54. Ya no me quejo de tener un mal sino
Nací en una familia rural pobre. Cuando iba a la escuela secundaria, mis padres no podían pagar la matrícula, así que intentaron pedir dinero prestado a mi tío. Sin embargo, mi tía tenía miedo de que no pudiéramos devolverlo y no nos lo quiso prestar. Pensé: “Tengo que esforzarme por entrar en la universidad y lograr que la gente que me rodea admire a mi familia”. Cuando iba a la escuela, para ahorrar dinero, solo comía los panqueques que traía de casa. Por la desnutrición prolongada, no me llegaba suficiente sangre al cerebro, así que me sentía mareada y débil constantemente, y mi rendimiento en los estudios se vio afectado. Al final, no aprobé el examen de ingreso a la universidad. Rompí a llorar y me quejé de que mi sino fuera tan difícil. Sin embargo, no estaba dispuesta a aceptar ese sino. Para conseguir un título superior y destacar entre la multitud, también me apunté a exámenes de autoaprendizaje para adultos, a cursos de formación en contabilidad y hasta me presenté a los exámenes para la administración pública. Sin embargo, a pesar de todos mis esfuerzos, tampoco conseguí tener éxito al final. Por lo tanto, empecé a trabajar en una fábrica. Con tal de llegar a ser estadística del taller y recibir la admiración de los demás, mientras los demás descansaban, yo hacía horas extras y me quedaba hasta tarde para aprender bien la profesión de estadístico. Trabajaba en exceso y echaba más de diez horas al día. Además, trabajaba horas extra y también me quedaba despierta hasta tarde todos los días. Estaba mareada y agotada de trabajar tan duro y hasta me quedaba dormida en el trabajo. Como consecuencia, me equivoqué al calcular la cantidad de productos, lo que casi le causó enormes pérdidas a la fábrica. El jefe de equipo me criticó delante de todos los empleados del taller. En ese momento, quería desesperadamente que me tragara la tierra. Me zumbaba la cabeza y me desmayé allí mismo. Desde entonces, tengo una pérdida auditiva neurosensorial y no puedo soportar ninguna clase de estimulación. Siempre que estaba bajo mucha presión en el trabajo, me mareaba y me zumbaban los oídos. Las inyecciones y los medicamentos no podían curarlo, y ya no podía seguir trabajando. En ese momento, sentía el corazón destrozado, y me pasaba el día quejándome de por qué mi sino era tan malo. Solía encerrarme en una habitación a llorar e incluso pensaba en acabar con todo. Como llevaba mucho tiempo viviendo reprimida y atormentada, mi sordera fue empeorando de a poco.
En 2013, mis suegros aceptaron la obra de Dios Todopoderoso de los últimos días y me predicaron el evangelio. Sentía una libertad y una liberación especiales cuando leía las palabras de Dios y vivía la vida de iglesia con los hermanos y hermanas. De a poco, mi estado de ánimo mejoró y mis esperanzas en la vida se reavivaron. Más adelante, me eligieron líder en la iglesia. Pensé: “He pagado un precio muy alto en la sociedad, pero todo fue en vano. Ahora, aunque acabo de incorporarme a la casa de Dios, puedo hacer los deberes de una líder. Es mejor creer en Dios. Tengo que trabajar duro y quizá en el futuro pueda ascender más y ser admirada por todavía más gente”. Así que empecé a realizar mis deberes de forma más activa. Lloviera o tronara, me pasaba todo el día ocupada dirigiendo reuniones grupales. Mis hermanos y hermanas también me elogiaban por asumir una carga en mi deber. Más adelante, me eligieron predicadora. Como mi deseo de estatus estaba satisfecho, tenía más energía para hacer mi deber. Justo cuando disfrutaba de la admiración de los hermanos y hermanas, tuve un accidente con una intoxicación con gas, que hizo que mi sordera empeorara. Durante las reuniones, no podía oír bien a los hermanos y hermanas cuando hablaban en voz baja. Solía sentirme limitada por mi sordera y vivía en un estado de negatividad. Al final, como no era capaz de hacer un trabajo real, me cambiaron de deber. Al pensar que ya no hacía el deber de líder y no podía ser admirada por los demás, me quejaba aún más de lo malo que era mi sino. A partir de entonces, no conseguí levantar cabeza y perdí la fe en Dios.
Más tarde, después de un tiempo de tratamiento, mi audición mejoró un poco, y los líderes me asignaron el deber de riego. Pensé: “Si logro algunos resultados en el deber de riego, los hermanos y hermanas me admirarán de todas maneras”. Por lo tanto, cada día leía los principios pertinentes, me equipaba con la verdad y solía quedarme estudiando hasta las once o las doce de la noche. De a poco, los resultados de mi deber fueron mejorando y también me ascendieron para ponerme a cargo de un rango más amplio de trabajo. Cuando pensaba en volver a ganarme la admiración de los hermanos y hermanas, estaba muy feliz. Pensé: “Trabajar duro da sus frutos. Si me esfuerzo aún más, quizá me asciendan de nuevo. Así me admiraría aún más gente”. Pero luego, mi espondilosis cervical reapareció y la pérdida de audición se agravó tanto que ya no podía comunicarme con los demás con normalidad. Los líderes dispusieron que regresara a mi iglesia local para recibir tratamiento y hacer mis deberes lo mejor que pudiera. Me sentía muy abatida. Pensé en el gran precio que había pagado, y en lo mucho que me había costado ganarme la admiración de los demás. Sin embargo, por culpa de mi enfermedad, ya no podía realizar ese deber. ¿Por qué tenía un sino tan malo? Después, debido a mi mala audición, me resultaba demasiado difícil comunicarme con los demás. Solo podía hacer ciertos trabajos de asuntos generales, lo que me atormentaba especialmente el corazón. Pensaba: “Si no estuviera sorda, tendría la oportunidad de predicar el evangelio y regar a los nuevos fieles. Pero ahora solo puedo hacer ciertos trabajos de asuntos generales. Si no puedo estar en primer plano, ¿quién me va a admirar? ¿Por qué tengo un sino tan malo? En fin, este es mi sino, así que iré tirando y viviré el día a día”. Después, aunque no abandoné mi deber, vivía en un estado de constante abatimiento y no me centraba al hacer mi deber. Siempre se me olvidaba una cosa u otra y a menudo cometía errores, lo que retrasaba todo.
Más adelante, la hermana con la que cooperaba me advirtió de que era peligroso vivir en ese estado y que debía buscar la verdad sin demora para resolver mis emociones negativas. Fue solo gracias a un recordatorio de mi hermana que oré a Dios: “Dios, no quiero vivir abatida. Es demasiado triste vivir así. Te ruego que me guíes para entender mis propios problemas y salir de este estado incorrecto”. Un día, durante mis prácticas devocionales espirituales, leí dos pasajes de las palabras de Dios que me tocaron el corazón en ese mismo momento. Dios dice: “La causa fundamental para el surgimiento de la emoción negativa del abatimiento es diferente en cada uno. El abatimiento de un tipo de persona puede surgir de su constante creencia en su propio mal sino. ¿No es esta una causa? (Sí). Desde que era joven, vivía en el campo o en una región pobre, su familia no era próspera y, aparte del simple mobiliario, no poseía nada de mucho valor. Poseía quizás uno o dos conjuntos de ropa, que tenía que usar incluso después de que se gastaran, y por lo general, nunca comía decentemente, sino que tenía que esperar al Año Nuevo o a las fiestas para comer carne. A veces pasaba hambre o su ropa no la abrigaba; tener una comida suntuosa parecía una aspiración improbable, incluso comprar una pieza de fruta era un lujo. Al vivir en ese entorno se sentía diferente a otras personas que residían en la gran ciudad, aquellos cuyos padres eran acomodados, que podían comer cualquier cosa que les apeteciera y ponerse cualquier prenda de ropa, que tenían al momento lo que quisieran y poseían conocimiento sobre todo. Pensaba: ‘Esa gente tiene un sino tan bueno. ¿Por qué el mío es tan malo?’. Siempre quería destacar entre la multitud y cambiar su sino. Sin embargo, no es fácil cambiar el propio sino. Cuando uno nace en esa situación, aunque lo intente, ¿cuánto puede cambiar y mejorar su sino? Después de convertirse en adulto, se ve frenado por obstáculos allá donde va en la sociedad, lo acosan dondequiera que va, así que siempre se siente muy desafortunado. Piensa: ‘¿Por qué soy tan desafortunado? ¿Por qué siempre me encuentro con personas malas? Tuve una vida dura de niño y las cosas eran así. Ahora que soy mayor, sigue siendo muy mala. Siempre quiero mostrar lo que puedo hacer, pero nunca tengo oportunidad. […]’ […] Después de llegar a creer en Dios, se proponen realizar adecuadamente su deber en la casa de Dios: soportar las dificultades y trabajar duro, aguantar más que nadie en cualquier asunto, y esforzarse por ganarse la aprobación y la estima de la mayoría de la gente. Les parece que incluso pueden llegar a ser elegidos líderes, supervisores o líderes del equipo, y ¿no estarán entonces honrando a sus antepasados y a su familia? ¿No habrán cambiado su sino? Sin embargo, la realidad no está a la altura de sus deseos y se sienten abatidos y piensan: ‘Llevo años creyendo en Dios y me relaciono muy bien con mis hermanos y hermanas, pero ¿cómo es posible que cada vez que llega el momento de elegir a un líder, a un supervisor o a un líder del equipo nunca me toca a mí? ¿Será porque mi aspecto es muy sencillo o porque no he rendido lo suficiente y nadie se ha fijado en mí? Cada vez que hay una elección, siento un leve atisbo de esperanza e incluso me alegraría que me eligiesen líder del equipo. Me entusiasma mucho retribuirle a Dios, pero acabo decepcionado cada vez que hay una elección y me dejan fuera de todo. ¿Qué es lo que pasa? ¿Será que en realidad solo soy capaz de ser una persona mediocre, corriente, alguien anodino toda mi vida? Cuando recuerdo mi infancia, mi juventud y mis años de mediana edad, esta senda que he recorrido siempre ha sido muy mediocre y no he hecho nada digno de mención. No es que no posea ninguna ambición o que mi calibre sea escaso, y no es que no me esfuerce lo suficiente o que no pueda soportar mucha adversidad. Tengo determinación y metas, e incluso puede decirse que también ambición. Entonces, ¿por qué nunca puedo destacar entre la multitud? A fin de cuentas, simplemente tengo un mal sino y estoy condenado a sufrir, y así es como Dios ha dispuesto las cosas para mí’. Cuanto más piensan en ello, más creen que su sino es malo” (La Palabra, Vol. VI. Sobre la búsqueda de la verdad. Cómo perseguir la verdad (2)). “Las personas así, que siempre piensan que tienen un mal sino, albergan la constante sensación de que una roca gigante les está aplastando el corazón. Siempre creen que todo lo que les sucede ocurre a causa de su mal sino, así que pase lo que pase, piensan que no pueden cambiar nada de ello. Solo son capaces de ser negativas y holgazanear, y se resignan a su sino” (La Palabra, Vol. VI. Sobre la búsqueda de la verdad. Cómo perseguir la verdad (2)). Lo que las palabras de Dios exponían era precisamente mi estado. La razón por la que había estado viviendo constantemente en emociones negativas de abatimiento era que siempre había creído que tenía un mal sino. Cuando era niña, mi familia era pobre y la gente nos menospreciaba, así que me quejaba de tener un mal sino. Creía que tener un buen sino significaba solo vivir una vida superior y ganarse la admiración de los demás. Para cambiar mi sino, estudié mucho. Sin embargo, por la desnutrición, no me llegaba suficiente sangre al cerebro, así que no podía estudiar con eficiencia y, al final, no aprobé el examen de ingreso a la universidad. Sin embargo, no estaba dispuesta a aceptar mi sino, así que fui a trabajar a una fábrica para ganar dinero. Para convertirme en estadística, trabajar en una oficina y que los demás me admiraran, trabajaba horas extra para aprender las técnicas. Al final, cometí un error estadístico y el líder del equipo me criticó delante de todos, lo que me provocó una conmoción y me causó una pérdida de audición neurosensorial. Creí aún con más firmeza que era porque tenía un sino muy duro, vivía triste y había perdido la esperanza en la vida. Después de que empecé a creer en Dios, pensé que, si cumplía bien con mis deberes y me ascendían a líder, los hermanos y hermanas me admirarían y mi sino cambiaría. Sin embargo, mi sordera se agravó por una intoxicación con gas y no pude hacer mi deber con normalidad. Esto afectó el trabajo y me reasignaron el deber. Más adelante, cuando empecé a hacer el deber de riego, pagaba un precio en ese deber, con la esperanza de lograr resultados que hicieran que los demás me admiraran. Cuando me ascendieron, pensé que mi sino había mejorado y que, finalmente, tendría la oportunidad de brillar. Sin embargo, mi espondilosis cervical reapareció y mi sordera también empeoró. No podía comunicarme con normalidad con los demás, lo que afectaba mis deberes. No tuve más remedio que regresar a mi iglesia local y ocuparme de deberes de asuntos generales allí. Como mi deseo de reputación y estatus no estaba satisfecho, culpaba a Dios por haberme arreglado un mal sino. Creía que mi mal sino en esta vida era solo esforzarme y trabajar duro, así que vivía en un estado de abatimiento y me di por vencida por completo. No sentía ninguna carga en mi deber, cometía errores constantemente, retrasaba el trabajo y no lo hacía bien. Hacía años que creía en Dios y había leído muchas de Sus palabras, pero, cuando me sucedían cosas, no venía ante Él a buscar la verdad y, cuando las cosas no salían como yo quería, me quejaba de que Él me había dado un mal sino. Hasta me había vuelto negativa y reacia. Esta era la perspectiva de una incrédula y no mostraba ninguna sumisión a Dios.
Más adelante, leí más de las palabras de Dios y obtuve una comprensión más profunda del concepto de tener un buen sino y un mal sino. Dios dice: “El arreglo de Dios sobre cuál va a ser el sino de una persona, ya sea bueno o malo, no es algo que se deba contemplar o evaluar con los ojos desnudos del hombre o con los ojos de un adivino, ni tampoco que se deba evaluar en función de cuánta riqueza y gloria esa persona disfruta en su tiempo de vida, del sufrimiento que experimenta o de si su búsqueda de perspectivas, fama y provecho marcha o no sin contratiempos. Sin embargo, este es precisamente el grave error que cometen quienes dicen tener un mal sino; desde luego, es también una forma de evaluar si su sino es bueno o malo que usa la mayoría de la gente. Entonces, ¿cómo deberíamos medir si el sino de una persona es bueno o malo? ¿Cómo lo miden las personas mundanas? Principalmente, se basan en si a esa persona le va bien en la vida o no, si puede disfrutar o no de la riqueza y la gloria, si puede vivir una vida superior a la de los demás, cuánto sufre y cuánto disfruta durante su vida, cuánto vive, qué carrera tiene y si es esforzada o cómoda y fácil. Estas y otras cosas son las que usan para evaluar si el sino de una persona es bueno o malo. ¿Lo evaluáis vosotros así también? (Sí). Entonces, cuando la mayoría de vosotros os topéis con algo que no marche sin contratiempos, cuando los tiempos sean duros o no seáis capaces de vivir una vida superior a la de los demás, también pensaréis que tenéis un mal sino y también os hundiréis en el abatimiento. Aquellos que dicen tener un mal sino no tienen necesariamente un sino que sea realmente malo, ni tampoco quienes dicen tener un buen sino tienen necesariamente un sino realmente bueno. ¿Cómo debería evaluarse exactamente si el sino es bueno o malo? […] Decidme, ¿tiene una viuda un buen sino? Desde una perspectiva mundana, las viudas tienen un mal sino, y si se quedan viudas con treinta y tantos o cuarenta y tantos años, sin duda tienen un mal sino, es muy duro para ellas. Pero si una viuda llega a creer en Dios a raíz del gran sufrimiento que experimenta por la pérdida de su marido, ¿es duro entonces su sino? (No). Porque aquellos que no han enviudado pueden llevar una vida más feliz, donde todo les va bien, tienen apoyo, comida y ropa, una familia llena de hijos y nietos, viven una vida cómoda, sin adversidades ni necesidades espirituales. No creen en Dios y no creerán en Él por mucho que intentes predicarles el evangelio. Entonces, ¿quién de estos dos tipos de personas tiene un buen sino? (La viuda tiene un buen sino porque ha llegado a creer en Dios). Mira, como la gente del mundo considera que la viuda tiene un mal sino y sufre tanto, ella cambia de rumbo, empieza a tomar una senda diferente y cree en Dios y lo sigue, ¿no significa esto que goza de bendiciones? (Sí). ¿Su mal sino se ha transformado en uno bueno? (Sí). ¿Es ese el caso? Si tiene un mal sino, entonces su sino en la vida debería ser siempre malo y no se puede cambiar; ¿cómo puede cambiarse pues? ¿Cambió su sino cuando empezó a creer en Dios? (No, es porque su forma de ver las cosas ha cambiado). La manera en la que considera las cosas ha cambiado; entonces, ¿ha cambiado el hecho objetivo de su propio sino? (No). […] En realidad, ¿ha llegado realmente a tener un buen porvenir porque cree en Dios? No necesariamente. Es solo que ahora cree en Dios, tiene esperanza, siente cierta satisfacción en su corazón, los objetivos que busca han cambiado, sus puntos de vista sobre las cosas son diferentes y, por tanto, su entorno de vida actual la hace sentirse feliz, satisfecha, alegre y en paz. Le parece que su sino ahora es muy bueno, mucho mejor que el de aquellos que no han enviudado. Es ahora cuando se da cuenta de que la opinión que tenía antes, al creer que su sino era malo, era equivocada. ¿Qué podéis deducir de esto? ¿Existe algo así como un ‘buen sino’ y un ‘mal sino’? (No). No, no existe” (La Palabra, Vol. VI. Sobre la búsqueda de la verdad. Cómo perseguir la verdad (2)). Leer las palabras de Dios iluminó mi corazón. Tanto si el sino de una persona es bueno como si es malo, eso no es algo que pueda medirse según nuestras nociones e imaginaciones ni puede verse desde una perspectiva mundana. Los no creyentes creen que comer bien, vestirse bien y disfrutar de la admiración y el apoyo de los demás es tener un buen sino. Por el contrario, piensan que si eres indigente toda tu vida, vives en lo más bajo de la sociedad y los demás te desprecian, o si experimentas el tormento de la enfermedad, o experimentas pruebas y dificultades, eso es tener un mal sino. En realidad, para Dios no existe tal cosa como un sino bueno o uno malo. Es como el ejemplo que Dios dio sobre la viuda. La viuda pasó de pensar que tenía un mal sino, al principio, a pensar que tenía uno bueno. Aunque su entorno de vida no había cambiado, su perspectiva sobre las cosas sí había cambiado. Las palabras de Dios le permitieron entender que, por mucho que disfruten quienes tienen una familia feliz y una vida cómoda, si no pueden presentarse ante Dios y aceptar Su salvación, en última instancia, irán al infierno. Debido al sufrimiento que padeció, aceptó la obra de Dios y tuvo la oportunidad de entender la verdad y ser salva. Ella es realmente la persona más bendecida. Como la perspectiva de la viuda sobre las cosas había cambiado, su mentalidad también cambió. Sin embargo, porque no entendía la verdad, creía que tener fama, provecho y la admiración de los demás significaba tener un buen sino, y que ser ascendida y poder hacer deberes de líder significaba tener un buen sino. Así que cada vez que me reasignaban los deberes, me quejaba de que tenía un mal sino. ¡Me di cuenta de que mis puntos de vista sobre las cosas eran muy absurdos e irracionales! En realidad, en la casa de Dios, los deberes se reasignan según las necesidades del trabajo, y se evalúan de forma integral el calibre y las habilidades de las personas. El deber que cumple una persona no está relacionado en lo más mínimo con que su sino sea bueno o malo. Incluso si no me hubieran reasignado el deber, si no hubiera perseguido la verdad, de todos modos me habrían puesto en evidencia y descartado. Aunque estaba haciendo el deber de asuntos generales, siempre que persiguiera la verdad y un cambio en mi carácter, todavía podría tener la oportunidad de ser salva. Por ejemplo, una predicadora que hacía su deber conmigo tenía algunos dones, y luego la eligieron líder de distrito. Sin embargo, siempre perseguía la reputación y el estatus, e hizo muchas cosas que trastornaron y perturbaron el trabajo de la iglesia. Al final, se negó obstinadamente a arrepentirse, fue expulsada de la iglesia y perdió su oportunidad de ser salva. A partir de esto podemos ver que, si crees en Dios sin perseguir la verdad y sin buscar un cambio de carácter, aunque llegues a ser líder, Dios te revelará y descartará de todas maneras. A partir de estos ejemplos, está claro que yo creía que tener un buen sino era disfrutar de fama, provecho y la admiración de todos, y que si crees en Dios, y te ascienden y te dan cargos importantes, tienes un buen sino, mientras que si haces un deber ordinario entre bastidores, significa que tienes un mal sino. Esta opinión está totalmente distorsionada y no está de acuerdo en absoluto con la verdad. Dios dispone el entorno de vida de cada persona según sus necesidades. Las buenas intenciones de Dios están en todo lo que las personas experimentan en su vida. Yo nací en una familia pobre y, aunque estudié mucho, no conseguí destacar entre la multitud. Aunque, a simple vista, parecía tener un mal sino, fue por esto que pude presentarme ante Dios y aceptar Su salvación. Tenía un fuerte deseo de reputación y estatus, así que si hubiera vivido una vida con riqueza y estatus, habría perseguido la fama y el provecho aún más. Al final, me habrían arrastrado las tendencias malvadas y Satanás me habría devorado. Solo después de experimentar tantos reveses y fracasos pude volver a Dios, aceptar el riego y la provisión de Sus palabras y entender algunas verdades. Esta es la bendición más grande. Es muchísimo más significativo que obtener fama y provecho y disfrutar de las riquezas y el esplendor del mundo. Después de que empecé a creer en Dios, me asignaron a hacer deberes de asuntos generales debido a mi sordera. Esto también fue la protección que Dios me daba. Mi deseo de reputación y estatus era demasiado fuerte; siempre que había una oportunidad para presumir, no podía evitar esforzarme para obtener reputación y estatus. Me habría resultado muy fácil tomar la senda de los anticristos y que me revelaran y descartaran. Aunque ahora soy sorda, la casa de Dios no me privó de la oportunidad de cumplir mi deber. Al contrario, me asignaron deberes que se adecuaban a mi condición física. Aunque este deber se hace entre bastidores y puede que los demás no lo tengan en alta estima, no me impide perseguir la verdad. Durante el tiempo que estuve haciendo este deber, revelé mucha corrupción. A veces era superficial y poco concienzuda, y a veces disfrutaba de las comodidades carnales y no estaba dispuesta a pagar un precio. A través de comer y beber las palabras de Dios, obtuve cierta comprensión de mi propio carácter corrupto y después, al actuar, podía rebelarme contra la carne, poner mi corazón en mi deber y ser concienzuda. Al mismo tiempo, también aprendí a buscar los principios-verdad en todo y a ser concienzuda y detallista, incluso en las cosas pequeñas e insignificantes. Al experimentar esto, me di cuenta de que no importa si eres un líder o haces deberes de asuntos generales en la casa de Dios, mientras persigas la verdad, tendrás entrada en la vida y una oportunidad de ser salvo. Dios dispuso mi sino en la vida según mis necesidades; todo me es de beneficio. El problema era que no estaba contenta; siempre tenía mis propias ambiciones y deseos, y no me sometía a la soberanía de Dios. Como resultado, no solo sufrí terriblemente, sino que tampoco hice bien mi deber. Después, mi perspectiva cambió y ya no me sentí tan desdichada.
Más tarde, leí las palabras de Dios y entendí un poco más la perspectiva que había detrás de mi búsqueda. Dios Todopoderoso dice: “Tras comunicarlo de esta manera, ¿habéis comprendido si son acertados o equivocados los pensamientos y puntos de vista de las personas que siempre aseguran tener un mal sino? (Son equivocados). Claramente, estas personas experimentan abatimiento al verse sumidas en el extremismo. Al tener este extremo abatimiento debido a que albergan pensamientos y puntos de vista extremos, son incapaces de afrontar correctamente las cosas que les ocurren en la vida, y no pueden ejercer las funciones propias de las personas de manera normal ni realizar los deberes, responsabilidades u obligaciones de un ser creado de forma normal. […] Consideran los asuntos y a las personas desde este punto de vista extremo e incorrecto, con lo que se someten repetidamente al efecto y la influencia de esta emoción negativa mientras viven, ven a las personas y las cosas, y se comportan y actúan. Al final, parecen muy cansados vivan como vivan, y no son capaces de reunir nada de entusiasmo por su fe en Dios y su búsqueda de la verdad. Con independencia de cómo elijan vivir su vida, no pueden hacer su deber de manera positiva o activa, y a pesar de llevar muchos años creyendo en Dios, nunca se concentran en realizar su deber con todo el corazón y la mente o hacerlo de una manera acorde al estándar y, por supuesto, mucho menos persiguen la verdad ni practican de acuerdo con los principios-verdad. ¿A qué se debe? En última instancia, se debe a que siempre piensan que tienen un mal sino, lo cual los lleva a un profundo abatimiento. Acaban totalmente desanimados, lánguidos, como un cadáver andante, sin ninguna vitalidad, sin mostrar ningún comportamiento positivo u optimista, y mucho menos ninguna determinación o perseverancia para dedicar la devoción que deberían a su deber, a sus responsabilidades y a sus obligaciones. Más bien, luchan a regañadientes día a día con una actitud negligente, y pasan los días así, de manera atolondrada, aturdidos, e incluso sin sentir nada al respecto. No tienen ni idea de cuánto tiempo van a seguir así. Al final, no les queda más remedio que reprenderse a sí mismos y decirse: ‘Oh, seguiré saliendo del paso mientras pueda. Si un día no puedo más y la iglesia quiere expulsarme y descartarme, que me descarte y ya está. ¿Qué podría hacer yo respecto de mi mal sino?’. Como ves, son hasta muy aletargados en su hablar. Este abatimiento no solo da lugar a un simple estado de ánimo, sino que, lo que es más importante, causa un impacto devastador en los pensamientos, en el corazón y en la búsqueda de las personas. Si no puedes dar un giro a tu abatimiento a tiempo y con rapidez, no solo afectará a toda tu vida, sino que también la destruirá y te conducirá a la muerte. Aunque creas en Dios, no podrás obtener la verdad ni alcanzar la salvación y, al final, perecerás” (La Palabra, Vol. VI. Sobre la búsqueda de la verdad. Cómo perseguir la verdad (2)). Después de leer este pasaje de las palabras de Dios, me di cuenta de que era muy peligroso vivir constantemente sumida en un estado de abatimiento y quejándome de que tenía un mal sino. Eran pensamientos extremos y, si no los resolvía, perdería mi oportunidad de ser salva. Al principio, pensaba que, cuando vivía sumida en el abatimiento y me quejaba de mi mal sino, simplemente estaba molesta y, como no había abandonado mi deber, no lo consideraba una acción malvada. Solo ahora me di cuenta de que la esencia de vivir abatida es la insatisfacción con la soberanía de Dios; es una resistencia silenciosa hacia Él. Si no me arrepentía, nunca podría ganar la verdad y ser salva. Al final, solo podría ser destruida. ¡Las consecuencias son muy aterradoras! Pensé en cómo, antes de creer en Dios, ya estaba insatisfecha con el sino que Dios me había dado, porque siempre fracasaba en el mundo. Después de que empecé a creer en Dios, seguía buscando la admiración de los demás. Cuando no lograba destacar en mi deber, me sentía desdichada. Me quejaba de tener un mal sino y vivía sumida en un estado de negatividad y depravación. Aunque hacía mi deber, me faltaba motivación. Era pasiva y holgazaneaba en mi deber, y era negligente. A menudo cometía errores, causando problemas y perturbaciones a mis hermanos y hermanas y retrasando mi propia entrada en la vida. Si no revertía ese estado, perdería la obra del Espíritu Santo, mi deber y, en última instancia, perdería mi oportunidad de obtener la salvación. Cuando lo entendí, me estremeció un temor persistente y oré con sinceridad a Dios: “Dios, durante muchos años, he sido intransigente y he sentido aversión por la verdad. Me he quejado constantemente de mi mal sino y he sido incapaz de liberarme de mis emociones extremas. Solo ahora he entendido que la perspectiva detrás de mi búsqueda era errónea. Estoy dispuesta a arrepentirme ante Ti, a perseguir la verdad con seriedad y a hacer mi deber adecuadamente”.
Después, me puse a reflexionar: ¿Cuál era la raíz de haber vivido tan desdichada durante tantos años? Leí las palabras de Dios: “¿Qué usa Satanás para mantener al hombre firmemente bajo su control? (La fama y el provecho). Satanás usa la fama y el provecho para controlar los pensamientos de las personas, con lo que hace que no piensen en nada más que en estas dos cosas y que luchen por la fama y el provecho, sufran dificultades, soporten la humillación y lleven una pesada carga, sacrifiquen todo lo que tienen y emitan todo juicio o tomen toda decisión en aras de la fama y el provecho. De esta forma, Satanás coloca grilletes invisibles a las personas y, con estos grilletes sobre ellas, no tienen la capacidad ni el valor para liberarse. Sin saberlo, llevan estos grilletes mientras avanzan paso a paso con gran dificultad. En aras de esta fama y provecho, la humanidad se aparta de Dios y lo traiciona, y se vuelve más y más perversa. De esta forma, se destruye una generación tras otra en medio de la fama y el provecho de Satanás. Consideremos ahora las acciones de Satanás, ¿no son sus insidiosos motivos completamente odiosos? Tal vez hoy todavía no podáis desentrañar sus motivos insidiosos, porque pensáis que, sin fama y provecho, la vida no tendría significado y las personas ya no serían capaces de ver el camino que tienen por delante ni tampoco sus metas, y su futuro se volvería oscuro, tenue y sombrío. Sin embargo, poco a poco, todos reconoceréis un día que la fama y el provecho son grilletes enormes que Satanás coloca al hombre. Cuando llegue ese día, te resistirás por completo al control de Satanás y a los grilletes que este te pone. Cuando desees liberarte de todas estas cosas que Satanás ha inculcado en ti, romperás definitivamente con él y odiarás de veras todo lo que te ha traído. Solo entonces sentirás verdadero amor y anhelo por Dios” (La Palabra, Vol. II. Sobre conocer a Dios. Dios mismo, el único VI). Después de leer las palabras de Dios, entendí de repente que todo el sufrimiento que había padecido durante todos esos años me lo había causado Satanás. Satanás me había seducido y perjudicado con la fama y el provecho, y me había hecho que buscara destacar entre la multitud y cambiar mi sino, desde que era niña. Cuando iba a la escuela, los profesores me enseñaron los dichos de “Soporta las mayores adversidades para convertirte en el mejor”, “El hombre lucha hacia arriba; el agua fluye hacia abajo” y “El hombre deja su reputación allá por donde va, de la misma manera que un ganso grazna allá por donde vuela”. Acepté esas normas de supervivencia y creí erróneamente que, si tenía fama y provecho, lo tendría todo. Además, creí que, mientras trabajara duro, sufriera más y pagara un precio más alto, tendría un buen futuro y podría disfrutar de todas las riquezas y la prosperidad del mundo. Estudié mucho durante más de una década para obtener fama y provecho y ser admirada por los demás, pero acabé fracasando de todas maneras. No estaba dispuesta a aceptar mi sino, así que dediqué horas extra de estudio para ser estadística. Al final, no solo no logré cambiar mi sino, sino que también cometí errores en el trabajo por llevar mi cuerpo al límite. Sufrí un impacto emocional y tuve una pérdida auditiva neurosensorial como consecuencia. Después de empezar a creer en Dios, era impaciente por obtener ganancias rápidas al hacer mi deber, me quedaba hasta tarde trabajando, sin preocuparme por mi salud, para que no me menospreciaran. Al final, mi pérdida de audición empeoró y no pude comunicarme con normalidad con mis hermanos y hermanas. Solo podía ocuparme de trabajo de asuntos generales entre bastidores y me sentía especialmente atormentada por no recibir la admiración de los demás. La fama y el provecho eran como grilletes que no me dejaban escapar. Pensé en cómo los no creyentes valoran más la fama y el provecho que la vida misma. Algunas personas no soportan el golpe de no poder entrar en la universidad o de fracasar en su carrera, por lo que sufren una crisis nerviosa o incluso se suicidan arrojándose de un edificio. Yo era igual. Cuando no podía hacer realidad mi ambición y mi deseo de que los demás me admiraran, no paraba de quejarme de que Dios no me había dado un buen sino, vivía en un estado de abatimiento y me daba por vencida. Incluso pensé en acabar con todo. De no haber sido por la protección de Dios, quizás habría terminado como esos no creyentes. Por fin pude ver con claridad que las normas de supervivencia que Satanás me había inculcado no eran cosas positivas. Me hicieron preocuparme por la reputación y el estatus y, cuando no podía obtenerlos, me distanciaba de Dios, lo traicionaba, me resistía a Él y, en última instancia, me arriesgaba a perder mi oportunidad de obtener la salvación. Esa era la intención perversa de Satanás al corromper a las personas. Si seguía así, tarde o temprano, sería descartada. Me arrepentí de ser tan ciega y necia y de haber sido perjudicada por Satanás durante tantos años. Tomé la decisión de rebelarme por completo contra Satanás y de que, a partir de entonces, viviría según las palabras de Dios y no volvería a buscar la reputación y el estatus.
Un día, leí las palabras de Dios y entendí Sus intenciones. Dios Todopoderoso dice: “¿Qué actitud debe tener la gente hacia el sino? Debes cumplir con los arreglos del Creador, así como buscar activa y diligentemente el propósito y el significado detrás de que el Creador arregle todas estas cosas, de modo que logres la comprensión de la verdad, desempeñes la mayor función en esta vida que Dios ha arreglado para ti, cumplas los deberes, responsabilidades y obligaciones de un ser creado, y vuelvas tu vida más significativa y más valiosa, hasta que finalmente el Creador te acepte y te recuerde. Por supuesto, sería aún mejor si pudieras trabajar con afán para alcanzar la salvación por medio de buscar y aceptar la verdad; eso sería lo mejor. En cualquier caso, con respecto al sino, la actitud más apropiada que debería tener la humanidad creada no es la del juicio y la definición arbitrarios, ni la de utilizar métodos extremos para enfrentarse a dicho sino. Por supuesto, mucho menos deberían las personas intentar resistirse, rechazar o cambiar su porvenir, sino que deberían usar su corazón para apreciarlo, buscarlo, tantearlo y obedecerlo, y luego afrontarlo positivamente. Por último, en el entorno vital y en el periplo vital que Dios ha dispuesto para ti, debes buscar la forma de conducta propia que Él te enseña, buscar la senda que Dios te exige que sigas, y experimentar el sino que Dios ha dispuesto para ti de esta forma, y al final, serás bendecido” (La Palabra, Vol. VI. Sobre la búsqueda de la verdad. Cómo perseguir la verdad (2)). Las palabras de Dios me permitieron encontrar una senda. Dios me exige que me mantenga en mi lugar como ser creado y que cumpla mi deber con los pies en la tierra. Pensándolo bien, cualquier deber que cumpla contiene las buenas intenciones de Dios y debo aceptarlo de parte de Él. Sin importar si puedo ganarme la admiración de los demás o no, yo solo soy un ser creado diminuto y me basta con cumplir mi función como tal. Desde el fondo de mi corazón, estoy dispuesta a someterme al sino que Dios ha dispuesto para mí.
Ahora puedo someterme de buen grado y estoy aprendiendo a poner el corazón en mi deber y a ser concienzuda cuando lo cumplo. Estoy practicando buscar los principios-verdad en todo y actuar de acuerdo con los requisitos de Dios. Si no entiendo algo, busco más la plática de mis hermanos y hermanas. Si cometo errores en mi deber, enseguida investigo y resumo las causas, reflexiono sobre mis actitudes corruptas y corrijo mis errores lo antes posible. Al practicar de esta manera, mi corazón se siente tranquilo y en paz. De a poco, dejé de estar atada por la opinión de que tengo un mal sino y mi estado ha ido mejorando cada vez más. Estos son los resultados que el esclarecimiento y la guía de las palabras de Dios han tenido en mí. ¡Gracias a Dios Todopoderoso!