El daño que hice por alardear

7 Feb 2021

Por Ruoyu, España

Hace unos años estaba en el deber de riego con unos hermanos y hermanas de edad similar. Eran muy entusiastas y responsables. A menudo los elogiaban, así que los admiraba mucho. Esperaba ser como ellos y admirada por los demás algún día. Más adelante me trasladaron a otra iglesia. Poco después declararon como falso a un líder de allí, lo relevaron por no hacer ningún trabajo práctico y me eligieron a mí líder de la iglesia en su lugar. Los hermanos y hermanas que me conocían me animaban diciéndome: “Dios te está encumbrando, has de valorarlo”. Sabía que este deber sería una gran responsabilidad y creía que sería una buena ocasión de demostrar mis cualidades. Si lo hacía bien, me admirarían los hermanos y hermanas. Decidí para mis adentros hacer mis mejores esfuerzos por cumplir bien con este deber.

En las reuniones de grupo posteriores analicé cómo el líder anterior no había hecho ningún trabajo práctico y solía hablar negativamente, y todos estaban muy enojados con él. Ante esto, con frecuencia tenía que recordarme que ahora los hermanos y hermanas sabían distinguir a los falsos líderes y esperaban que yo hiciera un trabajo práctico. Tenía que trabajar mucho y luchar por ganarme su aprobación. Como líder de la iglesia, tenía que ser la más activa dentro de ella, estar dispuesta a sufrir más que el resto y, además, ser capaz de sacrificarme más que nadie. Debía tener más fe que los demás cuando llegaran las pruebas y no volverme negativa en ese momento. Tenía que ser mejor que nadie en la iglesia en todos los sentidos para que todos me pusieran constantemente por las nubes. Dominada por esos pensamientos, todos los días me mantenía ocupada con las reuniones de grupo y trasnochaba. A veces, charlando con los demás, dejaba que se me escapara lo ocupada que estaba con el trabajo de la iglesia y lo mucho que trasnochaba. Al oírlo me creían muy responsable y dispuestísima a sufrir, y siempre me decían que me cuidara. También me regalaban golosinas y bebidas traídas de casa. Cuando alguno se hallaba en un estado adverso, acudía corriendo a ayudarlo hiciera el tiempo que hiciera. En las reuniones les hablaba a los hermanos y hermanas de fulano de tal, que estuvo negativo mucho tiempo, pero volvió a ser positivo cuando hablé con él. Entonces todos pensaban que era muy cariñosa y paciente pese a mi juventud. Para encargarme del trabajo de la iglesia, en cuanto aparecía un posible converso, corría a pedirle al diácono de evangelización que hablara con él, y en ocasiones hasta iba yo a darle testimonio. La labor evangelizadora comenzó a progresar y, en una reunión, les dije a los demás: “¿Ven? Nuestra labor evangelizadora no era muy buena antes, pero, ahora, todos los meses hay gente que acepta la obra de Dios. Tenemos que esforzarnos aún más”. Los hermanos y hermanas creyeron entonces que desde mi llegada me había ocupado de la labor evangelizadora, y me admiraron e idolatraron todavía más. Cuando compartía mis experiencias en las reuniones, hacía un enorme hincapié en algunos ejemplos de entradas positivas. Tenía miedo de que, si hablaba demasiado de mi corrupción, los demás pensaran que era frágil cuando surgían problemas y que tenía poca estatura, y temía que dejaran de admirarme. Por eso tendía a hablar muy poco de lo negativa o débil que estaba o de cómo revelaba mi corrupción. En cuanto a cómo buscaba la verdad, practicaba las palabras de Dios, cumplía con el deber con fe y percibía la guía de Dios, hablaba bien claro para relatar hasta el último detalle. Como les enseñé así mucho tiempo, los demás creían que era una excelente buscadora de la verdad y que siempre sabía hallar la senda de práctica. Recurrían a mí para hablar cuando tenían dificultades.

Poco después empezó a progresar el conjunto de la labor de la iglesia. Aumentó la fe de las personas y cada vez más querían cumplir con el deber. En vista del éxito, me creí aún más el pilar de la iglesia. Caminaba recta y hablaba más enérgicamente allá donde iba. Creía estar haciéndolo bien como líder de la iglesia y que mi puesto era muy merecido. Siempre tomaba la iniciativa cuando trabajaba con otros. Alardeaba como si fuera mejor que ellos para que me admiraran e hicieran lo que les mandara. En cierta ocasión teníamos que alquilar una casa para reunirnos. Un diácono y un hermano compañero mío de trabajo fueron a mirar la casa. Pensé: “Debería tener la última palabra en algo tan importante. No pueden darle el visto bueno sin que yo ni siquiera la haya visto”. En realidad, en el fondo sabía que este hermano era mayor y tenía más experiencia que yo y que sabía mejor que yo si la casa era adecuada o no. Sin embargo, me devané los sesos para tratar de demostrar lo lista que era: “¿Qué más detalles y asuntos debemos examinar al alquilar una casa?”. Así pues, planteé algunas cuestiones y les mandé ir a indagar más cosas. Al final resultó que aquella casa tenía ciertos problemas y, cuando los descubrieron mis colaboradores, dijeron: “Estamos muy avergonzados. Aunque mayores que tú, no examinamos las cosas igual de bien”. Me sentí muy satisfecha de mí misma al oír esto. Desde entonces todos vinieron a mí en busca de respuestas y a conversar. Con el paso del tiempo, aquellos con quienes trabajaba se volvieron algo pasivos y esperaban que diera mi opinión en todo. Empezaron a depender cada vez más de mí.

Poco a poco descubrí que tenía más prestigio entre los colaboradores y debía opinar de todos los asuntos, grandes o pequeños, de la iglesia. Los hermanos y hermanas esperaban que les hablara en cada dificultad. Me sentía indispensable en la iglesia y a menudo muy autocomplaciente. A veces pensaba que la desventura les llega a aquellos a quienes se admira e, incómoda, me preguntaba: “Si todos me admiran tanto, ¿me habré descarriado?”. Sin embargo, luego reflexionaba: “Soy líder. Los hermanos y hermanas deben acudir a mí con sus problemas. Y tienen algunos problemas que les puedo ayudar a resolver. ¡Normal que dependan de mí! ¿A quién no le gusta estar con alguien que lo ayude?”. Por tanto, ignoré las reprensiones y advertencias del Espíritu Santo y no analicé mi estado ni la senda por la que iba. Por el contrario, seguí por la misma senda equivocada de siempre. Mi aturdido corazón no comenzó a ser consciente hasta que Dios me reprendió y disciplinó.

Una mañana, al despertar, me dolía mucho el ojo izquierdo. Me lloraba y, cuando me miré al espejo, descubrí que tenía rígido el lado izquierdo de la cara. No podía cerrar el ojo ni mover la boca. No sabía qué había ocurrido. En la reunión de aquella tarde, una hermana se asustó al verme y me dijo que era parálisis facial y que tenía que tratármela ya. Si me demoraba, mi cara nunca volvería a la normalidad. Fue un golpe durísimo y me quedé completamente en blanco. ¿Cómo podía haber contraído esa enfermedad tan joven? Si lo que dijo era cierto y terminaba con la cara toda torcida, ¿cómo cumpliría luego con el deber? ¿Cómo miraría a la gente a la cara? Estaba totalmente desconcertada y comencé a debilitarme interiormente. Los demás hablaban de mi enfermedad, pero yo tenía un lío mental absoluto. No me quedaba nada de energía.

Aquel día regresé a casa confundida. Quería orar a Dios, pero no sabía qué decir. Lo único que pude hacer fue pedirle que me ayudara a calmarme por dentro y buscar Su voluntad. De pronto recordé un himno de las palabras de Dios: “Cuando el sufrimiento de la enfermedad te sobrevenga, ¿cómo debes experimentarlo? Debes presentarte ante Dios para orar y buscar comprender Su voluntad y analizar qué clase de transgresiones has cometido o qué corrupciones no has resuelto aún. No puedes más que sufrir físicamente. Solo al ser atemperadas mediante el sufrimiento las personas pueden dejar de ser desenfrenadas y vivir siempre ante Dios. Cuando las personas se sienten disgustadas, siempre oran y reflexionan sobre si han hecho algo mal o cómo pueden haber ofendido a Dios. Esto es beneficioso para ellas. Cuando las personas sufren gran dolor y pruebas, sin duda, eso no ocurre por casualidad” (‘Debes buscar la voluntad de Dios cuando la enfermedad venga’ en “Seguir al Cordero y cantar nuevos cánticos”). Dicen las palabras de Dios: “Cuando las personas sufren gran dolor y pruebas, sin duda, eso no ocurre por casualidad”. Con las palabras de Dios comprendí que esta enfermedad no era por azar. Se debía, sin duda, a la benevolencia de Dios, y Él me estaba disciplinando. Tenía que buscar en serio y hacer introspección para saber cómo había ofendido a Dios. Me presenté ante Dios en oración: “¡Dios Todopoderoso! Ahora estoy enferma y en el fondo sé que esta es Tu disciplina, que con esta enfermedad me adviertes y obligas a hacer introspección. Pero ahora estoy muy aturdida. No he descubierto mis problemas. Te pido esclarecimiento para aprender la lección en esta enfermedad”. Tras orar continué pensándolo, pero no pude averiguar cómo había ofendido a Dios. Así pues, regresé ante Dios en sincera oración para pedirle ayuda. Oré y busqué de este modo durante unos días. Doy gracias a Dios por escuchar mis oraciones. Poco después, Dios dispuso situaciones que evidenciaron mis problemas.

Un día fui a acupuntura a casa de la hermana Zhao. Toda su familia me preguntó cómo estaba, temiéndose que estuviera mal. Durante la acupuntura leyó The Principles of How to Handle Disease. Me dijo que tranquila, que orara y confiara más en Dios, que tuviera fe y que, con tratamiento, enseguida estaría mejor. Pero como antes había dicho que, sin tratamiento inmediato, se me podía quedar la cara torcida para siempre, yo estaba asustadísima. Ahora bien, al verla tan preocupada por mí, pensé: “Si supieran los demás cómo me siento realmente, ¿me creerían de poca estatura? Cuando alguien se encuentra con una prueba o se enferma, le hablo de verdades relativas a la fe y yo me siento muy firme en la fe. Sin embargo, ahora que he enfermado tan de repente, demuestro falta de fe y expreso preocupaciones y temores. ¿Pensarán todos que solo predico doctrina?”. Entonces le dije a la hermana Zhao, sonriendo: “Sí me siento algo débil ahora que estoy enferma, pero creo que todo está en manos de Dios. Este sufrimiento físico no es nada. Lo que más me duele es no poder descubrir la voluntad de Dios ni averiguar qué problemas tengo. Me entristece estar tan aturdida”. Me miró admirada, y me dijo: “Debes hacer introspección ahora que estás enferma. Analízate y trata de comprenderte y, además, ve a tratamiento. Quizá has enfermado por trabajar muchísimo constantemente. Cumples con el deber de sol a sol y todos respetamos eso. Incluso ahora quieres cumplir igualmente con el deber. Tómalo con calma. Reprendí a la hermana con quien trabajas por no poner de su parte. Le he recordado que preste más atención al trabajo de la iglesia”. Algo incómoda por este comentario, la corregí diciéndole: “No soy la única que presta atención al trabajo de la iglesia. No me pongas en un pedestal”. Ese día, de camino a casa, pensé: “¿Cómo ha podido criticar así a esa hermana por mí? Para ella, ¿soy yo más responsable que nadie? Siempre debo de alabarme a mí misma y de ningunear a los demás”. Recordé cómo acababa de ocultarle mi debilidad a la hermana Zhao y había fingido tener una fe muy firme; ¿no le había mentido? Mientras me lo preguntaba, vi que se acercaba la hermana Zhang. Toda preocupada por mí, comentó: “Debes cuidarte mucho. ¿Qué haremos si esta enfermedad te deja postrada?”. Su franqueza al hablar me asustó mucho. Mientras seguía con mis cosas, no hacía más que pensar en sus palabras. Empecé a ponerme nerviosa por dentro, y reflexioné: “Soy una insignificante líder de iglesia. La iglesia puede ir bien sin mí. ¿Cómo pudo preguntarme qué harían sin mí? Con eso demuestra que ocupo un lugar en su corazón. El corazón es el templo de Dios; si estoy en él, ¿no me estoy oponiendo a Dios?”. Pensé que siempre había deseado la aprobación y admiración ajenas, pero, al oírle decir eso a la hermana, me sentí incómoda y asustada. ¿También había mentido a otros hermanos y hermanas? Si otros opinaban igual que la hermana Zhang, ¿implicaba eso que había atraído a la gente hacia mí? ¡Iba por la senda de los anticristos! Pensé en algunos anticristos que había visto expulsar anteriormente y sentí un escalofrío espalda arriba. Creía encontrarme en una gran desdicha.

Al llegar a casa, tomé mi libro de las palabras de Dios y leí lo siguiente: “Los de naturaleza arrogante son capaces de desobedecer a Dios, de oponerse a Él, de cometer actos que lo juzgan y traicionan y de hacer cosas que los enaltecen a ellos mismos y son un intento de instaurar su propio reino. Si, pongamos por caso, en un país aceptaran 20.000 personas, a ti te ordenaran ir allí a trabajar y Yo te dejara durante un mes y te autorizara para actuar por tu cuenta, en menos de diez días te conocería todo el mundo; y al cabo de un mes, todos se arrodillarían ante ti cantándote alabanzas con cada palabra, diciendo que predicas con lucidez y afirmando insistentemente que tus declaraciones eran lo que necesitaban y que supiste cubrir sus exigencias; todo ello sin jamás pronunciar la palabra ‘Dios’. ¿Cómo habrías llevado a cabo esta labor? Que esta gente fuera capaz de tener semejante reacción demostraría que en tu labor no dabas el más mínimo testimonio de Dios, sino únicamente testimonio y lucimiento de ti mismo. ¿Cómo pudiste lograr ese resultado? Algunos dicen: ‘Lo que yo comparto es la verdad; por supuesto, ¡nunca he dado testimonio de mí mismo!’. Esa actitud tuya, esa manera, es la de tratar de hablar con la gente desde la posición de Dios, no una actitud de permanecer en la posición de un ser humano corrupto. No dices más que palabras rimbombantes y exigencias a los demás; eso no guarda ninguna relación contigo. Por lo tanto, el resultado que conseguirías sería que la gente te idolatrara, envidiara y elogiara hasta finalmente tener conocimiento de ti, dar testimonio de ti, enaltecerte y ponerte por las nubes. Cuando eso sucediera, estarías acabado; ¡habrías fracasado! ¿No es esta la senda por la que vais vosotros ahora mismo? Si se te pide que guíes a unos miles o a decenas de miles de personas, te sentirás eufórico. Entonces darías lugar a la arrogancia, comenzarías a tratar de ocupar la posición de Dios en tus palabras y gestos y no sabrías qué ponerte, qué comer ni cómo caminar. No te reunirías con la mayoría de los que estuvieran por debajo de ti y poco a poco te degenerarías y serías abatido como el arcángel. Todos sois capaces de esto, ¿no es así? Entonces, ¿qué deberíais hacer? Si un día, en efecto, se os ordenara salir a trabajar y fuerais capaces de hacer estas cosas, ¿cómo podría expandirse la obra? ¿No sería esto un problema? ¿Quién se atrevería, pues, a dejaros ir por ahí? Cuando fueras tú por ahí, no volverías; no prestarías atención a nada de lo que Dios dijera y seguirías luciéndote y dando testimonio de ti mismo como si estuvieras salvando a la gente, realizando la obra de Dios y haciendo creer a la gente que Dios había aparecido y estaba aquí obrando; y a medida que la gente te idolatrara, no cabrías en ti de gozo y hasta consentirías que te tratara como a Dios. Llegado ese momento, estarías acabado, serías desechado. Sin darte cuenta, este tipo de naturaleza arrogante terminaría siendo tu ruina. Este es un ejemplo de una persona que va por la senda de los anticristos. Quienes llegan a este punto han perdido la conciencia; ya no les sirve la percepción” (‘La naturaleza arrogante es la raíz de la oposición del hombre a Dios’ en “Registros de las pláticas de Cristo de los últimos días”). “Algunas personas pueden usar sus posiciones para testificar repetidamente sobre sí mismos, enaltecerse, y competir con Dios por personas y estatus. Usan diversos métodos y medidas para hacer que las personas los adoren, intentando constantemente vencer a otros y controlarlos. Algunos hasta engañan a propósito a las personas para que piensen que son Dios y los traten como tal. Nunca le dirían a nadie que han sido corrompidos, que son también corruptos y arrogantes, ni que no los adoren; y que por muy bien que les vaya, todo se debe a la exaltación de Dios y que en cualquier caso están haciendo lo que deberían. ¿Por qué no dicen estas cosas? Porque temen profundamente perder su lugar en el corazón de las personas. Por esta razón, estas personas no exaltan nunca a Dios ni dan testimonio de Él” (‘La obra de Dios, el carácter de Dios y Dios mismo I’ en “La Palabra manifestada en carne”). “Todos los que van cuesta abajo se exaltan a sí mismos, y dan testimonio de sí mismos. Van por ahí jactándose de sí mismos, autoengrandeciéndose y no han tomado a Dios en serio en absoluto. ¿Tenéis alguna experiencia respecto a lo que estoy diciendo? Muchas personas dan constantemente testimonio de sí mismas: ‘he sufrido de esta o aquella forma, he hecho tal y cual obra, Dios me ha tratado de esta forma y de aquella, me pidió que hiciera esto o lo otro; Él me tiene una estima especial; ahora soy de esta forma y de aquella’. Hablan deliberadamente en un tono concreto y adoptan determinadas posturas. En última instancia, alguna gente acaba creyendo que estas personas son Dios. Una vez han llegado a ese punto, ya hace mucho tiempo que el Espíritu Santo los habrá abandonado. Aunque, por ahora, son ignorados y no expulsados, su destino está definido y lo único que pueden hacer es esperar su castigo” (‘Las personas le ponen demasiadas exigencias a Dios’ en “Registros de las pláticas de Cristo de los últimos días”). Las palabras de Dios se me clavaron como espadas en el corazón. Era como decían las palabras de Dios: siempre me enaltecía y alardeaba en el deber. Desde que me convertí en líder, creía que, para serlo, debía ser mejor que los demás y tener más estatura a fin de recibir la aprobación y admiración de todos. Al compartir mis experiencias, fingía y casi nunca hablaba de mis debilidades y mi corrupción por miedo a que los demás no me admiraran si sabían que era tan corrupta como ellos. Hasta cuando enfermé me volví negativa, empecé a quejarme y estaba muy atemorizada, pero, con tal de mantener mi imagen, ocultaba mis verdaderos sentimientos y solo hablaba de cosas positivas para que los demás me idolatraran aún más y creyeran que era muy positiva y que tenía mucha más fe que otras personas. Como líder, debía trasnochar y sufrir más de todas formas. Ahora bien, siempre dejaba que se me escapara ante los hermanos y hermanas lo ocupada que estaba, lo que trasnochaba y lo mucho que trabajaba para que me creyeran responsable y trabajadora. Era evidente que mi éxito en el deber era fruto del Espíritu Santo, pero jamás enaltecía a Dios; solamente alardeaba de cuánto había sufrido y me había sacrificado para que todos me consideraran el pilar de la iglesia, como si no pudieran hacer nada sin mí. Hablaba constantemente así, mintiendo a los demás, lo que desembocó en mi disciplina por medio de esta enfermedad. Sin embargo, los demás creían que había enfermado por trabajar mucho y la hermana con quien trabajaba fue reprendida por no poner de su parte, como si yo llevara la carga más grande en la iglesia. De este modo me había enaltecido y había alardeado, mintiendo, encerrando y atrayendo a otros hacia mí. Era abiertamente hostil a Dios. Al recordarlo no pude evitar el miedo. Para que los demás me admiraran e idolatraran, alardeé y les mentí por todos los medios, así que confiaron en mí hasta no quedarles hueco para Dios en su corazón. Buscaban mi opinión y aprobación en todo; ¿no reinaba como soberana de la iglesia? La iglesia debía ser un lugar de culto a Dios. Enalteciéndome y atrayendo a otros hacia mí, ¿no trataba de sustituir a Dios y hacer de Él un figurante? Me oponía y traicionaba a Dios como un anticristo: ¡había cometido el terrible pecado de ofender el carácter de Dios! Entonces me sentí aterrorizada. Había enfermado tras enfurecer a Dios y ahora me mostraba Su justicia. Me odiaba por estar tan aturdida y ser tan rebelde y comprobé que el carácter justo de Dios no tolera ofensa. Me postré ante Dios a orar y arrepentirme: “¡Dios Todopoderoso! Este último año no te he servido a Ti, sino que he hecho el mal. He atraído a la gente hacia mí mientras me disputaba contigo el control. Me he portado como un anticristo, de forma muy despreciable y vergonzosa. Amado Dios, he hecho mucho daño”. Superada por el remordimiento, sentía demasiada vergüenza ante Dios.

Entonces me puse a pensar: “¿Cómo pude tomar una senda tan equivocada? ¿Por qué diablos ha sucedido esto?”. Leí las palabras de Dios: “Algunas personas idolatran de manera particular a Pablo: les gusta salir a pronunciar discursos y hacer obra, les gusta reunirse y hablar; les gusta que las personas las escuchen, las adoren y las rodeen. Les gusta tener estatus en el corazón de los demás y aprecian que otros valoren la imagen que muestran. Analicemos su naturaleza a partir de estos comportamientos: ¿Cuál es su naturaleza? Si de verdad se comportan así, entonces basta para mostrar que son arrogantes y engreídos. No adoran a Dios en absoluto; buscan un estatus elevado y desean tener autoridad sobre otros, poseerlos, y tener estatus en sus mentes. Esta es una imagen clásica de Satanás. Los aspectos de su naturaleza que más destacan son la arrogancia y el engreimiento, la negativa a adorar a Dios, y un deseo de ser adorados por los demás. Tales comportamientos pueden darte una visión muy clara de su naturaleza” (‘Cómo conocer la naturaleza del hombre’ en “Registros de las pláticas de Cristo de los últimos días”). “Después de que Satanás corrompió a los seres humanos, su naturaleza empezó a cambiar y perdieron, poco a poco, el sentido de la razón que tiene la gente normal. Ahora ya no actúan como seres humanos en la posición del hombre, sino que desean sobrepasar el estatus de hombre y anhelan algo más elevado y mejor. ¿Y qué es ese algo más elevado? Desean sobrepasar a Dios, a los cielos y a todo lo demás. ¿A qué se debe que se haya vuelto así la gente? Después de todo, la naturaleza del hombre es demasiado arrogante. […] La manifestación de la arrogancia consiste en la rebelión contra Dios y oposición a Él. Cuando las personas son arrogantes, engreídas y santurronas tienden a establecer sus propios reinos independientes y a hacer las cosas como les place. También traen a otras personas a sus manos y a sus brazos. El que las personas sean capaces de hacer tales cosas, significa que la esencia de su arrogancia se ha convertido en la del arcángel. Cuando su arrogancia y su engreimiento alcanzan un cierto nivel, eso determina que son el arcángel y que harán a un lado a Dios. Si posees un carácter arrogante, Dios no tendrá un lugar en tu corazón” (‘La naturaleza arrogante es la raíz de la oposición del hombre a Dios’ en “Registros de las pláticas de Cristo de los últimos días”). Las palabras de Dios me hicieron comprender más claramente la esencia de mi problema y entendí por qué siempre me enaltecía y alardeaba en el deber: por mi naturaleza arrogante y engreída. Iba por la senda equivocada desde el principio. Al enaltecerme y alardear en el deber, era igual que Pablo: Pablo siempre se enaltecía y daba testimonio de sí mismo en su labor y no dio testimonio en una sola de sus epístolas de que el Señor Jesús era Dios encarnado. Solamente daba testimonio de cuánto sufría y se sacrificaba, hasta el punto de afirmar “el vivir es Cristo” (Filipenses 1:21), y “He peleado la buena batalla, he terminado la carrera, he guardado la fe. En el futuro me está reservada la corona de justicia que el Señor” (2 Timoteo 4:7-8). Hizo creer a otras personas que merecía una corona y premios. Vi que mi naturaleza era como la de Pablo. Disfrutaba de que me admiraran e idolatraran, de que se agolparan en torno a mí y me elogiaran allá donde iba. Tenía que ocupar un lugar en el corazón de la gente. Como señalaban las palabras de Dios, vi que mi naturaleza rebosaba “la arrogancia y el engreimiento, la negativa a adorar a Dios, y un deseo de ser adorados por los demás”. Era tan arrogante que carecía de todo sentido. No sabía asumir mi posición de ser creado y adorar a Dios ni lo consideraba a Él como Dios, sino que me honraba a mí misma. Me propuse ser admirada e idolatrada en el deber, lo que me abocó a mentir a mis hermanos y hermanas. Ante los problemas, confiaban en que yo tomara las decisiones de trabajo. Atraje a la gente hacia mí e instauré mi propio reino. ¿Cómo no iba a despertar esa conducta la ira de Dios y Su odio por mí? Mi enfermedad era la justicia de Dios y la merecía por hacer el mal y oponerme a Él. Agradecí a Dios que me disciplinara y parara en seco mi maldad.

Al darme cuenta de esto, oré a Dios: “Desde mañana practicaré la verdad y abandonaré la carne a propósito. Desenmascararé mi corrupción para que los demás vean mi perversidad, vean como soy y no me idolatren más”. En mis devocionales de la mañana siguiente leí unas palabras de Dios acerca de ser honestos y francos, y sobre cómo enaltecer a Dios y dar testimonio de Él. Dicen las palabras de Dios: “Cuando deis testimonio de Dios, principalmente debéis hablar más de cómo Él juzga y castiga a las personas, de las pruebas que utiliza para refinar a las personas y cambiar su carácter. También debéis hablar de cuánta corrupción se ha revelado en vuestra experiencia, de cuánto habéis soportado y cómo Dios os conquistó finalmente; debéis hablar de cuánto conocimiento real de la obra de Dios tenéis y de cómo debéis dar testimonio de Dios y retribuirle Su amor. Debéis poner sustancia en este tipo de lenguaje, al tiempo que lo expresáis de una manera sencilla. No habléis sobre teorías vacías. Hablad de una manera más práctica; hablad desde el corazón. Esta es la manera en la que debéis experimentar. No os equipéis con teorías vacías aparentemente profundas en un esfuerzo por alardear; hacerlo de esa manera hace que parezcáis arrogantes y absurdos. Debéis hablar más de cosas reales desde vuestra experiencia auténtica, que sean reales y que provengan del corazón; esto es lo más beneficioso para los demás y es lo más apropiado de ver. Solíais ser las personas que más se oponían a Dios y los menos propensos a someterse a Él, pero ahora habéis sido conquistados: jamás lo olvidéis. Debéis considerar y pensar sobre estos asuntos. Una vez que la gente haya comprendido esto claramente, sabrán cómo dar testimonio; de lo contrario, correrán el riesgo de cometer actos vergonzosos y absurdos” (‘Solo buscando la verdad puede uno lograr un cambio en el carácter’ en “Registros de las pláticas de Cristo de los últimos días”). “‘Experiencias de compartir y conversar’ significa darle voz a cada pensamiento que hay en tu corazón, tu estado de ser, tus experiencias y conocimiento de las palabras de Dios, así como el carácter corrupto que hay en ti, y entonces permiten a otros distinguir estas cosas y aceptar las partes positivas y reconocer lo que es negativo. Solo esto es compartir, y solo esto es tener verdadera comunión” (‘La práctica verdaderamente fundamental de ser una persona honesta’ en “Registros de las pláticas de Cristo de los últimos días”). En las palabras de Dios entendí que, para realmente enaltecer y dar testimonio de Dios, hemos de hablar más de nuestra corrupción y rebeldía, revelar nuestros estados y pensamientos reales, hablar de nuestras viles motivaciones, de lo que hemos hecho y su resultado, y de cómo experimentamos el juicio de las palabras de Dios y conseguimos conocernos. Luego debemos exponer y analizar nuestra esencia corrupta para que todos vean cómo somos y hablar de cómo Dios nos ha reprendido y disciplinado y ha dispuesto situaciones para guiarnos, de manera que todo el mundo vea Su amor al hombre. También hemos de decir la verdad de corazón, sin jactarnos ni alardear. Ahora que tenía una senda de práctica, me sinceré ante los demás en comunión acerca de cómo seguía últimamente la senda de los anticristos. Analicé las alarmantes consecuencias de haber seguido esta senda y mentido a la gente y, cuanto más hablaba de ello, más claro tenía cómo era yo. Después, los demás dijeron que no se habían dado cuenta de nada de esto y que los habían engañado mi discurso ingenioso y mis buenas acciones. Una hermana comentó: “Creía que practicabas estupendamente la verdad, como si siempre supieras mantenerte positiva leyendo las palabras de Dios. Ahora veo que también eres muy corrupta, que también has estado negativa y débil y que toda la humanidad corrupta es igual. No podemos idolatrar ni poner a nadie en un pedestal”. Otra hermana señaló: “Te creía realmente fuerte y no quería sincerarme cerca de ti. ¡Me creía muy corrupta comparada contigo! Ahora que te has abierto a nosotros hoy, veo que todos somos iguales”. Al oír decir esto a las hermanas, sentí gran vergüenza y remordimiento. Les repliqué: “Dejen de admirarme. He ido por la senda de los anticristos y los he extraviado a todos”. Luego, compañeros y colaboradores me ayudaron a conocerme a mí misma mediante las palabras de Dios y de pronto me sentí mucho más cercana a todos ellos. Cuando llegué a casa ese día, estaba mucho más tranquila. Esa noche casi me olvidé de mi enfermedad y dormí como un tronco. A la mañana siguiente me desperté encantada de ver que mi cara había vuelto a la normalidad. ¡Había mejorado en una sola noche!

En una reunión posterior leí esto en las palabras de Dios: “Comúnmente, cuando se trata de aquellos cuyas intenciones y objetivos no son correctos, así como aquellos que aman ser vistos por otros, aquellos que están ansiosos por hacer cosas, los que son propensos a causar interrupciones, los que son buenos escupiendo doctrina religiosa, los que son lacayos de Satanás, etc., cuando estas personas se levantan, se convierten en dificultades para la iglesia y hacen que el comer y beber de las palabras de Dios por parte de los hermanos y hermanas no llegue a nada. Cuando te encuentres este tipo de personas hacer su actuación, expúlsalas inmediatamente. Si no cambian a pesar de las repetidas amonestaciones entonces sufrirán pérdidas. Si aquellos que persisten obstinadamente haciendo lo suyo intentan defenderse y tratan de encubrir sus pecados, la iglesia debe sacarlos inmediatamente y no darles espacio para maniobrar. No perdéis mucho intentando salvar poco; fija tu vista en el panorama completo” (‘Capítulo 17’ de Declaraciones de Cristo en el principio en “La Palabra manifestada en carne”). Las palabras de Dios revelaron mi rasgo más evidente del año anterior. Desde que me convertí en líder, siempre disfrutaba tomando la iniciativa en todo lo que hacía. Alardeaba como si fuera mejor que nadie. Al hablar de trabajo con mis compañeros, aunque ellos tuvieran ideas, siempre tenía que tomar la iniciativa y soltar mis opiniones “superiores”. Parecía activa y positiva, pero en realidad solo quería que me admiraran y alardear en todo cuanto hiciera. Al recordarlo comprendí que mi naturaleza arrogante me había hecho así de desvergonzada. Los demás respetaban mis opiniones y debatían las cosas conmigo. Vivían la realidad-verdad: no eran dictatoriales ni arrogantes. Sin embargo, para mí esto significaba que yo era mejor que ellos y siempre quería ser condescendiente y demostrar lo mejor que era. Todo era tremendamente irrisorio. Me sentía como el emperador de «El traje nuevo del emperador», inconsciente de mí misma. No sabía de qué forma tan vergonzosa me estaba comportando, sino que alardeaba en toda ocasión que tuviera. Al pensar en mi conducta me moría de vergüenza y bochorno. Me creía maravillosa porque realmente no me conocía. Me asusté al recordar la senda por la que iba, sobre todo cuando leí en las palabras de Dios que, cuando descubramos a personas con motivaciones equivocadas a quienes les encante alardear, debemos “expúlsalas inmediatamente”, y si no hacen introspección, sino que ponen excusas, “la iglesia debe sacarlos inmediatamente”. Esto mostraba la justicia y majestad de Dios. Alardeaba en toda ocasión que tuviera y acabé mintiendo a mis hermanos y hermanas y haciendo que me idolatraran aún más. Por eso no tenían un lugar para Dios en su corazón. Había convertido en secreto a aquellos con quienes trabajaba en figurantes y ya no eran responsables. Descontrolada en la iglesia, no había hecho más que daño sin darme cuenta en absoluto, mientras me creía una joven promesa. Si Dios no me hubiera juzgado tan severamente, nunca habría sabido nada sobre mí misma, sobre la senda equivocada que seguía ni de que era una senda sin retorno. Al entenderlo comencé a cambiar de perspectiva. Pensaba que, si era una persona capaz y admirada por los demás, no pasaba nada por alardear un poco, hasta era maravilloso. Ahora me daba cuenta de que era vergonzoso alardear de manera tan despreciable para que me admiraran. Me pareció indigno no comprenderme a mí misma, no aspirar a transformar mi carácter, obedecer mi carácter arrogante y alardear en toda ocasión que tuviera. Los que tienen humanidad saben despojarse de su arrogancia, venerar a Dios, comportarse adecuadamente, cumplir con el deber de forma práctica y dar testimonio de Dios, tanto de palabra como de obra. La gente así lleva una vida equilibrada y digna.

Después sentía asco y rechazo cuando alardeaba involuntariamente. Entonces me recordaba adrede que tenía que ser auténtica y no jactarme estuviera con quien estuviera. Sobre todo, tenía que ser más práctica en mis enseñanzas y no alardear. Antes de compartir mis experiencias, oraba conscientemente a Dios para pedirle que velara por mi corazón, y corregía mis motivaciones para dar más testimonio de Él. Después me preguntaba si había alardeado de algún modo con lo que acababa de decir. A veces descubría que sí lo había hecho, así que la próxima vez que me viera con el mismo grupo me desenmascararía y analizaría mi conducta previa para que todos diferenciaran mis palabras y no me idolatraran ciegamente. Tras hablar de esta manera, los hermanos y hermanas comprobaban mi estatura real y dejaban de admirarme.

Ahora que recuerdo todo lo sucedido, Dios me dio la oportunidad de cumplir con el deber, pero seguí la senda de los anticristos para ir a mi aire y me enemisté con Él. Le debo muchísimo a Dios. Si no me hubiera disciplinado con esa enfermedad, sin el juicio de Sus palabras, todavía no me conocería en absoluto. Siempre cantaba el himno “Comprende que el castigo y el juicio de Dios son amor”, pero nunca tenía ninguna experiencia real de ello ni lo entendía. ¡Ya he logrado percibir de verdad que el juicio, castigo y disciplina de Dios son Su amor y salvación máximos! Me emocionaba mucho mientras meditaba sobre el amor de Dios y lamentaba no haber buscado la verdad. Me decía que tenía que procurar ser honesta. En las reuniones me centraba en compartir las palabras de Dios de tal modo que diera testimonio de Él. Cuando estaba con mis colaboradores me esforzaba más por respetar y ratificar sus opiniones acordes con la verdad y dejé de interrumpirlos y de alardear como antes. Mis compañeros de trabajo y yo estábamos al mismo nivel y ya nadie llevaba las riendas. Ante los problemas, todos buscaban y ponían en práctica los principios. Estaba muy agradecida al juicio y castigo de Dios, que habían hecho que entendiera Su carácter justo y comenzara a venerarlo. Aspiraba a ocupar mi posición de ser creado mientras lo sirviera y a realizar correctamente mi deber. Gracias a Dios Todopoderoso por salvarme.

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