Tras el terremoto

29 Mar 2022

Por Jane, Filipinas

Acepté la obra de Dios Todopoderoso de los últimos días en julio de 2019. Más tarde, leí muchas de las palabras de Dios Todopoderoso y, cada vez que las leía, sentía que Dios me hablaba cara a cara. Eso me daba gran sustento y lo disfrutaba mucho. Era una sensación que jamás había tenido en toda mi vida. En comunión aprendí que, mientras vivamos, debemos tener fe, leer las palabras de Dios y cumplir con el deber de un ser creado. Y aunque mi papá se oponía a mi fe y perdía mucho los estribos conmigo, seguía yendo a reuniones porque sabía que era el único modo de comprender mejor las palabras de Dios. Mi vida estaba muy vacía antes de poder leer las palabras de Dios. Eso era lo que me llenaba y daba rumbo a mi vida. Sabía lo sumamente importante que era para mí reunirme y leer Sus palabras.

Sin embargo, pronto me enfrenté a una tentación. Mi vecina me preguntó si quería un empleo de dependienta en la tienda donde trabajaba y me comentó que podía ganar más de 500 pesos diarios. Me dijo que estaba segura de que me contratarían. Me pareció un buen salario. Con ese dinero podría permitirme las cosas que quisiera, además de ayudar a mis padres. Pero, si aceptaba ese empleo, probablemente no podría ir a las reuniones con normalidad. No obstante, quería el dinero y era reticente a perder mi oportunidad. Al final no pude vencer la tentación y acepté el trabajo. Solo firmé un contrato de un mes, pensando que luego podría asistir a las reuniones con normalidad y que, entretanto, haría lo imposible por seguir asistiendo. Pese a ello, las cosas no salieron como pensaba. En contra de lo que esperaba, me era imposible ir a las reuniones. No podía usar el celular en el trabajo y no salía hasta las 6 de la tarde. Como era un trayecto largo, llegaba a casa cansadísima. No tenía energía. Si no llegaba a casa a tiempo, ya era demasiado tarde para asistir. Con el tiempo, sentí que me estaba alejando de Dios, así como un temor y un desasosiego desconocidos. Sin saber por qué, estaba siempre muy triste. Tenía una sonrisa en el rostro, pero sufría por dentro. Sentía como si hubiera desaparecido toda luz en mi vida. A veces me sentía tan en tinieblas que me ponía a llorar. Extrañaba mucho ir a las reuniones. Cuando no había clientes, escribía en mi cuaderno palabras de Dios que recordaba y las leía y meditaba cuando podía. Percibía la ayuda y la guía de Dios. Siempre miraba el calendario y contaba los días de contrato que me quedaban. Quería terminar en ese trabajo y empezar a reunirme de nuevo.

Un día me conecté a Facebook y vi un par de pasajes de las palabras de Dios enviados por un hermano. “Todo tipo de desastres sucederán, uno tras otro; todas las naciones y todos los lugares experimentarán calamidades: la plaga, el hambre, las inundaciones, la sequía y los terremotos están por todas partes. Estos desastres no ocurren solo en uno o dos lugares, ni terminarán dentro de un día o dos, sino que se extenderán sobre un área cada vez mayor y serán cada vez más severos. Durante este tiempo, surgirán, sucesivamente, toda clase de plagas de insectos, y el fenómeno del canibalismo ocurrirá en todos los lugares. Este es Mi juicio sobre todas las naciones y todos los pueblos” (‘Capítulo 65’ de Declaraciones de Cristo en el principio en “La Palabra manifestada en carne”). “Expreso Mi misericordia hacia los que me aman y se niegan a sí mismos. Mientras tanto, el castigo traído sobre los malvados es precisamente una prueba de Mi justo carácter y, más aún, testimonio de Mi ira. Cuando llegue el desastre, el hambre y la peste caerán sobre todos aquellos que se oponen a Mí y llorarán. Quienes hayan cometido toda clase de maldades, pero que me hayan seguido durante muchos años no se librarán de pagar por sus pecados; ellos también caerán en la catástrofe, que apenas se ha visto durante millones de años, y vivirán en un constante estado de pánico y miedo. Y todos Mis seguidores que han sido leales a Mí se regocijarán y aplaudirán Mi grandeza. Ellos experimentarán una alegría inefable y vivirán en un júbilo que Yo nunca antes he otorgado a la humanidad. Porque Yo atesoro las buenas acciones del hombre y aborrezco sus acciones malvadas. Desde que comencé a liderar a la humanidad, he estado esperando ansiosamente obtener un grupo de personas que piense igual que Yo. Pero nunca olvido a los que no piensan igual que Yo; los aborrezco siempre en Mi corazón, a la espera de la oportunidad de administrarles Mi retribución y lo disfrutaré cuando lo vea. ¡Ahora, Mi día finalmente ha llegado y ya no necesito esperar!” (‘Prepara suficientes buenas obras para tu destino’ en “La Palabra manifestada en carne”). Percibí la autenticidad de las palabras de Dios y tuve mucho miedo. Imaginé que se cumplía lo que Él había dicho. En Mindanao se habían producido cada vez más desastres, como erupciones volcánicas, huracanes, terremotos y pandemias, y era igual en el mundo entero. Pero yo había decidido ganar dinero y me había alejado de Dios. Temía que Dios no me protegiera en un desastre y perder la vida. Por ello, oré: “Dios mío, te pido perdón por preferir el dinero a Ti. Sé que me opuse a Tu voluntad, pero deseo arrepentirme”. Me dije que no era demasiado tarde para arrepentirme, que aún tenía la oportunidad de volver a las reuniones. Tenía ganas de que se me terminara pronto el contrato para poder asumir un deber de nuevo.

Recuerdo sentirme muy preocupada el 15 de diciembre de 2019. Sin saber por qué, tenía un mal presentimiento. Quería irme a casa y salir del centro comercial, no continuar trabajando. Una compañera me pidió entonces que la acompañara al servicio. Minutos después, cuando volvíamos al centro comercial, el suelo empezó a tambalearse de repente. Vi a gente que salía corriendo del centro comercial. Algunos estaban muertos de miedo. Por todos lados caían cosas de las estanterías. Por fortuna, estábamos junto a la salida, por lo que salimos rápidamente del edificio. Este temblaba tanto que me sentía como dentro de una cuna y nos costó llegar a un lugar seguro. Ahora que lo recuerdo todo, por suerte había salido del centro comercial para ir al servicio justo antes de que comenzara y había mucha gente allí, así que tuvimos que esperar un rato afuera. El terremoto empezó en cuanto volví a entrar. Ocurrió en el momento justo, por lo que fue la protección de Dios lo que me salvó del peligro. Me emocioné mucho; no por sobrevivir, sino porque vi el amor de Dios y que Él estaba conmigo. Me salvó de ese terremoto. Clamé a Dios de corazón una y otra vez: “¡Gracias, Dios Todopoderoso, por salvarme!”. Parada afuera, se me pasaron por la mente muchos pensamientos. Sabía que había ganado algo de dinero, pero me había sentido mal y deprimida. El dinero no es importante. No sirve de nada en un terremoto. Lo que importa es presentarse ante Dios y recibir Su salvación. Tenía muchos deseos de irme a casa y unirme a una reunión. Quería contarles a los hermanos y hermanas cómo me guió Dios para alejarme del desastre y cómo había presenciado Su amor y Sus obras.

Ese día, de camino a casa, me preguntaba por qué me protegió Dios pese a haberme alejado de Él. Abrí la aplicación de la iglesia y vi un pasaje de las palabras de Dios Todopoderoso. “El amor de Dios es práctico: por medio de la gracia de Dios, el hombre evita un desastre tras otro, y mientras tanto Dios muestra tolerancia una y otra vez por las debilidades del hombre. El juicio y el castigo divinos permiten que las personas lleguen a conocer gradualmente la corrupción y la esencia satánica de la humanidad. Lo que Dios provee, Su esclarecimiento y Su guía del hombre, todo permite que el ser humano conozca más y más la esencia de la verdad y que sepa cada vez más lo que el hombre necesita, qué camino debería tomar, para qué debería vivir, el valor y el significado de su vida y cómo recorrer la senda que tiene por delante. Todas estas cosas que Dios hace son inseparables de Su único propósito original. ¿Cuál es, pues, este propósito? ¿Por qué usa Dios estos métodos de llevar a cabo Su obra sobre el hombre? ¿Qué resultado quiere lograr? En otras palabras, ¿qué quiere ver en el ser humano? ¿Qué quiere conseguir de él? Lo que Dios quiere ver es que el corazón del hombre pueda revivir. Estos métodos que Él usa para obrar sobre el ser humano son un continuo esfuerzo para despertar el corazón del hombre, para despertar su espíritu, para permitirle al hombre entender de dónde viene, quién lo está guiando, respaldando, proveyendo para él, y quién le ha permitido vivir hasta el momento presente; son un medio para hacer entender al hombre quién es el Creador, a quién debería adorar, por qué tipo de senda debería caminar y de qué manera debería venir delante de Dios. Son un medio para revivir poco a poco el corazón del hombre, para que este conozca el corazón de Dios, lo entienda y comprenda el gran cuidado y pensamiento que hay detrás de Su obra para salvarle. Cuando el corazón del hombre ha revivido, ya no desea vivir con un carácter degenerado y corrupto, en lugar de eso desea buscar la verdad para satisfacer a Dios. Cuando el corazón del hombre ha despertado, entonces es capaz de arrancarse por completo del lado de Satanás. Ya no volverá a ser perjudicado, controlado ni engañado por él. En su lugar, el hombre puede colaborar proactivamente en la obra de Dios y en Sus palabras para satisfacer el corazón de Dios, y alcanzar así el temor de Dios y apartarse del mal. Este es el propósito original de la obra de Dios” (‘Dios mismo, el único VI’ en “La Palabra manifestada en carne”). Esto me resultó muy conmovedor. Aprecié el amor y la misericordia de Dios. Decidí dejar las reuniones y mi deber por los placeres carnales, por lo que creía que Dios no me salvaría. Sin embargo, me protegió milagrosamente en aquel terremoto, en vez de desecharme. Dios quería que despertara y dejara de codiciar el dinero, que regresara ante Él, buscara la verdad y cumpliera con un deber. Me sentí sumamente afortunada. No podía desperdiciar esa oportunidad de parte de Dios, sino que tenía que arrepentirme, renunciar al gozo carnal y volver a cumplir con el deber de un ser creado en la iglesia.

Una vez que terminó mi contrato, a finales de diciembre, dedicaba casi todo mi tiempo y energía a mi deber. Notaba ciertas debilidades cuando me topaba con los problemas y a veces me cansaba mucho, pero luego siempre pensaba en cómo me protegió Dios durante el terremoto. Por más dificultades que afrontara, sabía que tenía que esforzarme y cumplir con el deber para devolverle a Dios Su amor. Para mí, ese era el único modo de librarse de la adversidad de los desastres y tener un buen destino. Después, un día miré un testimonio titulado El motivo de mis bendiciones se reveló a través de la enfermedad. Era un video de un hermano, creyente desde hace tiempo, que también dio mucho y se esforzó en el deber hasta que enfermó de gravedad. Estaba triste y llegó a culpar a Dios. Creía que, por haber dado tanto, no debería haber enfermado así y no entendía por qué no lo había bendecido y protegido Dios. Tras leer las palabras de Dios, se dio cuenta de que no cumplía con el deber para buscar la verdad y obedecer a Dios, sino para que Él lo bendijera y poder entrar en Su reino. Su experiencia me enseñó que quizá también estaban viciadas mis motivaciones en el deber, pues siempre esperaba que Dios me salvara del desastre. Temía estar, como él, intentando hacer un trato con Dios. Esa noche me pregunté: ¿Mi deber era para satisfacer a Dios o para recibir Su gracia? Recordé la protección que recibí durante el terremoto y el terror que sentí después. Temía caer en el desastre en un futuro. Por tanto, mi anhelo por volver a cumplir con un deber era una mera esperanza de que Dios me salvara de los desastres. Tenía las mismas motivaciones y actitudes que el hermano del video. Él pasó por una enfermedad, y yo, por un terremoto. Mis sacrificios no eran para someterme a Dios y satisfacerlo, sino para que Él me protegiera del desastre y así yo tener un buen destino y entrar en Su reino. Me alteré mucho esa noche. Realmente no admitía que cumplía con el deber solo a cambio de las bendiciones de Dios. Deseaba enormemente ser sincera en él. Sin embargo, en realidad tenía fe en aras de mi propia ganancia. No tenía un corazón de veneración ni obedecía y adoraba a Dios como Creador nuestro.

Luego busqué algunas verdades sobre esto y encontré un pasaje de Dios. “Mis acciones son mayores en número que los granos de arena en la playa y Mi sabiduría sobrepasa a todos los hijos de Salomón, pero las personas simplemente me consideran como un médico de poca monta y un desconocido maestro del hombre. Muchos creen en Mí solo para que pueda sanarlos. Muchos creen en Mí solo para que use Mis poderes para expulsar espíritus inmundos de sus cuerpos, y muchos creen en Mí simplemente para poder recibir de Mí paz y gozo. Muchos creen en Mí solo para exigir de Mí una mayor riqueza material. Muchos creen en Mí solo para pasar esta vida en paz y estar sanos y salvos en el mundo por venir. Muchos creen en Mí para evitar el sufrimiento del infierno y recibir las bendiciones del cielo. Muchos creen en Mí solo por una comodidad temporal, sin embargo no buscan obtener nada en el mundo venidero. Cuando hice descender Mi furia sobre el hombre y le quité todo el gozo y la paz que antes poseía, el hombre se volvió confuso. Cuando le di al hombre el sufrimiento del infierno y recuperé las bendiciones del cielo, la vergüenza del hombre se convirtió en ira. Cuando el hombre me pidió que lo sanara, Yo no le presté atención y sentí aborrecimiento hacia él; el hombre se alejó de Mí para en su lugar buscar el camino de la medicina maligna y la hechicería. Cuando le quité al hombre todo lo que me había exigido, todos desaparecieron sin dejar rastro. Así, digo que el hombre tiene fe en Mí porque doy demasiada gracia y tiene demasiado que ganar” (‘¿Qué sabes de la fe?’ en “La Palabra manifestada en carne”). Las palabras de Dios revelaban mi estado a la perfección. Tenía fe solo para gozar de Su gracia, para que me librara del desastre. Tras el terremoto, renuncié a mis deseos de dinero y placer y volví al deber, pero, sin importar cuánto me esforzara, solamente procuraba que Dios me salvara y protegiera del desastre. Quería aprovechar la ocasión de cumplir con un deber a cambio de las bendiciones del reino de Dios. Cumplía con un deber solo por mi ganancia, era un trato con Dios. Me sentí muy avergonzada y culpable ante mis motivaciones egoístas y mis perspectivas erróneas. Oré a Dios: “Oh, Dios mío, soy muy corrupta. Todo mi esfuerzo ha sido una transacción. Te he estado engañando. Dios mío, te agradezco que hayas revelado mi corrupción y me la hayas comunicado. Ya no quiero cumplir con el deber únicamente por las bendiciones. Solo quiero complacerte a Ti”.

Poco después, una hermana me envió unas palabras de Dios que me ayudaron a entender en qué me había equivocado al buscar. Las palabras de Dios dicen: “En vuestra fe en Dios, ¿qué senda estáis tomando ahora? Si no haces como Pedro que buscó la vida, la comprensión de sí mismo y el conocimiento de Dios, entonces no estás caminando por la senda de Pedro. Estos días, la mayoría de las personas se encuentran en este tipo de estado: ‘Con el fin de ganar bendiciones, debo entregarme por Dios y pagar un precio por Él. Para conseguir bendiciones, debo abandonarlo todo por Dios; debo completar aquello que Él me ha confiado, y cumplir bien con mi deber’. Esto está dominado por la intención de obtener bendiciones, lo que es un ejemplo de entregarse por completo con el propósito de obtener las recompensas de Dios y ganar una corona. Tales personas no tienen la verdad en su corazón y, sin lugar a duda, su entendimiento solo consiste en unas pocas palabras de doctrina de las que presumen por todas partes. La suya es la senda de Pablo. La fe de tales personas es un acto de labor constante y, en lo más profundo, sienten que cuanto más hagan, más quedará probada su lealtad a Dios; que cuanto más hagan, con toda certeza Dios estará más satisfecho, y que cuanto más hagan, más merecerán que se les otorgue una corona ante Dios y que sin duda recibirán las mayores bendiciones en Su casa. Piensan que si pueden soportar el sufrimiento, predicar y morir por Cristo, si pueden sacrificar su propia vida, y si pueden acabar todos los deberes que Dios les ha encomendado, entonces estarán entre los más bendecidos de Dios, aquellos que obtienen las mayores bendiciones, y sin duda se les concederán coronas. Es exactamente lo que Pablo imaginó y buscó, la senda exacta por la que transitó; y fue bajo la guía de tales pensamientos que trabajó para servir a Dios. ¿Acaso esos pensamientos e intenciones no surgen de una naturaleza satánica?” (‘Cómo caminar por la senda de Pedro’ en “Discursos de Cristo de los últimos días”). “Todos los humanos corruptos viven para sí mismos. Cada hombre para sí mismo, y sálvese quien pueda; este es el resumen de la naturaleza humana. La gente cree en Dios para sí mismos; abandonan las cosas, se esfuerzan por Él y le son fieles, pero aun así, todo lo que hacen es para sí mismos. En resumen, su único propósito es ganarse bendiciones para sí mismos. En la sociedad, todo se hace para beneficio personal; se cree en Dios solamente para lograr bendiciones. La gente lo abandona todo y puede soportar mucho sufrimiento para obtener bendiciones. Todo esto es una prueba empírica de la naturaleza corrupta del hombre” (‘La diferencia entre los cambios externos y los cambios en el carácter’ en “Discursos de Cristo de los últimos días”). Con las palabras de Dios aprendí que puede que muchos lo dejen todo para pagar un precio por Él, pero de lo que tienen ganas no es de satisfacer a Dios, sino de recibir bendiciones. Son como Pablo. Pablo padeció mucho y viajó mucho para difundir el evangelio, pero solo quería cambiar esa labor y ese esfuerzo por las bendiciones de Dios. Después de mucho trabajo, dijo: “He peleado la buena batalla, he terminado la carrera, he guardado la fe. En el futuro me está reservada la corona de justicia” (2 Timoteo 4:7-8). Todo lo que hacía Pablo era una gran transacción. Todo por las bendiciones, por premios, por una corona. Solo le importaba el trabajo, no practicar la verdad ni entrar en la realidad de las palabras de Dios. Por eso nunca se transformó su carácter. Por eso Dios no le dio nunca Su aprobación aunque difundiera el evangelio y se ganara a muchos. Al hacer introspección, vi que era como Pablo. Dejé el trabajo y dedicaba casi todo mi tiempo y energía al deber; a veces hacía una sola comida al día cuando estaba ocupada. No obstante, no lo hacía por buscar la verdad ni por satisfacer a Dios, sino para recibir Sus bendiciones. No procuraba conocerme a mí misma ni corregir mi corrupción, sino que solo quería que Dios viera cuánto hacía y que me salvara de los desastres, de modo que al final tuviera un buen destino y entrara en Su reino. Vi cuán a fondo me había corrompido Satanás, lo egoísta que era y que todo lo hacía para mí misma. No tenía devoción ni auténtico amor por Dios. Solamente me amaba a mí misma. Eso me resultó muy perturbador. Oré: “Dios mío, te pido que me ayudes a cambiar de motivaciones y perspectivas en el deber. Quiero cumplir con él como Tú lo exiges, no para mí misma”.

Un rato después, leí otro pasaje de las palabras de Dios, muy conmovedor para mí. Dicen las palabras de Dios: “No tengo otra opción y me he dedicado a vosotros con todo el corazón, pero vosotros albergáis intenciones malvadas y sois tibios conmigo. Ese es el alcance de vuestro deber, vuestra única función. ¿No es así? ¿No sabéis que habéis fracasado rotundamente en cumplir con el deber de un ser creado? ¿Cómo podéis ser considerados seres creados? ¿No os queda claro qué es lo que estáis expresando y viviendo? No habéis cumplido con vuestro deber, pero buscáis obtener la tolerancia y la gracia abundante de Dios. Esa gracia no ha sido preparada para unos tan inútiles y viles como vosotros, sino para los que no piden nada y se sacrifican con gusto. Las personas como vosotros, semejantes mediocres, sois totalmente indignos de disfrutar la gracia del cielo. ¡Solo dificultades y un castigo interminable acompañarán vuestros días! Si no podéis ser fieles a Mí, vuestro destino será el sufrimiento. Si no podéis ser responsables ante Mis palabras y Mi obra, vuestro destino será el castigo. Ni la gracia, ni las bendiciones ni la vida maravillosa del reino tendrán nada que ver con vosotros. ¡Este es el fin que merecéis tener y es una consecuencia de vuestras propias acciones! Los ignorantes y arrogantes no solo no hacen su mejor esfuerzo ni llevan a cabo su deber, sino que estiran las manos para recibir la gracia como si merecieran lo que piden. Y, si no obtienen lo que piden, se vuelven cada vez menos fieles. ¿Cómo pueden esas personas ser consideradas sensatas? Sois de bajo calibre y estáis desprovistos de razón, completamente incapaces de cumplir el deber que debéis cumplir durante la obra de gestión. Vuestra valía ya se ha desplomado. Vuestro fracaso en recompensarme por mostraros esa gracia ya es un acto de extrema rebeldía, suficiente para condenaros y demostrar vuestra cobardía, incompetencia, vileza e indignidad. ¿Qué os da derecho a mantener las manos extendidas?” (‘La diferencia entre el ministerio de Dios encarnado y el deber del hombre’ en “La Palabra manifestada en carne”). Hasta que no leí eso, no me di cuenta de lo codiciosa que era. Había dedicado mucho tiempo al deber, pero, entretanto, le había sacado bendiciones a Dios y había hecho un trato con Él. En realidad no cumplía con el deber ni era un auténtico ser creado. ¿Qué derecho tenía a exigir la gracia de Dios, a exigirle que me salvara del desastre para poder entrar en Su reino? Sin la revelación de las palabras de Dios, habría seguido sin saber lo rebelde y corrupta que era ni cuánto detestaba Dios mis ruines motivaciones por las bendiciones. No pensaba más que en mí, no en la voluntad de Dios. Alguien como yo es indigno de Sus bendiciones y Su salvación. Dios es justo y santo y le agrada la gente devota de Él, capaz de cumplir con un deber con un corazón puro. ¿Pero tenía yo un corazón puro y sincero? En absoluto. Estaba avergonzadísima de mis ruines motivaciones y de mis absurdos deseos. No merecía la gracia de Dios. Quería transformarme y cambiar de motivaciones, poder darlo todo en el deber para satisfacer a Dios.

En una reunión leí un pasaje de las palabras de Dios que me ayudó mucho. Las palabras de Dios dicen: “No existe correlación entre el deber del hombre y que él sea bendecido o maldecido. El deber es lo que el hombre debe cumplir; es la vocación que le dio el cielo y no debe depender de recompensas, condiciones o razones. Solo entonces el hombre está cumpliendo con su deber. Ser bendecido es cuando alguien es perfeccionado y disfruta de las bendiciones de Dios tras experimentar el juicio. Ser maldecido es cuando el carácter de alguien no cambia tras haber experimentado el castigo y el juicio; es cuando alguien no experimenta ser perfeccionado, sino que es castigado. Pero, independientemente de si son bendecidos o maldecidos, los seres creados deben cumplir su deber, haciendo lo que deben hacer y haciendo lo que son capaces de hacer; esto es lo mínimo que una persona, una persona que busca a Dios, debe hacer. No debes llevar a cabo tu deber solo para ser bendecido y no debes negarte a actuar por temor a ser maldecido. Dejadme deciros esto: lo que el hombre debe hacer es llevar a cabo su deber, y si es incapaz de llevar a cabo su deber, esto es su rebeldía. Es por medio del proceso de llevar a cabo su deber que el hombre es cambiado gradualmente, y es por medio de este proceso que él demuestra su lealtad. Así pues, cuanto más puedas llevar a cabo tu deber, más verdad recibirás y más real será tu expresión” (‘La diferencia entre el ministerio de Dios encarnado y el deber del hombre’ en “La Palabra manifestada en carne”). Tras leer las palabras de Dios, entendí que, puesto que soy un ser creado, debo cumplir con el deber; esa es mi responsabilidad. No debo exigirle recompensas ni bendiciones a Dios ni pensar en si Él me salvará o me castigará. Solo he de pensar en cómo cumplir bien con el deber. Antes creía que Dios no me castigaría siempre y cuando cumpliera con un deber y que tampoco caería en ningún desastre. Creía que solo castigaría a los que no lo sigan o no cumplan con un deber, por lo que trataba de usar mi deber como baza a cambio de Su protección. Luego comprendí que un deber es lo mínimo que ha de hacer un ser creado. No tiene nada que ver con ser bendecido o maldecido. En cuanto a si al final Dios me salva o me castiga, Él mira si he recibido la verdad, si me he transformado, o no. Esa es la justicia de Dios. En los desastres, incluso si resulto herida o muero, debo someterme igualmente a la soberanía de Dios y no culparlo nunca. Y nunca debo aprovechar el deber para tratar de sobrevivir a los desastres. Eso no es cumplir con el deber de un ser creado. Debo darme a Dios y cumplir con un deber a cambio de nada, pues Él me creó. Luego, en el deber, me examinaba y advertía constantemente a mí misma. No podía hacerlo con fines egoístas, sino que tenía que satisfacer a Dios y darle gozo.

¡Gracias a Dios! Con estas situaciones, Dios reveló mi corrupción y mis búsquedas incorrectas para que descubriera mis ruines motivaciones por las bendiciones y para que cambiara las búsquedas incorrectas en mi fe. Ya no cumplo con un deber para recibir más gracia de Dios ni para librarme de los desastres, sino que solo quiero buscar realmente la verdad y cumplir con el deber para devolverle a Dios Su amor.

El fin de todas las cosas se está acercando, ¿quieres saber cómo el Señor recompensará el bien, castigará el mal y determinará el fin de cada uno? Bienvenido a contactarnos para descubrir la respuesta.

Contenido relacionado

Descubrí cómo son mis padres

Por Xinche, Corea del Sur Desde pequeña, siempre vi a mis padres como ejemplo de personas que seguían a Dios. Parecían muy fervientes en la...

Liberarse del estatus

Por Dong En, Francia Me convertí en líder de la iglesia en 2019. Hacía las cosas a mi manera, era irresponsable en mi deber, no asignaba a...

Por fin descubrí mi astucia

Por Xiaoqian, Hong Kong El año pasado estaba regando a nuevos creyentes en la iglesia. A su vez, tenía que elegir a gente a la que se...

Contacta con nosotros por WhatsApp