¿Por qué es tan difícil aceptar consejos?

19 Ene 2023

Por Judy, Filipinas

En junio de 2021, estaba regando a los nuevos en la iglesia. El hermano Jeremías supervisaba nuestra labor. Solía preguntarme sobre los problemas o dificultades que tenía en el deber, me guiaba sobre cómo comunicar con los nuevos fieles y ayudarles a resolver problemas. A veces se producían errores o problemas en mi trabajo. Cuando los notaba, me los señalaba y me decía cómo abordarlos. Al principio me alegraba recibir los apuntes del hermano Jeremías, pero cuando mencionó muchos problemas, me acabé cansando. Pensaba: “Estoy tan ocupada regando a los nuevos cada día que no tengo tiempo ni para comer. Lo doy todo, ¿por qué siempre me hablas de mis problemas? Creo que mi calibre es bastante bueno, sé lo que hay que hacer y no necesito que nadie me lo diga”.

Un día, un nuevo fiel de un grupo mandó un mensaje, disculpándose por haberse perdido la última reunión por lo ocupado que estaba con el trabajo. Estaba haciendo otra cosa en ese momento, así que no respondí enseguida. Cuando vi su mensaje, el hermano Jeremías ya le había respondido al recién llegado. Además, me mandó uno a mí para recordarme que respondiera a tiempo, y haciendo sugerencias sobre cómo comunicarme con ellos. Me irritó aquel mensaje y me sentí molesta, pensé: “Sé cómo comunicarme con ellos, ¿por qué insistes en darme consejos? Si te parece que puedes comunicar, hazlo tú mismo”. Incluso me sentí contrariada: “He estado haciendo de todo, a veces incluso me he olvidado de comer, pero sigues diciendo que hago mal esto o aquello”. Cuando el hermano Jeremías me llamó para ver cómo estaba el trabajo, no contesté ni le envié un mensaje, no quería reconocerlo. Pero él no paró de preguntarme por el trabajo y de darme consejos. Una vez, un nuevo fiel no respondió a un mensaje mío y no hice seguimiento del asunto. El hermano Jeremías me dijo que debía seguir contactando con él, y que necesitaba paciencia con los nuevos, ofrecerles mucha ayuda. No quise aceptarlo. Pensaba: “El nuevo no responde, así que no voy a perder el tiempo. No tiene nada de malo en ello, ¿por qué voy a escucharte?”. Así que no acepté su consejo. Dejé de preocuparme por los que habían dejado de contestarme los mensajes. Poco a poco, muchos de los nuevos de los grupos de los que yo era responsable perdieron el interés por asistir a las reuniones. Hasta ese momento no me di cuenta de que mi actitud al no aceptar consejos era equivocada. También pensé que estaba ignorando al hermano Jeremías y rechazando su consejo, pero él siempre me respondía a los mensajes. Me pareció que le debía una disculpa. Entonces, dije una oración pidiéndole a Dios que me guiara y me diera fuerzas. Quería darle la espalda a mis propias ideas y aceptar el consejo del hermano.

Luego leí esto en las palabras de Dios: “Algunos nunca buscan la verdad mientras cumplen con el deber. Simplemente hacen lo que les place, actuando de acuerdo con sus fantasías y siempre arbitrarios e imprudentes, es tan sencillo como que no caminan por la senda de práctica de la verdad. ¿Qué supone ser ‘arbitrario e imprudente’? Supone actuar ante un problema como creas conveniente, sin reflexionar, sin un proceso de búsqueda. Nada de lo que diga cualquiera te toca el corazón o te hace cambiar de idea. Ni siquiera aceptas la verdad cuando te la comunican, te mantienes en tus propias opiniones, no escuchas cuando otras personas dicen algo correcto, crees que eres tú el que tiene razón y te aferras a tus propias ideas. Aunque tu pensamiento sea correcto, deberías tener también en consideración las opiniones de otras personas, ¿no crees? Y si no haces esto en absoluto, ¿acaso no es eso ser extremadamente santurrón? A las personas que son extremadamente santurronas y díscolas no les resulta fácil aceptar la verdad. Si haces algo mal y te critican, diciéndote: ‘¡No lo haces conforme a la verdad!’, tú respondes: ‘Aunque sea así, lo voy a hacer igualmente’. Y entonces encuentras alguna razón para hacerles pensar que es lo correcto. Si te lo reprochan, diciendo: ‘Si actúas así estás interfiriendo, y dañarás la obra de la iglesia’, entonces no solo es que no escuchas, es que vienes con excusas como: ‘Yo creo que es la manera adecuada, así que voy a hacerlo así’. ¿Qué carácter es este? (Arrogancia). Es arrogancia. Una naturaleza arrogante te convierte en obstinado. Si tienes una naturaleza arrogante, te comportarás de manera arbitraria e imprudente e ignorarás lo que dicen los demás” (La Palabra, Vol. III. Discursos de Cristo de los últimos días. Tercera parte). Las palabras de Dios tuvieron un profundo impacto en mí. Estaba cumpliendo con mi deber, pero no buscaba los principios de la verdad. Solo hacia las cosas a mi manera, seguía mis propias ideas y no aceptaba lo que dijera nadie más. Me parecía que tenía buen calibre y hacía las cosas bien, así que no necesitaba aceptar la guía y consejo de nadie. Era muy obstinada y santurrona. Cuando ignoré los mensajes de los nuevos, el hermano Jeremías me recordó que debía estar más encima, me aconsejó que me comunicara con ellos, pero no acepté sus sugerencias porque me parecía que ya sabía lo que había que hacer, y no necesitaba que él me lo dijera. Me irrité con él por este asunto, entonces, cuando me habló de los problemas de los nuevos, no respondí a sus llamadas o mensajes. Me dijo que fuera cariñosa con los nuevos, y aunque sabía que era la manera responsable de tratarlos, me parecía que ya era muy buena con ellos y enviar más mensajes era perder el tiempo. Por estar tan segura de mí misma y no aceptar el consejo del hermano Jeremías, muchos nuevos fieles perdieron interés en las reuniones. El resultado me hizo ver que era lo que Dios describe como tozuda, arrogante y santurrona. No tenía principios, era arbitraria y precipitada en mi deber, y no buscaba la verdad. No cumplía con mis responsabilidades. Si hubiera dejado de lado mi ego y aceptado el consejo de otros, no me habría desempeñado tan mal en mi labor. Al pensarlo, me sentí realmente disgustada por mi carácter arrogante. Juré que de ahora en adelante, renunciaría a la carne, practicaría la verdad y aprendería a aceptar sugerencias. Me esforzaría por hacer bien mi deber. Tras esto, intenté hacer lo que sugería el hermano Jeremías y me aseguré de estar en contacto con los nuevos que no me respondían. Para mi sorpresa, al poco algunos quisieron retomar las reuniones, y por fin vi lo útiles que eran los consejos del hermano Jeremías, y que esa era la manera responsable de cumplir con mi deber. Tras aquello, cuando un hermano o hermana sugería algo, trataba de aceptarlo.

Más tarde empecé a difundir el evangelio. La hermana Mona supervisaba nuestro trabajo. Estaba muy nerviosa cuando empezamos a compartir el evangelio, pero me esforzé por comunicar con los candidatos al evangelio. Creía que ya lo estaba haciendo bastante bien, pero pasó la primera semana y no logré buenos resultados. La hermana Mona me preguntó si tenía dificultades y me recordó que comunicara mucho con los candidatos al evangelio para así resolver sus nociones y problemas. Al oirla decir eso, me irrité un poco y dije: “Ya he comunicado, pero no responden”. Incluso le envié capturas para demostrar que les había estado escribiendo. Entonces la hermana Mona me envió una grabación del hermano José dando testimonio de la obra de Dios en los últimos días para que aprendiera de él. Decía que era muy hábil difundiendo el evangelio y conseguía grandes resultados. Me dio mucha vergüenza. Me pareció que me comparaba con el hermano José, me lo tomé mal. “¿Por qué me enviaba esa grabación? ¿Podía ser que su comunicación fuera mejor que la mía? Al decir qué él lo hace bien, está diciendo que yo lo hago mal”. Me dije: “Mi comunicación es buena. Es que soy nueva en el deber y no estoy familiarizada con los principios”. Me parecía que cada uno tenía su propio estilo, así que ni siquiera escuché la grabación. Le respondí a la hermana Mona: “Otra gente tiene su estilo, yo tengo el mío. Si prefieres los estilos de otros, puedo volver a regar a los nuevos”. Sentí que la hermana Mona me infravaloraba, que yo no le parecía una buena trabajora evangélica. Estaba triste y molesta, y no quise aceptar su consejo. Herida, le pregunté: “Tenemos maneras diferentes de predicar. ¿Por qué me mandas esa grabación?”. Dejé de responderle después de aquello.

Al sentir que no estaba en buen estado, la hermana Mona me envió algunas palabras de Dios que me removieron mucho. Las palabras de Dios dicen: “Independientemente del tipo de tarea que estés realizando o de la habilidad profesional que estés estudiando, deberías mejorar en ello con el tiempo. Si sigues intentando mejorar, se te dará cada vez mejor cumplir con tu deber. […] Independientemente del deber que cumplas, tienes que dedicar tu corazón a estudiar las cosas. Si careces de conocimientos profesionales, entonces dedícate a estudiarlos. Si no entiendes la verdad, entonces busca la verdad. Si entiendes la verdad y adquieres conocimientos profesionales, podrás ponerlos en práctica en el cumplimiento de tu deber y podrás obtener resultados. Esto es una persona con verdadero talento y conocimiento real. Si no estudias ningún conocimiento profesional durante tu deber, no buscas la verdad y tu servicio es deficiente, entonces, ¿cómo puedes cumplir con tu deber? Para cumplir bien con tu deber, debes investigar muchos conocimientos útiles y equiparte con muchas verdades. Nunca debes dejar de aprender, nunca debes dejar de buscar y nunca debes dejar de mejorar tus puntos débiles aprendiendo de los demás. No importa cuáles sean los puntos fuertes de los demás, o de qué manera son más fuertes que tú, debes aprender de ellos. Y con más razón debes aprender de quien entiende la verdad mejor que tú. Si cumples tu deber de esta manera durante varios años, por una parte, comprenderás la verdad y entrarás en sus realidades, y por otra, el cumplimiento de tu deber estará a la altura. Te habrás convertido en una persona que posee verdad y humanidad, una persona que posee la realidad de la verdad. Esto se logra buscando la verdad” (La Palabra, Vol. III. Discursos de Cristo de los últimos días. Tercera parte). Las palabras de Dios me mostraron que para progresar en el deber y tener éxito en la obra evangélica tenía que aprender a aceptar las sugerencias de los demás y aprender de sus puntos fuertes y enfoques exitosos. Esto era extremadamente importante. Tenía un entendimiento superficial de la verdad, y muchas fallos y errores. Daba igual el deber, tenía que aprender los principios y habilidades relevantes. Mientras estuviera dispuesta a aprender y aceptar el consejo de otros, podría compensar y mejorar mis defectos. Pero era arrogante y confiada. Había empezado a compartir el evangelio; no entendía los principios ni tenía mucho éxito, pero sentía que había hecho un buen trabajo y no estaba dispuesta a aceptar consejos. Incluso cuando la hermana Mona me señaló mis problemas, me limité a mandarle capturas para probar que sabía lo que estaba haciendo y no necesitaba consejos. No acepté que me enviara una grabación del hermano José compartiendo el evangelio, porque creía tener buenas ideas y no necesitaba aprender de nadie. Debido a mi arrogancia, no estaba dispuesta a aceptar consejos positivos y proactivos. Tenía la misma actitud hacia los consejos de la hermana Mona y del hermano Jeremías, siempre me resistía, rechazaba y seguía en mis trece. Con esta clase de actitud, no conseguiría buenos resultados en ningún deber ni haría progreso alguno. Dios tampoco aprobaría mi deber.

Luego leí unas palabras de Dios. Dios Todopoderoso dice: “La arrogancia y la santurronería son las actitudes satánicas más evidentes de las personas, y si no aceptan la verdad, no hay manera de que puedan purificarse. La gente tiene un carácter arrogante y santurrón, siempre cree que tiene la razón, y siempre piensa que su punto de vista y forma de pensar son correctos en todo lo que piensa, dice y opina, que nada de lo que digan los demás es tan bueno o correcto como lo que ellos dicen. Siempre se aferran a sus propias opiniones y no escuchan lo que digan los demás; incluso cuando lo que los demás digan sea cierto y concuerde con la verdad, no lo aceptan, simplemente aparentan escuchar, pero no captan nada. Cuando llega el momento de actuar, siguen su propio camino; siempre piensan que tienen razón y justificación. Puede que tengas razón y justificación, o que estés haciendo lo correcto, sin problemas, pero ¿cuál es el carácter que revelas? ¿Acaso no es arrogancia y santurronería? Si no eres capaz de desprenderte de este carácter arrogante y santurrón, ¿afectará eso al cumplimiento de tu deber? ¿Afectará a tu capacidad de poner en práctica la verdad? Si no puedes resolver este tipo de carácter arrogante y santurrón, ¿acaso es posible que te encuentres con grandes contratiempos en el futuro? No hay duda de que lo harás, eso es inevitable. ¿Puede Dios ver estas cosas manifestadas en las personas? Puede, y extremadamente bien; Dios no solo observa el ser más íntimo del hombre, sino que también está siempre observando cada una de sus declaraciones y actos. ¿Y qué dirá Dios cuando vea estas cosas manifestadas en ti? Dios dirá: ‘Eres intransigente. Es comprensible que te aferres a tu postura cuando no sabes que te equivocas, pero si te aferras a tu postura cuando sabes muy bien que te equivocas, y te niegas a arrepentirte, entonces eres un viejo tonto testarudo, y estás metido en problemas. Si, sea cual sea la sugerencia, reaccionas con una actitud negativa y antagónica, y no aceptas la verdad en absoluto —si en tu corazón, no hay más que antagonismo, cerrazón, rechazo—, entonces eres ridículo, ¡un tonto absurdo! Eres demasiado difícil de tratar’. ¿Qué tienes para ser tan difícil de tratar? Lo difícil de ti es que tu conducta no es una forma equivocada de hacer las cosas ni un tipo equivocado de comportamiento, sino que revela un determinado tipo de carácter. ¿Qué tipo de carácter revela? Estás harto de la verdad y la odias” (La Palabra, Vol. III. Discursos de Cristo de los últimos días. Solo si se vive a menudo ante Dios es posible tener una relación normal con Él). Con las palabras de Dios, me di cuenta de lo arrogante y tozudo que era mi carácter. Siempre me pareció que entendía las cosas y las hacía de la manera correcta. La hermana Mona y el hermano Jeremías me daban consejos sin parar, pero nunca los acepté, y me enfrenté a ellos y me puse petulante. Mi deber era compartir el evangelio y dar testimonio de Dios, así que sus sugerencias eran útiles para mi deber: que los candidatos al evangelio aceptaran el camino verdadero. Debería haberlas aceptado y practicado. Pero no lo hice. Creía saberlo todo y que era capaz de comunicar la verdad, pero en realidad ni siquiera captaba los principios y no se me daba bien compartir el evangelio. No era en absoluto exitosa en mi deber. Cuando los hermanos y hermanas señalaban mis problemas o me hacían sugerencias, me volvía arrogante y santurrona, y me costaba aceptarlo. A veces me resistía o me irritaba. No se trataba de un error de mi comportamiento superficial, sino una muestra de que la verdad me disgustaba. Que me resistiera y fuera desobediente era en esencia un rechazo y una lucha contra la verdad; estaba odiando la verdad. Entonces entendí que Dios no solo mira el comportamiento externo de la gente, Él mira dentro de sus corazones, sus actitudes hacia la verdad y hacia Él. Yo era creyente, cumplía un deber e iba a las reuniones, pero no aceptaba sugerencias que estaban en línea con la verdad ni aceptaba cosas positivas. Rechacaba, luchaba e incluso odiaba la verdad. No tenía ninguna reverencia hacia Dios. Si continuaba así, no solo cumpliría mal con mi deber, pero acabaría disgustando a Dios, que me condenaría y castigaría, y no tendría un buen resultado. Ver mi propio feo y satánico rostro me puso ansiosa y me dio miedo. Nunca hubiera imaginado que era tan corrupta, y que mi carácter arrogante me haría ir en contra de Dios. Me odié mucho a mí misma al darme cuenta de esto.

Al día siguiente leí algunas palabras de Dios que la hermana Mona había enviado a un grupo, y enncontré una senda de práctica. Dios Todopoderoso dice: “Hay varias características de cambio en el carácter de vida de una persona. La primera característica es ser capaz de someterse a los asuntos que son correctos y se ajustan a la verdad. No importa quién ofrezca una opinión, si es viejo o joven, si puedes llevarte bien con él o no, si lo conocen o no, si están familiarizados con ellos o no, o si su relación con ellos es buena o mala, siempre que lo que digan sea correcto, se ajuste a la verdad y sea beneficioso para la obra de la casa de Dios, puedes escuchar, adoptar y aceptar, sin dejarte influir por ningún factor. Ser capaz de aceptar y rendirse a los asuntos que son correctos y conformes a la verdad es la primera característica. La segunda característica es ser capaz de buscar la verdad cuando algo sucede; no solo ser capaz de aceptar la verdad, sino también de practicar la verdad, y no manejar los asuntos según tu propia voluntad. No importa qué asunto estés enfrentando, cuando no entiendas, puedes buscar y examinar cómo manejar el asunto y cómo practicar para que se ajuste a los principios de la verdad y satisfaga los requerimientos de Dios. La tercera característica es que consideres la voluntad de Dios sin importar el asunto que enfrentes, rebelándote contra la carne para lograr la sumisión a Dios. Consideras la voluntad de Dios sin importar el deber que estés cumpliendo, y cumples tus deberes de acuerdo con los requerimientos de Dios. No importa cuáles sean los requerimientos que Dios tenga para este deber, eres capaz de llevarlos a cabo de acuerdo con sus requerimientos para satisfacer a Dios. Debes captar este principio, y cumplir con tu deber con responsabilidad y fidelidad. Esto es lo que significa considerar la voluntad de Dios. Si no sabes cómo considerar la voluntad de Dios o cómo satisfacer a Dios en un determinado asunto, entonces debes buscar. Deben comparar estas tres características de un carácter cambiado con ustedes mismos, y buscar si poseen estas características o no. Si tienen experiencia práctica en estos tres aspectos y tienen el camino para practicarlos, entonces, esto es lo que significa tener principios al manejar los asuntos. Independientemente del asunto al que se enfrenten o del problema que estén tratando, deben buscar siempre los principios de la práctica, qué detalles incluye cada principio de la verdad y cómo practicar sin violar los principios. Una vez aclarados estos problemas, naturalmente sabrán cómo practicar la verdad” (La Palabra, Vol. III. Discursos de Cristo de los últimos días. Solo al practicar la verdad es posible despojarse de las cadenas de un carácter corrupto). “Cuando no entiendes la verdad, si alguien te ofrece una sugerencia y te dice cómo actuar de acuerdo con la verdad, lo primero que deberías hacer es aceptarlo, y pedirles a todos compartir juntos para ver si esa es la senda correcta, si coincide con los principios de la verdad. Si determinas que concuerda con la verdad, entonces practica de esa manera; si determinas que no, entonces no lo hagas. Es así de simple. Deberías buscar la verdad de muchas personas, escuchando lo que todos dicen y tomándolo con seriedad; no hagas oídos sordos ni desaires a la gente. Esto corresponde a tu deber, así que deberías tratarlo con seriedad. Son la actitud y el estado correctos. Cuando tienes el estado correcto, ya no delatarás un carácter de hartazgo y hostilidad hacia la verdad; practicar así reemplaza tu carácter corrupto y es practicar la verdad. ¿Y cuál es el efecto de practicar la verdad de este modo? (Está la guía del Espíritu Santo). Tener la guía del Espíritu Santo es un aspecto. A veces, el asunto es muy sencillo y puede lograrse utilizando tu propio intelecto; una vez que la gente te ha hecho sugerencias y tú has comprendido, arreglas las cosas y simplemente procedes de acuerdo con los principios. Para los seres humanos, esto puede parecer trivial, pero a ojos de Dios es algo sumamente importante. ¿Por qué lo digo? Cuando practicas de esta manera, Dios ve que eres capaz de practicar la verdad, que eres alguien que la ama, no que está harto de ella, y al tiempo que ve tu corazón, Dios también ve tu carácter. Esto es sumamente importante. Y cuando cumples con un deber y haces cosas ante Dios, lo que vives y revelas es la realidad de la verdad que debería encontrarse en las personas. Ante Dios, tu actitud, tus pensamientos y tu estado en todo lo que haces son de suma importancia, son lo que Dios analiza” (La Palabra, Vol. III. Discursos de Cristo de los últimos días. Solo si se vive a menudo ante Dios es posible tener una relación normal con Él). Las palabras de Dios también me abrieron los ojos. Si alguien me da consejo, sea cual sea, mientras tenga razón y se ajuste a la verdad, debía aceptarlo y llevarlo a cabo, y actuar según la voluntad de Dios. Ese comportamiento supone aceptar y practicar la verdad. Es el modo más fácil de obtener la guía de Dios y lograr buenos resultados en mi deber, y entonces mi carácter corrupto puede cambiar poco a poco. Debido a mi orgullo y arrogancia anteriores, no busqué los principios de verdad en mi deber ni acepté los consejos de los demás, lo cual me llevó a un pobre desempeño. Ahora entendía la voluntad y los requisitos de Dios. Tengo que acatar la voluntad de Dios en mi deber, buscar la verdad, practicar según los principios y cumplir con mis responsabilidades. No puedo holgazanear en nada relacionado con la difusión del evangelio. Tengo que tomármelo en serio y resolver las preguntas de los candidatos al evangelio sobre la aceptación del camino verdanero. No tengo la realidad de la verdad ni entiendo sus principios, así que necesito indicaciones y ayuda de otros. Cuando me dan consejos es ante todo para ayudarme a progresar en mi deber y así poder cumplir con mis responsabilidades. No me menosprecian, así que no debo distorsionar sus intenciones. Esa tarde envié a la hermana Mona un mensaje, disculpándome por mi comportamiento. Ella no estaba ni remotamente enfadada conmigo, pero aún así me sentía un poco culpable porque me parecía que yo tenía la culpa. Todo se debía a que no aceptaba la verdad; era demasiado arrogante y testaruda. A partir de entonces, fuera cual fuera el tipo de consejo que me diera la hermana Mona o qué problemas míos señalaran otros, mientras tuvieran razón y me ayudaran en mi deber, intentaba aceptarlo. A veces, cuando me topaba con desafíos al compartir el evangelio, buscaba proactivamente las sugerencias de los demás. Cuando lo hacía obtenía mejores resultados al compartir el evangelio y llevaba a más personas a la fe. Una vez, después de dar testimonio a algunos candidatos al evangelio de la obra de Dios de los últimos días, algunos de ellos querían seguir investigando, pero otros no respondieron después de leer mi mensaje, así que no les presté más atención. La hermana Mona se dio cuenta de que me estaba descuidando, y me sugirió que no me rindiera con ellos tan fácilmente. Mientras leyeran mis mensajes, debía seguir en contacto con ellos e intentar pensar en una forma de atraerlos. Esta vez no rechacé su consejo. Recordé algo que dice Dios: “Hay varias características de cambio en el carácter de vida de una persona. La primera característica es ser capaz de someterse a los asuntos que son correctos y se ajustan a la verdad. No importa quién ofrezca una opinión, si es viejo o joven, si puedes llevarte bien con él o no, si lo conocen o no, si están familiarizados con ellos o no, o si su relación con ellos es buena o mala, siempre que lo que digan sea correcto, se ajuste a la verdad y sea beneficioso para la obra de la casa de Dios, puedes escuchar, adoptar y aceptar, sin dejarte influir por ningún factor”. Sabía que si quería cambiar mi carácter corrupto y cumplir bien con mi deber, tenía que aprender a aceptar las sugerencias de los demás. Intenté seguir el consejo de la hermana Mona, y seguí enviando mensajes a los candidatos al evangelio, preguntando por sus dificultades. Me sorprendió cuando los que no habían respondido antes empezaron a comunicarse conmigo sobre lo que habían sacado de la predicación. Empezaron a buscar activamente el camino verdadero. Me alegré mucho, y comprobé personalmente lo beneficioso de aceptar el consejo de otros. He aprendido mucho así. No solo he aprendido algunas verdades sobre cómo compartir el evangelio, sino que también he sabido cómo comunicar la verdad para resolver las dificultades y preguntas de los candidatos al evangelio. Comunicarme con ellos ya no me parece tan difícil y cada vez cumplo mejor con mi deber.

He aprendido a través de esta experiencia lo valiosas que son las palabras de Dios, que pueden ayudarnos a conocernos a nosotros mismos. Cuando practicamos según Sus palabras, nuestras actitudes corruptas pueden cambiar. Aunque a veces todavía revelo algo de arrogancia, estoy dispuesto a dejar de lado mi ego, aprender a aceptar la verdad, aceptar el consejo de los demás y aprender más verdades. Espero que Dios siga guiándome y escrutándome.

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