Actuar arbitrariamente me perjudicó

4 Dic 2022

Por Zhou Xuan, China

A finales de 2012 empecé a servir como líder de la iglesia. Observé que todos los proyectos avanzaban lentamente y que solo algunos miembros cumplían bien con el deber. Sabedora de que llevaba muy poco tiempo creyendo y de que no dominaba la selección de obreros, solía presentar mis dificultades a Dios en oración y buscaba los principios pertinentes. Si no entendía algo, buscaba y hablaba con mis colaboradores. Poco a poco comenzó a mejorar mi juicio de las personas y situaciones, era capaz de asignar los deberes en función de los puntos fuertes de la gente, y empezamos a progresar en el trabajo de la iglesia.

Recuerdo que una vez, debatiendo el trabajo, sugerí formar a la hermana Li Zhi como líder de grupo, pero varios colaboradores no estaban de acuerdo, pues, para ellos, a la hermana Li Zhi la limitaba su familia y no era responsable en el deber. No regaba a tiempo a los nuevos fieles y no había mejorado ni siquiera tras hablar con ella varias veces. Dada su actitud hacia el deber, no era apta para servir como líder de grupo. Pensé para mis adentros: “La hermana Li Zhi es nueva en la fe y la limitación de su familia es una debilidad temporal. No debemos etiquetarla de inadecuada para ser formada solo por una situación temporal, sino sustentarla y ayudarla con amor”. Luego de eso, solía sustentar a la hermana Li Zhi enseñándole los propósitos de Dios y el sentido de cumplir con el deber. Gradualmente, su estado empezó a mejorar: dejó de estar limitada por su familia y comenzó a cumplir regularmente con el deber. Había otro hermano con aptitud, que enseñaba la verdad de forma clara y lúcida y era responsable en el deber, por lo que sugerí formarlo para supervisar la labor de riego, pero la hermana que tenía por compañera tenía dudas. Creía que su carácter arrogante limitaría a los demás, así que no era apto para ser formado de momento. Recordé uno de los principios: “Se debe ascender y promover a las personas de carácter arrogante pero capaces de aceptar la verdad y que, además, tengan buena aptitud y talento. De ninguna manera hay que marginarlas” (Los 170 principios de la práctica de la verdad, 135. Principios del trato a las personas con diversas actitudes arrogantes). El hermano tenía un carácter arrogante, pero aceptaba la verdad, y cuando le señalaban sus problemas, aceptaba las críticas y hacía cambios. Así, en general cumplía los principios para ser ascendido y formado. Expliqué mi razonamiento en cuanto a este principio y varios colaboradores estuvieron de acuerdo conmigo. Una vez que encargaron al hermano el trabajo de riego, tuvo excelentes resultados en el deber y demostró gran capacidad de trabajo. Poco después lo ascendieron. Luego, bastante satisfecha conmigo misma, reflexioné: “Puede que sea nueva en la fe, pero tengo aptitud y juzgo a las personas y situaciones mejor que los demás colaboradores. Si la iglesia no tuviera a una entendida como yo, ¿quién identificaría y formaría a estos nuevos talentos?”. Para cada proyecto de la iglesia había delegado con sensatez a miembros que sustituyeran a aquellos inadecuados para su labor, y enseguida empezó a remontar la de la iglesia. Cuando tenían problemas los hermanos y hermanas, acudían a mí para hablar y me pedían opinión. Algunos hasta me elogiaron cara a cara: “Los líderes anteriores de la iglesia eran creyentes veteranos, pero no hacían bien el trabajo de la iglesia. No hace mucho que tú crees, pero, en cuanto llegaste, comenzó a remontar el trabajo. Debes de ser una líder con talento y aptitud”. Al oír aquello, estuve aún más satisfecha conmigo misma y me creí un talento realmente excepcional dentro de la iglesia.

Después dirigí el trabajo de algunas iglesias más. A veces, cuando los líderes superiores iban a seleccionar gente, me pedían consejo a mí. Me convencí cada vez más de que tenía lo que se requería para ser líder: tenía aptitud, se me daba bien seleccionar talentos y resolvía los problemas según los principios. Cada vez adquirí más confianza en mí. Posteriormente, siempre que creía haber evaluado con precisión una situación, decidía por mi cuenta sin consultarlo con otros colaboradores. Creía entender los principios mejor que ellos y tener mejores ideas. Aunque debatiera con ellos, seguro que terminaríamos siguiendo mi plan, así que no tenía sentido debatir. Cuando hacían sugerencias los colaboradores, no me parecían tan buenas como mis ideas, las rechazaba directamente y continuaba con mi plan.

Una vez, la iglesia necesitaba que un miembro guardara los libros y sugerí que se lo asignaran a un nuevo, el hermano Zheng Ye, que sabía que tenía buena humanidad. Un colaborador me advirtió: “El hermano Zheng Ye es nuevo en la fe y su esposa es incrédula. Si se diera alguna situación repentina e inesperada, no sé si él podría proteger los libros”. Creí entonces que se había rechazado mi sugerencia y me sentí un poco incómoda. Pensé: “Soy la líder. ¿De verdad no puedo encontrar a alguien que guarde los libros? En el fondo, no estamos eligiendo a un líder; ¿por qué exigimos tanto?”. No hice caso del consejo del colaborador y asigné al hermano Zheng Ye la custodia de los libros. Al enterarse una hermana, trató conmigo: “¿Según qué principio se lo asignaste al hermano Zheng Ye? Hemos de buscar una vivienda segura donde guardar los libros. El hermano Zheng Ye es nuevo en la fe, no tiene mucha base y su esposa se opuso a su fe. Si sucediera algo, ¿no sería un perjuicio al trabajo de la iglesia?”. Discrepé pensando: “Según los principios, tal vez no sea adecuado el hermano Zheng Ye, pero sí de buena humanidad y dispuesto a cumplir su deber. ¿No le están dando demasiadas vueltas? ¿De veras es tan grave?”. Por ello, respondí: “Yo ya he hablado con él; si puedes encontrar a alguien más apto, pondremos a quien elijas”. En vista de que no aceptaba para nada su idea, no se molestó en decir nada más. No mucho después, el hermano Zheng Ye se peleó con su mujer y ella tiró todos los libros, algunos de los cuales se dañaron. Nos vimos obligados a trasnochar para trasladar los libros a otro lugar. Posteriormente, mis colaboradores trataron conmigo por no actuar según los principios y seguir mis convicciones, lo que resultó en el daño a los libros. Me dijeron que meditara lo ocurrido. Accedí someramente, pero en el fondo pensaba: “Solo fue un error. Se lo asigné en función de la situación real de la iglesia en ese momento. ¿Quién habría sabido que ocurriría algo así?”. Luego continué haciendo las cosas a mi aire en el deber. Al debatir el trabajo, rechazaba directamente los consejos de mis colaboradores y gestionaba las cosas como me parecía. Paulatinamente, mis colaboradores se vieron limitados por mí y no se atrevían a dar su opinión sobre nada que yo ya hubiera decidido.

En una ocasión, fui a otra iglesia a destituir a una líder, Zhang Fan. Antes de destituirla, debería haber comunicado y analizado su desempeño global en el deber y luego haberla destituido. Sin embargo, entonces pensé en que había hablado anteriormente con ella sobre su desempeño, ella no había admitido lo que le dije y hasta me discutió los detalles. Por tanto, creí que no tenía sentido hablar con ella y que debía destituirla directamente. Más tarde convoqué una reunión con Zhang Fan y otros diáconos, y expliqué brevemente por qué había que destituirla, pero ella no cedía, seguía discutiendo conmigo, e incluso me cuestionó: “Háblame claro: ¿Según qué principio me destituiste?”. Pensé para mis adentros: “Ya te expliqué tus problemas de desempeño, pero sigues quejándote y discutiendo y tratas de corregirme. No te conoces en absoluto y yo no tenía que molestarme en hablar contigo”. Así pues, la ignoré. La hermana Wang Chen me advirtió: “Zhang Fan puede ser muy quisquillosa, pese a lo cual deberías enseñarle los principios y dejarle claro por qué fue destituida”. Aunque sabía que tenía razón la hermana Wang Chen, creía que, como líder de la iglesia, Zhang Fan era muy consciente de estos principios, por lo que no hacía falta perder el tiempo con ella al respecto. Leí entonces un pasaje de las palabras de Dios sobre cómo considerar la labor de los líderes, pero, conforme lo leía, me sentí algo culpable. La reprimía con las palabras de Dios, no resolvía su problema; eso no estaba bien. No obstante, pensé, si no lo leía, no podría mantenerla bajo control. Tras terminar el pasaje, había un silencio sepulcral en la sala y Zhang Fan estaba allí en silencio, llena de ira. Creía concluido el asunto, pero, para mi sorpresa, en una reunión, Zhang Fan dijo que había líderes y obreros que no seguían los principios, por lo que otros líderes y obreros se sentían limitados e interrumpían el trabajo de la iglesia. Sentí un poco de miedo. Todo era consecuencia de que yo había actuado arbitrariamente y sin seguir los principios, pero solo reconocía que fue un error, sin reflexionarlo detenidamente.

Más adelante, al destituir a otro líder, de nuevo no les conté a los hermanos y hermanas los motivos concretos de destitución. Algunos hermanos y hermanas no discernían cómo era este líder y solían sostener en las reuniones que yo no había seguido los principios al destituirlo. Esto condujo a una situación bastante caótica en la iglesia. Tras conocer la situación, una hermana me advirtió: “Más te vale que vayas a hablar con ellos de inmediato; si no, la situación en la iglesia será cada vez más caótica”. Discrepé pensando: “Hay que destituir a los falsos líderes; yo no intentaba castigar a nadie. Entonces, ¿por qué le dan demasiada importancia a esto?”. Al no actuar según los principios y no hacer introspección ni conocerme, poco a poco, el deber me parecía cada vez más arduo. Ya no recibía esclarecimiento y guía de Dios y, al atender el trabajo de la iglesia, a menudo me confundía. No sabía qué decirle a Dios en mi oración diaria y las iglesias de las que me encargaba no lograban buenos resultados en su labor. Empecé a entender que quizá no podía ocuparme más de este deber.

Poco después, unos hermanos y hermanas redactaron una carta en la que me denunciaban y acusaban de actuar con temeridad y no aceptar para nada la verdad. Una vez que conoció mi situación una líder superior, me reveló y trató conmigo: “Como líder de la iglesia, al abordar algo tan importante como la selección y destitución de personal, no lo consultabas con los colaboradores ni buscabas los principios, sino que actuabas arbitrariamente según tu plan. Cuando te advertían los hermanos y hermanas, no cedías. Eres demasiado arrogante y mojigata. Cuando fallabas y quedabas en evidencia, no hacías introspección y continuabas haciendo lo que querías. Tu conducta arbitraria arrojó la vida de iglesia al caos, y se vio perjudicada la vida de los hermanos y hermanas. Dado tu desempeño, ya no eres indicada para servir como líder. Se pierde más que se gana cuando se te usa en esta competencia”. Con la revelación y el trato de la líder hacia mí, me sentí dolida y fatal y me eché a llorar. Me pregunté: “¿Cómo logré dañar tanto el trabajo de la iglesia?”. No solo no había cumplido mi deber de líder; también había interrumpido la labor de la iglesia. No quería más que encontrar un lugar donde esconderme. De vuelta hacia mi casa, estaba aturdida. Creía que, por actuar arbitrariamente en el deber, ser temeraria e interrumpir la labor de la iglesia, seguro que Dios me despreciaría. ¿Salvaría Dios a alguien como yo? Cuanto más lo pensaba, peor me sentía, y ni sé cómo conseguí llegar a casa. Me arrodillé en la cama y oré a Dios: “¡Amado Dios! No sé cómo he llegado a este punto. No tengo conocimiento real de mí misma. ¡Oh, Dios mío! Sé que hay lecciones que aprender de una destitución, pero soy muy insensible. Te pido esclarecimiento y guía para conocerme y entender Tus propósitos”.

En mis devociones recordé un himno de las palabras de Dios que solía cantar: “Todo lo que recibís es castigo, juicio y golpes despiadados, pero sabed que en esta golpiza cruel no hay el más mínimo escarmiento. Independientemente de lo severas que puedan ser Mis palabras, lo que cae sobre vosotros son solo unas cuantas palabras que podrían pareceros totalmente crueles y, sin importar cuán enfadado pueda Yo estar, lo que viene sobre vosotros siguen siendo palabras de enseñanza y no tengo la intención de lastimaros o haceros morir. ¿No es todo esto un hecho?

El juicio justo se realiza con el fin de purificar al hombre, y el refinamiento cruel con el de limpiarlo; las palabras severas o la reprensión se hacen ambas para purificar y son en aras de la salvación. ¿Qué tenéis que decir frente a tal castigo y juicio? ¿No habéis gozado siempre de la salvación, de principio a fin? Habéis visto a Dios encarnado y os habéis percatado de Su omnipotencia y sabiduría; además, habéis experimentado repetidos golpes y disciplina. Sin embargo, ¿no habéis recibido también la gracia suprema?” (Seguir al Cordero y cantar nuevos cánticos, El juicio y el castigo de Dios son para salvar al hombre). Las palabras de Dios me conmovieron mucho. Cierto. La obra de Dios en los últimos días es la de juzgar y castigar. Trátese de la reprensión, la disciplina, el trato o la revelación, todo lo hace para purificar y salvar a la humanidad. Quizá me sintiera fatal tras mi destitución, pero era la ocasión ideal para hacer introspección y llegar a conocerme. Se trataba del amor y la salvación de Dios. No podía malinterpretar el propósito de Dios. Me sentí algo más en paz cuando lo comprendí. Quería buscar la verdad, hacer introspección, conocerme y arrepentirme de verdad cuanto antes.

Al recordar cómo la líder me había revelado y tratado por actuar arbitraria y temerariamente, busqué pasajes pertinentes de las palabras de Dios para comer, beber y reflexionar. Vi unas palabras de Dios que dicen: “A algunas personas les gusta hacer las cosas solas, sin conversarlo ni decírselo a nadie. Sencillamente hacen las cosas tal como les vienen, independientemente de la opinión de los demás. Piensan: ‘Soy el líder, y vosotros sois los elegidos de Dios, así que debéis seguir lo que yo hago. Haced exactamente lo que yo digo, así es como debe ser’. No informan al resto sobre sus actos; su actuar carece de transparencia. Siempre intentan lograr algo en privado y actúan en secreto. Igual que el gran dragón rojo, que mantiene su monopolio unipartidario del poder, siempre quieren embaucar y controlar a los demás, a quienes consideran insignificantes e inútiles. Siempre quieren tener la última palabra en los asuntos, sin conversarlo ni comunicarse con otros, y nunca consultan las opiniones ajenas. ¿Qué les parece esta actitud? ¿Posee humanidad normal? (No). ¿No es la naturaleza del gran dragón rojo? El gran dragón rojo es dictatorial y arbitrario. ¿Acaso los que tienen este tipo de carácter corrupto no son la prole del gran dragón rojo?” (La Palabra, Vol. III. Discursos de Cristo de los últimos días. La cooperación en armonía). “Para desempeñar adecuadamente el deber, da igual cuántos años lleves creyendo en Dios, cuánto hayas hecho en tu deber, ni cuánto hayas contribuido a la casa de Dios y mucho menos cuánta experiencia tengas en el deber. Lo principal en lo que Dios se fija es la senda que toma una persona. En otras palabras, se fija en su actitud hacia la verdad y los principios y en el rumbo, origen e impulso que subyacen a sus actos. Dios se centra en estas cosas; son las que determinan la senda que sigues. Si a medida que cumples con el deber no se aprecia ninguna de estas cosas positivas en ti y los principios, la senda y la base de tu actuar son tus propias ideas, objetivos y planes, tu impulso es el de proteger tus intereses y salvaguardar tu reputación y posición, tu modus operandi consiste en tomar decisiones, actuar en solitario y tener la última palabra sin debatir las cosas con los demás ni cooperar armónicamente nunca, y jamás escuchar los consejos cuando has cometido un error, menos aún buscar la verdad, ¿cómo te contemplará Dios? Todavía no estás a la altura si cumples así con el deber; no has entrado en la senda de la búsqueda de la verdad, ya que, al realizar tu trabajo, no buscas el principio de la verdad y actúas siempre como te da la gana, haciendo lo que quieres. Por eso la mayoría no cumple satisfactoriamente con el deber” (La Palabra, Vol. III. Discursos de Cristo de los últimos días. ¿Cuál es el desempeño adecuado del deber?). Las palabras de Dios me afectaban conforme meditaba estos pasajes. Exponían que la naturaleza del gran dragón rojo es ser arrogante, egoísta y arbitrario al actuar. Las opiniones de dichas personas sobre la búsqueda y las sendas que siguen van contra Dios. La iglesia me había dado una oportunidad de servir como líder, no como funcionaria. Me había dado una responsabilidad y quería que acatara la voluntad de Dios, que trabajara en armonía con los demás para hacer bien la labor de la iglesia y que cumpliera mi deber, pero yo consideré el trabajo de la iglesia un asunto privado. Cuando empecé a lograr resultados en el trabajo y había adquirido experiencia en la selección de talentos, creí tener aptitud y unas habilidades de trabajo excepcionales y ser una buena jueza de situaciones y personas. Sobre todo una vez que los hermanos y hermanas comenzaron a acudir a mí con preguntas, me situé en un pedestal y creía comprender la verdad mejor que ellos. No me podía bajar del pedestal y creía que todo el progreso del trabajo de la iglesia era fruto mío y que todos los hermanos y hermanas eran mis subordinados y no tenían derecho a expresar opiniones. Mis opiniones debían ser priorizadas en toda labor que exigiera debate. Así, cuando los hermanos y hermanas señalaban que me había descarriado en el trabajo, no les prestaba atención y continuaba haciendo las cosas a mi modo. A veces, cuando expresaban opiniones distintas, las rechazaba sin antes valorarlas. Me empeñaba en que siguieran mi plan y en ocasiones procedía con mis planes sin consultar antes a mis colaboradores. Como me empeñé en elegir para la custodia de los libros a alguien que no se ajustaba a los principios y no hice caso a mis compañeros cuando me advirtieron y alertaron de que no lo hiciera, los libros se dañaron. Pese a eso, seguí sin hacer introspección. Destituí a Zhang Fan sin señalarle y comunicarle sus problemas, por lo que se resintió, desobedeció y buscó la forma de corregirme. Esto provocó gran perturbación y el caos en la vida de iglesia. En el deber no priorizaba la búsqueda de la verdad ni guiaba a nadie para que entrara en su realidad, sino que era la primera en vulnerar los principios, obligaba a todos a seguir mis órdenes, no les dejaba expresar sus discrepancias y quería tener la última palabra en todo. ¿No actuaba como una déspota? Como líder de iglesia, tenía claro que debíamos trabajar según los principios, pero los ignoraba, iba a mi aire y siempre quería tener la última palabra. ¿No me estaba enfrentando a Dios? Mis actos revelaban mi carácter de anticristo. Al reflexionar sobre cómo había actuado, vi que todas mis conductas disgustaban a Dios. Si no me arrepentía y rectificaba mi conducta, ¿no tendría el mismo resultado que los anticristos?

Luego vi un pasaje de las palabras de Dios: “Sin la verdad es fácil hacer el mal, y no podrás evitar hacerlo. Por ejemplo, si tienes un carácter arrogante y engreído, que se te diga que no te opongas a Dios no sirve de nada, no puedes evitarlo, escapa a tu control. No lo haces intencionalmente, sino que esto lo dirige tu naturaleza arrogante y engreída. Tu arrogancia y engreimiento te harían despreciar a Dios y verlo como algo insignificante; harían que te ensalzaras a ti mismo, que te exhibieras constantemente; te harían despreciar a los demás, no dejarían a nadie en tu corazón más que a ti mismo; te quitarían el lugar que ocupa Dios en tu corazón, y finalmente harían que te sentaras en el lugar de Dios y exigieras que la gente se sometiera a ti y harían que veneraras tus propios pensamientos, ideas y nociones como la verdad. ¡Cuántas cosas malas hacen las personas bajo el dominio de esta naturaleza arrogante y engreída!” (La Palabra, Vol. III. Discursos de Cristo de los últimos días. Solo buscando la verdad puede uno lograr un cambio en el carácter). Con las palabras de Dios, me percaté de que seguía mi propio plan y actuaba arbitrariamente sobre todo porque mi naturaleza era demasiado arrogante. Me daba muchas ínfulas porque pensaba que era mejor que los demás, una mejor jueza de las personas y situaciones. No tenía respeto por nadie. Al debatir el trabajo con los colaboradores, siempre creía tener razón, y sin importar quién discrepara conmigo, no lo escuchaba nunca. No me humillé ni siquiera cuando perturbé y provoqué situaciones caóticas en la iglesia por arrogancia y mojigatería, pues creí que era un error puntual. Cuando una hermana me advirtió, no hice introspección ni llegué a conocerme a mí misma, ya que, para mí, los demás daban demasiada importancia a lo que no era nada. Me di cuenta de que era muy arrogante. ¿Dónde estaba mi racionalidad? Los resultados que había logrado en el trabajo y mis buenas elecciones fueron fruto de la guía de Dios y el efecto de Sus palabras sobre mí. Si no tuviera el esclarecimiento y la guía de Dios y los principios de Su casa, no sería capaz de nada, pero me atribuía todo el mérito y utilizaba estos resultados como capital de mi arrogancia y mojigatería. Era una desvergonzada. De no haber sido por la dura revelación y la destitución de mi líder, jamás habría hecho introspección. Reconocí entonces que, con la revelación y la destitución, Dios me guardó. Si no, a saber qué más maldad habría perpetrado con mi carácter arrogante. Consciente de esto, me sentí muy asustada y avergonzada y oré a Dios: “¡Amado Dios! No quiero vivir más de acuerdo con mi carácter arrogante ni actuar arbitraria y temerariamente. Por favor, guíame para hallar una senda de práctica”.

Después busqué con respecto a mi problema, y encontré este pasaje de las palabras de Dios: “Entonces, ¿cómo corriges tu arbitrariedad e imprudencia? Supongamos que te ocurre algo y tienes tus propias ideas y planes; antes de decidir qué hacer, debes buscar la verdad y debes al menos hablar con todos de lo que opinas y crees al respecto, preguntarles si tus ideas y planes son correctos y conformes a la verdad, y pedirles que te hagan las comprobaciones finales. Este es el mejor método para corregir la arbitrariedad y la imprudencia. En primer lugar, puedes aclarar tu punto de vista y buscar la verdad; este es el primer paso que pones en práctica para corregir la arbitrariedad y la imprudencia. El segundo paso se produce cuando otros expresan opiniones contrarias, ¿qué práctica puedes adoptar para evitar ser arbitrario e imprudente? Primero debes tener una actitud de humildad, dejar de lado lo que crees correcto y permitir que todos hablen. Aunque creas que lo que dices es correcto, no debes seguir insistiendo en ello. Esa es una suerte de paso adelante; demuestra una actitud de búsqueda de la verdad, de negarte a ti mismo y satisfacer la voluntad de Dios. Una vez que tienes esta actitud, a la vez que no te apegas a tu propia opinión, debes orar, buscar la verdad proveniente de Dios y buscar un fundamento en Sus palabras; decidir cómo actuar en función de las palabras de Dios. Esta es la práctica más adecuada y precisa. Cuando la gente busca la verdad y plantea un problema para que todos comuniquen y busquen una respuesta es cuando el Espíritu Santo proporciona esclarecimiento. Dios da esclarecimiento a las personas de acuerdo con los principios, Él hace balance de tu actitud. Si tú sigues en tus trece sin importar si tu punto de vista es adecuado o erróneo, Dios esconderá Su rostro de ti y te ignorará. Te acabarás topando contra un muro, Él te expondrá y revelará tu feo estado. Si, por el contrario, tu actitud es correcta —ni empeñada en tener razón, ni santurrona, arbitraria e imprudente, sino una actitud de búsqueda y aceptación de la verdad, si comunicas esto con todos—, entonces el Espíritu Santo empezará a obrar entre vosotros, y quizá te guíe hacia el conocimiento a través de las palabras de otra persona. A veces, cuando el Espíritu Santo te da esclarecimiento, te lleva a entender el quid de la cuestión con tan solo unas pocas palabras o frases, o proporcionándote un sentido. En ese instante te das cuenta de que todo aquello a lo que te aferras está equivocado y justo entonces comprendes la forma más correcta de actuar. A esas alturas, ¿has tenido éxito a la hora de evitar hacer el mal y cargar con las consecuencias de un error? ¿Cómo se logra eso? Esto solo se consigue cuando tienes un corazón temeroso de Dios, y cuando buscas la verdad con un corazón obediente. Una vez que has recibido el esclarecimiento del Espíritu Santo y determinado los principios de tu práctica, esta concordará con la verdad, y serás capaz de satisfacer la voluntad de Dios” (La Palabra, Vol. III. Discursos de Cristo de los últimos días. Tercera parte). Las palabras de Dios abrían una senda de práctica. Para corregir la arrogancia, mojigatería y temeridad propias, lo principal es un corazón temeroso de Dios, una actitud de búsqueda de la verdad y voluntad de cooperar en armonía con otros. Ante los problemas, hay que debatirlos con los demás y llegar a un acuerdo antes de continuar. Si otros plantean opiniones distintas, hay que aprender a humillarse y buscar la verdad y los principios con ellos. Nadie es perfecto; ningún proyecto de la iglesia puede realizarlo una sola persona, todos exigen cooperación y debate para hacerlos bien. Con este fracaso me di cuenta de veras de lo importante que es buscar la verdad y trabajar según los principios en el deber. Con esta forma de trabajar evitaría interrupciones y perturbaciones. Si una persona es arrogante, mojigata, arbitraria y temeraria, por muy inteligente que sea, seguirá sin lograr buenos resultados y no hará sino interrumpir y perturbar el trabajo de la iglesia. Más adelante, cuando los hermanos y hermanas vieron que me había arrepentido y transformado un poco en el deber, me reeligieron líder de la iglesia. Al recordar que siempre quería la última palabra en el deber y que esto había hecho mucho daño a otros y me había provocado mucho pesar, hice una promesa a Dios: no actuaría arbitrariamente ni obligaría a nadie a someterse a mí y cooperaría en armonía con los demás.

Una vez, debatiendo con los colaboradores la labor de riego en cierta iglesia, me pareció que la hermana Wang Chen era responsable y capaz en su labor y que había que formarla como diaconisa de riego, pero dos compañeros discreparon: para ellos, pese a que la hermana Wang Chen era bastante responsable y una obrera capaz, no tenía mucha experiencia vital ni priorizaba la búsqueda de los principios de la verdad ante los problemas, así que no era adecuada para supervisar el trabajo de riego. Cuando oí aquello, sentí que me brotaba la rabia en mi interior: “La líder aquí soy yo; ¿te crees mejor juez de la gente que yo?”. A punto de reiterar mi opinión, de pronto vi que de nuevo iba a revelar mi carácter arrogante y a actuar arbitrariamente. Rememorando mi fracaso previo, oré a Dios para pedirle que me ayudara a humillarme y a actuar según los principios. Tras orar me di cuenta de que, si elegíamos a la persona equivocada para el puesto de riego, eso perjudicaría mucho la entrada de los hermanos y hermanas en la vida, por lo que tenía que actuar con cuidado. Luego busqué con los demás los principios de ascenso y formación de personas, y una vez que me reuní para hablar con la hermana Wang Chen, descubrí que le faltaba mucha experiencia vital, que no hacía introspección ni se conocía ante los problemas, que no buscaba la verdad para resolverlos y que no era adecuada para la labor de riego. Al final coincidí con las opiniones de los demás. Me sentí mucho más en paz después de practicar de este modo. Al recordar mi experiencia, padecer las consecuencias de una actuación arbitraria me acarreó mucho dolor emocional, pesar y odio hacia mí misma. También me permitió reconocer mi carácter arrogante y entender que no debía actuar únicamente en función de mis ideas en el deber, que debía buscar más los propósitos de Dios, trabajar según los principios y enaltecer a Dios por encima de todo. Solamente así recibiría la guía de Dios y no me descarriaría. ¡Gracias a Dios!

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