Por fin me libré de la incomprensión

23 Oct 2022

Por Youxin, Corea del Sur

Hace unos años hacía videos en la iglesia. Hubo un tiempo en que no cumplía bien con el deber, y aplazaron temporalmente dos videos producidos por mí por problemas con sus ideas. Entonces estaba muy triste porque temía que mis hermanos y hermanas me despreciaran. Para demostrar mi competencia, me esforcé y dediqué unos días a planear otro video, pero, después de leer el plan, el líder señaló que el concepto era anticuado y poco claro. Tras debatirlo, a todos les pareció que no valía la pena seguir con el plan, por lo que se rechazó. Me sentía fracasada, en un estado negativo, y no tenía energía para mi deber. Días más tarde, la iglesia iba a elegir a un supervisor de producciones en video, y descubrí sin querer que unos hermanos y hermanas decían que yo tenía la mente confundida y poco despejada. Me desilusioné de inmediato y la cabeza me daba vueltas: “Según el líder, no pensaba con claridad, y según los hermanos y hermanas, tenía confusión mental. ¿Eso no quiere decir que soy una persona confundida? La gente confundida, ¿comprende la verdad y puede ser salvada por Dios? ¿Voy a ser descartada?”. La idea hizo que me sintiera muy negativa y atormentada, y quería huir de la situación.

Al día siguiente le lloré al líder: “Tengo muy poca aptitud y este deber es durísimo. Por favor, déjame cumplir con otro”. Mi líder me habló de esta manera: “Todos tenemos defectos y es inevitable que se produzcan reveses y fracasos en nuestro deber. Si hay problemas y anomalías, tenemos que recapacitar sobre ellos, buscar la verdad para resolverlos y seguir esforzándonos. Este deber no es necesariamente imposible para ti”. Sin embargo, en ese momento no lo comprendí y solo quería irme. Por ello, me marché malinterpretando a Dios y distanciada de mis hermanos y hermanas. Luego fui a predicar el evangelio. Después de un tiempo de arduo trabajo, cada vez era más eficaz en el deber y los hermanos y hermanas del grupo solían preguntarme cuando tenían dudas. Creía haber recuperado cierta confianza, estaba de buen humor todos los días y tenía energía para cumplir con el deber.

Pero inesperadamente, un año después, por necesidades de trabajo, el líder dispuso que yo volviera a hacer videos. Al principio era eficaz en el deber y nada me limitaba, pero luego, cuando la producción de videos requirió innovaciones, mi mentalidad estaba desfasada, siempre rechazaban mis planes y me hallé de nuevo en un estado negativo. Me catalogué como poco apta, confundida e incapaz para el deber. El líder del grupo veía que era relativamente pasiva en el deber y que no llevaba una carga, así que, con paciencia, me enseñaba la verdad, me sustentaba y ayudaba, y al final me dijo: “El hermano Yang y tú llevan más o menos el mismo tiempo haciendo videos. Él es muy serio, se le da bien estudiar y resumir y ha progresado en su deber. A ti no te va tan bien, por lo que has de esforzarte”. No obstante, me incomodó mucho oír aquello. Pensé: “Como me señalaste el problema de mi deber, lo cambiaré, ¿pero por qué me comparas con el hermano Yang? Tiene aptitud y una mente clara, y siempre ha sido alguien a quien cultivan. Yo no estoy centrada. No estoy al mismo nivel que él. No hay comparación”. Fui muy reacia a las sugerencias y la ayuda del líder del grupo y no hice introspección. Tras una semana aproximadamente, el líder del grupo descubrió que la hermana Zhou y yo no trabajábamos bien juntas, por lo que me dijo: “Eres compañera de la hermana Zhou. Ella es de mentalidad más flexible, y tus aptitudes técnicas, mejores, así que se complementan entre ustedes. Debes hablar más las cosas con ella, escuchar más sus opiniones y aprender de sus puntos fuertes. Así es como se progresa. Últimamente, los resultados de tus deberes no son buenos, y tus ideas para los videos todavía son anticuadas. ¿No crees que has de reflexionar al respecto?”. Me entristeció mucho que mi líder de grupo expusiera de esta forma mis problemas. Sentí que me despreciaba y desdeñaba. Señaló mis problemas unos días antes, y ahora, sin tiempo de recuperarme, me dejaba en evidencia. Cuanto más lo pensaba, peor me sentía, y lloré de frustración. No pude evitar manifestar algo que aún lamento a día de hoy. Dije: “En el grupo me siento superflua. No ayudo, pero me sigues manteniendo ahí”. En ese momento, el líder del grupo se sorprendió mucho: “¿Cómo puedes afirmar tal cosa? ¡Nadie te ve así! Hemos de buscar la verdad para resolver los problemas en el deber. No podemos ser negativos y resistirnos”. Sin embargo, hablara lo que hablara el líder del grupo, caía en saco roto. Sentía que estaba confundida, que Dios estaba disgustado conmigo, que mis hermanos y hermanas no me acogían y que era una figura marginal y desechable del grupo. Cuanto más lo pensaba, más ofendida me sentía, vivía en un estado de negatividad e incomprensión, mi relación con Dios era más distante, y mi confianza, cada vez menor. “Tengo poca aptitud” se convirtió en mi mantra.

Más tarde, al hacer un video con mi compañera, siempre que ella tenía una opinión distinta al debatirlo, yo cedía: “Tengo poca aptitud y mis ideas no son buenas. Como tú ves el problema con precisión, sigue tus ideas”. Entonces eliminaba mi propia propuesta. Mi compañera se ponía nerviosa con esto: “¿Por qué la eliminaste? Tengo muchos defectos y tampoco veo necesariamente los problemas con precisión”. Luego vino a hablarme de su estado. Según ella, tenía un carácter arrogante en su trabajo conmigo, me despreciaba un poco y tenía que hacer introspección. Tras oír aquello, yo aparentaba calma, pero me sentía muy atormentada y no quería hablar con ella en profundidad, por lo que me obligué a decir: “Se te puede perdonar que muestres arrogancia. ¿A quién no, si cumple con el deber con alguien de poca aptitud como yo? Si yo fuera tú, haría lo mismo”. En ese momento se sintió perpleja y no supo qué responderme. Por tanto, yo vivía en un estado de negatividad e incomprensión. Estaba atormentada y sufría por dentro y me resultaba muy difícil cumplir con el deber, sobre todo tras terminar un video, cuando teníamos que explicar la idea que había detrás y pedir a todos que lo comentaran. Yo rara vez hablaba y no me atrevía a participar en los debates, así que en esas ocasiones la dejaba resolverlo. Esos días, mi estado era malísimo. Cuando no podía dormir por la noche, pensaba: “¿Por qué siempre me reprimo en el deber y no tengo confianza? ¿Por qué siempre tengo miedo de que me desprecien? ¿Por qué la vida es para mí un tormento así?”. No quería seguir así de deprimida. Quería vivir en un estado positivo como otra gente y poder cumplir con el deber con normalidad, pero no podía despojarme de este estado negativo. Solo podía clamar a Dios para que me salvara y ayudara a escapar de este apuro.

No mucho después, en una reunión oí leer al líder un pasaje de las palabras de Dios que me hizo comprender mi problema y cambiar de estado. Dios dice: “Cuando las personas se alejan de Dios, cuando viven en un estado en el que lo malinterpretan o se resisten, se oponen y discuten con Él, entonces han dejado totalmente el cuidado y la protección de Dios, se han alejado completamente de la luz de la presencia de Dios. Cuando las personas viven en un estado semejante, no pueden evitar vivir según sus propios sentimientos. Algún pequeño pensamiento puede perturbarte de tal manera que no puedas comer o dormir, un comentario descuidado de alguien puede sumirte en la duda y el desconcierto, incluso una simple pesadilla puede volverte negativo y hacer que malinterpretes a Dios. Una vez que este tipo de círculo vicioso se ha formado, la gente piensa que se acabó para ellos, que no tienen esperanza, que Dios no los ama, que han sido abandonados por Dios, que Él no los va a salvar. Cuanto más piensen de esta manera, y más tengan esos sentimientos, más se hundirán en la negatividad. La verdadera razón por la que las personas tienen estos sentimientos es que no buscan la verdad ni practican según los principios de la verdad. Y, además, cuando les sucede algo, las personas no buscan la verdad ni la practican, porque siempre siguen su propio camino y viven según sus propios planes mezquinos, pasándose los días comparándose con los demás y compitiendo contra ellos, envidiando y odiando a cualquiera que sea mejor que ellos, y burlándose y mofándose de quien creen inferior a ellos, viviendo en el carácter de Satanás, sin hacer las cosas según los principios de la verdad. Esto acaba conduciendo a toda clase de engaños, especulaciones y juicios, y se vuelven perpetuamente angustiados y no aceptan los consejos de nadie. ¿Acaso no es por su propia culpa? Solo las personas pueden cargarse de un fruto tan amargo, y realmente se lo merecen. ¿Cuál es la causa de todo esto? Las personas no buscan la verdad, actúan de acuerdo con sus propias inclinaciones, siempre están presumiendo y comparándose con los demás, le exigen a Dios cosas irrazonables, siempre están tratando de sobresalir y cosas de ese estilo; todo esto hace que las personas se alejen de Dios una y otra vez, que se opongan a Él y desafíen la verdad una y otra vez. En última instancia, se sumergen en la oscuridad y la negatividad. Y en esos momentos, es imposible que las personas tengan una comprensión pura de las cosas que les suceden, es imposible que tengan la actitud correcta hacia esas cosas; en su lugar, se quejan de Dios, lo malinterpretan, tratan de cuestionarlo. Cuando esto sucede, las personas se dan cuenta de que están en problemas, por lo que determinan que se oponen a Dios, y no pueden evitar sumirse en la negatividad, incapaces de salir de ella. Lo que creen es: ‘Dios no me quiere, Dios no me ama, soy demasiado rebelde, yo me hice esto a mí mismo, Dios ya no me salvará’. Ellos determinan que las dudas en su corazón son un hecho, y no importa quién comunique con ellos y trate de explicarlo, no sirve de nada. Lo que creen es: ‘Todo esto son hechos, todo es verdad, Dios no me bendecirá, no me salvará, así que ¿de qué sirve creer en Dios?’. Cuando la senda de su creencia en Dios ha llegado a este punto, ¿sigue la gente siendo capaz de creer? No. ¿Por qué ya no pueden continuar? Esto es un hecho. Cuando la negatividad de las personas llega a cierto punto, cuando sus corazones están llenos de oposición y quejas, y desean cortar todo contacto con Dios, entonces ya no es tan simple como que no teman a Dios, no lo obedezcan, no amen la verdad y no la acepten. ¿Qué es lo que ocurre en vez de eso? En su corazón, han tomado su propia decisión de renunciar a la fe en Dios. Piensan que es vergonzoso esperar pasivamente a ser expulsados, que hay más dignidad en renunciar voluntariamente, y por eso toman la iniciativa y terminan las cosas por sí mismos. Repudian la fe en Dios por ser mala, repudian la verdad por ser incapaz de cambiar a las personas y repudian a Dios por ser injusto, al tiempo que preguntan, agraviados, por qué Dios no los salvó: ‘Hice muchos sacrificios, fui muy sincero, trabajé muy duro, sufrí y me esforcé mucho más que los demás, y aun así Dios no me bendijo. Ahora me doy cuenta de que no le gusto a Dios, que Dios no es imparcial’. Tienen el descaro de convertir sus dudas sobre Dios en una condena y una blasfemia de Dios. Cuando esas cosas toman forma, ¿pueden estas personas continuar en la senda de la fe en Dios? Han sido abandonados por rebelarse contra Dios y oponerse a Él, y por no aceptar la verdad ni reflexionar sobre sí mismos en absoluto” (La Palabra, Vol. V. Las responsabilidades de los líderes y obreros). Cada palabra de Dios parecía un recordatorio, un análisis, o incluso una advertencia para mí, sobre todo cuando Dios decía: “La verdadera razón por la que las personas tienen estos sentimientos es que no buscan la verdad ni practican según los principios de la verdad”. Al pensar en estas palabras, empecé a hacer introspección y por fin descubrí que, tras todo este tiempo, nunca buscaba la verdad ante estas situaciones, por no hablar de que no practicaba según los principios de la verdad. Vivía totalmente inmersa en mi imaginación y la especulación. Recordé que, cuando fracasé reiteradamente en la creación de videos y supe que los hermanos y hermanas comentaban que tenía confusión mental, no reflexioné acerca de mis problemas, sino que opté por huir y vivir en la negatividad y malinterpretando. Cuando comencé de nuevo a hacer videos, no aprendí de mis fracasos previos, sino que cumplía con el deber con una mentalidad pasiva y defensiva. Cuando el líder del grupo halagaba a otros y luego señalaba los problemas de mi deber, estaba todavía más negativa. Creía tener poca aptitud y estaba confundida. Sospechaba que mis hermanos y hermanas me despreciaban y malinterpretaba aún más a Dios, lo que acarreaba más dolor y tinieblas en mi interior y me volvía ineficaz en el deber. Me reprimía en todo y me sentía muy limitada. Fue entonces cuando vi claro que las personas y cosas de mi entorno no tenían ningún problema y que no era que Dios no me tratara favorablemente. Yo no buscaba la verdad y siempre me resistía, me alejaba y me resentía por ser tratada y podada. Dado que mi desobediencia y resistencia a Dios eran excesivas, caí en las tinieblas y el dolor y mi relación con Dios se distanció más. ¿Quién sino yo tenía la culpa de no cumplir bien con mi deber? Por fin entendí lo que significaba “reprimirse”. Vi clara otra cosa: aunque creía en Dios, renunciaba a mí misma y me esforzaba, realmente no aceptaba la verdad ni reconocía que la verdad expresada por Dios puede salvar a la gente. Cuando tenía fracasos y reveses en el deber, me resistía, actuaba de forma irracional y me calificaba de poco apta. Hasta creía que Dios no salva a gente como yo. A menudo estaba insatisfecha, y me creía capaz de soportar la dificultad y de sacrificarme en el deber; no sufría menos que otros. Entonces, ¿por qué siempre se revelaba que se me daba tan mal? ¿Por qué no tenía Dios misericordia de mí? ¿No estaba negando yo la justicia de Dios? ¡Era una blasfemia! Cuanto más reflexionaba, más miedo tenía. Mi estado me parecía demasiado peligroso. Si no cambiaba las cosas y me arrepentía sinceramente, ¡seguro que Dios me descartaría! Cada estado del análisis de Dios me llegó al corazón. Ante la gravedad de mi problema, lloré mucho. Me odié por no buscar la verdad, por no aceptar las palabras de Dios y por perjudicarme a mí misma. Hondamente arrepentida, oré a Dios: “Dios mío, no quiero seguir siendo tan rebelde y terca ni vivir malinterpretándote o lastimando Tu corazón otra vez. ¡Quiero arrepentirme!”.

Luego, el líder y el líder del grupo vinieron a hablar conmigo. Expusieron y señalaron mi tendencia a la negatividad y me leyeron la palabra de Dios. Me emocioné mucho. “En cada etapa, ya sea cuando Dios te disciplina o te castiga, o cuando te recuerda y te exhorta, mientras haya un conflicto entre ti y Dios, si no cambias de rumbo y sigues aferrado a tus propias ideas, puntos de vista y actitudes, entonces aunque tus pasos se encaminen hacia adelante, el conflicto entre ti y Dios, tus malentendidos y resentimiento hacia Él, y tu rebeldía no serán rectificados, y, si no das un giro, entonces Dios, por Su parte, te descartará. Aunque no has dejado de cumplir con el deber pertinente, y todavía te atienes a tu deber y conservas un poco de lealtad por lo que Dios te ha encargado, y la gente considera esto aceptable, la disputa que hay entre Dios y tú ha formado un enredo permanente. No has utilizado la verdad para resolver esa disputa y obtener una verdadera comprensión de la voluntad de Dios. En consecuencia, tu malentendido de Dios se vuelve más profundo. Siempre piensas que Dios está equivocado y que te están tratando injustamente, lo que significa que no has cambiado de rumbo. Tu rebeldía, tus nociones y tu malentendido de Dios aún persisten, lo que te lleva a tener una actitud desobediente, a ser siempre rebelde y a oponerte a Dios. ¿No es este tipo de persona alguien que se rebela contra Dios, se opone a Él y se niega tercamente a arrepentirse? ¿Por qué Dios le da tanta importancia a que la gente cambie de rumbo? ¿Con qué actitud debería un ser creado considerar al Creador? Con la de reconocer que el Creador tiene razón, haga lo que haga. Si no reconoces esto —que el Creador es la verdad, el camino y la vida—, estas no serán más que palabras huecas para ti. Si tal es el caso, ¿puedes todavía alcanzar la salvación? Desde luego que no. No estarás cualificado; Dios no salva a gente como tú. […] Dando un giro y dejando de lado tus ideas e intenciones; una vez tengas esta intención, la tuya será naturalmente también una actitud de sumisión. Sin embargo, para hablar con mayor precisión, esto se refiere a las personas que dan un giro en su actitud hacia Dios, el Creador; es un reconocimiento y afirmación del hecho de que el Creador es la verdad, el camino y la vida. Si puedes cambiar, esto demuestra que puedes dejar de lado aquellas cosas que crees que son correctas, o las que la humanidad, que es corrupta, piensa colectivamente que son correctas; y, en cambio, estás reconociendo que las palabras de Dios son la verdad y cosas positivas. Si puedes tener esta actitud, demuestras tu reconocimiento de la identidad del Creador y de Su esencia. Así es como Dios ve el asunto, y por lo tanto Él lo considera especialmente importante” (La Palabra, Vol. III. Discursos de Cristo de los últimos días. Solo si se corrigen las propias nociones es posible emprender el buen camino de la fe en Dios (3)). Al meditar la palabra de Dios, entendí por qué es tan importante para Él que la gente cambie. En Su obra para salvarla, no importa cuánto pueda trabajar una persona ni cuánto sufrimiento pueda soportar. En lo que se fija Dios es en el corazón de la gente. Dios se fija en si la gente cree que lo que Él hace está bien, en si admite que Él es la verdad, el camino y la vida, y en si lo obedece. Si una persona revela mucha corrupción y hace cosas contrarias a la verdad, pero jamás reflexiona sobre sus problemas ni la acepta y siempre alberga incomprensión hacia Dios, aunque aparentemente pueda soportar el sufrimiento y sacrificarse, para Dios sigue resistiéndose a Él y traicionándolo. Al final, toda esa gente será descartada y no se podrá salvar. Pensé en cómo, a lo largo de los años, siempre había malinterpretado a Dios y tenía mis reservas sobre Él, pero nunca resolví estos problemas. Tan solo me insensibilizaba ocupándome del deber. Cuando se expusieron los problemas de mi deber y se reveló que yo tenía muchos defectos, y eso hirió mi ego, me califiqué instintivamente con términos negativos y llegué a pronunciar palabras de queja e incomprensión hacia Dios. Con el tiempo, aumentó el resentimiento en mi corazón. se profundizó mi distancia respecto a Dios y mi estado ni hizo más que empeorar. No pude evitar preguntarme: “Aunque estoy ocupada a diario con el deber y jamás he hecho nada realmente malvado, mi corazón está lejos de Dios y yo siempre lo estoy apartando y malinterpretando. ¿Cómo podrían calificarme de creyente en Dios? ¿Daría Dios Su visto bueno a una fe como esta? A menudo vivía en la incomprensión y la negatividad y nunca sentía liberación. Incluso mientras cumplía con el deber, me costaba recibir la obra del Espíritu Santo. Únicamente podía ir tirando confiando en mi experiencia previa. ¿Cómo podría madurar así? ¿Qué podía ganar creyendo de este modo?”. Fue entonces cuando comprendí de manera clara la importancia de despojarse de la incomprensión hacia Dios ¡y de tener un corazón sinceramente arrepentido! En esos tres años, nunca pude olvidar el comentario de mis hermanos y hermanas de que no tenía la mente despejada. Nunca había buscado la verdad en esta materia ni hecho introspección según la palabra de Dios. Ahora sabía que tenía que buscar la verdad para resolver este problema.

Así, busqué fragmentos pertinentes de la palabra de Dios. Las palabras de Dios dicen: “Cuando Dios te llama necio, no te está pidiendo que aceptes cualquier declaración o palabra o definición, sino que entiendas la verdad que hay encerrada en ello. Entonces, cuando Dios llama a alguien necio, ¿qué verdad encierra? Todo el mundo entiende el significado superficial de la palabra ‘necio’. Sin embargo, la mayoría de las veces la gente no tiene claras cuáles son las manifestaciones y el carácter de un necio, qué cosas de las que hace la gente son necias y cuáles no, por qué Dios expone a la gente de esta manera, si los necios pueden o no presentarse ante Dios, si los necios son o no capaces de actuar según los principios, si son o no capaces de entender lo que es correcto y lo que es incorrecto, si son o no capaces de discernir lo que Dios ama y lo que desprecia. Todas estas cosas les resultan ambiguas y mal definidas, totalmente inapreciables. Por ejemplo, la mayoría de las veces la gente no sabe (no lo tiene claro) si hacer algo de cierta manera supone simplemente seguir las reglas o practicar la verdad. Tampoco saben, y no les queda claro, si Dios ama o desprecia alguna cosa. No saben si practicar de cierta manera es imponer restricciones a las personas, o bien comunicar la verdad y ayudar a las personas como algo normal. No saben si los principios que subyacen a su forma de actuar con la gente son correctos, si están tratando de crearse aliados o de ayudar a la gente. No saben si actuar de una manera determinada es atenerse a los principios y mantenerse firme en su posición, o bien alardear. Cuando no tienen otra cosa que hacer, a algunas personas les gusta mirarse al espejo; no saben si esto es narcisismo y vanidad o si es algo normal. Algunas personas tienen mal genio y son un poco raras; ¿tienen idea de si eso está relacionado con tener un mal carácter? La gente ni siquiera puede diferenciar entre estas cosas que se ven habitualmente, que se encuentran con frecuencia, y aun así dicen que han ganado mucho creyendo en Dios. ¿Acaso no es esto una tontería? Entonces, ¿podéis aceptar que os llamen necios? (Sí). […] ¿Y queréis ser necios toda vuestra vida? (No). Nadie quiere ser un necio. De hecho, semejante comunicación y análisis no es para que trates de clasificarte como necio; no importa cómo te defina Dios, da igual lo que revele sobre ti, cómo te juzgue y castigue, cómo te trate y pode, el objetivo final es permitirte escapar de esos estados, comprender la verdad, obtenerla y tratar de no ser un necio. Entonces, ¿qué debes hacer si no deseas ser un necio? Debes buscar la verdad. En primer lugar, debes saber en qué asuntos eres un necio, en cuáles estás siempre predicando doctrina, siempre divagando en la teoría y en las palabras de la doctrina, con los ojos desorbitados cuando te enfrentas a los hechos. Cuando resuelvas estos problemas y tengas claro cada aspecto de la verdad, tendrás menos ocasiones de ser necio. Cuando tienes un entendimiento claro de cada verdad, cuando no estás atado de pies y manos en todo lo que haces, cuando no estás frenado o restringido; cuando, una vez que algo te sucede, eres capaz de encontrar los principios correctos para practicar y eres realmente capaz de actuar de acuerdo con los principios después de orar a Dios, buscar la verdad o encontrar a alguien con quien comunicar, entonces ya no serás un necio. Si tienes algo claro y eres capaz de practicar correctamente la verdad, entonces no serás un necio cuando se trate de tal cosa. A la gente le basta con entender la verdad para que su corazón se esclarezca naturalmente” (La Palabra, Vol. III. Discursos de Cristo de los últimos días. Seis indicadores de crecimiento vital). Dios explica muy claramente la conducta de la gente confundida. La gente confundida tiene mala cabeza y es poco clara en todo lo que hace. No tiene una postura ni unos principios, no sabe qué agrada a Dios ni qué aborrece y le falta discernimiento de las personas y circunstancias. No ve claros sus propios defectos ni la corrupción que revela. Cuando suceden las cosas, no distingue el bien del mal, y no tiene principios ni una senda de práctica. Al compararme con las palabras de Dios, afloraron en mi mente escenas anteriores de mi deber. Solo me centraba en esforzarme, pero nunca en leer las palabras de Dios, ni tampoco buscaba los principios de la verdad. Cuando mis hermanos y hermanas me hacían sugerencias de edición de videos, no les daba mucha importancia. A veces ni siquiera entendía qué querían decir, y hacía las cosas a ciegas mientras pensaba que el sufrimiento era lealtad a Dios. Revelaba mucha corrupción y muchos defectos en el deber, pero no me presentaba ante Dios a buscar la verdad y resolver el problema. Por el contrario, viví durante años en un estado negativo y era especialmente insensible. No veía la gravedad de mi problema ni lo peligroso de continuar así. Cada día, siempre estaba confundida e iba tirando. ¿No son todas estas conductas propias de alguien confundido? Comprendí entonces que era cierto lo que decían de mí mis hermanos y hermanas. Sin embargo, me negaba a admitirlo. Sospechaba que todos me despreciaban y sentía prejuicios y distanciamiento respecto a ellos. ¡Realmente no debería haber hecho eso! Durante todos esos años, mis hermanos y hermanas solían sustentarme y ayudarme, y jamás me despreciaron. Yo era la aberrante, la irracional y la que no aceptaba la verdad. Al pensarlo, por fin pude soltar el pasado. Me odié profundamente por estar tan confundida y no buscar la verdad. Me desprecié por ser tan aberrante e irracional.

Una vez que me percaté de que estaba confundida, recordé que también solía definirme como alguien de poca aptitud. Era otro problema que debía resolver buscando la verdad. Después leí un pasaje de las palabras de Dios. “Si Dios te hizo necio, entonces tu necedad tiene sentido; si te hizo brillante, entonces tu brillantez tiene sentido. Cualquiera que sea la destreza que Dios te conceda, cualquiera que sean tus puntos fuertes, sea cual sea tu coeficiente intelectual, todo tiene un propósito para Dios. Todas estas cosas fueron predestinadas por Dios. Él ordenó hace mucho tiempo el papel que desempeñas en tu vida, el deber que cumples. Algunas personas se dan cuenta de que otros tienen experiencia que ellas no tienen y están insatisfechas. Quieren cambiar las cosas aprendiendo más, viendo más y siendo más aplicados. Pero lo que pueden lograr con su diligencia tiene un límite y no pueden superar a los que tienen dones y experiencia. Por mucho que te esfuerces, es inútil. Dios ha ordenado lo que vas a ser y nadie puede hacer nada por cambiarlo. Debes esforzarte en aquello en lo que seas bueno. Sea cual sea el deber para el que eres apto, ese es el que debes realizar. No trates de meterte a la fuerza en campos ajenos a tus habilidades y no envidies a los demás. Cada uno tiene su función. No pienses que puedes hacerlo todo bien, o que eres más perfecto o mejor que los demás, ni desees reemplazar a otros y jactarte. Ese es un carácter corrupto. Hay quienes piensan que no saben hacer nada bien y que no tienen ninguna habilidad. Si ese es el caso, limítate a ser una persona que escuche y obedezca de manera sensata. Haz lo que puedas y hazlo bien, con todas tus fuerzas. Con eso es suficiente. Dios quedará satisfecho. No pienses siempre en sobrepasar a los demás, en hacerlo todo mejor que el resto y destacar entre la multitud en todas las cosas. ¿Qué clase de carácter es ese? (Un carácter arrogante). La gente siempre tiene un carácter arrogante, e incluso si quiere luchar por la verdad y satisfacer a Dios, se queda corta. Les controla un carácter arrogante que les desvía con facilidad. Por ejemplo, hay algunas personas que siempre quieren alardear al expresar sus buenas intenciones en lugar de las exigencias de Dios. ¿Elogiaría Dios esa clase de expresión de buenas intenciones? Para tener en cuenta la voluntad de Dios, hay que seguir los requisitos de Dios, y para cumplir con el deber, hay que someterse a los arreglos de Dios. Las personas que expresan buenas intenciones no tienen en cuenta la voluntad de Dios, sino que siempre están tratando de utilizar nuevos trucos y de hablar con palabras rimbombantes. Él no te pide que seas considerado de esta manera. Algunas personas dicen que eso es ser competitivo. En sí mismo, ser competitivo es algo negativo. Es una revelación, una manifestación del carácter arrogante de Satanás. Cuando tienes tal carácter, siempre estás tratando de reprimir a los demás, de superarlos, siempre compites, siempre intentas aprovecharte de los demás. Eres muy envidioso, no obedeces a nadie y siempre estás tratando de destacar. Eso es un problema; así es como actúa Satanás. Si deseas realmente ser una criatura de Dios aceptable, entonces no persigas tus propios sueños. Tratar de ser superior y más capaz de lo que eres con el fin de conseguir tus objetivos es malo; deberías obedecer las orquestaciones y arreglos de Dios, y no aspirar a más de lo que mereces, solo eso demuestra razón” (La Palabra, Vol. III. Discursos de Cristo de los últimos días. Los principios que deben guiar el comportamiento de una persona). ¡Qué claras las palabras de Dios! ¿Por qué no paraba de decir que tenía poca aptitud? Porque, de hecho, mi naturaleza era muy arrogante. Siempre tenía ambiciones y deseos, quería estar por encima de los demás, y, cuando no podía, me volvía negativa y aberrante y me calificaba a mí misma. Mi deseo de reputación y estatus era demasiado fuerte. En cualquier grupo tenía miedo de ser despreciada, y siempre quería admiración. Sin embargo, en realidad estaban asomando muchos de mis problemas y defectos. Y cuando experimentaba el trato, la poda, reveses y fracasos, creía dañada mi imagen y desacreditada mi reputación. No sabía afrontarlo correctamente y creía que tenía muy poca aptitud y que estaba demasiado confundida. También solía compararme con los demás. Al ver que otros del grupo tenían puntos fuertes y eran más aptos que yo, me sentía carente de talento y mediocre. Como no aceptaba esta realidad, siempre me sentía deprimida e inferior. Fue entonces cuando comprendí que lo que quería era prestigio y estatus, por lo que comparaba mi aptitud y mis dotes con las de otros y siempre aspiraba a ser admirada. Mi carácter satánico era gravísimo. Las dotes y la aptitud no son la clave para determinar si alguien puede cumplir bien su deber. Que otros nos aprecien e idolatren no garantiza la salvación. Dios jamás dijo tal cosa. Dios quiere que tengamos humanidad y seamos razonables, que busquemos la verdad de forma realista, corrijamos nuestro carácter corrupto y vivamos con semejanza humana. Esto es lo que exige Dios a la gente. Recordé lo que señala Dios: “No importa si Yo digo que sois atrasados o de un bajo calibre, es un hecho. Esto que afirmo no demuestra que Yo pretenda abandonaros, que haya perdido la esperanza en vosotros, y mucho menos que no esté dispuesto a salvaros. Hoy he venido a hacer la obra de vuestra salvación, y esto quiere decir que la obra que hago es la continuación de la obra de salvación. Cada persona tiene la oportunidad de ser hecha perfecta: siempre y cuando estés dispuesto y busques, al final podrás alcanzar este resultado, y ninguno de vosotros será abandonado” (La Palabra, Vol. I. La aparición y obra de Dios. Restaurar la vida normal del hombre y llevarlo a un destino maravilloso). Las palabras de Dios son muy claras. Aunque Dios afirme que la gente tiene poca aptitud y revele que está confundida, lo hace únicamente para que vea sus problemas y conozca sus defectos, de modo que pueda buscar la verdad, transformarse y madurar en la vida. Puede que tengamos poca aptitud, pero siempre que amemos y busquemos la verdad y nos esforcemos por cumplir las exigencias de Dios, Él tendrá misericordia y nos bendecirá. No obstante, si tenemos aptitud, pero no buscamos la verdad, seremos revelados y descartados. La realidad era que yo tenía poca aptitud y a menudo estaba confundida, pero Dios nunca dijo que no me salvaría ni que me descartaría por ello. Siguió dándome oportunidades de cumplir mi deber. Debía buscar la verdad, progresar de forma activa, compensar mis defectos y mejorar mi aptitud.

Posteriormente, cuando sucedía algo, me centraba en buscar la verdad y, fueran cuales fueran las circunstancias, se tratara del trato y la poda o de reveses y fracasos, sabía obedecer y buscar los principios de la verdad. Al experimentar así, sentía muy rápidamente la presencia de Dios y notaba mi mente más despejada. Cuando mis hermanos y hermanas debatían ideas para los videos, ya no me refrenaba. A veces, las que yo expresaba estaban equivocadas o mis hermanos y hermanas me daban sugerencias, pero sabía afrontarlo correctamente y estaba más tranquila al respecto. En esa época me sentía muy cerca de Dios. Notaba a Dios a mi lado, dándome confianza y fortaleza. Aunque había muchas dificultades en mi deber, a base de buscar la voluntad de Dios en oración, de ampararme en Él y de cooperar con mis hermanos y hermanas, al final se resolvieron algunos problemas y, además, mejoró la eficacia de mi deber. Doy gracias a Dios de todo corazón por salvarme.

Ahora que me acuerdo de cuando malinterpretaba a Dios y estaba distanciada de Él, siento un hondo pesar. Más adelante, leí otro pasaje de las palabras de Dios y me emocioné mucho. “No quiero ver a nadie con la sensación de que Dios lo ha dejado al margen, de que Dios lo ha abandonado o le ha dado la espalda. Lo único que quiero es veros a todos en el camino de la búsqueda de la verdad y buscando entender a Dios, marchando osadamente hacia adelante con determinación inquebrantable, sin ningún tipo de dudas o cargas. No importa qué errores hayas cometido, no importa lo lejos que te hayas desviado o cuán gravemente hayas transgredido, no dejes que se conviertan en cargas o en un exceso de equipaje que tengas que llevar contigo en tu búsqueda de entender a Dios. Continúa marchando hacia adelante. En todo momento, Dios tiene la salvación del hombre en Su corazón; eso nunca cambia. Esta es la parte más preciosa de la esencia de Dios” (La Palabra, Vol. II. Sobre conocer a Dios. Dios mismo, el único VI). Durante mis años de fe en Dios decía que Él amaba a la gente, pero no conocía realmente Su amor. Esta experiencia me dio cierta comprensión y percepción reales del amor de Dios. Aunque mi corazón estaba endurecido y era rebelde, Dios dispuso unos ambientes para que los experimentara. Esperó a que cambiara, me despertó con Sus palabras y, con Su guía, pude salir de mi estado de negatividad e incomprensión. ¡Qué sincero y hermoso el deseo de Dios de salvar a la gente! Le estoy muy agradecida a Dios y no quiero sino buscar bien la verdad, cumplir bien con el deber y retribuirle Su amor.

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