¿Por qué siempre soy excesivamente cauta en el deber?

19 Ene 2023

Por Han Xi, China

En marzo de 2021 trabajaba de diseñadora gráfica en la iglesia. Como era arrogante en el deber y no sabía trabajar en armonía con nadie, interrumpía el trabajo y me destituyeron. Dos meses después, una supervisora dispuso que siguiera produciendo imágenes. Estaba emocionadísima y, al tiempo, algo inquieta. Tras regresar, si mi carácter arrogante volvía a perturbar, ¿no quedaría completamente revelada y descartada? En tal caso, ¿no estaría acabada? Por ello, me dije: “Cuando vuelva, he de tener cuidado con mi forma de abordar todo. No puedo actuar de nuevo en función de mi carácter arrogante”.

Cuando empecé, las hermanas vieron que tenía experiencia gráfica, solían acudir a mí cuando tenían problemas y yo me esmeraba por dar soluciones, pero, si hablaba demasiado, de pronto pensaba: “¿Estoy presumiendo por hablar tanto? ¿Y si digo algo que no es? Una hermana me contó una vez que, cuando yo era líder de grupo, confiaba en mi amplia experiencia y solía orientar el trabajo de otra gente en función de ella, en lugar de buscar los principios. Por eso se devolvían imágenes para repetirlas, lo que demoraba los progresos. Esta vez, si induzco a error a una hermana e interrumpo el trabajo, cuando se entere la supervisora, ¿me destituirá? Olvídalo. Hablaré menos para no decir nada incorrecto y no tener que responsabilizarme”. Una vez estábamos debatiendo el concepto de diseño de una imagen. Ya repasado, no me parecía lógico el concepto de la composición, pero dudé y pensé: “Si hay problemas de concepto, es una cuestión importante y habrá que rediseñar y ajustar la imagen entera. ¿Digo lo que pienso? Si no digo nada y hay un problema real, luego habrá que repetir la imagen. Pero ya llevamos dos días debatiendo sobre esta imagen. Si digo ahora que hay un problema, ¿qué opinarán de mí las hermanas? ¿Dirán que llamo la atención hacia mí y provoco problemas? ¿Y si mi idea es incorrecta? ¿No demorará el progreso del trabajo? Si se entera la supervisora, ¿dirá que no me he arrepentido?”. En ese momento dudé y no me atreví a hablar. Días después terminamos la propuesta de diseño, pero la supervisora, al verla, alegó problemas de concepto, por lo que había que rediseñarla. Ante ese resultado, me dio un vuelco el corazón y pensé: “Si hubiera planteado esta cuestión en su momento, todas podríamos haberla hablado y aclarado y no tendríamos que perder el tiempo”. Me embargó el remordimiento, pero recapacité: “Por entonces no estaba totalmente segura de que mi idea fuera correcta; igual no estuvo tan mal que no dijera lo que pensaba”. Eso fue todo. No lo pensé ni reflexioné, y me callé.

Más tarde, siempre que el grupo debatía problemas y nos pedía opinión, era sumamente cauta, y tenía miedo de que mis ideas fueran distintas a las del resto y me percibieran erróneamente como arrogante y reacia a aceptar ideas ajenas. Por ello, siempre que daba sugerencias, añadía: “Solo es mi opinión personal, igual me equivoco. Deberían comprobarla ustedes mismas”. En ocasiones, las hermanas hacían sugerencias sobre imágenes que yo diseñaba y tenía claro que algunas no coincidían con los principios, pero me preocupaba que, de no aceptarlas, dijeran que era arrogante o que me aferraba a mi opinión. Así pues, las aceptaba a regañadientes pensando que, en caso de error, yo no sería responsable. En consecuencia, tras algunos cambios, algunas sugerencias eran, en efecto, inadecuadas, y había que repetir las imágenes, lo que demoraba el progreso. Esa era la situación. Por tanto, todos los días me acobardaba en el deber y estaba física y emocionalmente agotada, pero, para que la supervisora y las hermanas vieran que había cambiado, seguía pensando que era mejor tener cuidado. Así pues, posteriormente siempre cumplía mi deber de esa forma, pero las imágenes gráficas del grupo siempre tenían problemas y teníamos que repetirlas una y otra vez. Nuestra eficacia en el trabajo cayó de manera evidente, hasta que mi insensible corazón por fin entendió que quizá mi estado era incorrecto y que yo requería introspección. Por ello, oré a Dios para pedirle esclarecimiento para comprender mis problemas.

En una reunión leí un pasaje de la palabra de Dios, y entendí un poco mi estado. Dios Todopoderoso dice: “Como líderes y obreros, cuando surgen problemas en el cumplimiento del deber, es probable que los ignoréis y hasta busquéis diversos pretextos y excusas para eludir la responsabilidad. Hay problemas que sabéis resolver, pero no lo hacéis, y de los problemas que no sabéis resolver tampoco informáis a vuestros superiores, como si no tuvieran nada que ver con vosotros. ¿Eso no es un incumplimiento del deber? ¿Es inteligente o insensato considerar así el trabajo de la iglesia? (Insensato). ¿No son esos líderes y obreros unas víboras? ¿No están desprovistos de todo sentido de responsabilidad? Cuando ignoran los problemas que tienen en frente, ¿acaso eso no demuestra que son indiferentes y traicioneros? La gente traicionera es la más insensata de todas. Debes ser una persona honesta, debes tener sentido de la responsabilidad ante los problemas, y debes encontrar la manera de buscar la verdad para resolverlos. No seas traicionero. Si eludes la responsabilidad y te lavas las manos cuando surgen los problemas, hasta los incrédulos te condenarán. ¿Crees que la casa de Dios no lo hará? El pueblo escogido de Dios desprecia y rechaza tal comportamiento. Dios ama a los honestos, pero odia a los mentirosos y astutos. Si actúas como alguien traicionero e intentas engañar, ¿acaso Dios no te odiará? ¿La casa de Dios simplemente te dejará eludir las consecuencias? Tarde o temprano, se te hará responsable. A Dios le agradan los honestos y le desagradan los traicioneros. Todos deben entender esto claramente y dejar de estar confundidos y de hacer tonterías. La ignorancia momentánea es entendible, pero negarse por completo a aceptar la verdad es negarse obstinadamente a cambiar” (La Palabra, Vol. V. Las responsabilidades de los líderes y obreros). La palabra de Dios revelaba que los que son irresponsables en el trabajo y se lavan las manos de toda responsabilidad cuando surgen problemas son especialmente traidores. Al reflexionar la palabra de Dios vi que ese también era mi estado. Era irresponsable y desleal en el deber, y siempre que un problema involucraba responsabilidad o mi porvenir y mi destino final, me acobardaba y empleaba métodos traicioneros. Ante los problemas no decía nada, o ponía excusas, o decía algo ambiguo. Tras volver al trabajo gráfico, temía que los hermanos y hermanas dijeran que mi carácter arrogante no se había transformado. Temía que mi carácter corrupto perturbara de nuevo y me destituyeran. Por eso tenía mucho cuidado con todo lo que hacía y decía y siempre proyectaba una imagen falsa. Cuando me preguntaban las hermanas, temía decir algo incorrecto y que me responsabilizaran, por lo que optaba por poner excusas para eludirlas. Siempre que el grupo debatía problemas y surgían diferencias, casi siempre guardaba silencio y seguía la corriente. Tenía claro que había problemas, pero como temía que la gente dijera que era arrogante y que trataba de llamar la atención hacia mí misma, prefería que tuviera que repetirse el trabajo porque tenía problemas antes que expresar mis opiniones. No tenía ni el valor de debatir las cosas con todas. Era muy egoísta. Cuando las hermanas hacían sugerencias sobre imágenes en las que yo trabajaba, sabía que algunas no coincidían con los principios, pero, por temor a que dijeran que era arrogante, fingía estar de acuerdo y asentía siempre. Ni siquiera me importaban los errores y tener que repetir el trabajo, siempre que yo no tuviera que responsabilizarme. En todo lo que hacía solo pensaba en mis intereses, y me daba miedo asumir responsabilidades. ¡Qué astuta! Dios indaga en el corazón de la gente y, como yo era tan egoísta, astuta e irresponsable en el deber, ¿cómo iba a recibir el esclarecimiento y la guía del Espíritu Santo? No era de extrañar que cada vez fuera menos eficaz en el deber. Así me revelaba Dios.

En ese momento recordé un pasaje de las palabras de Dios. Dios Todopoderoso dice: “Si la gente ama la verdad, tendrá la fuerza para buscarla, y podrá esforzarse en la práctica de la verdad. Pueden abandonar lo que debe ser abandonado, y dejar ir lo que debe dejarse ir. En particular, las cosas que se refieren a tu propia fama, ganancia y estatus han de ser abandonadas. Si no las dejas ir, significa que no amas la verdad y no tienes la fuerza para buscarla. Cuando te suceden cosas, debes buscar la verdad. Si, en esos momentos en los que necesitas practicar la verdad, tu corazón es siempre egoísta y no puedes dejar de lado tu propio interés, serás incapaz de poner en práctica la verdad. Si nunca buscas o practicas la verdad en ninguna circunstancia, no eres una persona que ama la verdad. No importa cuántos años hayas creído en Dios, no obtendrás la verdad. Algunas personas siempre buscan la fama, la ganancia y el interés propio. Sea cual sea el trabajo que la iglesia les asigne, siempre dudan, pensando: ‘¿Me beneficiará esto? Si es así, lo haré; si no, no lo haré’. Una persona así no practica la verdad; por lo tanto, ¿puede cumplir bien con su deber? Seguramente no. Aunque no hagas el mal, no eres una persona que practica la verdad. Si no buscas la verdad, no amas las cosas positivas y, pase lo que pase, solo te preocupa tu propia reputación y estatus, tu propio interés y lo que es bueno para ti, entonces, eres una persona que solo se mueve por el propio interés, eres egoísta y vil. Una persona así cree en Dios para ganar algo bueno o de beneficio para ella, no para obtener la verdad o la salvación de Dios. Por lo tanto, las personas de este tipo son incrédulas. Las personas que verdaderamente creen en Dios son aquellas que pueden buscar y practicar la verdad, dado que reconocen en sus corazones que Cristo es la verdad, y que deben escuchar las palabras de Dios y creer en Dios como Él lo exige. Si quieres practicar la verdad cuando te ocurre algo, pero consideras tu propia reputación, estatus e imagen, hacerlo será difícil. En una situación como esta, a través de la oración, la búsqueda, la introspección y de llegar a tomar conciencia de uno mismo, los que aman la verdad serán capaces de dejar de lado su propio interés o lo que es bueno para ellos, practicarán la verdad y obedecerán a Dios. Esas son las personas que realmente creen en Dios y aman la verdad. ¿Y cuál es la consecuencia cuando la gente siempre piensa en sus propios intereses, cuando siempre trata de proteger su orgullo y su vanidad, cuando revela un carácter corrupto, pero no busca la verdad para corregirlo? Que no tiene entrada en la vida, que carece de experiencias y testimonios verdaderos. Y esto es peligroso, ¿no? Si nunca practicas la verdad, si careces de experiencias y testimonio, quedarás en evidencia y descartado a su debido tiempo. ¿Qué utilidad tiene la gente sin experiencias y testimonios en la casa de Dios? Está destinada a cumplir mal con cualquier deber; no sabe hacer nada correctamente. ¿No es simple basura? Si la gente nunca practica la verdad tras años de fe en Dios, se encuentra entre los incrédulos, es malvada. Si nunca practicas la verdad, si tus transgresiones son cada vez más numerosas, tu fin está fijado. Es evidente que todas tus transgresiones, la senda equivocada por la que vas y tu negativa a arrepentirte conforman una multitud de malas acciones, por lo que tu final es que irás al infierno, que serás castigado” (La Palabra, Vol. III. Discursos de Cristo de los últimos días. Lo más importante al creer en Dios es poner en práctica la verdad). Tras leer la palabra de Dios estaba hondamente conmovida. Antes creía que no pasaba nada por no expresar mis ideas y seguir la corriente, pero, después de leer la palabra de Dios, entendí que es realmente malvado pensar solo en ti y tener siempre motivaciones egoístas frente a los problemas, protegerte siempre cuando hay un conflicto entre tus intereses y los de la iglesia y preferir que se resienta el trabajo a practicar la verdad. Recordé todo el tiempo y esfuerzo dedicados a cada imagen, desde el diseño hasta el dibujo, pero, cuando veía problemas, callaba, con lo que había que repetirla y se demoraba gravemente el progreso. ¿Eso no era perturbar? Se me acumulaban las malas acciones y, si no me arrepentía, me hundiría. Me asusté cuando lo comprendí y comprobé que, ante los problemas, es muy importante renunciar a una misma ¡y practicar la verdad!

Leí después un pasaje de la palabra de Dios: “Si tú dijeras: ‘Los anticristos piensan solo en una cosa y son testarudos. Tengo miedo de convertirme en un anticristo y no quiero seguir el camino de un anticristo. Así que esperaré a que todo el mundo haya expresado sus opiniones, y entonces lo resumiré y encontraré una manera de formular una conclusión que tome el camino del medio’. ¿Esto está bien? (No). ¿Por qué no está bien? Si el resultado no se adhiere a los principios de la verdad, aunque lo hagas, ¿será efectivo? ¿Estará Dios satisfecho con ello? Si no es efectivo y Dios no está satisfecho, entonces el problema será grave. Si no haces las cosas de acuerdo con los principios de la verdad, si eres descuidado e irresponsable en tu deber, y haces las cosas de acuerdo con las filosofías satánicas, entonces eres infiel a Dios, ¡y lo estás engañando! Para evitar que la gente sospeche y te tache de anticristo, ni siquiera capaz de cumplir con las responsabilidades que se supone que debes cumplir; utilizas la filosofía satánica de ‘encontrar un término medio’. Como resultado, has perjudicado al pueblo elegido de Dios y has afectado el trabajo de la iglesia. ¿No es esto una falta de principios? ¿No es egoísta y vulgar? Eres líder y trabajador; debes hacer las cosas con principios. Todo lo que hagas debe ser efectivo y eficiente. Haz todo lo que sea beneficioso para la casa de Dios, y haz todo lo que esté de acuerdo con los principios de la verdad” (La Palabra, Vol. IV. Desenmascarar a los anticristos. Punto 6). Con la palabra de Dios entendí que Él no quiere que seamos siempre pasivos y desconfiados por temor a ser revelados y descartados, sino que seamos responsables en el deber y que busquemos los principios de la verdad en todo lo que hagamos. Esta conducta favorece el trabajo de la iglesia y es el único modo de cumplir la propia responsabilidad. Por mi parte, cuando volví al trabajo de diseñadora, prometí solemnemente cumplir bien mi deber, pero a la hora de responsabilizarme era excesivamente cauta. Para que no me llamaran arrogante y engreída, callaba cuando descubría problemas y ni siquiera cumplía mis responsabilidades, lo que perjudicó la obra de la iglesia. ¿No trataba de engañar a Dios y de embaucarlo? También entendí que es normal tener distintas ideas cuando surgen problemas y que, mientras mi intención sea pensar en lo mejor para el trabajo de la iglesia, buscar la verdad y cumplir con el deber según los principios, debería plantear mis ideas para debatirlas. Eso es ser seria y responsable en el deber, no llamar la atención ni perturbar. Aunque realmente haga algo mal por mi carácter arrogante, siempre que tenga el valor de admitirlo, acepte las enseñanzas y correcciones de otros y cambie, la iglesia no me destituirá ni expulsará por una expresión pasajera de corrupción. Tras comprender esto, si descubría cosas que vulneraban los principios en mi deber, las planteaba y debatía de forma activa con todo el mundo. Con esa práctica, cada vez había menos errores en el trabajo. Una vez estábamos debatiendo el concepto de diseño de una imagen, y descubrí que el material y el tema originales no combinaban bien y que el tema no estaba muy claro. Pensé: “Podría ser un problema grave y, si realmente lo es, no servirá nada de la propuesta de diseño de imagen”. Me embargaban las dudas: “¿Qué opinarían de mí las hermanas si dijera algo que no es? Olvídalo. Todavía no quiero asumir el riesgo”. Pero también me preocupé: “Si realmente hay un problema de principios, tendremos que dedicar tiempo a modificarlo. ¿Eso no demorará el trabajo?”. Con esa idea propuse mi punto de vista. Después de debatirlo, las hermanas accedieron a mi idea. Enviamos a la supervisora sugerencias de modificación de la imagen. Una vez que las vio, dijo que aún era viable el concepto de diseño general original y que solo hacían falta algunos ajustes a los materiales originales. Me latía fuerte el corazón cuando oí aquello: “¿Acaso mi idea es de nuevo un problema? ¿Qué opinará de mí la supervisora? ¿Dirá que, incluso tras ser destituida, sigo siendo arrogante y santurrona y que no me he transformado?”. Oré en silencio a Dios para decirle que quería afrontar honestamente mis problemas. Así, tomé la iniciativa de hablar con la supervisora y sincerarme sobre mis ideas, y de buscar los principios acerca de estas cuestiones. La supervisora nos habló pormenorizadamente. Después de oírla, se me iluminó el corazón y comprendí mis errores. Vi que mi supervisora no trató conmigo, sino que habló con nosotras con paciencia. Me sentí algo triste: siempre me mantenía en guardia hacia los hermanos y hermanas y desconfiaba de la casa de Dios por temor a ser destituida y descartada por revelar corrupción, cuando, de hecho, la casa de Dios trata a la gente según el principio de la verdad y no trata con ella ni la destituye tan pronto como comete un error. Si provocas errores en el trabajo por no comprender los principios y, una vez que te enseñan, eres capaz de admitirlos y enmendarlos, no te destituyen ni te descartan. Si eres arrogante y santurrona, insistes en tu punto de vista para preservar la reputación y el estatus, no buscas los principios de la verdad y perjudicas el trabajo, es entonces cuando te podan y tratan contigo. Y si la situación es grave, te destituyen o te descartan. Recordé mi destitución. Confiaba en que había trabajado mucho tiempo con gráficos y tenía mucha experiencia. Al debatir los problemas con otros, era arrogante y me aferraba tercamente a mis opiniones. Ni aceptaba opiniones distintas ni buscaba. Por eso había que devolver, repetir, y hasta eliminar, algunas imágenes. Sin embargo, ante los fallos y la revelación, no buscaba la verdad para corregir mi carácter corrupto. Por el contrario, siempre malinterpretaba y desconfiaba. ¡Ni atendía el deber ni buscaba la verdad! Después pensé también en cómo corregir mi exceso de cautela, mi incomprensión y mi desconfianza. Leí la palabra de Dios. “Algunos individuos actúan según su propia voluntad. Vulneran los principios y tras ser podados y tratados admiten solo de palabra que son arrogantes y que cometieron un error solo porque no tienen la verdad. Sin embargo, para sus adentros, se siguen quejando: ‘Nadie más que yo se juega el cuello y, al final, cuando algo va mal, me cargan a mí la responsabilidad. ¿No es una estupidez por mi parte? La próxima vez no puedo hacer lo mismo, jugarme el cuello de ese modo. ¡El clavo que sobresale recibe un martillazo!’. ¿Qué te parece esta actitud? ¿Es una actitud de arrepentimiento? (No). ¿De qué actitud se trata? ¿Acaso no se han vuelto evasivos y astutos? Piensan para sus adentros: ‘Tengo suerte de que esta vez no se convirtiera en un desastre; por así decir, de los escarmentados nacen los avisados. He de tener más cuidado a partir de ahora’. No buscan la verdad, y tratan la cuestión y se encargan de ella con mezquindad y maquinaciones astutas. ¿Pueden recibir la verdad de esta manera? No pueden, porque no se han arrepentido. Lo primero que hay que hacer al arrepentirse es reconocer qué has hecho mal y ver dónde has errado, la esencia del problema y el carácter que has revelado; debes reflexionar sobre estas cosas, aceptar la verdad y luego practicar de acuerdo con la verdad. Solo esta es una actitud de arrepentimiento. Si, por el contrario, consideras exhaustivamente maneras astutas, te vuelves más escurridizo que antes, tus técnicas son más ingeniosas y ocultas y tienes más métodos para abordar las cosas, el problema no se resume solo en que seas astuto. Estás empleando medios solapados, tienes secretos que no puedes sacar a la luz. Eso es malvado. No solo no te has arrepentido, sino que te has vuelto más escurridizo y astuto. Dios te considera excesivamente intransigente y malvado, una persona que admite superficialmente que estaba equivocado y acepta el trato y la poda, pero en realidad no tiene la más mínima actitud de arrepentimiento. ¿Por qué decimos esto? Porque mientras este suceso estaba ocurriendo, o después de que hubiera sucedido, no buscaste la verdad y no practicaste de acuerdo con la verdad. Tu actitud consiste en emplear filosofías, lógica y métodos de Satanás para resolver el problema. En realidad lo estás soslayando, le estás poniendo un pulcro envoltorio para que otros no vean ni rastro de él, no dejas que nada se escape. Al final, te acabas creyendo muy listo. Dios ve estas cosas, y no que realmente hayas reflexionado, hayas confesado y te hayas arrepentido de tu pecado a la luz de lo que te ha sucedido, ni que después hayas buscado la verdad y hayas practicado de acuerdo con ella. Tu actitud no es de búsqueda o práctica de la verdad ni de sometimiento a la soberanía y las disposiciones de Dios, sino una actitud que emplea técnicas y métodos de Satanás para resolver tu problema. Das una falsa impresión a los demás, te resistes a que Dios te delate y te pones a la defensiva, y eres desafiante con respecto a las circunstancias que Dios ha instrumentado para ti. Tienes el corazón más cerrado que antes y separado de Dios. De tal manera, ¿puede surgir algún resultado de ello? ¿Puedes seguir viviendo en la luz, en paz y gozo? No puedes. Si rechazas la verdad y a Dios, caerás sin duda en la oscuridad y llorarás y rechinarás los dientes. ¿Es frecuente ese estado en la gente? (Sí). Algunas personas suelen reprenderse a sí mismas, diciendo: ‘Me han tratado esta vez. La próxima he de ser más listo y tener más cuidado. La vida se basa en ser listo, y los que no lo son, son tontos’. Si siempre te guías y te reprendes así, ¿llegarás alguna vez a algún lado? ¿Podrás recibir la verdad? Si te ocurre un problema, debes buscar y comprender y ganar un aspecto de la verdad. ¿Qué se consigue al comprender la verdad? Cuando comprendes un aspecto de la verdad, comprendes un aspecto de la voluntad de Dios; comprendes por qué Dios te hizo esto, por qué te exigió algo semejante, por qué instrumentó unas circunstancias que te castigaron y disciplinaron, por qué utilizó este asunto para podarte y tratarte y por qué has caído, fracasado y quedado en evidencia en esta cuestión. Si entiendes estas cosas, serás capaz de buscar la verdad y alcanzarás la entrada en la vida. Si no las entiendes ni aceptas estos hechos, sino que te empeñas en oponerte y resistirte, en emplear tus propias técnicas para disfrazarte, y en presentarte ante los demás y ante Dios con una falsa apariencia, nunca podrás recibir la verdad” (La Palabra, Vol. III. Discursos de Cristo de los últimos días. Solo con la búsqueda de la verdad se pueden corregir las nociones y los malentendidos propios acerca de Dios). La palabra de Dios es muy clara. La mejor senda para corregir la incomprensión y la desconfianza es la de tratar de comprender las verdades en materias relevantes. Ante los fallos y reveses, si no buscas la verdad para resolver tus problemas, sino que piensas en el modo de proyectar una imagen falsa y te ocupas de ellos en función de tu mezquindad y tus artimañas, eso no solo es astuto, sino también una variedad de carácter corrupto. Una persona así jamás alcanza la verdad. Recuerdo que, cuando me destituyeron, el líder expuso mi arrogancia, mi santurronería y mi negativa a escuchar opiniones ajenas. Entonces lo reconocí y admití, pero luego no busqué la verdad para corregir mi carácter corrupto. Esta vez, cuando volví al trabajo gráfico, temía ser destituida y descartada por interrumpir el trabajo de la iglesia siendo arrogante de nuevo, por lo que adopté filosofías satánicas como “protégete y trata solamente de librarte de la culpa” y “más vale prevenir que curar” para protegerme. Rara vez expresaba mis ideas ni proponía sugerencias distintas y, cuando surgía algo, nunca era la primera en hablar. Me volví más astuta que antes. Veía que había problemas en una propuesta de diseño, pero callaba. Sabía que las sugerencias de algunas hermanas no coincidían con los principios, pero guardaba silencio. Aparentaba obediencia, pero no me había arrepentido de veras. Solo fingía que era capaz de someterme, que me había transformado. ¿No engañaba a mis hermanos y hermanas, y a Dios? Fue entonces cuando vi que no solo no me había arrepentido tras la destitución, sino que era constantemente calculadora y astuta, pensaba en cómo protegerme y ocultar mi carácter corrupto. Me volví incluso más taimada que antes. Tenía un carácter malvado. Me creía inteligente y quería aprovechar la picardía humana para no revelar mi corrupción, pero, con la experiencia, llegué a descubrir que el carácter corrupto de la gente no puede vencerse con el esfuerzo humano ni corregirse con filosofías satánicas y poniéndose una máscara. Solo con el juicio y castigo de Dios, y con la poda y el trato, es posible cierta transformación. Dios permite que revelemos corrupción y sabe que tenemos fallos en el deber, pero no quiere que nos ocultemos ni que proyectemos una imagen falsa cuando tengamos problemas, sino que seamos sencillos y abiertos, afrontemos correctamente los fallos y nos arrepintamos y transformemos de veras. Comprendida la voluntad de Dios, ya no era pasiva, no lo malinterpretaba y estaba dispuesta a practicar la verdad y a arrepentirme ante Él. Luego leí un pasaje de la palabra de Dios y logré entender la senda de práctica. Dios Todopoderoso dice: “Entonces, ¿cómo corriges tu arbitrariedad e imprudencia? Supongamos que te ocurre algo y tienes tus propias ideas y planes; antes de decidir qué hacer, debes buscar la verdad y debes al menos hablar con todos de lo que opinas y crees al respecto, preguntarles si tus ideas y planes son correctos y conformes a la verdad, y pedirles que te hagan las comprobaciones finales. Este es el mejor método para corregir la arbitrariedad y la imprudencia. En primer lugar, puedes aclarar tu punto de vista y buscar la verdad; este es el primer paso que pones en práctica para corregir la arbitrariedad y la imprudencia. El segundo paso se produce cuando otros expresan opiniones contrarias, ¿qué práctica puedes adoptar para evitar ser arbitrario e imprudente? Primero debes tener una actitud de humildad, dejar de lado lo que crees correcto y permitir que todos hablen. Aunque creas que lo que dices es correcto, no debes seguir insistiendo en ello. Esa es una suerte de paso adelante; demuestra una actitud de búsqueda de la verdad, de negarte a ti mismo y satisfacer la voluntad de Dios. Una vez que tienes esta actitud, a la vez que no te apegas a tu propia opinión, debes orar, buscar la verdad proveniente de Dios y buscar un fundamento en Sus palabras; decidir cómo actuar en función de las palabras de Dios. Esta es la práctica más adecuada y precisa” (La Palabra, Vol. III. Discursos de Cristo de los últimos días. Tercera parte). Tras leer la palabra de Dios entendí que, cuando tengas ideas o puntos de vista en un debate, debes tener un corazón de búsqueda. Expresar ideas no es forzar a otros a estar de acuerdo contigo. En cambio, es plantear ideas para que todos hablen de ellas y las debatan y buscar juntos los principios de la verdad. Este es el único enfoque sensato. Es una conducta que protege el trabajo de la iglesia. Si actúas en función de tu carácter arrogante, es fácil volverse caprichosa y obligar a otros a que te escuchen sin el menor temor ni obediencia a Dios. Después, al debatir conceptos con los hermanos y hermanas, hablaba abiertamente de las opiniones e ideas que tuviera y, aunque creyera correcta mi idea, no me ceñía ciegamente a ella. Cuando me encontraba con sugerencias distintas, oraba y buscaba. Aceptaba humildemente que alguien dijera algo en consonancia con los principios, pero, si no lo estaba, defendía mi postura y lo hablaba y debatía con la persona. Es la única manera de cumplir con el deber al agrado de Dios.

Seguí leyendo la palabra de Dios, que me aclaró más aún el modo de corregir la astucia y la desconfianza. Dios Todopoderoso dice: “Me regocijo en aquellos que no sospechan de los demás y me gustan los que aceptan de buena gana la verdad; a estas dos clases de personas les muestro gran cuidado, porque ante Mis ojos, son personas honestas” (La Palabra, Vol. I. La aparición y obra de Dios. Cómo conocer al Dios en la tierra). “¿Cuáles son las expresiones de una persona honesta? Primero, no tener dudas acerca de las palabras de Dios. Esta es una de las expresiones de una persona honesta. La expresión más importante de una persona honesta, además, es buscar y practicar la verdad en todos los asuntos; esto es lo más fundamental de todo. Si dices que eres honesto, pero siempre pasas por alto las palabras de Dios y haces lo que te parece, ¿acaso es esa la expresión de una persona honesta? Dices: ‘Mi calibre es bajo, pero por dentro soy honesto’. Sin embargo, cuando te llega un deber te da miedo sufrir o que, si no lo puedes cumplir bien, tendrás que cargar con la responsabilidad y por eso pones excusas para evadirlo y recomiendas a otros para que lo hagan. ¿Es esta la expresión de una persona honesta? Claramente, no lo es. ¿Cómo, entonces, debería comportarse una persona honesta? Debe aceptar y obedecer y, luego, dedicarse completamente a realizar sus deberes de la mejor manera posible, esforzándose por cumplir la voluntad de Dios. Esto se expresa de diferentes maneras. Una de ellas es que debes aceptar tu deber con honestidad, no pensar en tus intereses carnales y no ser desganado. No conspires por tu propio bien. Esta es una expresión de honestidad. Otra manera es cumplir con tu deber de todo corazón y con todas tus fuerzas, haciendo las cosas en forma adecuada, poniendo tu corazón y tu amor en el cumplimiento del deber a fin de satisfacer a Dios. Esto es lo que debe expresarse cuando las personas honestas cumplen con su deber. Si no llevas a cabo lo que conoces y has entendido, si solo das el 50 o 60 por ciento de tu esfuerzo, entonces no estás poniendo todo tu corazón y tu fuerza en ello, estás buscando maneras de holgazanear. ¿Son honestas las personas que son descuidadas cuando cumplen con su deber? En absoluto. A Dios no le sirven de nada las personas descuidadas y astutas, han de ser expulsadas. Dios solo usa a las personas honestas para cumplir con un deber. Incluso los hacedores de servicio leales han de ser honestos. Los que son siempre descuidados o superficiales, siempre buscando maneras de holgazanear, son todos gente astuta, son todos unos demonios, ninguno cree de verdad en Dios y todos han de ser expulsados” (La Palabra, Vol. III. Discursos de Cristo de los últimos días. Tercera parte). Al meditar la palabra de Dios me percaté de que Su carácter es santo y justo. Dios ama a los honestos. Los honestos son sinceros de corazón para con Dios; hacia otros y hacia Dios, no son desconfiados ni recelan, y saben aceptar el escrutinio de Dios en todo. No son evasivos ni engañan en el deber y no escatiman esfuerzos en lo que han de hacer. Aun si han de asumir una responsabilidad, son capaces de postergar sus intereses, defender los principios y hacer bien su deber para cumplir la voluntad de Dios. Solo los que cumplen así con el deber pueden recibir el visto bueno de Dios ¡y son el único tipo de personas realmente prudentes! Sin embargo, yo, por proteger mis intereses, callaba ante los problemas, lo que perjudicaba el trabajo. Aunque yo no pareciera directamente responsable, ese era el auténtico resultado de que yo no practicara la verdad. Tampoco comprendía muchos principios de la verdad y solo veía un lado de cada problema, con lo que, inevitablemente, mis sugerencias tenían errores. Pero una persona honesta aborda su corrupción y sus faltas correctamente, acepta la verdad, así como las enseñanzas y correcciones ajenas, y puede concretar sus errores y captar los principios clave. Si sus errores perjudican realmente el trabajo, sabe admitirlo valientemente y cambiar. Tras entender estas cosas, mi corazón estaba un poco más iluminado y yo tenía más claros los principios que debía practicar en el deber.

Después, cuando volví a debatir los problemas con las hermanas, oraba a Dios, adaptaba mis intenciones y practicaba según los principios de la verdad. Una vez, debatiendo el concepto de diseño de una imagen con tres hermanas, las tres decían que el diseño no era viable, pero yo tenía justo la opinión contraria. Pensé para mis adentros: “Las tres tienen la misma opinión. Si yo expreso otra distinta, ¿dirán que soy arrogante? ¿O acaso debería callarme?”. Pero ese concepto de imagen era fresco y novedoso, y el tema, claro. Según los principios, era viable. Si aceptaba las opiniones de todas las demás, ¿no tiraría a la basura una buena propuesta de diseño? Pensé en que los honestos cumplen con el deber meticulosamente y defienden los principios. Así pues, les hablé de mis ideas y de los principios pertinentes. Gracias al debate, todas aceptaron que lo que yo decía cumplía mejor los principios. Con aquello, le estaba sinceramente agradecida a Dios por guiarme y experimenté la paz que se deriva de ocuparse de las cosas siguiendo los principios.

Así pues, ya me he liberado poco a poco de mi exceso de cautela y mi desconfianza. Puedo debatir con todo el mundo cualquier idea que tenga y mi corazón se siente más puro y sincero en el cumplimiento del deber. Me he vuelto más eficaz en el deber. Gracias a la guía de la palabra de Dios, tengo ese conocimiento y la capacidad de transformarme.

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