Cómo considerar el propio deber

Por Zheng Ye, Corea del Sur

No hay correlación entre el deber del hombre y que él sea bendecido o maldecido. El deber es lo que el hombre debe cumplir; es su deber ineludible y no debe depender de las recompensas, condiciones o razones. Sólo entonces eso es cumplir con su deber. Un hombre que es bendecido goza de bendición tras ser perfeccionado después del juicio. Un hombre que es maldecido recibe el castigo cuando su carácter no cambia después del castigo y el juicio, es decir, no ha sido perfeccionado. Como ser creado, el hombre debe cumplir su deber, hacer lo que debe hacer y hacer lo que es capaz de hacer, independientemente de si será bendecido o maldecido. Esta es la condición más básica para el hombre, como alguien que está en busca de Dios. No debes cumplir con tu deber sólo para ser bendecido y no debes negarte a actuar por temor a ser maldecido. Dejadme deciros esto: si el hombre es capaz de cumplir con su deber, esto quiere decir que desempeña lo que debe hacer. Si el hombre no es capaz de cumplir con su deber, esto muestra la rebeldía del hombre” (‘La diferencia entre el ministerio del Dios encarnado y el deber del hombre’ en “La Palabra manifestada en carne”). Me gustaría hablar de mi experiencia de las palabras de Dios.

Poco después de hacerme creyente me di cuenta de que los hermanos y hermanas líderes solían reunirse para compartir la verdad y algunos tenían deberes que requerían habilidades, como la creación de vídeos, el canto o el baile. Los admiraba mucho y aquello me parecía respetable. En cuanto a los anfitriones o los encargados de los asuntos de la iglesia, sus deberes no eran gran cosa ni especializados, así que nunca se labrarían una reputación. Pensaba que, para el futuro, yo quería un deber que me diera buena imagen. Dos años después me asignaron el deber de redactar. Estaba muy contento, sobre todo cada vez que iba a la iglesia a dar orientación sobre el trabajo de redacción y todos los hermanos y hermanas me mostraban gran afecto y me miraban admirados. Estaba realmente satisfecho de mí mismo y notaba que mi deber cosechaba más admiración que otros. En 2018 me enviaron a otra zona a cumplir con el deber. Allí, en una ocasión, un hermano se enteró de cuál era mi deber, y se puso a charlar conmigo de ello. Su admiración me llenó de alegría y sentí que era todo un honor llevar a cabo ese deber.

Entonces me hallaba en un constante estado de petulancia y vanidad. Luchaba por la reputación y la ganancia en el deber y no me lo tomaba en serio. Me echaron dos meses después porque no había logrado nada. Eso me dejó muy molesto y algo negativo, así que el líder me habló de la voluntad de Dios, diciendo: “La casa de Dios necesita tramoyistas para nuestras películas. Tú podrías hacerlo. Sea cual sea tu deber, tienes que buscar la verdad y darlo todo por cumplir correctamente con el deber”. Realmente no sabía qué entrañaba ese deber, pero supuse que solamente debía someterme porque lo ordenaba el líder. Tras un tiempo como tramoyista, me di cuenta de que por lo general era un duro trabajo físico de mover todo el atrezo. No hacía falta ninguna habilidad, solo caminar mucho y hacer chapuzas. Pensaba: “Antes tenía que usar el cerebro en mi deber como redactor. Era digno y reconocido. Mover toda la escenografía es un trabajo físico sucio y cansado. ¿Me menospreciarán los hermanos y hermanas?”. Pensándolo, se me cayó el alma a los pies y era reticente a cumplir con este deber. A partir de entonces trabajaba a disgusto y me zafaba cuando podía. A veces, si nos faltaba un accesorio y se lo tenía que pedir a un hermano o hermana, mandaba a otra persona por temor a que, si lo hacía yo, los hermanos y hermanas que me conocían se enteraran de que me habían cambiado de deber y ahora tenía un trabajo rastrero en el set. ¿Qué pensarían de mí entonces? Tampoco quería mejorar las habilidades pertinentes por si aprendía más y tenía que cumplir con ese deber para siempre sin llegar a destacar nunca. En ocasiones, en el set, el director me pedía que instalara el atrezo de una manera concreta. Esto siempre me incomodaba mucho, como si me diera vergüenza. Pensaba que antes, en mi deber como redactor, los demás me respetaban y seguían mi orientación, pero ahora era a mí a quien daban órdenes. Era realmente degradante. Una vez, un hermano me mandó ir a buscar paja de arroz para el set. La verdad es que no quería hacerlo. Pensé: “Menuda vergüenza salir para eso. Si lo ven los hermanos y hermanas, seguro que creerán que soy un caso perdido por estar haciendo algo así tan joven”. No obstante, como tenía que hacerlo por mi deber, esperé a que no hubiera nadie cerca y me preparé para ir. Mientras reunía la paja de arroz vi venir a un hermano. Llevaba zapatos de piel y calcetines negros; parecía muy limpio. Yo, por mi parte, iba sucio de la cabeza a los pies. De pronto me sentí alicaído y molesto, pensando: “Tenemos la misma edad, pero él tiene un deber agradable y limpio, mientras yo solo sé hacer trabajos sucios como buscar paja de arroz. ¡Menuda diferencia! ¡Qué vergüenza! Voy a regresar para decirle al líder que ya no quiero cumplir con este deber y pedirle que me asigne otro”.

Cuando volví estaba muy confundido, preguntándome si debía decirle algo al líder. Si no lo hacía, tendría que seguir en ese deber, pero si decía lo que pensaba, que no quería hacerlo, eso sería huir del deber. Con esa idea, reprimí mis sentimientos y no dije nada. Al poco tiempo, el líder organizó reuniones conjuntas de tramoyistas e intérpretes. No me hacía ninguna gracia. Ellos podían labrarse una reputación y disfrutar en primer plano mientras yo hacía un trabajo servil. No estábamos al mismo nivel. ¿No destacaría mi inferioridad en las reuniones conjuntas? Todos participaban activamente hablando en las reuniones, pero yo no quería compartir nada. En las reuniones con los intérpretes sentía que solo servía para que ellos tuvieran mejor imagen. Era deprimente. A medida que pasaba el tiempo se iba oscureciendo mi espíritu y ni siquiera quería ir a más reuniones. A menudo recordaba la época de mi deber como redactor, cuando los hermanos y hermanas me recibían entusiasmados y el líder me valoraba. Desde que me habían retirado de ese deber, no hacía más que chapuzas y ya nadie me admiraba. Estaba alicaído y triste, sintiéndome cada vez más inferior y antisocial. Siempre estaba melancólico y apenas era yo mismo. Perdí mucho peso con gran rapidez. Una noche, mientras paseaba solo, ya no pude contener mi desdicha interior. Llorando, oré a Dios: “¡Oh, Dios mío! Antes estaba decidido a buscar la verdad y cumplir con el deber para satisfacerte, pero ahora que no tengo ocasión de lucirme en el deber, siempre me siento inferior a los demás. Estoy muy negativo y débil y me encuentro a punto de traicionarte en cualquier momento. Dios mío, no quiero seguir estando tan negativo, pero no sé qué hacer. Por favor, guíame para salir de este estado”.

Luego leí esto en las palabras de Dios: “¿Cómo surge el deber? En términos generales, surge como resultado de la obra de gestión de Dios de traer la salvación a la humanidad; hablando de manera más concreta, a medida que la obra de gestión de Dios se desarrolla entre la humanidad, surgen diversas tareas que deben hacerse y que requieren que la gente colabore y las realice. Esto ha hecho que surjan responsabilidades y misiones que las personas tienen que cumplir y estas responsabilidades y misiones son los deberes que Dios confiere a la humanidad” (“Registros de las pláticas de Cristo”). “Sea cual sea vuestro deber, no discriminéis entre lo superior y lo inferior. Supongamos que dices: ‘Aunque esta tarea es una comisión proveniente de Dios y la obra de Su casa, si la hago, la gente podría menospreciarme. Otros llevan a cabo una obra que les permite destacar. ¿Cómo puede esta tarea que se me ha asignado —que no me permite destacar, sino que me hace trabajar entre bastidores— considerarse un deber? Es un deber que no puedo aceptar; este no es mi deber. Mi deber tiene que hacerme destacar ante los demás y permitirme forjarme un nombre, y aunque no me forje un nombre o me haga destacar, aun así, debería poder recibir algún beneficio de él y sentirme cómodo físicamente’. ¿Es aceptable esta actitud? Ser quisquilloso es no aceptar lo que viene de Dios; es tomar decisiones de acuerdo con tus propias preferencias. Esto no es aceptar tu deber; es rechazarlo. En cuanto intentas elegir y escoger, ya no eres capaz de tener verdadera aceptación. Tal quisquillosidad es adulterada con tus propias preferencias y deseos; cuando consideras tus propios beneficios, tu reputación y otras cosas similares, tu actitud hacia tu deber no es de sumisión. Esta debe ser la actitud ante el deber: primero, no lo debes analizar ni pensar en quién te lo ha asignado, sino que debes aceptarlo de Dios como tu deber y como lo que debes hacer. Segundo, no discrimines entre lo superior y lo inferior, y no te preocupes por su naturaleza: que se haga delante de la gente o fuera de su vista, que te permita destacar o no. No tomes en consideración estas cosas. Estas son las dos características de la actitud con la que las personas deben afrontar su deber” (“Registros de las pláticas de Cristo”). Esta lectura me mostró que tenía una perspectiva y una actitud equivocadas respecto al deber. Dios nos exige cumplir con el deber y lo justo es que lo hagamos. Se supone que no tenemos más opción. Sin embargo, dejé que se interpusieran mis preferencias porque solo quería un deber admirado y prestigioso. Me oponía y rechazaba cualquier cosa entre bastidores o común y corriente. No me sometí al gobierno y las disposiciones de Dios. Llegué a ser descuidado, negativo y reacio a trabajar y me opuse a Dios. Recordé mis inicios en la fe. Envidiaba a los líderes, hermanos y hermanas que hacían actuaciones. Creía que esos deberes eran de mucha importancia y admirados por los demás y que los que hacían trabajos físicos menos destacados no tenían grandes habilidades reales. Esa clase de deber era rastrero y la gente lo despreciaba, pensaba yo. Confundido por mi razonamiento, había categorizado los deberes por niveles, así que, cuando comencé de tramoyista, creía que solo hacía chapuzas insignificantes y que eso dañaría mi reputación e imagen. Era muy reticente a ello y no quería someterme. No me responsabilicé del deber ni quise aprender las habilidades que debía haber aprendido. Hasta pensé tirar la toalla y traicionar a Dios. Vi que solamente me importaban mis preferencias personales en el deber y que no pensaba más que en mi vanidad, mi prestigio y mis intereses. Carecía de toda obediencia verdadera y menos aún tenía en cuenta la voluntad de Dios o el correcto cumplimiento del deber. ¡Qué repugnante e infame era mi actitud hacia Dios! Fue perturbador darme cuenta de esto y me lo reproché.

Luego leí estas palabras de Dios: “Los humanos son seres creados. ¿Cuáles son las funciones de los seres creados? Esto alude a la práctica y los deberes de las personas. Tú eres un ser creado; Dios te ha concedido el don de cantar. Cuando te usa para cantar, ¿qué debes hacer? Debes aceptar esta tarea que Dios te ha confiado y cantar bien. Cuando Dios te utiliza para difundir el evangelio, ¿en qué te conviertes como ser creado? Te conviertes en un evangelista. Cuando Él necesite que funjas como líder, debes aceptar esta comisión; si puedes cumplir este deber de acuerdo con los principios de la verdad, entonces esta será otra función que desempeñes. Algunas personas no entienden la verdad ni la buscan; solamente hacen un esfuerzo. Entonces, ¿cuál es la función de esos seres creados? Es hacer un esfuerzo y rendir servicio” (‘Sólo buscando la verdad puedes conocer las obras de Dios’ en “Registros de las pláticas de Cristo”). En las palabras de Dios aprendí que sea cual sea el deber, destacado o no, de una persona en la casa de Dios, únicamente varían los nombres y las funciones, pero la responsabilidad personal es la misma. No cambian la identidad y esencia inherentes a la persona; siempre será un ser creado. Yo era un ser creado en mi deber como redactor y seguía siéndolo en mi deber como tramoyista. No hay una jerarquía de deberes en la casa de Dios y todo se organiza en función de lo que hace falta y de la estatura, la aptitud y las fortalezas de cada individuo. En cualquier deber, la voluntad de Dios es que lo demos todo sinceramente, que seamos constantes en la búsqueda de la verdad, corrigiendo nuestro corrupto carácter satánico y ejecutando correctamente el deber. Tal como manifiestan las palabras de Dios: “Las funciones no son las mismas. Hay un cuerpo. Cada cual cumple con su obligación, cada uno en su lugar y haciendo su mejor esfuerzo, por cada chispa hay un destello de luz, buscando la madurez en la vida. Así estaré satisfecho” (‘Capítulo 21’ de Declaraciones de Cristo en el principio en “La Palabra manifestada en carne”). El líder de la iglesia me ordenó el deber de tramoyista porque era lo que hacía falta en el trabajo y yo no debía ser selectivo ni escrupuloso según mis preferencias, sino someterme al gobierno y las disposiciones de Dios. Debía instalar el atrezo necesario para los programas y poner mi granito de arena en cada producción que daba testimonio de Dios. Esa era mi función. Cambié un poco de perspectiva cuando entendí la voluntad de Dios y solté la carga que había soportado durante tanto tiempo. Además, fui capaz de enfocar correctamente mi deber. A partir de entonces busqué materiales e información de consulta para mejorar mis habilidades, y en las reuniones con los intérpretes ya no comparaba nuestros deberes, sino que me abría acerca de mi rebeldía y corrupción. Compartía todo mi entendimiento. Posteriormente, en el deber a veces sí me surgía el temor a ser despreciado y me percataba de que otra vez estaba clasificando los deberes por niveles, así que rápidamente oraba a Dios, rechazaba mi razonamiento incorrecto, me centraba en el deber y priorizaba la satisfacción a Dios. Estaba muy relajado y aliviado tras practicar así durante un tiempo. Trabajar en un set moviendo el atrezo ya no me parecía un deber rastrero. Más bien creía que Dios me había encomendado una responsabilidad. Tenía el honor y el orgullo de poder cumplir con este deber y con mi parte en las producciones cinematográficas de la casa de Dios.

Creía haber ganado estatura al quedar en evidencia de ese modo, que sería capaz de someterme a las disposiciones de Dios en el deber y ya no estaría negativo y rebelde porque mi deber no tuviera nada de especial. Sin embargo, la siguiente vez que me topé con una situación que no me gustó, reapareció ese viejo problema.

Un par de meses después, en una época de mucho trabajo para los campesinos, unos hermanos y hermanas estaban fuera difundiendo el evangelio y no podían volver a tiempo de cosechar. El líder me preguntó si podía ayudarlos con sus labores agrícolas. Pensé: “Tal vez esto alivie a esos hermanos y hermanas para que puedan centrarse en el trabajo evangélico y beneficie al trabajo de la casa de Dios. Debo aceptarlo”. No obstante, cuando llegué al campo vi que los demás hermanos tenían entre 40 y 60 años. No había ningún veinteañero como yo. Eso no me hizo mucha gracia. Justo entonces vino un hermano a preguntarme, sorprendido: “Hermano, ¿cómo puedes tener tiempo de venir a trabajar al campo? ¿No estás en tu deber de redactor?”. Me ruboricé al instante, y rápidamente respondí: “Solo vengo a ayudar temporalmente”. Cuando se fue, reflexioné: “¿Qué pensará de mí? ¿Creerá que venir a realizar esta clase de trabajo a mi edad significa que no tengo aptitud ni talento reales y que estoy aquí únicamente por no poder asumir un deber importante? ¡Es una auténtica degradación!”. Cada vez estaba más dolido. Aunque físicamente estuviera trabajando, mentalmente me preocupaba lo que pensaran de mí aquellos hermanos y si me menospreciarían. Me limité a salir del paso en el trabajo. Al llegar a casa vi a otros hermanos cumpliendo con sus deberes frente a la computadora y de pronto me sentí por debajo de ellos. Pensé: “Los deberes de otros son mejores que los míos. ¿Por qué tengo que ir a trabajar al campo? En todo caso, al menos yo he pisado un campus universitario y he estudiado mucho. ¿No lo hice para evitar el destino de un campesino, que trabaja todo el día en el campo? Mañana no voy”. Sabía que no debía pensar así, pero me sentía muy agraviado de pensar que mandarme a trabajar al campo era desperdiciar mi talento y una deshonra para mí. Cuanto más lo pensaba, más me angustiaba, así que oré a Dios: “Dios mío, creo que el sufrido trabajo agrícola es un deber inferior que otros desprecian. No quiero hacerlo más. Sé que me equivoco en mi razonamiento, pero no puedo evitarlo. Soy muy desdichado. Te pido esclarecimiento y guía para entender y obedecer Tu voluntad”. Después de orar leí esto en las palabras de Dios: “¿Qué es la sumisión genuina? Cuando Dios hace algo de acuerdo a tus deseos y estás satisfecho con todo y sientes que es correcto, y se te permite destacar, sientes que es bastante glorioso y dices ‘gracias, Dios’, y te puedes someter a la orquestación y planeación de Dios. Pero cuando se te asigna un puesto común donde nunca puedes destacar, y en el que nadie nunca te reconoce, entonces dejas de sentirte feliz y te resulta difícil someterte. […] Someterse bajo circunstancias favorables por lo general es fácil. Si también te puedes someter bajo circunstancias adversas, aquellas que van en contra de tu voluntad, que hieren tus sentimientos, que te debilitan, que te hacen sufrir en la carne y tener vergüenza, que no pueden satisfacer tu vanidad ni tu orgullo, que te hacen sufrir en tu corazón, entonces ciertamente tienes estatura. ¿No es este el objetivo que deberíais estar buscando? Si tenéis esta intención, este objetivo, entonces hay esperanza” (La comunión de Dios).

Sentía vergüenza mientras meditaba las palabras de Dios. Habían revelado mi estado con gran precisión. Cuando creía que podría lucirme en mi deber como redactor, fue un placer aceptarlo y someterme y cumplí con el deber con entusiasmo. Sin embargo, cuando ayudé en el campo y mi vanidad e imagen se vieron afectadas, me molesté y no quería hacerlo. Sobre todo al ver a otros hermanos trabajando en la computadora, me sentí menos que ellos. Perdí la calma pensando que por estar formado tenía que llevar a cabo un deber digno y cualificado. Me opuse, me quejé y no quise seguir en las labores agrícolas. En mi deber no tenía en cuenta qué beneficiaría a la casa de Dios ni Su voluntad. Por el contrario, pensaba en mi vanidad en todo momento. Era muy egoísta y despreciable. No me consideraba para nada miembro de la casa de Dios. Un auténtico creyente que tiene en cuenta la voluntad de Dios asume su deber como una responsabilidad personal y contribuye allá donde lo necesiten, aunque sea difícil o cansado o ponga en riesgo su reputación y sus intereses. Mientras sea bueno para el trabajo de la iglesia, toma la iniciativa para hacerlo bien. Solo esas personas tienen humanidad y defienden la casa de Dios. Pensé en mi reciente trabajo en la cosecha de otoño. Unos hermanos y hermanas necesitaban ayuda y varios más podrían haberlo hecho también, así que ¿por qué me envió Dios este deber inesperado? No es que yo añadiera un valor especial a ese trabajo, sino que Dios iba a desenmascarar mi actitud hacia el deber mandándome un trabajo sucio y cansado para que reconociera mi corrupción e inmundicia en ese deber y luego buscara la verdad para corregir mi carácter corrupto. Sin embargo, no entendí los bondadosos propósitos de Dios. Aún era escrupuloso respecto a mi deber y siempre tenía preferencias y exigencias. No podía someterme a los planes y disposiciones de Dios, sino que era rebelde y opuesto a Él. ¡Le hice mucho daño! Comprendí que la voluntad de Dios era desenmascarar y purificar mi carácter corrupto con esa situación y rectificar mi actitud hacia el deber. Ese era el amor de Dios. No me importa que me asignen un trabajo sucio, cansado o mediocre. Mientras beneficie al trabajo de la iglesia debo aceptarlo incondicionalmente, someterme y darlo todo en él. Esa es la única forma de ser una persona con conciencia y razón. A medida que lo entendía así fui teniendo una sensación de tranquilidad.

No pude evitar hacer introspección: ¿Por qué me había opuesto y molestado tanto al tener que hacer un deber común y corriente? ¿Por qué no había sido capaz de aceptarlo y someterme sinceramente? Durante mi búsqueda leí estas palabras de Dios: “Satanás corrompe a las personas mediante la educación y la influencia de los gobiernos nacionales, de los famosos y los grandes. Su sinsentido se ha convertido en la vida y la naturaleza del hombre. ‘Cada hombre por sí mismo y sálvese quien pueda’ es un conocido dicho satánico que ha sido infundido en todos y que se ha convertido en la vida de las personas. Otras palabras de la filosofía de vida también son así. Satanás utiliza la cultura tradicional refinada de cada nación para educar a las personas, provocando que la humanidad caiga y sea envuelta en un abismo infinito de destrucción, al final, Dios destruye a las personas porque sirven a Satanás y se resisten a Dios. […] Sigue habiendo muchos venenos satánicos en la vida de las personas, en su conducta y sus relaciones con los demás; prácticamente ni siquiera poseen ni una pizca de la verdad. Por ejemplo, sus filosofías para vivir, sus formas de hacer las cosas y todas sus máximas están llenas de los venenos del gran dragón rojo, y todas proceden de Satanás. Así pues, todas las cosas que fluyen a través de los huesos y la sangre de las personas son cosas de Satanás” (‘Cómo conocer la naturaleza del hombre’ en “Registros de las pláticas de Cristo”). Las palabras de Dios me ayudaron a comprender que había sido desobediente y selectivo en cuanto al deber porque estaba adoctrinado y corrompido por venenos satánicos como “Cada hombre por sí mismo y sálvese quien pueda”, “los que tienen cerebro mandan sobre los que tienen músculos” y “solo los más listos y los más tontos no cambian nunca”, y porque había tratado de destacar, de ser mejor que otros. Recordé cuando iba al colegio. Mis maestros y padres siempre me decían que trabajara mucho para poder entrar en una buena universidad y evitar ser campesino; ese sería el único modo de salir adelante. Por eso estudié mucho desde pequeño, esperando obtener una buena titulación y encontrar un trabajo respetable de director o administrador, algo admirable para los demás. Una vez creyente, aún evaluaba los deberes de la casa de Dios bajo la óptica de un incrédulo y los clasificaba por niveles. Consideraba respetable ser líder o hacer algo cualificado y que los hermanos y hermanas valorarían esos deberes, mientras que los deberes entre bastidores, físicamente duros, eran rastreros y los despreciarían. Vi que esos venenos satánicos se habían convertido en mi naturaleza, dominaban mi pensamiento, me hacían ir obstinadamente en pos de la reputación y el estatus, y siempre quería ser especial. Cuando algo amenazaba mi prestigio y estatus, estaba negativo y reticente. Simplemente no podía aceptar mi lugar y cumplir con mi deber de ser creado. Carecía de toda conciencia y razón. Sabía que si seguía viviendo según esas ponzoñas satánicas, sin buscar la verdad ni cumplir con el deber como exige Dios, no solo no podría recibir la verdad y la vida, sino que Dios sentiría repugnancia y me descartaría. Al darme cuenta de todo esto decidí abandonar la carne y satisfacer a Dios. No quería continuar viviendo según los venenos satánicos. Al día siguiente volví al campo a trabajar.

Luego leí unas palabras de Dios. “Yo decido el destino de cada hombre no en base a su edad, antigüedad, cantidad de sufrimiento ni, mucho menos, según el grado de compasión que provoca, sino en base a si posee la verdad. No hay otra decisión que esta” (‘Deberías preparar suficientes buenas obras para tu destino’ en “La Palabra manifestada en carne”). “En última instancia, que las personas puedan o no alcanzar la salvación no depende del deber que cumplan, sino de si han comprendido y obtenido la verdad y de si son o no capaces de someterse a los planes de Dios y ser auténticos seres creados. Dios es justo y este es el principio según el cual mide a toda la humanidad. Recuerda: este principio es inmutable. No pienses, por tanto, en buscar otra senda ni trates de adaptar este principio a las circunstancias. En el momento en que lo hagas, habrás cometido un acto de necedad e ignorancia. Dios no es flexible en este asunto y las pautas que exige a todos los que alcanzan la salvación son inalterables, las mismas seas quien seas” (“Registros de las pláticas de Cristo”). En las palabras de Dios percibí Su carácter justo. Dios no decide el resultado y destino de una persona en función del deber que cumpla, de cuánto haya trabajado ni de cuánto haya contribuido. Observa si es capaz de someterse a Su gobierno y Sus disposiciones y cumplir con el deber de todo ser creado, y si al final puede recibir la verdad y transformar su carácter de vida. Si no buscara la verdad en mi fe, por muy espectacular o impresionante que pudiera parecerles mi deber a los demás, nunca podría recibir la verdad, y menos todavía la aprobación y salvación plena de Dios. Me acordé de una anticrista expulsada de la iglesia. Había llevado a cabo algunos deberes importantes y sido líder, y algunos nuevos miembros de la iglesia la apreciaban. Sin embargo, en su deber no buscaba la verdad ni la transformación de su carácter, sino que luchaba por la reputación y el estatus y se aferraba a la senda del anticristo. Hacía toda clase de maldades y alteraba el trabajo de la casa de Dios. Por eso la acabaron echando. También vi que algunos hermanos y hermanas realizaban deberes normales que no parecían tener nada de especial, pero simplemente los realizaban con discreción y sin quejas. Cuando tenían problemas, buscaban la verdad y la voluntad de Dios. En su deber tenían el esclarecimiento y la guía del Espíritu Santo y su trabajo iba mejorando. Cada vez vivían con mayor semejanza a un ser humano. Esto me demostró que, en la fe, no tiene que ver el deber de una persona con si recibe o no la verdad. Sea cual sea su deber, la clave está en la búsqueda de la verdad y la transformación del carácter. Esa es la única senda correcta que hay que tomar. Actualmente, cuando el líder me manda trabajar de tramoyista o labrador, eso es lo gobernado y dispuesto por Dios y lo que necesito para entrar en la vida. Siempre debo asumirlo y someterme a ello. En el deber he de buscar la verdad, practicar las palabras de Dios y actuar según los principios de la verdad. Eso es lo único acorde con la voluntad de Dios. Darme cuenta de todo esto me dejó una sensación de libertad. Posteriormente, el líder me asignó más deberes corrientes, que yo acepté con serenidad. Hasta me ofrecí a ayudar a los hermanos y hermanas en las tareas domésticas en mi tiempo libre. Practicando de ese modo descubrí que, ayudara a limpiar, a plantar árboles o a cavar una zanja, siempre había una lección que aprender. Dios no tenía prejuicios contra mí por estar realizando trabajos físicos. Mientras me volcara en ello, buscara la verdad y pusiera en práctica las palabras de Dios, podría cosechar de todo.

Con esta experiencia, verdaderamente comprendí que fuera cual fuera mi deber, era lo dispuesto por Dios y lo que necesitaba para entrar en la vida. Siempre debería aceptarlo, obedecer, cumplir con mi deber y mis responsabilidades y buscar la verdad y la transformación de mi carácter a lo largo del proceso. Aunque siempre había clasificado los distintos deberes y me había resistido a los que no me gustaban, rebosante de rebelión y oposición contra Dios, Él, no obstante, no me trató en función de mis transgresiones. Por el contrario, me guio paso a paso con Sus palabras para que entendiera la verdad y conociera las responsabilidades y la misión de todo ser creado. Cambió mis puntos de vista erróneos para que supiera enfocar adecuadamente el deber y empezara a obedecerlo. Ese era Su amor. ¡Demos gracias a Dios!

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