Hay que compartir la verdad con franqueza
Por Julia, PoloniaA principios de 2021 acepté la obra de Dios Todopoderoso en los últimos días. De manera activa, asistía a reuniones y...
¡Damos la bienvenida a todos los buscadores que anhelan la aparición de Dios!
En marzo de 2024, la supervisora vino a resumir los problemas y a hablar sobre el trabajo con nosotros. Cuando comentamos juntas un sermón, fui la primera en dar mi opinión, pero la opinión que di era equivocada, y luego di otras dos opiniones seguidas, y también estaban mal. Esto me hizo sentir muy avergonzada. “He cometido tantos errores en mi primer contacto con la supervisora. ¡Qué vergüenza! La hermana con la que trabajaba, aunque acababa de empezar a hacer este deber, pudo detectar algunos problemas, y yo, que llevaba tanto tiempo formándome, seguía sin ver las cosas correctamente. ¿Pensaría la supervisora que yo no era tan buena como la hermana nueva? La próxima vez no me apuraré tanto a dar mi opinión. Esperaré a que todos hablen y entonces compartiré yo. Así será más seguro”. Al día siguiente, mientras leíamos un sermón juntas, medité sobre este con cuidado y encontré algunos problemas. Sin embargo, no estaba segura de si lo que veía era correcto, y pensé: “Esta vez tengo que ser más lista. Primero voy a escuchar cómo lo evalúan los demás. Después, cuando me toque hablar, combinaré los puntos de vista de todos. Así, lo que diga será más fiable, y además, haré que todos piensen que soy capaz de detectar problemas y que mi aptitud no es tan mala”. Pero el tiempo pasaba y nadie decía nada. Vi por el rabillo del ojo que seguían sumidas en sus pensamientos, y empecé a cavilar: “Aunque ya ha pasado un buen rato, no puedo ser la primera en hablar. Sería muy vergonzoso si me equivoco otra vez”. Así que fingí que también estaba pensando seriamente en el problema. Pasó mucho tiempo hasta que algunas hermanas empezaron a hablar. Cuando todas terminaron de dar su opinión, yo combiné sus puntos de vista con los míos y los expuse todos juntos. Mientras hablaba, estaba muy nerviosa, tenía miedo de que mi opinión fuera incorrecta y que volviera a quedar mal. Más tarde, el análisis de la supervisora estuvo bastante de acuerdo con mi opinión. Me alegré para mis adentros y sentí que por fin había logrado salvar el orgullo. Pero después de dos días, la supervisora se dio cuenta de que no participábamos activamente al discutir los sermones; procrastinábamos y perdíamos tiempo. Expuso nuestros problemas. Pensé en que yo llevaba mucho tiempo haciendo este deber y además era la líder del equipo. Debería haber compartido activamente y guiado a todos en la discusión, pero no compartí ni siquiera cuando tenía opiniones. ¿Acaso no estaba solamente perdiendo el tiempo? Luego, cuando hablamos de los sermones nuevamente, tomé la iniciativa de expresar mis opiniones, discutiendo todos los problemas que había detectado. Sin embargo, cuando no pude ver con claridad algunos problemas y mis comentarios fueron unilaterales e imprecisos, me sentí realmente avergonzada. Después de expresar mi opinión varias veces, me volví pasiva nuevamente y siempre esperaba ser la última en hablar. Cada vez me daba más miedo hablar de los sermones; siempre temía que mis deficiencias quedaran al descubierto. Cada vez que daba mi opinión, me sentía bajo una presión enorme, y hasta llegué a pensar en no querer hacer más este deber.
Un día, mientras hablábamos sobre los problemas que había en los sermones, la supervisora me pidió por mi nombre que hablara primero. Permanecí en silencio. La supervisora dijo: “Tú eres la líder del equipo. ¿Por qué nunca tomas la iniciativa para hablar? ¿Es que no tienes opiniones o estás limitada por tu carácter corrupto?”. Luego, la supervisora encontró un pasaje de las palabras de Dios: “La cooperación armoniosa es un principio de práctica en la ejecución del deber. Mientras le dediques todo tu corazón y todo tu esfuerzo y tu devoción, y ofrezcas todo lo que puedes hacer, estarás realizando bien tu deber. Si tienes un pensamiento o una idea, cuéntaselo a los demás, no lo retengas ni lo guardes. Si tienes sugerencias, bríndalas: sea de quien sea una idea que concuerde con la verdad, hay que admitirla y obedecerla. Hazlo y habrás logrado la cooperación en armonía. Esto es lo que significa hacer el deber con devoción. Al realizar tu deber, no se te pide que lo asumas todo tú mismo, ni que trabajes sin descanso, ni que seas ‘la única flor en el tiesto’ o un heterodoxo; más bien, se te pide que aprendas a cooperar con los demás en armonía, y que hagas todo lo que puedas, que cumplas con tus responsabilidades, que le dediques todo tu esfuerzo. Eso es lo que significa hacer tu deber. […] Puede que tengas poca fuerza, pero si eres capaz de cooperar con otros y de aceptar sugerencias adecuadas, y si tienes las motivaciones correctas y puedes proteger la obra de la casa de Dios, entonces eres una persona correcta. A veces, con una sola frase, puedes resolver un problema y beneficiar a todos; otras, después de que compartes una sola declaración de la verdad, todos tienen una senda a seguir y son capaces de cooperar en armonía, y todos se esfuerzan juntos, unidos de corazón, y comparten los mismos puntos de vista y opiniones, con lo que el trabajo resulta particularmente efectivo. Aunque nadie recuerde que desempeñaste este papel, y tú no sientas que te has esforzado mucho, a los ojos de Dios, serás una persona que practica la verdad, una persona que actúa según los principios. Dios recordará lo que hiciste. A eso se le llama hacer tu deber con devoción” (La Palabra, Vol. III. Discursos de Cristo de los últimos días. El correcto cumplimiento del deber requiere de una cooperación armoniosa). La supervisora compartió, diciendo: “Dios nos pide que cooperemos armoniosamente, que tengamos las intenciones correctas y que salvaguardemos el trabajo de la iglesia cuando hacemos nuestros deberes. Por ejemplo, cuando comentamos los sermones, deberíamos tomar la iniciativa y hablar de todos los problemas que vemos, ser sinceros y abiertos, y aprender de las fortalezas de los demás para compensar nuestras debilidades. Aunque no compartamos de forma tan completa como los otros, al menos nuestras intenciones son correctas, y en ese proceso estamos practicando la verdad. Si siempre estamos ocultándonos y disimulando, protegiendo nuestros intereses personales, a Dios no le gustan las personas que actúan así. Además, ya llevamos un tiempo trabajando juntos y todos nos entendemos. Si solo seguimos ocultándonos y disimulando, pensando que, si no decimos nada, los demás no verán nuestras deficiencias, eso es muy tonto. No solo no progresaremos en los principios-verdad, sino que también entorpeceremos la ejecución de nuestro deber. Y si esto sigue así por mucho tiempo, perderemos la obra del Espíritu Santo”. Al escuchar la charla de la supervisora, me ardía la cara de vergüenza y sentí una punzada en el corazón. Llevaba mucho tiempo realizando mi deber en este equipo, y sin importar cuántos problemas pudiera detectar, debería haberlos compartido abiertamente y con sinceridad, animando a todas a participar activamente en la discusión. Eso es ser considerado con el trabajo y también es una manifestación de practicar la verdad. Sin embargo, yo solo pensaba en mi propio orgullo, y no era capaz de tratar correctamente mis defectos. Creía que, si era la primera en expresar mis opiniones e ideas, mis deficiencias quedarían al descubierto y parecería que tenía poca aptitud. Por eso, esperaba a que todas dieran su opinión para luego combinarla con lo que yo entendía. De esa manera, lo que yo decía sonaba más completo y específico, para que la gente me admirara y yo quedara bien. Como líder del equipo, no tenía consideración con el trabajo. Cuando me equivocaba y sentía vergüenza, buscaba cualquier forma de ocultar mis errores y disimular para que nadie me descubriera. Como resultado, me quedaba esperando pasivamente mientras se discutían los problemas, retrasando el progreso del trabajo. Yo no estaba haciendo mi deber en absoluto. Al contrario, estaba usando la oportunidad de hablar de los sermones para lucirme y hacer que los demás me admiraran. Siempre era la última en dar mi opinión. Aunque las opiniones que expresaba eran más completas y guardaba las apariencias, no podía descubrir mis propios defectos, e incluso pensaba que era muy buena para evaluar los problemas. En realidad, todas sabían bien cuál era mi aptitud, pero yo seguía montando un espectáculo y admirando mi propia actuación como un payaso. ¡Qué tonta fui, realmente!
Por la noche, oré a Dios: “¡Oh, Dios! Durante este período he vivido constantemente por el orgullo y el estatus, y siempre he temido expresar mis opiniones. Sin embargo, todavía no entiendo mi propia corrupción. Te ruego que me guíes para conocer mis problemas”. Después de orar, recordé un pasaje de las palabras de Dios que había leído antes, así que lo busqué para meditar sobre este. Dios dice: “Hay quienes no suelen hablar porque su calibre es escaso, son ingenuos o carecen de pensamientos complejos, pero cuando los anticristos hablan poco no es por la misma razón; se trata de un problema de carácter. Rara vez hablan al encontrarse con otra gente y no expresan fácilmente sus opiniones acerca de lo que los demás están diciendo. ¿Por qué no? En primer lugar, porque no cabe duda de que carecen de la verdad y no pueden desentrañar las cosas. Si hablan, podrían cometer errores y quedar en evidencia. Temen que los menosprecien, así que fingen que son silenciosos y profundos, por lo que a los demás les resulta complicado evaluarlos, e incluso hacen que crean que son sabios y distinguidos. De esta manera, nadie se arriesga a subestimar a los anticristos y, al percibir su exterior en apariencia calmado y sereno, incluso los tienen en alta estima, sin atreverse a menospreciarlos en absoluto. Este es el aspecto retorcido y perverso de los anticristos. No expresan de buena gana sus opiniones porque la mayoría no coinciden con la verdad, sino que son nociones y figuraciones humanas que no resulta para nada apropiado mencionar abiertamente. Así que permanecen en silencio. Por dentro también esperan obtener algo de luz que puedan liberar para hacer que los tengan en alta estima, pero ya que carecen de esta, se quedan callados y ocultos durante la enseñanza de la verdad, acechando en las sombras como un fantasma que espera una oportunidad. Cuando ven que otros hablan con luz, buscan maneras de hacerla suya y la expresan de otra manera a fin de presumir. Así de astutos son los anticristos. Hagan lo que hagan, se esfuerzan por destacar y ser superiores, ya que solo así se sienten complacidos. Si no se les presenta la oportunidad, primero pasan desapercibidos y se reservan sus opiniones. Esta es la astucia de los anticristos. Por ejemplo, cuando la casa de Dios publica un sermón, hay quienes dicen que parecen palabras de Dios, mientras que otros piensan que parece más bien una charla de lo Alto. Aquellos que son bastante cándidos dicen lo que piensan, pero los anticristos, aunque tengan una opinión al respecto, la mantienen oculta. Observan y están listos para seguir el punto de vista de la mayoría, pero en realidad ni ellos mismos son capaces de captarlo en profundidad. ¿Pueden estas personas tan escurridizas y astutas comprender la verdad o gozar de un discernimiento real? ¿Qué puede dilucidar alguien que no entiende la verdad? Nada. Hay gente que no puede dilucidar nada y, sin embargo, finge ser profunda; en realidad, carece de discernimiento y teme que los demás la desentrañen. La actitud correcta en tales situaciones es: ‘No podemos dilucidar este asunto. Como no lo conocemos, no hablemos a la ligera. Expresarse de manera incorrecta puede acarrear consecuencias negativas. Esperaré a ver qué dice lo Alto’. ¿Acaso no es eso hablar con honestidad? Es un lenguaje muy simple, no obstante, ¿por qué no lo dicen los anticristos? No quieren que los calen; conocen su propia valía, pero siguen manteniendo en secreto un despreciable propósito: hacer que los tengan en alta estima. ¿No es esto lo más repugnante?” (La Palabra, Vol. IV. Desenmascarar a los anticristos. Punto 6). Dios desenmascara a los anticristos como astutos y retorcidos. Cuando habitualmente no hablan mucho, no es porque sean ingenuos o no tengan ideas, sino porque simplemente no tienen la verdad y no pueden ver la esencia de las cosas. Sin embargo, fingen ser profundos para no revelar sus propias deficiencias. Esperan la oportunidad de robar las ideas y las percepciones de otros para exhibirse y presumir. ¡Su naturaleza es demasiado perversa! Mi estado era exactamente el que Dios desenmascaraba. Al ver que revelaba tantas deficiencias a pesar de llevar mucho tiempo realizando deberes relacionados con textos, me preocupaba que mis hermanos y hermanas me menospreciaran, y tenía miedo de cometer más errores y volver a hacer el ridículo. Por eso, al discutir los problemas, aunque claramente tenía mis propias opiniones, no hablaba sobre ellas, e incluso fingía estar meditando seriamente. Retrasaba mi intervención a propósito hasta el final para poder combinar las opiniones de todas. De esa manera, aunque mi opinión fuera incorrecta, entonces todas nos habríamos equivocado también y yo no quedaría mal. Y si acertaba, lo que yo dijera sería mejor y más completo que lo de mis hermanas. Esto haría que todas vieran que, aunque soy joven, tengo buena aptitud y sé evaluar los problemas, lo que me haría quedar bien. De hecho, yo no veo los problemas de forma exhaustiva y mi aptitud es escasa, pero no podía enfrentarlo correctamente. Constantemente quería aparentar que era alguien con buena aptitud para engañar y desorientar a la gente. De verdad que fui muy perversa y falsa. ¡Lo que había revelado era el carácter de un anticristo, que provoca el aborrecimiento y el asco de Dios!
Durante mis devocionales, leí un pasaje de las palabras de Dios y gané algo de entendimiento sobre la causa detrás de mi estado. Dios Todopoderoso dice: “Cuando los ancianos de la familia te dicen a menudo que ‘El orgullo es tan necesario para la gente como respirar’, es para que le des importancia a quedar bien, vivas respetablemente y evites hacer cosas que causen deshonra. Entonces, ¿guía este dicho a la gente de un modo positivo o negativo? ¿Puede conducirte a la verdad? ¿Puede llevarte a entenderla? (No). ¡Desde luego que no puede! Lo que Dios requiere de las personas es que sean honestas. Cuando has cometido una transgresión, has hecho algo malo o has llevado a cabo alguna acción que se rebela contra Dios y va en contra de la verdad, debes reflexionar sobre ti mismo, conocer tu error y diseccionar tus actitudes corruptas; solo así puedes llegar al verdadero arrepentimiento, y de ahí en adelante actuar de acuerdo con las palabras de Dios. ¿Qué clase de mentalidad necesitan poseer las personas para practicar ser honestas? ¿Hay algún conflicto entre la mentalidad requerida y el punto de vista ejemplificado por el dicho ‘El orgullo es tan necesario para la gente como respirar’? (Sí). ¿Qué conflicto hay? Ese dicho les indica a las personas que concedan importancia al hecho de causar buena impresión y hagan más cosas que las dejen en buen lugar —en vez de otras que sean malas o deshonrosas y pongan al descubierto su lado más desagradable— y eviten vivir una vida que no sea respetable ni digna. Por el bien de su propio orgullo, por dar una buena imagen, uno no puede hablar de sí mismo como si fuera totalmente inútil, y menos aún hablarles a los demás sobre el lado oscuro y los aspectos más vergonzosos de uno, ya que una persona debe vivir una vida respetable y digna; para tener dignidad uno necesita orgullo y para tener orgullo uno necesita aparentar y levantar una fachada. ¿Acaso no se contradice eso con ser una persona honesta? (Sí). Cuando eres una persona honesta, ya has renunciado al dicho ‘El orgullo es tan necesario para la gente como respirar’. Si quieres ser una persona honesta, no le des importancia a tu imagen; la imagen de una persona no vale un céntimo. En presencia de la verdad, uno debe desenmascararse, no aparentar ni levantar una fachada. Uno debe revelar a Dios sus verdaderos pensamientos, los errores que ha cometido, los aspectos que vulneran los principios-verdad, etc., y también dejar al descubierto esas cosas ante sus hermanos y hermanas. No se trata de vivir por el bien del propio orgullo, sino más bien en aras de ser una persona honesta, perseguir la verdad, ser un verdadero ser creado, satisfacer a Dios y ser salvado. No obstante, cuando no entiendes esta verdad ni las intenciones de Dios, las cosas con las que tu familia te condiciona tienden a ser predominantes en tu corazón. Así que cuando haces algo malo, lo encubres y finges, pensando: ‘No puedo contarle esto a nadie y tampoco permitiré que nadie que lo sepa se lo cuente a los demás. Si alguno de vosotros lo cuenta, no dejaré que se vaya de rositas. Mi orgullo es lo primero. Vivir no sirve para otra cosa que no sea el propio orgullo, que es más importante que cualquier otra cosa. Si una persona no tiene orgullo, pierde toda su dignidad. Así que no puedes hablar con sinceridad, has de fingir y encubrir las cosas, de lo contrario, ya no tendrás orgullo ni dignidad, y tu vida carecerá de cualquier valor. Si nadie te respeta, no vales nada; no eres más que basura sin valor’. ¿Resulta posible lograr ser una persona honesta si se practica de esta manera? ¿Es posible sincerarse y diseccionarse a uno mismo? (No). Obviamente, al hacerlo estás acatando el dicho ‘El orgullo es tan necesario para la gente como respirar’ con el que tu familia te ha condicionado. Sin embargo, si te desprendes de ese dicho para perseguir y practicar la verdad, dejará de afectarte y ya no volverá a ser el lema o principio de tus acciones, y en lugar de eso harás justo lo contrario al dicho ‘El orgullo es tan necesario para la gente como respirar’. No vivirás por el bien de tu orgullo ni de tu dignidad, sino en aras de perseguir la verdad y ser una persona honesta, buscar satisfacer a Dios y vivir como un auténtico ser creado. Si te atienes a este principio, te habrás desprendido de las cosas con las cuales tu familia te condiciona” (La Palabra, Vol. VI. Sobre la búsqueda de la verdad. Cómo perseguir la verdad (12)). Después de leer las palabras de Dios, recordé que desde pequeña mi madre me enseñó que en la vida hay que guardar las apariencias, y que no debes mostrar tu lado malo a los de afuera, o te menospreciarán. De ahí en adelante, el veneno satánico: “El orgullo es tan necesario para la gente como respirar”, estaba profundamente arraigado en mi corazón. Yo creía que en la vida había que guardar las apariencias, y que, por nada del mundo, debía exponer mis propias deficiencias y defectos a la ligera. Si lo hacía, me estaría rebajando y perdiendo integridad o dignidad. Dominada por estas ideas y opiniones, ponía especial atención en guardar las apariencias y nunca exponía mis defectos y deficiencias a la ligera, e incluso intentaba encontrar formas de disimularlos y encubrirlos. Por ejemplo, cuando estaba en la escuela, aunque había algunas preguntas que claramente no entendía muy bien, temía quedar mal y rebajarme si preguntaba a otros, así que no preguntaba. Y ahora, al hacer mi deber, pasaba lo mismo. Cuando todos discutimos problemas juntos, es para intercambiar nuestras respectivas comprensiones y puntos de vista. Debemos hablar tanto como entendamos. Cuanto más nos comuniquemos, más claros nos volveremos y veremos los problemas de forma más exhaustiva. Esto es bueno para el trabajo y también puede compensar las deficiencias de cada uno. Sin embargo, yo temía que cometer demasiados errores me hiciera parecer de escasa aptitud. Entonces, al expresar mis opiniones, era muy cautelosa. Tenía que darle mil vueltas a una frase en mi cabeza antes de decirla, por miedo a que un descuido me hiciera hacer el ridículo. Claramente, no podía ver los problemas de forma exhaustiva y, aun así, no me atrevía a dar mis opiniones con sinceridad. Incluso quería robar las comprensiones y opiniones de los demás para apropiármelas y lograr mi objetivo de que los demás me admiraran. Cuando la supervisora me pedía que dirigiera la charla, yo prefería perder el tiempo y retrasar el avance antes que compartir proactivamente. Expresar mi opinión era muy doloroso, e incluso llegué a pensar en abandonar mi deber. Para mí, guardar las apariencias era más importante que realizar mi deber y practicar la verdad. Vi que vivir según estos venenos satánicos me había vuelto particularmente egoísta y falsa. Siempre sentía que abrirme con sinceridad me exponía a hacer el ridículo, y que, si expresaba una opinión incorrecta, sería algo muy vergonzoso. Sin embargo, Dios no lo ve de esa manera. Dios quiere que seamos personas honestas, que expongamos nuestros verdaderos pensamientos sin reservas y que nos comuniquemos sobre todo lo que entendamos, para comportarnos con franqueza. Solo entonces podemos vivir con dignidad e integridad. Yo tengo muchas carencias y defectos, y, gracias a la plática de los demás, mis carencias pueden compensarse. Esta es en realidad una buena oportunidad para que yo entienda la verdad. Sin embargo, por estar siempre guardando las apariencias, me volví negativa y pasiva, y perdí muchas oportunidades de ganar la verdad. ¡Me estaba perjudicando a mí misma!
Más tarde, seguí buscando sobre mis problemas, y la senda de práctica se volvió más clara. Leí las palabras de Dios: “Para ser una persona honesta, primero debes exponer tu corazón de modo que todos puedan mirarlo, ver todo lo que estás pensando y contemplar tu verdadero rostro. No debes tratar de disfrazarte ni encubrirte a ti mismo. Solo entonces confiarán los demás en ti y te considerarán una persona honesta. Esta es la práctica más fundamental y un prerrequisito para ser una persona honesta. Si siempre estás fingiendo, aparentando santidad, nobleza, grandeza y una gran calidad humana, ocultando tu corrupción y tus fallos a los demás, presentándoles una falsa imagen de ti y haciéndoles creer que eres honorable, grande, abnegado, justo y desinteresado, ¿acaso no hay falsedad y engaño en ello? ¿No será capaz la gente de calarte, con el tiempo? Así que no seas hipócrita ni exhibas una falsa imagen. En su lugar, sé sencillo y abierto y aprende a ponerte al descubierto: desnuda tu corazón para que los demás lo vean. Si puedes poner al descubierto todos tus pensamientos y todas las cosas que quieres hacer, ya sean positivos o negativos, para que los demás los vean, entonces ¿no estás siendo honesto? […] ¿Es fácil hacer esto? Requiere un periodo de formación, así como oración frecuente a Dios y confianza en Él. Debes formarte para decir las palabras en tu corazón de un modo sencillo y sincero en todas las cosas. Con este tipo de formación, puedes progresar. Si te topas con una dificultad importante, debes orar a Dios y buscar la verdad; tienes que luchar dentro de ti y triunfar sobre la carne hasta que puedas poner en práctica la verdad. Al prepararte de este modo poco a poco, tu corazón se abrirá gradualmente. Te volverás cada vez más puro y simple, y tus palabras y acciones tendrán un efecto distinto que antes. Mentirás y engañarás cada vez menos y podrás vivir ante Dios. Entonces te habrás vuelto, en esencia, una persona honesta” (La Palabra, Vol. III. Discursos de Cristo de los últimos días. La práctica más fundamental de ser una persona honesta). “Los honestos pueden asumir la responsabilidad. No se preocupan de sus propios beneficios y pérdidas, solo salvaguardan la obra y los intereses de la casa de Dios. Tienen un corazón bondadoso y honesto que es como un recipiente de agua cristalina cuyo fondo puede verse de un vistazo. También hay transparencia en sus actos” (La Palabra, Vol. V. Las responsabilidades de los líderes y obreros. Las responsabilidades de los líderes y obreros (8)). De las palabras de Dios entendí que, cuando nos comunicamos en las reuniones o discutimos el trabajo en la iglesia, debemos ser sinceros, abiertos y honestos, y no considerar nuestro propio orgullo o nuestros intereses, ni disimular o encubrirnos. Cuando vemos problemas en nuestro deber, debemos abrirnos y hablar de ello y atrevernos a expresar nuestras opiniones. Esto es bueno para el trabajo de la iglesia, y los hermanos y hermanas podemos complementarnos mutuamente. Antes, siempre estaba constreñida por mi orgullo y no me atrevía a expresar mis opiniones. Cada vez que hablábamos de los sermones, me sentía bajo una presión enorme. Temía dejar al descubierto mis carencias, así que demoraba expresar mi opinión, lo que retrasaba el avance una y otra vez. No solo no hice ningún progreso al realizar mi deber, sino que Dios también me aborrecía. ¡Ese fue el fruto amargo de no practicar la verdad! Recordé lo que el Señor Jesús había dicho: “En verdad os digo que si no os convertís y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos” (Mateo 18:3). Dios ama a las personas honestas. Si no puedo ser tan sincera y honesta como un niño pequeño, no seré salva. Durante ese tiempo, a menudo oraba a Dios, pidiéndole que escrutara mi corazón y que me diera fe y fuerza. Estaba dispuesta a dejar de lado mi orgullo y mis intereses, a practicar la verdad y a ser una persona honesta, a decir todo lo que entendiera, a abrirme con sinceridad y a no proteger más mi orgullo y mi estatus.
Poco después, me fui a otro lugar a hacer deberes relacionados con textos. Una vez, cuando hablaba sobre un sermón, no pude ver claramente un problema en él. Después de leerlo varias veces, seguía un poco confundida, así que dudaba en expresar mi opinión. Con cada segundo que pasaba, me ponía cada vez más nerviosa y pensaba: “Todavía no tengo muy claro este asunto. ¿Debería decir algo? A menudo ha habido algunas desviaciones en las opiniones que he expresado al hablar de los sermones. ¿Qué haré si digo algo equivocado otra vez? ¿Qué pensarán de mí la supervisora y la hermana con la que trabajo? ¿Pensarán que mi aptitud es bastante escasa y que no estoy a la altura de este deber? Mejor espero a que la hermana con la que trabajo hable primero. Escucharé su opinión y luego decidiré si hablo o no”. Pero entonces pensé que, si seguía retrasándolo, perdería más tiempo. Oré en silencio por dentro, pidiéndole a Dios que calmara mi corazón para que pudiera dejar de estar constreñida por el orgullo y comunicarme sobre todo lo que entendiera. Recordé las palabras de Dios: “No seas hipócrita ni exhibas una falsa imagen. En su lugar, sé sencillo y abierto y aprende a ponerte al descubierto: desnuda tu corazón para que los demás lo vean” (La Palabra, Vol. III. Discursos de Cristo de los últimos días. La práctica más fundamental de ser una persona honesta). “Los honestos pueden asumir la responsabilidad. No se preocupan de sus propios beneficios y pérdidas, solo salvaguardan la obra y los intereses de la casa de Dios. Tienen un corazón bondadoso y honesto que es como un recipiente de agua cristalina cuyo fondo puede verse de un vistazo. También hay transparencia en sus actos” (La Palabra, Vol. V. Las responsabilidades de los líderes y obreros. Las responsabilidades de los líderes y obreros (8)). Las palabras de Dios me dieron fuerza en mi corazón. Aunque no podía ver con claridad este problema, sí tenía mi propia opinión. Tenía que ser más valiente y dar mi opinión, y dejar de disimular y encubrirme. Entonces, compartí mis opiniones y también hablé de mi confusión. La supervisora discutió algunos detalles de mis puntos de vista y, a través de esto, el problema que me confundía se resolvió, y también pude ver mis propias deficiencias y mis propios defectos. Me alegré mucho de haber expresado mis opiniones y pensamientos, de lo contrario, seguiría confundida con este problema. Aunque dar ese paso reveló mis deficiencias, también me ayudó a compensarlas. Después de eso, al comunicarme sobre el trabajo o discutir los sermones, conscientemente dejaba de lado mi orgullo y hablaba de todo lo que entendía. Aunque esto reveló muchas de mis deficiencias y defectos y quedé un poco mal, llegué a entender los principios-verdad relevantes con mucha más claridad, y mi eficiencia al hacer mi deber mejoró muchísimo. Ahora he podido experimentar que practicar la verdad y ser una persona honesta me ha traído muchos beneficios. Ya no estoy enredada en tantas cargas al hacer mi deber y mi mente se ha vuelto mucho más sencilla. La poca práctica y entrada que he ganado es el resultado del esclarecimiento y la guía de las palabras de Dios. ¡Gracias a Dios!
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