el carácter de Satanás, es algo perverso(La Palabra, Vol. III. Discursos de Cristo de los últimos días. Los principios que deben guiar el comportamiento de una persona). Al releer este pasaje de las palabras de juicio de Dios, sentí remordimiento y una sensación de inquietud. Aún deseaba aparentar y ocultar mi verdadero yo. Esperaba causar una buena impresión en la líder: esto era engañarme a mí misma y a los demás. A partir de las palabras de Dios, también entendí que la falsedad y la hipocresía son algo que Él detesta. Dios siempre nos ha pedido que seamos personas honestas. Una persona honesta puede abrirse de manera pura, sin engañar ni a Dios ni a los demás, y esto es lo que agrada a Dios. Al reflexionar sobre esto, reuní el valor para hablar abiertamente sobre mi estado a la luz de las palabras de Dios. Después de compartir, experimenté un gran alivio y, gracias a la enseñanza de la líder, obtuve una comprensión más profunda de mi estado y descubrí una senda de práctica y entrada. Durante esa reunión, simplemente compartí tanto como entendía y expresé lo que había en mi corazón. Sentí de manera clara la guía de Dios y también adquirí un mayor entendimiento de algunas verdades. Experimenté la dulzura de practicar la verdad.

Más adelante, leí estas palabras de Dios: “Debes buscar la verdad para resolver cualquier problema que surja, sea el que sea, y bajo ningún concepto simular o dar una imagen falsa ante los demás. Tus defectos, carencias, fallos y actitudes corruptas… sé totalmente abierto acerca de todos ellos y compártelos. No te los guardes dentro. Aprender a abrirse es el primer paso para la entrada en la vida y el primer obstáculo, el más difícil de superar. Una vez que lo has superado, es fácil entrar en la verdad. ¿Qué significa dar este paso? Significa que estás abriendo tu corazón y mostrando todo lo que tienes, bueno o malo, positivo o negativo; que te estás descubriendo ante los demás y ante Dios; que no le estás ocultando nada a Dios ni estás disimulando ni disfrazando nada, libre de mentiras y falsedades, y que estás siendo igualmente sincero y honesto con otras personas. De esta manera, vives en la luz y no solo Dios te escrutará, sino que otras personas podrán comprobar que actúas con principios y cierto grado de transparencia. No necesitas ningún método para proteger tu reputación, imagen y estatus, ni necesitas encubrir o disfrazar tus errores. No es necesario que hagas estos esfuerzos inútiles. Si puedes dejar de lado estas cosas, estarás muy relajado, vivirás sin limitaciones ni dolor y completamente en la luz. Aprender a abrirse cuando se comparte es el primer paso para la entrada en la vida. Luego has de aprender a diseccionar tus pensamientos y actos para ver cuáles están equivocados y cuáles no agradan a Dios, y es preciso que los corrijas inmediatamente y los rectifiques. ¿Cuál es el propósito de rectificarlos? Es aceptar y asumir la verdad, al tiempo que te deshaces de las cosas en tu interior que le pertenecen a Satanás y las reemplazas con la verdad. Antes, hacías todo según tu carácter falso, que es mentiroso y engañoso; sentías que no podías lograr nada sin mentir. Ahora que entiendes la verdad y desdeñas la forma de hacer las cosas que tiene Satanás, ya no te comportas de ese modo, actúas con una mentalidad de honestidad, pureza y sumisión. Si no te guardas nada, si no te pones una careta, una impostura, si no encubres las cosas, si te expones ante los hermanos y hermanas, si no ocultas tus ideas y pensamientos más íntimos, sino que permites que los demás vean tu actitud sincera, entonces la verdad echará raíces poco a poco en ti, florecerá y dará frutos, dará gradualmente resultados. Si tu corazón es cada vez más honesto y está cada vez más orientado hacia Dios, y si sabes proteger los intereses de la casa de Dios cuando cumples con tu deber, y tu conciencia se turba cuando no proteges estos intereses, entonces esto es una prueba de que la verdad ha tenido efecto en ti y se ha convertido en tu vida(La Palabra, Vol. III. Discursos de Cristo de los últimos días. Tercera parte). Las palabras de Dios me mostraron la senda de práctica: aprender a ser sincera acerca de mis fallas y deficiencias, dejar de aparentar o disfrazarme, renunciar a mi vanidad y orgullo, y practicar la verdad para ser una persona honesta. Este es el primer paso para entrar en la verdad. A partir de ese momento, dejé de usar el silencio como un medio para ocultarme. Cuando me encontraba con problemas que no podía ver con claridad, admitía que no sabía cómo resolverlos y buscaba activamente la ayuda de otros hermanos y hermanas. Cuando compartíamos juntos para discutir problemas, compartía tanto como entendía y decía exactamente lo que pensaba, de manera directa y sin pretensiones. Después de practicar de esta manera durante un tiempo, descubrí que abrirme de forma pura, sin aparentar ni disfrazarme, se volvía cada vez más fácil. Ya no sentía que fuera vergonzoso. Ahora, ya sea en reuniones, oraciones, enseñanzas o al interactuar con los hermanos y hermanas, ya no me preocupo por mi orgullo o imagen, ni estoy tan ansiosa, nerviosa o angustiada como solía estar. Siento que liberarme de mis actitudes corruptas ha hecho mi vida mucho más ligera, libre y sencilla. Aunque hasta ahora solo he logrado un pequeño cambio, estoy dispuesta a seguir persiguiendo la verdad y a esforzarme por mejorar.

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