Un dolor irremediable

4 Dic 2022

Por Qiu Cheng, China

Cuando cumplí los 47, pronto se me empezó a deteriorar la vista. Según el doctor, si no me cuidaba los ojos, perdería vista poco a poco, así que tuve que dejar de trabajar y descansar en casa. Mi futuro parecía desolador, como si fuera a desaparecer la luz de mi vida. Estaba totalmente desconsolado. En 2007 tuve la suerte de recibir la obra de Dios Todopoderoso en los últimos días, y pronto mejoré de los ojos. Para retribuirle a Dios Su amor, tomé la iniciativa de pedir un deber. En toda dificultad que tuvieran los hermanos y hermanas, yo ayudaba lo mejor que podía. Sin importar cuántos vinieran a reunirse a casa ni cuánto se quedaran, yo hacía de anfitrión con entusiasmo. Como mi casa era bastante pequeña, a veces no había camas suficientes para ellos y acababa durmiendo en el sofá o en el suelo. Creía que esta forma de cumplir mi deber demostraba lealtad a Dios, pero luego, con la revelación de la realidad, vi que era sumamente egoísta y que no tenía lealtad en el deber. Esto me generó un dolor irremediable de corazón.

En 2014, la policía detuvo a una líder de la iglesia de quien había sido anfitrión, y como ella acababa de salir de mi casa, mi esposa y yo nos fuimos al instante por seguridad. Era a principios de primavera y hacía mucho frío. Sin tener adónde ir, y atormentado, pensé: “Ya tenemos más de 60 años. Mi esposa padece siringomielia congénita y es especialmente frágil. ¿Adónde vamos?”. Una hermana nos ayudó luego a buscar una casa donde quedarnos un tiempo. Descubrí entonces que también habían detenido a dos hermanas de quienes había sido anfitrión. Con las noticias de las sucesivas detenciones de hermanos y hermanas, sentía mucho miedo y me pasaba el día en vilo por temor a que la policía irrumpiera en cualquier momento. Adquirí aparatos de pedicura y masaje a modo de tapadera, y continué siendo anfitrión de hermanos y hermanas.

En 2017, en una reunión, una hermana dijo que había vuelto el hijo de su familia anfitriona. Era incrédulo y se oponía totalmente a la fe de su madre, por lo que la hermana ya no se podía quedar allí. Mi esposa y yo vimos que tenía dificultades, así que tomamos la iniciativa de acogerla. Poco después oímos que el PCCh estaba planeando redadas generales centradas en la investigación de inquilinos. Empecé a preocuparme: “Somos arrendadores; ¿qué digo si viene la policía a registrarnos y hay una hermana en casa? La hermana cumple un deber importante. Si la detienen, seguro que nos implicarán. Mi esposa es frágil y se conmocionaría fácilmente si sucediera algo. Su salud podría flaquear en cualquier momento”. A mi mujer le daba miedo que la detuvieran y me pidió que echara a la hermana. Para mí no estaba bien echarla, pues no tenía adónde ir en el frío invierno, así que hablé con mi mujer para que le dejara quedarse. Mi mujer se enojó y me pidió que pensara en las consecuencias. Pensé para mis adentros: “Las detenciones y la persecución del PCCh a los fieles son cada vez más severas. Actualmente hay un registro de los nombres reales de todo el pueblo. Si sabe la policía que creemos en Dios y somos anfitriones de hermanos y hermanas, será imposible que nos suelte. Anularán nuestras pensiones y nos confiscarán la casa. Esto es todo aquello por lo que hemos trabajado toda la vida. Si nos lo quitan, ¿cómo viviremos? Y eso no es todo: esto también podría afectar al futuro de nuestros hijos. Ya tenemos más de 60 años y mala salud. ¿Podremos soportar la tortura policial si nos encarcelan? Si no podemos y nos volvemos unos judas, perderemos nuestro destino. ¿No habrán sido todos nuestros años de fe en vano?”. También pensé en que mi esposa se enojaría si no le hacía caso. Tras reflexionarlo mucho, hice caso a mi mujer y le comenté a la hermana que se fuera a vivir a otro lado. Un mes más tarde, la hermana aún no se había mudado y yo temía que pasara algo cualquier día, por lo que solía preguntarle cosas como que si había encontrado casa y que cuándo se mudaba. Prácticamente la estaba echando de manera indirecta, pero me sentía muy culpable por ello. Con el tiempo, la hermana encontró casa y se mudó, pero yo no había hecho introspección a lo largo de todo este asunto.

En el Año Nuevo chino de 2018, la hermana Li Lan nos contó que la policía estaba vigilando su casa y nos preguntó si podía quedarse unos días con nosotros hasta encontrar otra. No di mucha importancia al asunto entonces y antes quería ayudar a la hermana a instalarse. Ya instalada la hermana, solía salir para ir a reuniones, lo que me revolvía el estómago: “Es el Año Nuevo chino. La policía podría aprovechar para llevar a cabo redadas masivas. Si detienen a la hermana, no podremos huir y también se verá implicada nuestra familia”. Cada vez sentía más que, cuanto más viviera la hermana con nosotros, mayor sería el peligro. Pensaba en mi seguridad y en el futuro de mis hijos e intentaba idear excusas para que la hermana se fuera rápido. Luego pensé que, como Li Lan siempre salía a reuniones, podría vivir allá donde estas se celebraran. Le hablé de esta idea y no le quedó más remedio que irse con cara de extrañada. Después no alojé a nadie más y solo cumplía otros deberes. En la primavera de 2021, un día vino un líder a hablar conmigo y me preguntó si podían quedarse un tiempo con nosotros tres hermanos. Cuando yo estaba a punto de acceder, mi esposa dijo: “¿Podríamos darte una respuesta mañana?”. Tras marcharse el líder, mi esposa me preguntó: “Dicen que es solo temporal, pero ¿y si acaban quedándose mucho tiempo y los detienen? Tenemos que buscar un motivo para rechazarlos. Podríamos alegar que tal vez hayan detenido a un líder que estuvo un tiempo con nosotros, que nuestra casa no es segura y que por ahora no podemos alojar a nadie”. Como yo también estaba algo nervioso al respecto, le seguí el juego a mi mujer. Para mi sorpresa, al día siguiente, sin ni siquiera haberle dado al líder un motivo para negarme, aquel me comentó: “Los tres hermanos ya han encontrado dónde vivir. Han detenido al líder que vino a vivir con ustedes anteriormente, así que su casa no es segura. Asimismo, ambos deberían posponer sus deberes”. Se me salía el corazón del pecho. Entendí que esta era la ira de Dios sobre mí. Dios escruta el fondo de nuestro corazón. Aunque no hubiera dicho que no sería anfitrión de los hermanos, lo pensé para mis adentros. Había rechazado mi deber. Había echado indirectamente a mis hermanos y hermanas. Esta actitud hacia el deber, ¿había encendido la ira de Dios y provocado que Él dispusiera esta situación, en la cual se paralizó mi deber? De pronto me sentí vacío y profundamente inquieto, como si estuviera siendo castigado y hubiera caído en tinieblas. Oré a Dios: “¡Dios mío! No es casual la suspensión de mi deber hoy; debe de ser Tu voluntad. Te pido esclarecimiento y guía para aprender la lección”. Más tarde leí la palabra de Dios. “Me cerráis la puerta por el bien de vuestros hijos, de vuestros maridos o de vuestra propia protección. En vez de preocuparos por Mí, os preocupáis por vuestra familia, vuestros hijos, vuestro estatus, vuestro futuro y vuestra propia satisfacción. ¿Cuándo habéis pensado en Mí mientras hablabais o actuabais? En los días helados, vuestros pensamientos están ocupados por vuestros hijos, vuestros maridos, vuestras esposas o vuestros padres. En los días de bochorno, tampoco tengo lugar en vuestros pensamientos. Cuando desempeñas tu deber, estás pensando en tus propios intereses, en tu propia seguridad personal o los miembros de tu familia. ¿Qué has hecho que fuera para Mí? ¿Cuándo has pensado en Mí? ¿Cuándo te has dedicado, a cualquier costo, a Mí y Mi obra? ¿Dónde está la evidencia de tu compatibilidad conmigo? ¿Dónde está la realidad de tu lealtad hacia Mí? ¿Dónde está la realidad de tu obediencia a Mí? ¿Cuándo no ha sido tu intención la de obtener Mis bendiciones? Os burláis de Mí y me engañáis, jugáis con la verdad, escondéis la existencia de la verdad y traicionáis la esencia de la verdad. ¿Qué os espera en el futuro al ir en contra de Mí de esta manera? Solo buscáis la compatibilidad con un Dios impreciso y solo buscáis una creencia vaga, pero no sois compatibles con Cristo. ¿Vuestra maleficencia no recibirá la misma retribución que la que merecen los malvados?” (La Palabra, Vol. I. La aparición y obra de Dios. Deberías buscar el camino de la compatibilidad con Cristo). La palabra de Dios revelaba mi estado. Desde las sucesivas detenciones de gente a la que alojaba, vivía en un estado de cobardía y temor. Para protegerme, busqué excusas para que las hermanas se fueran cuanto antes, y cuando el líder dispuso que fuera anfitrión de tres hermanos durante un tiempo, no accedí, sino que me inventé una mentira para rechazarlos. Al recordar estas cosas, ¿era un auténtico creyente? Mientras otros afrontaban peligros, yo solamente pensaba en mis intereses y mi seguridad y en cómo echarlos. Era realmente egoísta, despreciable ¡y carente de humanidad! Mostraba la máxima atención y consideración por mis hijos por miedo a que padecieran frío o hambre. Por muy grande que fuera el peligro o la dificultad, estaba dispuesto a asumirlo yo para proteger a mis hijos de él, pero trataba a mis hermanos y hermanas con esa frialdad. Cuanto más lo pensaba, más inhumano me sentía. Me llené de pesar y autodesprecio. Leí un poco más la palabra de Dios. “¿Cuál es el estándar a través del cual las acciones de una persona son juzgadas como buenas o malvadas? Depende de si en sus pensamientos, expresiones y acciones poseen o no el testimonio de poner la verdad en práctica y de vivir la realidad de la verdad. Si no tienes esta realidad o no vives esto, entonces, sin duda, eres un hacedor de maldad. ¿Cómo considera Dios a los hacedores de maldad? Tus pensamientos y tus acciones externas no dan testimonio de Dios, no avergüenzan a Satanás ni lo derrotan; en cambio, ellos hacen que Dios se avergüence, en todo son la señal de provocar que Dios se avergüence. No estás testificando para Dios, no te estás entregando a Dios y no estás cumpliendo tu responsabilidad y obligaciones hacia Dios, sino que más bien estás actuando para ti mismo. ¿Qué significa ‘para ti mismo’? Significa exactamente para Satanás. Así que, al final Dios dirá: ‘Apartaos de mí, los que practicáis la iniquidad’. A los ojos de Dios tus acciones no han sido buenas, sino que tu comportamiento se ha vuelto malvado. No solo no obtendrá la aprobación de Dios, además será condenado. ¿Qué busca obtener alguien con una fe así en Dios? ¿Acaso no se quedaría esta fe en nada al final? Para todos los que cumplen con su deber, ya sea profundo o superficial su entendimiento de la verdad, la manera más sencilla de entrar en la realidad de la verdad es pensar en los intereses de la casa de Dios en todo, y renunciar a los deseos egoístas, a las intenciones, motivos, orgullo y estatus individuales. Poned los intereses de la casa de Dios en primer lugar; esto es lo menos que debéis hacer. Si una persona que lleva a cabo su deber ni siquiera puede hacer esto, entonces ¿cómo puede decir que está llevando a cabo su deber? Esto no es llevar a cabo el propio deber” (La Palabra, Vol. III. Discursos de Cristo de los últimos días. La libertad y la liberación solo se obtienen desechando la propia corrupción). Vi que los criterios de Dios para juzgar si una persona es buena o mala se basan en si sus intenciones, ideas, actos y conductas se ajustan a la verdad. Reflexioné sobre lo que había hecho. Se tratara de mis intenciones, ideas, palabras o actos, todo lo había hecho por mis intereses y no había escuchado para nada la voluntad de Dios. El gran dragón rojo estaba persiguiendo y capturando a hermanos y hermanas por difundir el evangelio. Estaban sin hogar y huidos, y si no tenían una vivienda adecuada, no tendrían modo de cumplir su deber con seguridad, pero me daba miedo jugarme el tipo por ellos y solo quería despacharlos cuanto antes, lo que empeoró las cosas para ellos. Vi que era egoísta, malévolo ¡y carente de humanidad! Si hubiera tenido un corazón temeroso de Dios y una pizca de humanidad, debería haber escuchado la voluntad de Dios, evaluado la seguridad de otros en tiempos de peligro y pensado en el modo de alojarlos y protegerlos. Recordé unas palabras del Señor Jesús: “En verdad os digo que en cuanto lo hicisteis a uno de estos hermanos míos, aun a los más pequeños, a mí lo hicisteis” (Mateo 25:40). En una situación terrible, me había negado a alojar a hermanos y hermanas buscados y perseguidos por el gran dragón rojo. Esto afectaba a mi actitud hacia Dios. Era egoísta, despreciable y carente de humanidad. Si me pedían un día que alojara a Cristo, me comportaría igual. Al reproducir mentalmente cómo eché a mis hermanos y hermanas, sentí turbación, como si hubiera provocado un gran desastre, y me hallé en un estado de dolor y tormento. Oré a Dios: “¡Oh, Dios mío!, carezco totalmente de humanidad. He gozado del sustento del riego de muchas de Tus palabras, pero no he escuchado Tu voluntad. No supe ser anfitrión de mis hermanos y hermanas en sus tribulaciones y busqué excusas para echarlos. Mis actos y conductas te repugnan y abominas de ellas. Soy el único culpable de haber caído en las tinieblas y el dolor hoy, cosa que revela plenamente Tu justicia. ¡Te doy gracias y te alabo! ¡Oh, Dios mío! Si aún tengo la ocasión de ser anfitrión, por supuesto que me arrepentiré, me enmendaré ¡y cumpliré con mi deber para satisfacerte!”.

Poco después fui a otro lugar a cumplir con un deber. Verdaderamente agradecido a Dios, valoré esta oportunidad. Al poco tiempo, mi esposa enfermó repentinamente de gravedad y falleció. Antes de morir me dejó estas palabras: “Si mañana no puedo salir a cumplir mi deber, tú debes cumplir bien el tuyo”. Sus últimas palabras estuvieron teñidas de pesar y no pude evitar recapacitar. Pensé en las conductas y acciones de mi esposa en vida, en que solamente protegía sus intereses en el deber y no era leal ni obediente. Era cobarde y no quería alojar a los hermanos y hermanas. Hasta me instó y convenció para que los echara de casa. Fue un acto malvado. Sus últimas palabras me hicieron pensar que ella sentía culpa y pesar por su deber. La muerte de mi mujer también me alertó en mi interior y me hizo comprender que no podía seguir considerando mi deber como antes y que, si esperaba a estar moribundo para cumplir con él, ya sería demasiado tarde. Oré a Dios: “¡Oh, Dios mío! Tengo 70 años, no puedo cumplir con otros deberes. Puedo ser anfitrión por la gracia Tuya. Antes era muy egoísta. No era buen anfitrión con la gente y he cometido muchas transgresiones. Quiero arrepentirme y pasar el tiempo que me quede buscando la verdad y cumpliendo bien mi deber”.

Luego también medité cuál era la causa principal de que siempre temiera ser detenido y me preocuparan mi seguridad, la de mi casa y el futuro de mis hijos. Después leí esto en la palabra de Dios. “Los anticristos suelen ignorar la seguridad de los hermanos y hermanas para protegerse a sí mismos. Aparte de tener ‘fe’ en esta protección y ‘encomendarse’ completamente a Dios, son descuidados en el trabajo de la iglesia y en su deber. Actúan por inercia, sin tomarse nada en serio. Si algún lugar es seguro, o si algún trabajo o deber puede garantizar su seguridad y no entraña riesgo, se muestran muy favorables y activos para ir allí, para alardear de su gran ‘sentido de la responsabilidad’ y ‘lealtad’. Si algún trabajo conlleva riesgo y puede salir mal, si el gran dragón rojo puede atrapar al que lo desempeñe, entonces se excusan y se lo pasan a otra persona, y buscan una oportunidad para eludirlo. En cuanto hay peligro, o en cuanto hay un asomo de este, piensan en la manera de librarse y abandonan su deber, sin preocuparse por los hermanos y hermanas. Solo les preocupa salvarse a sí mismos del peligro. Puede que en el fondo ya estén preparados. En cuanto aparece el peligro, abandonan de inmediato el trabajo que están haciendo, sin preocuparse de cómo va el trabajo de la iglesia, de la pérdida que pueda suponer para los intereses de la casa de Dios o de la seguridad de los hermanos y hermanas. Lo que les importa es huir. Incluso tienen un ‘as bajo la manga’, un plan para protegerse: en cuanto el peligro se cierne sobre ellos o son detenidos, dicen todo lo que saben, exculpándose y eximiéndose de toda responsabilidad. Entonces están a salvo, ¿no? Cuentan con un plan semejante. Estas personas no están dispuestas a sufrir persecución por creer en Dios; tienen miedo de ser arrestados, torturados y condenados. El hecho es que hace tiempo que han sucumbido a Satanás. Les aterroriza el poder del régimen satánico, y les asusta aún más que puedan ocurrirles cosas como la tortura y los duros interrogatorios. Con los anticristos, por tanto, si todo va bien y no existe ninguna amenaza para su seguridad o incidencia en ella, si no hay peligro posible, pueden ofrecer su fervor y lealtad, e incluso sus bienes. Pero si las circunstancias son malas y pueden ser arrestados en cualquier momento por creer en Dios y cumplir con su deber, y si su creencia en Dios puede hacer que los despidan de su puesto oficial o que sus allegados los abandonen, entonces serán excepcionalmente cuidadosos, no predicarán el evangelio ni darán testimonio de Dios ni cumplirán con su deber. Cuando hay el menor indicio de problemas, se vuelven muy tímidos; ante el menor indicio, desean devolver inmediatamente a la iglesia sus libros de las palabras de Dios y todo lo relacionado con la fe en Él, a fin de mantenerse a salvo e ilesos. ¿Acaso no es peligrosa una persona así? Si son arrestados, ¿no se convertirían en Judas? Un anticristo es tan peligroso que puede convertirse en Judas en cualquier momento; siempre existe la posibilidad de que dé la espalda a Dios. Además, son egoístas y mezquinos hasta el extremo. Esto viene determinado por la naturaleza y la esencia de un anticristo” (La Palabra, Vol. IV. Desenmascarar a los anticristos. Punto 9 (II)). Dios analiza a los anticristos, capaces de sacrificarse, esforzarse, sufrir y pagar precios en situaciones seguras. Por fuera parecen fieles en el deber, pero en cuanto afrontan un peligro, se acobardan, buscan excusas y pretextos diversos para eludir el deber, no tienen en consideración la labor de la iglesia ni la seguridad de los hermanos y hermanas y solo piensan en sus intereses. Son especialmente egoístas y despreciables. En comparación con mis actos y conductas, ¿no era mi carácter el de un anticristo? Cuando empecé a creer en Dios, recibí abundante gracia de Él. Mejoró milagrosamente mi larga enfermedad ocular, por lo que me esforzaba alojando a otros con entusiasmo. Al descubrir que habían detenido a algunos a los que había alojado, que podría verme implicado y que quizá corrían riesgo mi seguridad y mis intereses personales, no estuve dispuesto a seguir como anfitrión, e incluso busqué excusas para echarlos sin tener en consideración su seguridad. Vi que era muy egoísta, despreciable y carente de humanidad. También pensé en las trampas e insidias del PCCh, que aprovechaba todos los trucos posibles para detener a los fieles e intentaba en vano derribar la obra de Dios y detener a todos Sus escogidos. Muchos hermanos y hermanas habían sido capturados y desahuciados por estas crueles y terribles circunstancias. No es algo que quiera Dios y, en estos tiempos, es aún más necesario que la gente escuche Su voluntad y se arriesgue a ser anfitriona de estos hermanos y hermanas. Esto significa hacer buenas acciones, y Dios lo recordará. No hacía de anfitrión por miedo a que me detuvieran. No escuchaba para nada la voluntad de Dios y carecía de toda conciencia y razón. Continué meditando y comprendí que temía la detención y la muerte porque valoraba demasiado la vida. Me acordé de que el Señor Jesús dijo: “Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por causa de mí, la hallará” (Mateo 16:25). Gracias a las palabras del Señor, entendí que la vida terrenal es pasajera, y la vida verdadera, eterna. Como cuando crucificaron a Pedro cabeza abajo por Dios: tal vez perdiera la vida terrenal, pero ganó la eterna. Aunque los hermanos y hermanas detenidos sean torturados, golpeados, o incluso asesinados, se mantienen firmes en el testimonio y reciben el elogio de Dios. Esta forma de vida es la única que tiene sentido y valor. Al pensarlo, aumentaron mi fe y mi fortaleza, y ya no me sentía tan cobarde y temeroso.

A finales de diciembre, de pronto se me acercó un hermano un día para decirme que ya no era segura la casa donde vivían otro hermano y él y preguntarme si podrían quedarse conmigo un tiempo. Tuve claro que era una oportunidad que me daba Dios de arrepentirme, y acepté de buena gana. Además, les facilité artículos de uso diario. Se agravaron todavía más las detenciones y la persecución del PCCh, y no paraba de enterarme de detenciones de hermanos y hermanas. Los dos hermanos aún vivían conmigo y tenía un poco de miedo, miedo a ser detenido y a que se vieran implicados mis hijos. Así pues, oraba a Dios y leía Su palabra. Esto leí en ella. “Independientemente de lo ‘poderoso’, audaz y ambicioso que sea Satanás, de lo grande que sea su capacidad de infligir daño, del amplio espectro de las técnicas con las que corrompe y atrae al hombre, lo ingeniosos que sean los trucos y las artimañas con las que intimida al hombre y de lo cambiante que sea la forma en la que existe, nunca ha sido capaz de crear una simple cosa viva ni de establecer leyes o normas para la existencia de todas las cosas, ni de gobernar y controlar ningún objeto, animado o inanimado. En el cosmos y el firmamento no existe una sola persona u objeto que hayan nacido de él, o que existan por él; no hay una sola persona u objeto gobernados o controlados por él. Por el contrario, no sólo tiene que vivir bajo el dominio de Dios, sino que, además, debe obedecer todas Sus órdenes y Sus mandatos. Sin el permiso divino, le resulta difícil incluso tocar una gota de agua o un grano de arena sobre la tierra; ni siquiera es libre para mover a las hormigas sobre la tierra, y mucho menos a la humanidad creada por Dios. A los ojos de Dios, Satanás es inferior a los lirios del campo, a las aves que vuelan en el aire, a los peces del mar y a los gusanos de la tierra. Su papel, entre todas las cosas, es servirlas, trabajar para la humanidad, y servir a la obra de Dios y Su plan de gestión. Independientemente de lo maligna que es su naturaleza y lo malvado de su esencia, lo único que puede hacer es respetar sumisamente su función: estar al servicio de Dios, y proveer un contraste para Él. Tales son la sustancia y la posición de Satanás. Su esencia está desconectada de la vida, del poder, de la autoridad; ¡es un simple juguete en las manos de Dios, tan sólo una máquina a Su servicio!” (La Palabra, Vol. II. Sobre conocer a Dios. Dios mismo, el único I). La palabra de Dios me dio fe y fortaleza. Entendí que Dios es soberano de todo, y Satanás, un objeto de servicio y un contraste en Su mano. Satanás sirve para perfeccionar a los escogidos de Dios y, por muy fuertes, salvajes o malévolas que parezcan las fuerzas de Satanás, si Dios no permite que nos sobrevenga una situación, entonces, por muy salvaje que sea el PCCh, lo que haga no sirve de nada. Satanás no osa traspasar los límites que le pone Dios. Esto lo deciden la autoridad y el poder de Dios. Mi temor a la detención y a la implicación de mis hijos se debía a que me faltaba comprensión de la autoridad y la omnipotente soberanía de Dios. Que me detuvieran o no estaba en las manos de Dios, como lo está el futuro de mis hijos y nietos. Hace mucho que Dios decidió estas cosas, y ninguna persona las puede cambiar. Por más que sostenga el PCCh que los descendientes de fieles no pueden entrar en la universidad, en el funcionariado ni en el ejército, y que se verán implicados todos sus familiares, no puede cambiar el destino de nadie. Ello solo revela la esencia del PCCh, malvada y de oposición y odio a Dios. Crece la magnitud de los desastres, y si la gente no cree en Dios ni se despoja de pecado, será aniquilada. ¿Qué futuro tendrá entonces? Solo si nos presentamos ante Dios, practicamos la verdad y cumplimos bien nuestro deber podemos tener paz, gozo y un buen destino final. Por tanto, encomendé a mi familia y a mí mismo a las manos de Dios y me sometí a Sus disposiciones. Al acordarme de aquellos a quienes me negué a alojar, eso es una mancha indeleble en mi vida de creyente y, asimismo, una señal de vergüenza. No puedo herir más el corazón de Dios. Aunque me detengan y me dejen sin nada, cumpliré bien con el deber y alojaré a hermanos y hermanas.

Todavía cumplo el deber de anfitrión y ya no me conformo con hacer las cosas como antaño. Ahora me centro en buscar la verdad y corregir mi carácter corrupto. ¡Tengo mucha más plenitud y tranquilidad que antes! Con esta experiencia he logrado descubrir que la obra de Dios es verdaderamente sabia. Las detenciones y la persecución del gran dragón rojo revelaron mi corrupción, y gracias a ellas vi que era egoísta y despreciable y que no tenía lealtad en el deber. Comprendí un poco mi corrupción y pude transformarme de algún modo. ¡Le estoy realmente agradecido a Dios!

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