El juicio de Dios me salvó

29 Mar 2022

Por Flavien, Benín

En septiembre de 2019 acepté la obra de Dios Todopoderoso de los últimos días. En las reuniones me elogiaban por enseñar bien, entender las cosas enseguida y tener buena aptitud. Más tarde me eligieron líder de grupo, y no mucho después, diácono de evangelización. Luego de eso cumplía con el deber de forma más activa que antes. Empecé a predicar el evangelio y a ser anfitrión de reuniones. Los hermanos y hermanas disfrutaban con mis enseñanzas y el líder de la iglesia decía que lo hacía bien. Esto me alegraba mucho y creía que, en realidad, tenía muy buena aptitud. Para recibir más admiración de la gente, leía más la palabra de Dios y miraba muchas películas de la casa de Dios y lecturas en video de la palabra de Dios, pero, a la vez, me conformaba con tener un entendimiento literal del que presumir y no me centraba en buscar la voluntad de Dios ni en practicar la verdad. En las reuniones enseñaba lo más detalladamente que podía para que los demás creyeran que comprendía más cosas. Hasta enseñaba cosas que no entendía bien para que pensaran que lo sabía todo. Además, para generar buena imagen en el corazón de mi líder, fingía ser muy fuerte. Por ejemplo, al principio tenía nociones sobre la obra de Dios, pero creía que, si se las contaba a alguien, seguro que mi líder pensaría que no comprendía la verdad, así que se las ocultaba deliberadamente. Era como si llevara una máscara. El yo que veían los demás era una ilusión.

Unos meses después me eligieron líder de la iglesia, esta vez a cargo de la labor evangelizadora. Para esta labor había que tener aptitud, discernimiento y capacidad de trabajo. A mi parecer, nadie en la iglesia, salvo yo, cumplía estos requisitos, y por eso Dios había dispuesto que yo cumpliera con este deber. Mis reiterados ascensos me hicieron creerme distinto a los demás, el que buscaba la verdad con más entusiasmo, alguien amado y favorecido por Dios. Llegué a pensar que ser responsable de la labor evangelizadora era como ser guardia a la puerta de la casa de Dios: que podía decidir quién podía entrar y quién no. Gradualmente, me volví cada vez más arrogante y me creía por encima de mis hermanos y hermanas, que podía dictar órdenes y que mis hermanos y hermanas tenían que hacerme caso. En el trabajo de la iglesia, siempre quería decidir por mi cuenta y tener la última palabra, pues creía que tenía capacidad de trabajo, que había dominado los principios y que no necesitaba aceptar las opiniones ni los consejos de mis hermanos y hermanas. Menospreciaba a mis hermanos y hermanas. Había una líder de grupo de aptitud normal y yo quería relevarla sin tener en cuenta si cumplía bien con el deber. Encima, consideraba a mis hermanos y hermanas subordinados y creía que podía tratar con ellos como quisiera. Por ejemplo, en una reunión, mis hermanos y hermanas estaban compartiendo su manera de predicar el evangelio y a mí me parecía que lo hacían mal, así que, inmediatamente, los reprendí y les dije lo que debían hacer. Una hermana tenía su propio método de práctica en el deber, pero, en mi opinión, no lo hacía bien, por lo que, sin enseñarle los principios, traté con ella seriamente. Esta hermana me dijo después que se sentía tan negativa que no quería ser mi compañera. Posteriormente, en una reunión, el líder nos preguntó a todos si había alguna dificultad, y esta hermana denunció directamente mi problema al líder afirmando que yo no enseñaba la verdad, que siempre trataba con los demás y que, al tratar con la gente, siempre era muy duro. Varios hermanos y hermanas más denunciaron que trataba con la gente de forma arbitraria y, mediante la palabra de Dios, expusieron mi conducta arrogante.

De hecho, unos hermanos y hermanas ya me habían comentado el problema de mi conducta arrogante. Algunos me vieron demasiado estricto cuando pregunté por el trabajo de los demás y me enviaron mensajes para comentarme: “Hermano, no estuvo bien hablar así. Harás que tus hermanos y hermanas se sientan negativos”. Según otros: “Siempre hablas con desprecio. Nunca te pones en condiciones de igualdad con tus hermanos y hermanas, por lo que algunos no quieren hablar contigo y otros se sienten tan atacados que ya no quieren este deber”. Tras su reprensión y su trato reiterados, mi sentimiento de orgullo se vio atacado. Me creía una persona amada y favorecida por Dios, pero que mis hermanos y hermanas me revelaran y rechazaran me hizo sentir muy negativo. Sin mi buena imagen y mi prestigio, no sentía motivación por el deber. Cada día actuaba por inercia, enviaba avisos, no trabajaba minuciosamente ni seguía los deberes de mis hermanos y hermanas y no me centraba en resolver sus problemas. No me importaba nada lo que necesitaran.

Más adelante, una hermana notó que me hallaba en un estado incorrecto, así que me envió un pasaje de la palabra de Dios. Dios dice: “Después de la corrupción de la humanidad por parte de Satanás, la naturaleza de las personas ha empezado a deteriorarse y han perdido, poco a poco, el sentido de la razón que tiene la gente normal. Ahora ya no actúan como seres humanos en la posición del hombre, sino que están llenos de aspiraciones descabelladas; han sobrepasado la posición del hombre. Sin embargo, todavía anhelan llegar a algo más elevado. ¿Qué quiere decir eso de ‘más elevado’? Desean sobrepasar a Dios, a los cielos y a todo lo demás. ¿A qué se debe que se haya vuelto así la gente? Después de todo, la naturaleza del hombre es demasiado arrogante. ‘Arrogante’ es un término peyorativo, y nadie quiere que lo relacionen con él. Sin embargo, de hecho, todo el mundo es arrogante y todos los humanos corruptos tienen esa esencia. Algunas personas dicen: ‘No soy en absoluto arrogante. Nunca he querido ser el arcángel ni he querido superar a Dios o a todo lo demás. Siempre me he comportado especialmente bien y he sido responsable’. No es necesariamente así; estas palabras son incorrectas. Una vez que la naturaleza y la esencia de las personas se vuelven arrogantes, pueden a menudo desobedecer a Dios y oponerse a Él, no prestar atención a Sus palabras, generar nociones acerca de Él, hacer cosas que lo traicionan y que las enaltecen y dan testimonio de sí mismas. Dices que no eres arrogante, pero supongamos que te entregaran una iglesia y te permitieran dirigirla; supongamos que Yo no tratara contigo ni nadie de la casa de Dios te podara. Tras liderarla durante un tiempo, pondrías a la gente a tus pies y harías que se sometieran a ti. ¿Y por qué habrías de hacer eso? Esto vendría determinado por tu naturaleza; no sería sino una revelación natural. No tienes necesidad alguna de aprender esto de otros, ni ellos tienen necesidad de enseñártelo. No es preciso que te lo impongan o te obliguen a hacerlo. Este tipo de situación surge de manera natural. Todo lo que haces es para que la gente se someta a ti, te idolatre, te enaltezca, dé testimonio de ti y te haga caso en todo. Permitirte ser líder hace surgir de manera natural esta situación, y eso no se puede cambiar. ¿Y cómo surge esta situación? Está determinada por la naturaleza arrogante del hombre. La manifestación de la arrogancia consiste en la rebelión contra Dios y la oposición a Él. Cuando las personas son arrogantes, engreídas y santurronas tienden a establecer sus propios reinos independientes y a hacer las cosas como les place. También traen a otras personas a sus manos y a sus brazos. El que las personas sean capaces de hacer tales cosas, significa que la esencia de su naturaleza arrogante es la de Satanás, la del arcángel. Cuando su arrogancia y su engreimiento alcanzan un cierto nivel, se convierten en el arcángel y han de hacer a Dios a un lado. Si posees una naturaleza tan arrogante, Dios no tendrá un lugar en tu corazón” (‘La naturaleza arrogante es la raíz de la oposición del hombre a Dios’ en “Discursos de Cristo de los últimos días”). Tras leer las palabras de Dios recordé mi conducta hasta el momento. Desde que empecé a creer en Dios, mis hermanos y hermanas me admiraban y alentaban. Según ellos, tenía aptitud y enseñaba bien, y me ascendieron varias veces, así que me creía especial y mejor que quienes me rodeaban. Por mi naturaleza arrogante, me creía una persona amada y favorecida por Dios. Me creía extraordinario y superior a los demás, por lo que comencé a utilizar mi puesto para reprender y limitar a otros. Incluso trataba de controlar a mis hermanos y hermanas y de que me hicieran caso. ¡Me comportaba igual que el arcángel! Me creía más de lo que era. Después de que mis hermanos y hermanas me revelaran y trataran conmigo, me di cuenta de que no era tan perfecto como imaginaba. En cambio, era especialmente arrogante y corrupto. Daba por sentado que estaba muy por encima de los demás y que Dios me favorecía, pero eran simples imaginaciones mías.

Varios días después leí otro pasaje de la palabra de Dios que exponía y analizaba a los anticristos. Dios Todopoderoso dice: “Los anticristos pagan cualquier precio en aras de su estatus y la satisfacción de su ambición, por su objetivo de controlar la iglesia y ser Dios. A menudo trabajan hasta altas horas de la noche, se despiertan al amanecer y ensayan sus sermones de madrugada, todo con el fin de dotarse de la doctrina que necesitan para dar sermones elevados. Cada día ponderan qué palabras de Dios utilizar al predicar sus elevados sermones, qué palabras inspirarán la admiración y el elogio de los escogidos, y se las aprenden de memoria. Luego estudian cómo interpretar esas palabras de una manera que demuestre su brillantez y sabiduría con todo el esfuerzo de los estudiantes que compiten por una plaza en la universidad. Cuando alguien da un buen sermón, o uno que aporta iluminación o alguna teoría, un anticristo lo recopila, lo compendia y lo hace suyo. Ningún trabajo es excesivo para un anticristo. ¿Cuál es, entonces, la motivación e intención que subyacen a su labor? Los impulsa una cosa: poder predicar estas palabras, decirlas claramente y con facilidad, con fluidez, para que otros vean que el anticristo es más espiritual que ellos, que aprecia más las palabras de Dios, que ama más a Dios. De esta manera, un anticristo puede ganarse la idolatría de algunas de las personas que lo rodean. Para un anticristo, esto es algo que merece la pena, así como cualquier esfuerzo, precio o dificultad” (‘Desprecian la verdad, desacatan públicamente los principios e ignoran las disposiciones de la casa de Dios (VII)’ en “Desenmascarar a los anticristos”). “La esencia del comportamiento de los anticristos es usar constantemente varios medios y métodos para lograr su objetivo de tener estatus, de atrapar a las personas y hacer que estas los sigan y los veneren. Es posible que, en lo profundo de su corazón, no estén compitiendo deliberadamente con Dios por la humanidad, pero algo es seguro: aunque no compitan con Dios por los humanos, sí quieren tener estatus y poder entre ellos. Incluso si llega el día en que se den cuenta de que compiten con Dios por estatus y se refrenen, usan otros métodos para ganar estatus en la iglesia, creyendo que podrán obtener legitimidad ganándose la aprobación y el beneplácito de otros. En resumen, aunque todo lo que los anticristos hacen parece comprender un desempeño leal de sus deberes, y aunque ellos parecen ser verdaderos seguidores de Dios, su ambición por controlar a las personas —y por ganar estatus y poder entre ellas— nunca cambiará. Sin importar qué diga o haga Dios y qué les pida a las personas, ellos no hacen lo que deben hacer ni cumplen sus deberes de un modo que se corresponda con Sus palabras y Sus requisitos ni renuncian a su búsqueda de poder y estatus como consecuencia de comprender Sus declaraciones y la verdad. De principio a fin, su ambición los consume, los controla, dirige sus conductas y pensamientos y determina la senda que recorren. Es el arquetipo del anticristo” (‘Engañan, atraen, amenazan y controlan a la gente’ en “Desenmascarar a los anticristos”). Dios dice que los anticristos, a fin de que los demás los elogien e idolatren, utilizan el sufrimiento aparente para generar una ilusión que engañe a la gente. Al descubrirlo reparé en algo: ¿no era yo así? Siempre iba en pos de la reputación y el estatus y todo lo hacía para que me admiraran. Pasaba muchísimo tiempo leyendo la palabra de Dios y a veces no dormía hasta altas horas de la noche. Me proponía comprender más doctrinas para poder presumir ante los demás. Comprendí que tenía algunas manifestaciones de los anticristos reveladas en la palabra de Dios. Creía que Dios me había condenado y estaba especialmente ansioso. Sin embargo, en ese momento no me atreví a contarles mi verdadero estado a mis hermanos y hermanas por temor a que me consideraran un anticristo y me expulsaran. En esa época descubrieron y expulsaron a un anticristo en la iglesia. Aparentemente se esforzaba por Dios y buscaba Su palabra para compartirla con los demás, pero ella misma no la practicaba y, cuando se topaba con cosas que no concordaban con sus nociones, esparcía negatividad, y llegó a renegar de la obra de Dios en los últimos días y a perturbar a quienes estudiaban el camino verdadero. Me di cuenta de que había cosas en mí iguales que las suyas. Por ejemplo, solía buscar la palabra de Dios para compartirla con mis hermanos y hermanas, pero yo mismo no la practicaba. Cuando tenía dificultades, las resolvía con mi ingenio y mi aptitud, pero no me centraba en buscar la voluntad de Dios ni en practicar la verdad. Comprobé que mis manifestaciones eran similares a las de este anticristo y que también se aplicaban a mí otras manifestaciones de los anticristos reveladas en la palabra de Dios. Por ello, sentí un temor aún mayor de poderme convertir en un anticristo y ser expulsado. En aquella época me empleaba a fondo para contener la ansiedad delante de todos, pero estaba especialmente triste y me sentía como si me hubieran condenado a muerte. Poco a poco, mi actitud a la defensiva y mi recelo se agravaron cada vez más. Creía tener una naturaleza mala, poder engañar y controlar fácilmente a mis hermanos y hermanas, y que antes o después, al igual que aquel anticristo, perturbaría la labor de la casa de Dios. Al pensarlo me aterraba todavía más. En aquel entonces no veía la diferencia entre el carácter y la esencia de un anticristo ni entendía cuál era la voluntad de Dios en ese ambiente. Pensaba que yo era una persona a la que eliminaría Dios, al igual que al anticristo, y que no tenía esperanza de ser bendecido, por lo que empecé a quejarme: “Ignoré las objeciones de mi familia para creer en Dios y cumplir con mi deber. Incluso renuncié a mi futuro y dejé mi ciudad para difundir el evangelio en sitios nuevos. He pagado un altísimo precio, pese a lo cual voy a ir al infierno y a ser castigado. De haber sabido que acabaría así, no me habría esforzado tanto. Al menos habría disfrutado de cierta comodidad material”. En aquel entonces solo pensaba en mi destino y no estaba atento a buscar la voluntad de Dios, así que siempre estaba defendiéndome de Él y malinterpretándolo. Al final dimití del deber de líder porque pensaba que, de continuar en un deber tan importante, seguro que me expulsarían. También dejé de ser sincero con mis hermanos y hermanas por temor a que me criticaran y trataran conmigo tras descubrir mi verdadera cara. Tampoco me hice compañero de nadie en el deber y mi relación con los hermanos y hermanas era cada vez más distante. Después, con la excusa de ir a mi ciudad a predicar el evangelio, volví con mi familia de incrédulos. Ante la persecución y el juicio de mi familia, me volví más negativo todavía. Aunque continuaba asistiendo a reuniones, actuaba por pura inercia. Estaba muy débil y sentía que mi fe había llegado a su fin, así que decidí dejar la casa de Dios.

Tras dejar la iglesia sentía un gran vacío en el corazón. Me encerraba en mi cuarto todo el día y no quería hacer nada. Aunque mi familia ya no me perseguía y yo tenía bastante comodidad material, no sentía más que miedo y una gran culpa. Me aterraba que Dios me castigara por traicionarlo, temía el infierno y la muerte, por lo que pensaba en cómo aliviar mi ansiedad. Leí muchos libros de ciencias sociales con la esperanza de hallar en ellos algo que reconfortara mi alma, pero fue inútil. Nada podía aliviar mi tormento interior. Parecía que solo podía esperar pasivamente la muerte. Más tarde, oré a Dios para pedirle que me sacara de mi turbación, escuché himnos y leí las palabras de Dios. Fue entonces cuando la palabra de Dios despertó mi corazón. En la palabra de Dios leí: “Algunas personas muestran ciertas manifestaciones de anticristo y algunas revelaciones del carácter de un anticristo, pero, al mismo tiempo que evidencian tales revelaciones, también aceptan, admiten y aman la verdad. Son posibles objetos de salvación” (‘Se enaltecen y dan testimonio de sí mismos’ en “Desenmascarar a los anticristos”). “A raíz de una declaración de Dios, a menudo muchas personas se sienten débiles y negativas, y creen que Él las ha abandonado, y, en consecuencia, no están dispuestas a continuar siguiendo a Dios y avanzar. A decir verdad, tú no entiendes qué es el abandono; tu abandono de ti mismo es el auténtico abandono. A veces, las palabras con que Dios te define las dice simplemente con ira; de ningún modo está sacando una conclusión acerca de ti ni te está condenando, esto no tiene nada que ver con tu destino definitivo o con lo que en última instancia va a concederte Dios, y menos aún es este Su castigo final. No son más que palabras con las que te juzga y trata. Hablan de las vehementes esperanzas de Dios para ti, son palabras de recordatorio y advertencia y palabras surgidas del corazón de Dios. Sin embargo, algunos caen y abandonan a Dios a consecuencia de estas palabras de juicio. […] En ocasiones, la gente cree que Dios la ha abandonado, pero realmente no te ha abandonado: tan solo te deja a un lado, te considera abominable y no desea prestarte atención. Sin embargo, no te ha abandonado de verdad. Hay quienes se esfuerzan por cumplir con su deber en la casa de Dios, pero por su esencia y las diversas cosas que se manifiestan en ellos, Dios, efectivamente, los abandona; Él no los eligió realmente, sino que simplemente prestaron servicio durante un tiempo. Hay otros, mientras tanto, por quienes Dios hace todo lo posible para disciplinarlos, castigarlos y juzgarlos; los trata de varias formas contrarias a las nociones del hombre. Algunas personas no entienden las palabras de Dios y piensan que Dios las hostiga y les hace daño. Creen que no es digno vivir ante Dios, no quieren herirlo más y abandonan la iglesia. Incluso piensan que hay un razonamiento para hacer esto, así que le dan la espalda a Dios. Pero, a decir verdad, Dios no los ha abandonado a ellos. Esas personas no tienen ni idea de la voluntad de Dios. Son un tanto hipersensibles, hasta el punto de renunciar a la salvación de Dios. ¿Realmente tienen conciencia? Dios se aparta a veces de la gente y en otras ocasiones la hace de lado durante un tiempo para que haga introspección, pero no la ha abandonado realmente; le está dando la oportunidad de arrepentirse y no la va a abandonar de verdad. Dios solo abandona verdaderamente a los anticristos y malvados, que cometen muchos actos malvados. Algunos dicen: ‘Me siento desprovisto de la obra del Espíritu Santo y hace mucho tiempo que me falta Su esclarecimiento. ¿Me ha abandonado Dios?’. Es una idea errónea. Dices que Dios te ha abandonado, que no te salvará; entonces, ¿ha establecido tu final? Hay ocasiones en las que no puedes percibir la obra del Espíritu Santo, pero Dios no te ha privado del derecho a leer Sus palabras, ni ha determinado tu desenlace, tu senda de salvación no ha llegado a un callejón sin salida. Entonces, ¿por qué estás tan molesto? Te hallas en mal estado, existe un problema con tus motivos, tu punto de vista ideológico presenta problemas, tu estado mental está torcido, y si no tratas de arreglar estas cosas buscando la verdad, y constantemente malinterpretas y culpas a Dios, y le cargas a Él la responsabilidad e incluso dices: ‘Dios no me quiere, así que ya no creo en Él’, ¿acaso no estás siendo ridículo? ¿No estás siendo irracional?” (‘Solo si se corrigen las propias nociones es posible tomar el buen camino de la fe en Dios (1)’ en “Discursos de Cristo de los últimos días”). Las palabras de Dios me hablaban al corazón. Entendí que Dios no me había eliminado ni condenado y que no había decidido mi resultado. De hecho, Dios sabía desde un principio lo corrupto que era. Dios dispuso que mis hermanos y hermanas me revelaran en el momento adecuado y, con Su palabra, reveló mi carácter corrupto y la senda equivocada que había tomado, ya que solo así podría conocerme a mí mismo. ¡En realidad era una gran oportunidad para transformarme! ¡Dios llevó a cabo Su juicio, Su castigo, Su poda y Su trato para salvarme! No obstante, con mis nociones, yo malinterpreté la voluntad de Dios, vi la condenación en Su juicio y castigo y pensé que me eliminaría. Creí equivocadamente que, por tener las manifestaciones de un anticristo, seguro que Dios no me quería y que estaba destinado a la aniquilación. Sin embargo, a decir verdad, todas mis manifestaciones eran normales a ojos de Dios. Pese a tener las manifestaciones del carácter de un anticristo, no había llegado al extremo de ser un anticristo por definición. Dios desea eliminar y castigar a aquellos que tienen la esencia de un anticristo. No pueden arrepentirse jamás porque su naturaleza y esencia son malvadas y aborrecen y detestan la verdad. Sin importar qué hagan mal, nunca lo admiten y hacen lo que sea necesario por mantener su prestigio y estatus. De todos modos, pude comprender que estaba muy hondamente corrompido y equivocado, así que aún tenía ocasión de arrepentirme. Solamente tenía el carácter de un anticristo, no era un anticristo que no aceptara la verdad. No obstante, en aquel entonces no entendía la voluntad de Dios ni conocía Su amor ni Su carácter justo. Creía que, como Dios ya no me quería, todo esfuerzo que hiciera sería en vano. Si no gozaba del placer carnal en el mundo, no tendría nada. Al recordar ahora lo que hice, siento una vergüenza terrible. Juré muchas veces a Dios que lo seguiría toda la vida, pero, después de ser juzgado y revelado en esta ocasión, me volví pasivo, renegué de la salvación de Dios, perdí la fe en Él y hasta decidí sin titubeos regresar al mundo e ir en pos del placer carnal. ¿Cómo podía decir que tenía conciencia? Luego, al comprender la voluntad de Dios, tuve esperanza otra vez. Sentía como si me hubieran levantado de entre los muertos. Renuncié a todo lo demás en la vida y empecé a meditar la palabra de Dios, a cantar himnos, a cantar recitaciones de la palabra de Dios y a buscar Su voluntad. Fue como comenzar de nuevo en la senda de la fe en Dios. De nuevo recibí la misericordia de Dios y sentí Su presencia. Poco a poco hallé la paz y el gozo interiores y también sentí de corazón el deseo de volver a la iglesia. Sin embargo, no sabía si me aceptaría la casa de Dios. Oré a Dios para pedirle misericordia y que me salvara.

Semanas después, descubrí otro pasaje de la palabra de Dios que me hizo comprender algo más Su voluntad. Dios dice: “En el pasado, hubo alguien que fue expulsado de la iglesia por hacer cosas malas, y sus hermanos y hermanas lo rechazaron. Tras vagar durante años, ahora ha vuelto. Es bueno que su corazón no haya dejado a Dios por completo: todavía tiene una oportunidad y la esperanza de ser salvado. Si hubiera huido y dejado de creer, si se hubiera vuelto igual que los incrédulos, estaría completamente acabado. Si puede dar un giro, entonces queda esperanza para él. Esto es raro y precioso. Independientemente de cómo actúe Dios en las personas, de cómo las trate, las aborrezca o las deteste, si llega un día en el que pueden dar un giro, recibiré un consuelo especial, pues eso significa que siguen teniendo ese pequeño espacio para Dios en su corazón, que no han perdido por completo su razón humana ni su humanidad, que siguen queriendo creer en Dios, y tienen al menos algo de intención de reconocerlo y de volver ante Él. A las personas que de verdad tienen a Dios en sus corazones, independientemente de cuando dejaran la casa de Dios, si regresan y le siguen teniendo cariño a su familia, me entrará un poco de apego sentimental y me consolaré con ello. Sin embargo, si nunca regresan, me parecerá una pena. Si pueden volver y arrepentirse sinceramente, entonces Mi corazón estará especialmente lleno de satisfacción y consuelo. Cuando te marchaste, sin duda eras bastante negativo y tu situación no era buena, pero ahora has regresado, lo que demuestra que sigues teniendo fe en Dios. Sin embargo, no se sabe si eres capaz de continuar avanzando, ya que las personas cambian con demasiada rapidez. En la Era de la Gracia, Jesús tuvo compasión y misericordia de las personas. Si se perdía una oveja de las cien, dejaba a las noventa y nueve y buscaba a esa. Esta línea no representa una práctica mecánica ni una regla, pero muestra la intención urgente de Dios de salvar a la humanidad, además de Su profundo amor por ella. No es una forma de práctica, sino que es una clase de carácter y de mentalidad. Así pues, algunas personas se marchan durante un año o seis meses, o tienen muchas debilidades y malentendidos, y sin embargo su habilidad para despertar a la realidad y ser capaces de tener conocimiento, de dar un giro y volver al camino correcto me hace sentir especialmente reconfortado, y me causa un pequeño disfrute. En este mundo de alegría y esplendor, en esta era malvada, ser capaz de mantenerse firme, reconocer a Dios y tomar de nuevo el camino correcto son cosas que realmente consuelan y entusiasman. Por ejemplo, si crías niños, independientemente de que sean buenos hijos o no, ¿cómo te sentirías si no te reconocieran y se fueran de casa para no volver? En el fondo, siempre te seguirías preocupando por ellos, siempre preguntándote: ¿Cuándo volverá mi hijo? Me gustaría verlo. Es mi hijo después de todo, por algo lo he criado y amado. Siempre has pensado de esta forma, has anhelado que ese día vuelva. Todo el mundo piensa igual al respecto, por no hablar de Dios, ¿no es la Suya una esperanza aún mayor de que el hombre encuentre el camino de vuelta después de haberse desviado, de que el hijo pródigo regrese? Hoy en día, las personas tienen una estatura pequeña, pero llegará el día en que entiendan la voluntad de Dios, a no ser que no tengan ninguna inclinación hacia la verdadera fe, a menos que sean los incrédulos, en cuyo caso a Dios no le preocupan en absoluto” (‘Las personas que le hacen constantes exigencias a Dios son las menos razonables’ en “Discursos de Cristo de los últimos días”). Tras leer las palabras de Dios me emocioné especialmente. Sentía que Dios me hablaba cara a cara como una madre a su hijo. Dios me reconfortó cuando estaba más desesperado, me dio esperanza ¡y me permitió descubrir que Su amor por las personas es real! Comprendí que Dios no condena ni mata a la gente a Su antojo. Dios vino encarnado en los últimos días para salvar a la humanidad. Realmente Dios nunca me había abandonado como yo imaginaba. En cambio, solo me estaba juzgando y castigando por mi carácter corrupto y por la senda equivocada que había tomado, lo cual era Su justicia y santidad, así como una manera de transformarme. Dios esperaba que me arrepintiera, pero yo tenía muchas nociones y malinterpretaciones acerca de Él. Consideraba el juicio y la salvación de Dios como eliminación y castigo, no comprendía Su voluntad y no tenía una actitud de obediencia. Siempre mantenía una postura personal y consideraba mi opinión la verdad. Pese a ser tan rebelde, Dios sabía qué me faltaba y en qué caía y fallaba. Dios me guió paso a paso hasta que desperté y volví a tener sentido. Comprobé que el propósito de Dios de salvar a la gente es sincero. Siempre y cuando la gente guarde el nombre y el camino de Dios, Él siempre tenderá Su mano salvadora. Dios nos ama más de lo que yo creía. Dios es el responsable de la vida de todos. Supe que no era demasiado tarde para mí si me arrepentía sinceramente. Aún tenía una oportunidad de transformar mi carácter corrupto y salvarme. Una vez comprendida la voluntad de Dios, se revirtió mi estado de negatividad y malintepretación.

Luego leí otro pasaje de la palabra de Dios que me hizo comprender un poco la trascendencia de Su obra del juicio. Dios Todopoderoso dice: “Hoy Dios os juzga, os castiga y os condena, pero debes saber que el propósito de tu condena es que te conozcas a ti mismo. Él condena, maldice, juzga y castiga para que te puedas conocer a ti mismo, para que tu carácter pueda cambiar y, sobre todo, para que puedas conocer tu valía y ver que todas las acciones de Dios son justas y de acuerdo con Su carácter y los requisitos de Su obra, que Él obra acorde a Su plan para la salvación del hombre, y que Él es el Dios justo que ama, salva, juzga y castiga al hombre. Si sólo sabes que eres de un estatus humilde, que estás corrompido y que eres desobediente, pero no sabes que Dios quiere poner en claro Su salvación por medio del juicio y el castigo que Él impone en ti hoy, entonces no tienes manera de ganar experiencia, ni mucho menos eres capaz de continuar hacia delante. Dios no ha venido ni a matar ni a destruir sino a juzgar, maldecir, castigar y salvar. Hasta que Su plan de gestión de 6000 años llegue a su término —antes de que revele el destino de cada categoría del hombre— la obra de Dios en la tierra será en aras de la salvación; el único propósito es hacer totalmente completos a aquellos que lo aman y hacerlos someterse bajo Su dominio. No importa cómo Dios salve a las personas, todo se logra haciéndolas escapar de su antigua naturaleza satánica; es decir, Él las salva haciéndolas buscar la vida. Si ellas no buscan la vida, entonces no tendrán manera de aceptar la salvación de Dios. La salvación es la obra del Dios mismo y la búsqueda de vida es algo que el hombre debe asumir con el fin de aceptar la salvación. A los ojos del hombre, la salvación es el amor de Dios y el amor de Dios no puede ser castigo, juicio y maldiciones; la salvación debe contener amor, compasión y, además, palabras de consuelo y bendiciones ilimitadas otorgadas por Dios. Las personas creen que cuando Dios salva al hombre lo hace conmoviéndolo con Sus bendiciones y Su gracia, de tal modo que puedan entregar su corazón a Dios. Es decir, tocar al hombre es salvarlo. Esta clase de salvación se hace mediante un trato. Solo cuando Dios le conceda cien veces más, el hombre llegará a someterse ante el nombre de Dios y luchará por hacer el bien por Él y darle gloria. Esto no es lo que pretende Dios para la humanidad. Dios ha venido para obrar en la tierra con el fin de salvar a la humanidad corrupta, no hay falsedad en esto. Si la hubiera, Él ciertamente no habría venido a cumplir con Su obra en persona. En el pasado, Su medio de salvación implicaba mostrar el máximo amor y compasión, tanto que le dio Su todo a Satanás a cambio de toda la humanidad. El presente no tiene nada que ver con el pasado: La salvación que hoy se os otorga ocurre en la época de los últimos días, durante la clasificación de cada uno de acuerdo a su especie; el medio de vuestra salvación no es el amor ni la compasión, sino el castigo y el juicio para que el hombre pueda ser salvado más plenamente. Así, todo lo que recibís es castigo, juicio y golpes despiadados, pero sabed que en esta golpiza cruel no hay el más mínimo escarmiento. Independientemente de lo severas que puedan ser Mis palabras, lo que cae sobre vosotros son solo unas cuantas palabras que podrían pareceros totalmente crueles y, sin importar cuán enfadado pueda Yo estar, lo que viene sobre vosotros siguen siendo palabras de enseñanza y no tengo la intención de lastimaros o haceros morir. ¿No es todo esto un hecho? Sabed esto hoy, ya sea un juicio justo o un refinamiento y castigo crueles, todo es en aras de la salvación. Independientemente de si hoy cada uno es clasificado de acuerdo con su especie, o de que las categorías del hombre se dejen al descubierto, el propósito de todas las palabras y la obra de Dios es salvar a aquellos que verdaderamente aman a Dios. El juicio justo se realiza con el fin de purificar al hombre, y el refinamiento cruel con el de limpiarlo; las palabras severas o la reprensión se hacen ambas para purificar y son en aras de la salvación” (‘Debes dejar de lado las bendiciones del estatus y entender la voluntad de Dios para traer la salvación al hombre’ en “La Palabra manifestada en carne”). Tras leer las palabras de Dios, descubrí que no comprendía Su obra del juicio. Cuando acepté Su obra por primera vez, Gozaba mucho de Su amor y Su misericordia y del esclarecimiento del Espíritu Santo. Me conformaba con solo gozar de la gracia de Dios. Me creía un bebé en las manos de Dios, alguien amado por Él, especial y perfecto, y pensaba que Él no me juzgaría con severidad. Por tanto, con la llegada del juicio y castigo severos de Dios, cuando Sus palabras expusieron mi rebeldía, mi resistencia y mi carácter de anticristo, creí que Él iba a eliminarme y que todos mis esfuerzos eran en vano, así que decidí dejar la iglesia. Mi deseo de bendiciones, mis absurdas ambiciones y mi ignorancia me hicieron traicionar a Dios. Mi egoísmo me hacía ver únicamente la condenación de Dios y no comprendía Su deseo de salvar a la gente. En la Era de la Gracia, Dios tuvo infinita misericordia y tolerancia hacia la gente y redimió de pecado a toda la humanidad, pero los humanos estaban corrompidos a fondo por Satanás. El juicio y castigo severos de Dios eran lo único que podía transformar el carácter corrupto de la gente y salvarnos plenamente del dominio de Satanás. Yo era tan corrupto que me convertí en Satanás personificado y necesitaba este juicio y castigo severos de Dios para despertar. Como solo esta clase de obra podría hacerme ver la monstruosa estampa de mi corrupción a manos de Satanás, sería entonces cuando podría llegar a detestarme y a renunciar a él. Sin eso, seguiría creyéndome perfecto y amado por Dios y nunca buscaría la verdad ni haría introspección. Habría tomado la senda equivocada del anticristo hasta morir. Creía en Dios, pero no quería sufrir nada y quería que Dios me mimara, gozar de Su misericordia y Sus bendiciones por siempre como un bebé. Así, ¿cómo podría purificarme Dios alguna vez? Mi ignorancia y mi egoísmo me hicieron ciego al amor y la bendición de la obra del juicio de Dios, con lo que lo malinterpreté, me alejé de Él y lo traicioné. Pagué un alto precio por mi ignorancia y mi egoísmo. Una vez que comprendí la gran trascendencia de la obra del juicio de Dios, tenía confianza para seguirlo y experimentar Su obra otra vez, pues entendí que, tanto si la obra de Dios se ajustaba a mis nociones como si no, la llevaba a cabo para purificarme y transformar mi carácter corrupto; para salvarme plenamente del dominio de Satanás.

Después hice introspección por medio de la palabra de Dios. Leí un pasaje de Su palabra en concreto. “Los de naturaleza arrogante son capaces de desobedecer a Dios, de oponerse a Él, de cometer actos que lo juzgan y traicionan y de hacer cosas que los enaltecen a ellos mismos y son un intento de instaurar su propio reino. Imaginemos que varias decenas de miles de personas de un país aceptaran la obra de Dios, y la casa de Dios te enviara allí para guiar y pastorear a los escogidos de Dios. E imaginemos que la casa de Dios te concediera la autoridad y te permitiera trabajar por tu cuenta, sin Mi supervisión ni la de nadie. Pasados varios meses, te habrías convertido en una especie de gobernante soberano, todo el poder recaería en tus manos, llevarías la voz cantante, todos los escogidos te venerarían, te adorarían, te obedecerían como si fueras Dios; la mayoría incluso llegaría al punto de arrodillarse ante ti, de hacerte reverencias, de cantarte alabanzas con cada palabra, diciendo que predicas con lucidez y afirmando insistentemente que tus declaraciones eran lo que necesitaban y que supiste cubrir sus exigencias; todo ello sin jamás pronunciar la palabra ‘Dios’. ¿Cómo habrías llevado a cabo esta labor? Que esta gente fuera capaz de tener semejante reacción demostraría que en tu labor no dabas el más mínimo testimonio de Dios, sino únicamente testimonio y lucimiento de ti mismo. ¿Cómo pudiste lograr ese resultado? Algunos dicen: ‘Lo que yo comparto es la verdad; por supuesto, ¡nunca he dado testimonio de mí mismo!’. Esa actitud tuya, esa manera, es la de tratar de hablar con la gente desde la posición de Dios, no una actitud de permanecer en la posición de un ser humano corrupto. No dices más que palabras rimbombantes y exigencias a los demás; eso no guarda ninguna relación contigo. Por lo tanto, el resultado que conseguirías sería que la gente te idolatrara, envidiara y elogiara hasta finalmente tener conocimiento de ti, dar testimonio de ti, enaltecerte y ponerte por las nubes. Cuando eso sucediera, estarías acabado; ¡habrías fracasado! ¿No es esta la senda por la que vais vosotros ahora mismo? Si se te pide que guíes a unos miles o a decenas de miles de personas, te sentirás eufórico. Entonces darías lugar a la arrogancia, comenzarías a tratar de ocupar la posición de Dios en tus palabras y gestos y no sabrías qué ponerte, qué comer ni cómo caminar. Te regodearías en las comodidades de la vida, te sentirías elevado y no te dignarías reunirte con los hermanos y hermanas corrientes. Te convertirías en un completo degenerado; se te expondría y eliminaría, y serías abatido como el arcángel. Todos sois capaces de esto, ¿no es así?” (‘La naturaleza arrogante es la raíz de la oposición del hombre a Dios’ en “Discursos de Cristo de los últimos días”). Conforme meditaba las palabras de Dios, recordaba mi conducta. Desde que comencé en mis deberes, había ido inconscientemente por la senda del anticristo. Para procurarme un hueco en el corazón de mis hermanos y hermanas, en aras de un prestigio superior y más poder, me camuflaba con todo tipo de falsedades a fin de ganarme el respeto de mis hermanos y hermanas. Además, como me ascendían continuamente, me creía por encima de mis hermanos y hermanas, favorecido por Dios y predestinado por Él para dirigir a otros, así que me volví especialmente arrogante, hablaba a los demás con desprecio, quería que mis hermanos y hermanas me obedecieran y se sometieran a mí y guiaba a todos ante mí. En el deber no me centraba en buscar los principios de la verdad ni les pedía opiniones y sugerencias a mis hermanos y hermanas, pues no me parecían tan buenos como yo. En las reuniones, los criticaba y reprendía arbitrariamente delante de todos y exponía las anomalías y los errores en su deber, con lo que se sentían tan negativos que ya no querían cooperar conmigo. Asimismo, pedía a los demás que siguieran mi ejemplo y cumplieran con el deber como yo hacía las cosas, pero no guiaba a mis hermanos y hermanas en la búsqueda de los principios de la verdad. Sin la revelación de la palabra de Dios, no me creía arrogante, no consideraba un grave problema mi deseo y ambición por ir en pos del estatus ni me daba cuenta de que había emprendido la senda del anticristo. Si la palabra de Dios no hubiera expuesto mi verdadero yo, habría continuado siguiendo, obstinado, la senda del anticristo, haciendo cosas imperdonables, y al final me aniquilaría Dios.

Más tarde leí otro pasaje de la palabra de Dios. Dios dice: “Como una de las criaturas, el hombre debe mantener su propia posición y comportarse concienzudamente. Debes guardar con sumisión aquello que el Creador te ha confiado. No hagas nada fuera de lugar ni cosas más allá de tu capacidad o que le resulten aborrecibles a Dios. No trates de ser grandioso, ni de convertirte en un superhombre ni de estar por encima de los demás o de buscar convertirte en Dios. No es así como las personas deberían desear ser. Buscar ser grandioso o un superhombre es absurdo. Procurar convertirse en Dios es incluso más vergonzoso; es repugnante y despreciable. Lo que es elogiable, y a lo que las criaturas deberían aferrarse más que a cualquier otra cosa, es a convertirse en una verdadera criatura; este es el único objetivo que todas las personas deberían perseguir” (‘Dios mismo, el único I’ en “La Palabra manifestada en carne”). Tras leer las palabras de Dios, recapacité a fin de comprenderme. Me había considerado distinto, y sobre todo desde que llegara a líder y adquiriera estatus, mi naturaleza satánica se reveló aún más. Era arrogante y presumía. Quería que mis hermanos y hermanas me idolatraran y obedecieran. Dios me concedió dones y estatus y yo quería tener poder. ¡Qué vergonzoso e ignorante! Dios quería que fuera un auténtico ser creado, aceptara Su soberanía y provisión, cumpliera con el deber, llegara a conocerlo y diera testimonio de Él, pero Satanás me corrompió tan a fondo que perdí la razón de una persona normal y olvidé mi posición de ser creado. No quería comportarme como una persona normal, sino ser un superhombre, una persona extraordinaria, alguien respetado y admirado por la gente. En realidad tenía el mismo estatus que mis hermanos y hermanas. Solo porque Dios me hubiera concedido un don o talento especial o porque me hubiera encumbrado al puesto de líder, eso no significaba que mi estatus fuera superior al de mis hermanos y hermanas. Seguía siendo un ser creado. Estos dones y talentos me los había concedido Dios, así que no debería haber presumido. Debería haber centrado mis esfuerzos en cumplir bien con el deber y en convertirme en un ser creado cabal.

Una vez que comprendí estas cosas, tuve una senda de práctica y una sensación de alivio. Ahora quería volver rápido a la iglesia a continuar con mi deber. En esa ocasión, mi determinación de seguir a Dios y cumplir con el deber era más firme. Eliminé de la computadora y del teléfono todo lo que no estuviera relacionado con la fe en Dios y decidí dejar todo lo demás de lado y seguir a Dios. Días después, regresé a la iglesia. Pronto volví al deber de predicar el evangelio. ¡Gracias a Dios! Esta vez empecé de nuevo y cooperé conscientemente con mis hermanos y hermanas. Cada vez que me topaba con un problema, les pedía a mis hermanos y hermanas sus opiniones y sugerencias y les pedía que participaran. Ya no decidía por mi cuenta ni les imponía mis opiniones a mis hermanos y hermanas. En cambio, les daba consejos y trabajaba con ellos para hallar una buena senda de práctica. Además, ya no quería presumir para que me admiraran ni para tratar de controlarlos. Ya no quería poder. Por el contrario, aprendí a buscar los principios de la verdad con mis hermanos y hermanas. Al practicar de este modo, tenía una profunda sensación de paz, algo que nunca había sentido. Mi relación actual con mis hermanos y hermanas es mucho más sencilla y están dispuestos a cooperar conmigo. Le estoy muy agradecido a Dios por darme la oportunidad de volver a empezar. Creo de verdad que las palabras de Dios son lo único que puede transformar mi carácter arrogante y mi búsqueda de estatus. Solo a través de ellas puedo ocupar la posición de un ser creado, cooperar con mis hermanos y hermanas para cumplir bien con el deber y vivir con semejanza humana.

Con este juicio, castigo, poda y trato severos, experimenté el amor de Dios, comprendí un poco mis actitudes corruptas y tengo una idea clara de la obra de Dios, así como mayor fe en Él. Creo de verdad que el juicio y castigo de Dios no son para condenar y aniquilar a la gente, sino que, como dicen las palabras de Dios, “El castigo y el juicio de Dios son la luz, y la luz de la salvación del hombre, y no hay mejor bendición, gracia ni protección para el hombre” (‘Las experiencias de Pedro: su conocimiento del castigo y del juicio’ en “La Palabra manifestada en carne”). Mi naturaleza era demasiado arrogante, mi ambición, demasiado grande, y mis actitudes satánicas, demasiado graves, por lo que Dios tuvo que emplear un juicio y un castigo así de severos para purificarme, transformarme y guiarme hacia la senda correcta. ¡Doy gracias a Dios por salvarme!

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