62. Ahora puedo afrontar los reveses y fracasos de forma correcta
En mayo de 2024, empecé a formarme en redactar sermones en la iglesia. Al principio tuve algunas dificultades y sentía que, como tenía una comprensión superficial de la verdad, no sería capaz de escribir bien. La hermana con la que colaboraba compartió conmigo, me animó y también me dio algunos consejos útiles. Después, cuando redacté un sermón, busqué las verdades pertinentes; cuando había descifrado las verdades por completo, reflexioné sobre cómo escribir el sermón y lo terminé con rapidez. Me sentí muy feliz y agradecida por la guía de Dios. Dos días después, el supervisor me escribió y dijo que habían seleccionado mi sermón y que tenía una buena aptitud y algunas ideas. Me sorprendí y me alegré a la vez. Acababa de empezar a formarme y el primer sermón que redactaba había sido seleccionado. Algunas de las hermanas a mi alrededor ya habían escrito varios sermones, pero no seleccionaron ninguno de los suyos, así que sentí que yo debía ser alguien muy especial. Unos días después, de casualidad, leí una carta que el supervisor había escrito a los líderes. La carta decía: “Qiao Xin es bastante proactiva para redactar sermones y es alguien que tiene algunas ideas y aptitud, y nos estamos preparando para cultivarla”. Aunque la carta no decía demasiado, sentí que me había convertido en el centro de atención y que era distinta a los otros hermanos y hermanas. Pensé en que, el año pasado, había redactado varios artículos en una semana y que el supervisor se había fijado pronto en mí. Dijo que tenía talento para escribir y me asignó a cumplir un deber relacionado con textos. Ahora, apenas después de haber empezado a formarme en redactar sermones, otro supervisor había vuelto a fijarse en mí. Pensé: “Dondequiera que voy, puedo acaparar todas las miradas. ¡Parece que realmente tengo aptitud y talento para escribir!”. A partir de entonces, sentía que era distinta a los demás. Pensé: “Tengo que formarme con empeño y hacer que cada sermón sea mejor que el anterior para poder redactar sermones que cumplan con el estándar en el menor tiempo posible. De esa forma, no cabe duda de que todos tendrán una opinión aún mejor de mí y me elogiarán aún más”. Después, fui muy proactiva para redactar sermones y escribí dos seguidos, que entregué al supervisor. El supervisor también solía escribirme cartas para animarme, y yo podía leer entre líneas que se preocupaba por mí y me valoraba. Me sentía muy feliz por dentro y vivía con una sensación de autoadmiración.
No mucho después, recibí comentarios por escrito sobre el sermón que había redactado. Abrí el archivo y vi que los líderes habían resaltado muchos problemas: algunas partes de la enseñanza eran poco claras y otras se iban del tema… Me desanimé mucho y me sentí abatida. Pensé: “Lo lógico es que, como tengo talento para escribir, mis sermones vayan mejorando y que mi progreso sea evidente. Entonces, ¿cómo es posible que haya empeorado? ¿Qué pensarán los líderes de mí? ¿Creerán que me juzgaron de forma errónea y que, en realidad, no tengo ese tipo de aptitud?”. Cuanto más lo pensaba, más negativa me volvía y ya no tenía ganas de reflexionar sobre los problemas que habían señalado los líderes. Me di cuenta de que mi estado no era el correcto, así que busqué las palabras de Dios para leer y vi este pasaje: “La gente no debería creerse muy perfecta, muy distinguida, muy noble o muy diferente a los demás; todo eso lo genera el carácter arrogante de los seres humanos y su ignorancia. Pensar siempre que son diferentes; eso lo causa un carácter arrogante. No ser nunca capaz de aceptar sus defectos ni enfrentar sus errores y fallas; eso lo causa un carácter arrogante. No permitir nunca que otros sean superiores o mejores que ellos; eso lo causa un carácter arrogante. No permitir nunca que las fortalezas de otros superen o sobrepasen las suyas se debe a un carácter arrogante; no permitir nunca que otros tengan mejores ideas, sugerencias y puntos de vista que ellos y, cuando descubren que otros son mejores que ellos, volverse negativos, no querer hablar, sentirse afligidos, desalentados y molestos, todo eso lo causa el carácter arrogante. El carácter arrogante puede volverte incapaz de aceptar las correcciones de los demás por proteger tu orgullo, incapaz de enfrentarte a tus defectos e incapaz de aceptar tus propias fallas y errores. Es más, cuando alguien es mejor que tú, esto puede provocar que surjan el odio y los celos en tu corazón, te puedes sentir constreñido y ni siquiera desear realizar tu deber y volverte superficial al hacerlo. El carácter arrogante puede hacer que estas conductas y prácticas surjan en ti” (La Palabra, Vol. III. Discursos de Cristo de los últimos días. Los principios que deben guiar la conducta propia de una persona). Tras leer las palabras de Dios, entendí que mi búsqueda de perfección y de destacar entre los demás, como así también mi rechazo a aceptar que los líderes me guiaran sobre mis problemas, se debían a que estaba controlada por un carácter arrogante. Cuando oí que los sermones que había escrito habían sido seleccionados y que el supervisor dijo que tenía aptitud, me volví vanidosa y empecé a creer que no era una persona común y corriente, sino alguien con aptitud y talento para escribir. Empecé a exigirme para asegurarme de que mis sermones fueran mejores que los demás, y sentía que no debían tener tantos problemas, pues solo así sería digna de que me llamaran alguien con talento para escribir. Por eso, cada vez que sufría un revés, me volvía negativa y no podía verme de forma adecuada. En realidad, que los sermones que uno escribe tengan problemas es algo muy normal, y es imposible saber y poder hacer todo al comenzar en este deber, y no cometer ningún tipo de error. No era realista imponerme semejantes exigencias. Además, los líderes señalaban mis problemas para ayudarme a descubrir mis carencias, a aprender a compensarlas y a crecer. Sin embargo, cuando sufría un revés, me volvía negativa y no podía afrontar correctamente mis carencias. ¡Me valoraba demasiado y era muy arrogante! Después de reflexionar sobre esto, estuve dispuesta a aceptar la guía y ayuda de los líderes y a centrarme en buscar y meditar sobre los principios-verdad pertinentes cuando redactaba mis sermones, para prevenir que esos errores y desviaciones ocurrieran nuevamente.
A partir de entonces, sosegué mi corazón, estudié los principios pertinentes y logré entender algunas cosas durante mis estudios. Sin embargo, cuando me ponía a escribir, seguía teniendo algunas dificultades y sentía que escribir un sermón que cumpliera con el estándar no era fácil. A medida que pasaba el tiempo, descubrí que seguía sin tener ideas, empecé a desanimarme y pensé: “¿Y si no consigo escribir un buen sermón? ¿Cómo me verán los líderes? ¿Dirán: ‘Resulta que Qiao Xin tiene muy mala aptitud y tampoco comprende la verdad’?”. Al pensarlo, me preocupé y, cuando me puse a estudiar de nuevo, mi mente divagaba y me entraba sueño constantemente. Por la noche, cuando quería dormir, no podía sino suspirar y daba vueltas en la cama, sin poder conciliar el sueño. Tenía muchas ganas de escribir un buen sermón cuanto antes para poder enseñárselo a todos y con eso restaurar mi imagen. Pero, cuanto más pensaba en escribirlo bien, más presión sentía. A la mañana siguiente, me desperté sintiéndome agotada y me empezó a doler la cabeza. Estuve reflexionando durante todo el día, pero seguía sin que se me ocurriera ninguna idea y sentía como si una losa pesada me oprimiera el pecho y me dificultara la respiración. La hermana con la que cooperaba quería estudiar los principios conmigo, pero yo no tenía ganas.
Más tarde, me sinceré con ella sobre el estado que había tenido durante esos días y ella me leyó un pasaje de las palabras de Dios. Dios Todopoderoso dice: “Satanás usa la fama y el provecho para controlar los pensamientos de las personas, con lo que hace que no piensen en nada más que en estas dos cosas y que luchen por la fama y el provecho, sufran dificultades, soporten la humillación y lleven una pesada carga, sacrifiquen todo lo que tienen y emitan todo juicio o tomen toda decisión en aras de la fama y el provecho. De esta forma, Satanás coloca grilletes invisibles a las personas y, con estos grilletes sobre ellas, no tienen la capacidad ni el valor para liberarse. Sin saberlo, llevan estos grilletes mientras avanzan paso a paso con gran dificultad. En aras de esta fama y provecho, la humanidad se aparta de Dios y lo traiciona, y se vuelve más y más perversa. De esta forma, se destruye una generación tras otra en medio de la fama y el provecho de Satanás. Consideremos ahora las acciones de Satanás, ¿no son sus insidiosos motivos completamente odiosos? Tal vez hoy todavía no podáis desentrañar sus motivos insidiosos, porque pensáis que, sin fama y provecho, la vida no tendría significado y las personas ya no serían capaces de ver el camino que tienen por delante ni tampoco sus metas, y su futuro se volvería oscuro, tenue y sombrío. Sin embargo, poco a poco, todos reconoceréis un día que la fama y el provecho son grilletes enormes que Satanás coloca al hombre. Cuando llegue ese día, te resistirás por completo al control de Satanás y a los grilletes que este te pone. Cuando desees liberarte de todas estas cosas que Satanás ha inculcado en ti, romperás definitivamente con él y odiarás de veras todo lo que te ha traído. Solo entonces sentirás verdadero amor y anhelo por Dios” (La Palabra, Vol. II. Sobre conocer a Dios. Dios mismo, el único VI). Después de escuchar las palabras de Dios, de repente, mi corazón se sintió más iluminado. Me di cuenta de que la sensación de opresión en mi corazón durante esos últimos días se debía a que la fama, el provecho y el estatus me estaban limitando y atando. Al principio, el supervisor dijo que yo tenía buena aptitud y que los sermones que escribí eran muy buenos. Entonces comencé a admirarme a mí misma al creer que tenía un talento especial para escribir, por lo que me esforcé más en escribir sermones, con la esperanza de obtener los elogios y la admiración de los demás. Sin embargo, cuando me señalaron muchos problemas en los dos sermones que había escrito, me preocupó que los demás me menospreciaran y dejaran de considerarme una persona con aptitud y talento, por lo que no conseguía calmarme para meditar sobre los problemas que habían señalado los líderes y tampoco estudiaba los principios ni buscaba la verdad para compensar mis carencias. Solo quería escribir un buen sermón cuanto antes para restaurar mi imagen. Sin embargo, cuanto más ansiosa me ponía, menos ideas tenía y más se ofuscaban mis pensamientos y, después de trabajar durante todo el día, seguía sin avanzar. Recordé que, cuando empecé a escribir sermones, aunque tenía muchas dificultades, tenía un corazón puro que confiaba en Dios. Estudiaba de verdad, buscaba las palabras de Dios pertinentes para meditar sobre ellas y Él me esclarecía y me guiaba. Por lo tanto, cuando escribía, se me ocurrían algunas ideas. Sin embargo, ahora, lo único en lo que pensaba era en mi orgullo y mi estatus. Además, el pensar en intentar mantener una buena imagen ante los demás me impedía comer y dormir, me hacía sentir mareada y aturdida, y me impedía concentrarme en escribir el sermón. La fama y el provecho controlaban por completo mi corazón. Si no cambiaba mi estado, seguiría viviendo sumida en la oscuridad y con un dolor insoportable y, con el tiempo, perdería la obra del Espíritu Santo o incluso perdería este deber. Entonces, oré a Dios: “Dios, no quiero vivir en un estado de buscar la reputación y el estatus, pero no sé cómo resolverlo. Te ruego que me esclarezcas y me guíes para poder salir de este estado equivocado y cumplir bien con mi deber”.
A la mañana siguiente, mi hermana me leyó unos cuantos pasajes de las palabras de Dios, y uno de estos me ayudó mucho. Dios Todopoderoso dice: “Todo el mundo sabe que ser arrogante es malo, pero en cuanto la gente logra algunos resultados en su deber, se vuelve arrogante de forma natural, se le suben los humos y piensa que ha tenido éxito en su fe en Dios. Entonces, ¿por qué se le suben los humos cuando logra algunos resultados en su deber? Una parte se debe a que la gente es demasiado arrogante y vanidosa. ¿Hay otras razones? (Es porque la gente no se da cuenta de que es Dios quien la guía para lograr estos resultados. Piensan que todo el mérito es suyo y que poseen capital, por eso se les suben los humos. De hecho, sin la verdad y sin la obra del Espíritu Santo, la gente es incapaz de hacer nada, pero no pueden ver esto con claridad). Esta afirmación es correcta y también es el quid de la cuestión. Si la gente no experimenta la obra de Dios y no puede obtener la verdad, siempre se cree capaz de cualquier cosa. Así que si poseen algo de capital, se vuelven arrogantes y se les suben los humos. ¿Sois capaces de sentir la guía de Dios y el esclarecimiento del Espíritu Santo en el transcurso de hacer vuestro deber? (Sí). Si podéis percibir la obra del Espíritu Santo, y sin embargo se os siguen subiendo los humos y seguís creyendo que poseéis la realidad, ¿qué está pasando entonces? (Cuando la ejecución de nuestro deber ha dado fruto, pensamos que la mitad del mérito pertenece a Dios y la otra mitad a nosotros. Exageramos nuestra cooperación hasta un punto ilimitado, pensando que nada es más importante que esta, y que el esclarecimiento de Dios no sería posible sin ella). Entonces, ¿por qué te esclarece Dios? ¿Puede Dios esclarecer también a otras personas? (Sí). Cuando Dios esclarece a alguien, es por la gracia de Dios. ¿Y en qué consiste esa pequeña cooperación por tu parte? ¿Es algo por lo que mereces reconocimiento, o es acaso tu deber y responsabilidad? (Es nuestro deber y responsabilidad). Al reconocer que se trata de tu deber y responsabilidad, entonces tienes la mentalidad correcta y no considerarás tratar de apuntarte el tanto. Si siempre crees: ‘Esta es mi contribución. ¿Sería posible el esclarecimiento de Dios sin mi cooperación? Esta tarea requiere de la cooperación del hombre; nuestra cooperación supone el grueso de todo este logro’, entonces estás equivocado. ¿Cómo puedes cooperar si el Espíritu Santo no te ha esclarecido, y si nadie te ha compartido los principios-verdad? Si no sabes lo que Dios requiere ni conoces la senda de práctica, aunque quieras someterte a Dios y cooperar, no sabrás cómo hacerlo. ¿Acaso esta ‘cooperación’ tuya no quedará solo en palabras vacías, entonces? Si no cooperas de verdad y solo actúas según tus propias ideas, ¿puede el deber que realizas ser acorde al estándar? En absoluto. Esto indica un problema. ¿Cuál es el problema? Sea cual sea el deber que realice una persona, que esta logre resultados, haga el deber acorde al estándar y obtenga la aprobación de Dios depende de Su obra. Aun si cumples con tus responsabilidades y tu deber, si Dios no obra o no te esclarece y guía, y tú no conoces tu senda, tu rumbo ni tus metas, ¿cuál será el resultado último de esto? Después de esforzarte todo ese tiempo, no habrás realizado tu deber correctamente, ni habrás ganado la verdad y vida; todo habrá sido en vano. Por lo tanto, ¡depende de Dios que hagas el deber acorde al estándar, edifiques a tus hermanos y hermanas y obtengas la aprobación de Dios! La gente no puede hacer más que aquello que es capaz de hacer, lo que debe hacer y lo que está dentro de sus propias capacidades, nada más. Entonces, lograr resultados en tus deberes depende en último término de la guía de las palabras de Dios y el esclarecimiento y la dirección del Espíritu Santo; solo así puedes entender la verdad y cumplir la comisión de Dios según la senda que Dios te ha concedido y los principios que ha establecido. Esta es la gracia y la bendición de Dios, y si la gente no puede verlo, es que está ciega. Con independencia de qué clase de obra realice la casa de Dios, ¿cuál es el resultado deseado? Por un lado, es dar testimonio de Dios y propagar Su evangelio, mientras que, por el otro, es edificar y aportar beneficios a los hermanos y hermanas. La obra de la casa de Dios tiene el propósito de lograr resultados en ambos ámbitos. En la casa de Dios, sea cual sea el deber que hagas, ¿puedes lograr resultados sin la guía de Dios? De ninguna manera. Puede decirse que, sin la guía de Dios, lo que haces es esencialmente inútil y, sin duda, no puede lograr ningún resultado” (La Palabra, Vol. III. Discursos de Cristo de los últimos días. Los principios que deben guiar la conducta propia de una persona). Después de leer las palabras de Dios, entendí que no era capaz de dejar de catalogarme como alguien “con un talento especial para escribir” porque me atribuía toda la eficacia de escribir los sermones y pensaba que los resultados que había obtenido se debían a mi buena aptitud, a mi talento para escribir y al esfuerzo que ponía, así como al precio que pagaba en reflexionar. En realidad, a menudo me costaba escribir, y fue al orar a Dios, al meditar en las verdades pertinentes y al recibir el esclarecimiento y la guía de Dios que recibí un poco de inspiración. Sin embargo, después, cuando los demás me dieron algunas palabras de elogio y ánimo, me volví vanidosa, pensé que todo era mérito mío y hasta me catalogué como alguien “con buena aptitud y talento para escribir” y no fui capaz de verme tal como era. En realidad, poder cumplir un deber o no depende, en parte, de entender los principios del deber y las verdades pertinentes y, más importante, de recibir el esclarecimiento y la guía de Dios. Hay momentos en los que no se nos ocurren ideas y, al orar a Dios, buscar Su guía y meditar en Sus palabras, llegamos a entender algunas verdades y obtenemos un poco de luz y algunas ideas, sin darnos cuenta. Solo entonces pueden lograr buenos resultados los sermones que escribimos. Esto no se debe a nuestras propias capacidades. Pensé en cómo, durante los últimos días, vivía por la fama y el estatus y no podía recibir el esclarecimiento y la guía de Dios. Aunque me esforzaba en escribir, mi mente era un caos, no se me ocurría ninguna idea y estaba siendo una auténtica necia. Realmente me di cuenta de que los buenos resultados en mis deberes se debían al esclarecimiento y la guía de Dios, y que no tenía nada de lo que alardear. Sin embargo, había tenido el descaro de atribuirme todo el mérito. ¡Esto era realmente vergonzoso! Aunque había escrito varios sermones, apenas había captado una pequeña parte del proceso de cómo escribirlos. En realidad, no captaba muchos principios y no tenía claras las verdades en varios aspectos; a veces me costaba captar los puntos clave al escribir sermones. Aunque había estudiado los principios pertinentes, a la hora de aplicarlos en la práctica, tenía muchas carencias y todavía necesitaba que los demás me corrigieran y ayudaran. Pero creía que era alguien excepcional, que estaba por las nubes, y realmente ignoraba mis propias limitaciones. Cuanto más lo pensaba, más avergonzada me sentía, quería ocultar mi rostro y que me tragara la tierra.
Más tarde, pensé que la razón principal por la que no había sido capaz de escribir bien aquellos dos sermones era que apenas acababa de empezar a formarme y aún no captaba algunos principios, así que estudié los principios con mis hermanas y usé los dos sermones como ejemplos para que todas los analizáramos y comentáramos. Todas aportaron sugerencias y, luego, cuando volví a revisar los sermones, tenía una dirección. Cada vez que no entendía algo, oraba a Dios, buscaba la verdad y reflexionaba, y entregué uno de los sermones después de haber completado la revisión. Sin embargo, al revisar el otro, todavía tenía dificultad. No tenía claro cuál era la verdad y me sentía un poco preocupada. También tenía miedo de que mi escritura fuera rancia y seca, y me preguntaba qué pensarían los líderes de mí cuando lo entregara. ¿Dirían que no tenía suficiente aptitud? No me atrevía a pedir ayuda a los hermanos y hermanas, pero no veía cómo salir adelante y sentía mucha presión en el corazón. En ese momento, recordé un pasaje de las palabras de Dios y lo busqué para leerlo. Dios dice: “Cuando Dios requiere que las personas cumplan con su deber, no les está pidiendo completar cierto número de tareas o realizar alguna gran empresa, ni lograr ninguna proeza revolucionaria. Lo que Dios quiere es que la gente sea capaz de hacer todo lo que esté a su alcance con los pies en la tierra y que viva según Sus palabras. Dios no necesita que seas grande o noble ni que hagas ningún milagro, ni tampoco quiere ver ninguna sorpresa agradable en ti. Dios no necesita estas cosas. Lo único que Dios necesita es que practiques de acuerdo con Sus palabras con los pies en la tierra. Tras entender las palabras de Dios, actúa conforme a ellas y llévalas a cabo, o tras escuchar Sus palabras, recuérdalas bien y, cuando llegue el momento de practicar, hazlo según las palabras de Dios. Deja que se conviertan en tu vida, en tus realidades y en lo que vives. Así Dios estará satisfecho. Tú siempre persigues la grandeza, la nobleza y el estatus; siempre persigues ser superior a los demás. ¿Cómo se siente Dios cuando ve esto? Lo detesta y se distanciará de ti. Cuanto más persigues la grandeza y la nobleza y buscas sobresalir del resto, elevarte por encima de la multitud y ser excepcional y sobresaliente, más aversión siente Dios por ti. Si no reflexionas sobre ti mismo y te arrepientes, Dios te aborrecerá y te rechazará. No debes ser en absoluto alguien por quien Dios sienta aversión; debes ser una persona a la que Dios ame. Entonces, ¿cómo puedes convertirte en una persona a la que Dios ame? Acepta la verdad con obediencia, ocupa el lugar que te corresponde como ser creado, actúa según las palabras de Dios con los pies en la tierra, realiza tu deber adecuadamente, sé una persona honesta y vive la semejanza humana. Esto es suficiente y satisfará a Dios” (La Palabra, Vol. III. Discursos de Cristo de los últimos días. El correcto cumplimiento del deber requiere de una cooperación armoniosa). Después de leer las palabras de Dios, entendí que Él no tiene requisitos altos para las personas y tampoco les pide que logren grandes resultados. Mientras las personas puedan ser obedientes y se sometan, y cumplan su deber, con los pies en la tierra y de acuerdo con las exigencias de Dios, Él estará satisfecho. Pero yo siempre quería destacar y escribir buenos sermones para recibir los elogios y la aprobación de los demás. Esto estaba controlado por mi ambición y deseo. Esto era un carácter corrupto. Pensé en el primer decreto administrativo que el pueblo escogido de Dios debe obedecer, que dice: “El hombre no debe magnificarse ni exaltarse a sí mismo. Debe adorar y exaltar a Dios” (La Palabra, Vol. I. La aparición y obra de Dios. Los diez decretos administrativos que el pueblo escogido de Dios debe obedecer en la Era del Reino). Yo siempre buscaba la fama, el provecho y el estatus, quería que los demás me elogiaran y valoraran, así como tener un lugar en sus corazones. Esto es algo que Dios detesta. Vivir en este estado me impedía cumplir bien con mi deber y hasta podía obstaculizar el trabajo. Tenía que corregir de inmediato la perspectiva equivocada detrás de mi búsqueda. Aunque todavía tenía muchas carencias al redactar sermones, estaba dispuesta a sosegar mi corazón ante Dios para buscar la verdad y dar lo mejor de mí para colaborar. Escribiría todo lo que entendiera y consideraría cada problema que surgiera al redactar los sermones como una oportunidad para compensar mis defectos. Creía que, al formarme de esta manera, gradualmente, no cabía duda de que progresaría. Al pensar en esto, me sentí mucho más aliviada.
La vez siguiente que escribí sermones, primero, escribí lo que entendía. En cuanto a lo que no entendía, buscaba, reflexionaba o hablaba con los hermanos y hermanas, y una vez que tenía clara la verdad, continuaba escribiendo. De esta manera, la eficacia de los sermones que escribía era mucho mejor. No mucho después, los líderes nos enviaron algunos sermones buenos para que los estudiáramos y usáramos de referencia. Esos sermones no solo eran originales y radiantes, sino que compartían las verdades de forma muy práctica y clara. En comparación, me di cuenta de que mis sermones estaban llenos de palabras y doctrinas, y que no compartían la verdad con claridad. En ese momento, vi cuánto me faltaba. ¡Comparada con los hermanos y hermanas, estaba muy por detrás! Cuando ellos escribían sobre sus pensamientos y logros, no solo no se jactaban, sino que decían que les faltaban muchas cosas y que poder escribir un sermón que cumpliera con el estándar no se debía a su propia aptitud ni a que entendieran la verdad, sino a que recibían el esclarecimiento del Espíritu Santo a través de orar, buscar y meditar en las verdades pertinentes. Al ver esto, me sentí profundamente avergonzada. Pensé en cómo acababa de empezar a escribir sermones y, aunque tenía una comprensión superficial, ya pensaba que estaba por encima de la media. Hasta me había catalogado de forma permanente como alguien con un talento especial para escribir. ¡Realmente me sobrevaloraba y no tenía ninguna autoconciencia!
Ahora, cuando vuelvo a ver las sugerencias de los líderes, soy capaz de tratarlas de manera correcta y, si hay algo que no entiendo o no puedo hacer, puedo tomar la iniciativa para buscar. Además, la calidad de mis sermones ha mejorado en comparación con antes. En mi corazón, sé que el progreso que he hecho se debe al esclarecimiento y la guía de Dios. A través de esta experiencia, he obtenido cierta comprensión sobre mi carácter corrupto y he logrado progresar un poco en mi entrada en la vida. También me he dado cuenta de que tengo una comprensión muy superficial de la verdad y que debo centrarme en los principios-verdad y cumplir mi deber con constancia. Si no fuera por esta revelación, habría seguido viviendo en un estado de admirarme a mí misma y no habría conseguido progresar en mi deber. ¡Este fracaso y este revés me han traído grandes beneficios, y agradezco a Dios de todo corazón!