Los mayores aún podemos dar testimonio de Dios

23 Oct 2022

Por Liu En, China

Empecé a creer en el Señor con 62 años. Saber que el Señor prometió a Sus seguidores la entrada en Su reino y la vida eterna me hacía sentir esperanza en esta vida, y la idea de recibir semejante bendición me alegraba el corazón. Comencé a esforzarme por el Señor por todos lados y tenía una energía ilimitada cada día. Tres años más tarde tuve la dicha de aceptar la obra de Dios Todopoderoso de los últimos días. Estaba muy emocionado por haber recibido al Señor y por la esperanza de salvarme plenamente y entrar en Su reino. Por ello, empecé a trabajar más aún en mi búsqueda y mis sacrificios predicando activamente el evangelio y cumpliendo mi deber. Apenas descansaba en toda la semana y hasta salía a predicar el evangelio por la noche. Luego, los hermanos y hermanas me eligieron líder de la iglesia, y después, predicador. Me alegré mucho de tener la oportunidad de cumplir unos deberes tan importantes a mi avanzada edad. En las reuniones veía que era el más mayor allí presente, pero todavía era capaz de dirigirlas y de ayudar a los demás a resolver sus problemas. Me sentía muy honrado por ello. Pensaba que, mientras me esforzara en la búsqueda, seguro que podría salvarme como los más jóvenes, por lo que tenía un incansable vigor en el deber.

Se pasaron 7 u 8 años volando, y mi salud y energía no eran las de antes. Luego tuve un infarto cerebral a los 73 años. No obstante, tras un par de días con una vía, los síntomas prácticamente desaparecieron. No tuve efectos secundarios. Sentí que Dios debía de haber visto que era sincero en mi fe, que servía alegre e incondicionalmente, por lo que me había bendecido. Estaba muy agradecido y seguí con mi deber. Sin embargo, en consideración a mi salud, el líder me hizo servir como anfitrión en casa. Al ver que había varios deberes que ya no cumpliría, sino que solo sería anfitrión en casa, me quedé desolado. Sobre todo cuando veía a los hermanos y hermanas jóvenes llenos de energía y ocupados en todo tipo de deberes, sentía envidia. Pensaba que, al ser mayor, tener mala salud y ya no poder ir de acá para allá ni cumplir con muchos tipos de deberes, debía de ser un inútil. Realmente deseaba poder retroceder 10 o 20 años y cumplir con todo tipo de deberes como ellos; entonces tendría una oportunidad mayor de salvarme. No podía compararme con los jóvenes ahora que era mayor. Esa idea me dejaba agotado, y me deprimí sin darme cuenta. Además, sabía que los ictus son algo que tiende a repetirse, por lo que, si tenía otro algún día, podría acabar conmigo y no vería el día de la gloria de Dios. ¿Y cómo me salvaría? Sin poder esforzarme por Dios, creía no tener ocasión de salvarme; por tanto, ¿qué sentido tenía creer en Dios? Me resultaba una idea triste y deprimente. Durante un tiempo ni siquiera leía las palabras de Dios ni escuchaba himnos. En mi sufrimiento, oré a Dios: “¡Dios mío! Creo que ya no tengo esperanza de salvarme. Estoy muy triste, agotado de vivir. Dios mío, no quiero alejarme de Ti. Sé que no me hallo en el estado correcto, pero no sé cómo corregirlo. Por favor, guíame para poder salir de este estado incorrecto”.

Un día leí estas palabras de Dios: “El deseo de Dios es que todas las personas sean hechas perfectas, en última instancia ganadas por Él, que sean completamente purificadas por Dios y que se conviertan en personas que Él ama. No importa si Yo digo que sois atrasados o de un bajo calibre, es un hecho. Esto que afirmo no demuestra que Yo pretenda abandonaros, que haya perdido la esperanza en vosotros, y mucho menos que no esté dispuesto a salvaros. Hoy he venido a hacer la obra de vuestra salvación, y esto quiere decir que la obra que hago es la continuación de la obra de salvación. Cada persona tiene la oportunidad de ser hecha perfecta: siempre y cuando estés dispuesto y busques, al final podrás alcanzar este resultado, y ninguno de vosotros será abandonado. Si eres de bajo calibre, Mis requisitos respecto a ti serán acordes con ese bajo calibre; si eres de alto calibre, Mis requisitos respecto a ti serán acordes a tu alto calibre; si eres ignorante y analfabeto, Mis requisitos estarán a la altura de tu nivel de analfabetismo; si eres letrado, Mis requisitos para ti serán acordes al hecho de que seas letrado; si eres anciano, Mis requisitos para ti serán según tu edad; si eres capaz de proveer hospitalidad, Mis requisitos para ti serán conforme a esta capacidad; si afirmas no poder ofrecer hospitalidad, y sólo puedes realizar cierta función, ya sea difundir el evangelio, cuidar de la iglesia o atender a los demás asuntos generales, te perfeccionaré de acuerdo con la función que lleves a cabo. Ser leal, obedecer hasta el final mismo y buscar tener un amor supremo a Dios, esto es lo que debes lograr y no hay mejores prácticas que estas tres cosas” (La Palabra, Vol. I. La aparición y obra de Dios. Restaurar la vida normal del hombre y llevarlo a un destino maravilloso). Las palabras de Dios me aclararon inmediatamente las cosas. Dios no decide el destino de la gente en función de si es capaz de esforzarse, de su edad ni de cuántos deberes puede cumplir. Siempre que se consagre al deber, sepa someterse a la soberanía y las disposiciones de Dios y aspire a satisfacerlo, puede salvarse. Pero yo no entendía la voluntad de Dios ni sabía a quiénes salvaba. Siempre había creído por error que tenía que ser capaz de ir por todos lados y trabajar mucho para salvarme. Al estar haciéndome mayor y no poder trabajar tanto como los jóvenes, me definí como una persona que no tenía ocasión de salvarse. Me sumí en la negatividad y la incomprensión y llegué a pensar en traicionar a Dios. ¡Qué rebelde! Aunque era mayor y no podía cumplir tantos deberes como los jóvenes, Dios no me exigía lo mismo a mí. Y realmente no me estaba privando de oportunidades de buscar la verdad y cumplir un deber. Mantenía sanas la mente y la cordura, podía leer las palabras de Dios y hacer todo aquello de lo que era capaz en el deber, pero, sin buscar la voluntad de Dios, me definí como viejo e inútil, caído en desgracia ante Dios, y pensé en traicionarlo. ¿No estaba dudando de Dios a raíz de un carácter astuto? Dios nunca dijo que una persona se salvara por cumplir muchos deberes ni que, una vez que alguien se hace mayor, Él lo excluya y ya no lo salve. De hecho, fue claro como el agua acerca de cómo una persona debe buscar y abordar el deber en la vejez. Mientras tuviera dedicación y fuera obediente hasta el fin y supiera ir en pos del amor por Dios, tenía esperanza de salvación. Fue muy necio de mi parte no analizar las cosas según las palabras de Dios. Consideraba mis nociones y fantasías la verdad y malinterpreté la voluntad de Dios todo el tiempo. Con gran remordimiento de conciencia, me presenté ante Dios a orar: “¡Oh, Dios mío! Tengo que dejar de ser negativo y reacio por mis ideas equivocadas. Mientras me quede aliento, otro día de vida, otro día para cumplir con el deber, seguiré aspirando a avanzar y a entrar en la verdad”. La oración y la guía de las palabras de Dios me consolaron un poco; no me sentía tan alterado. Pensé que, mientras tuviera cordura y movilidad, me ampararía en Dios para ser un buen anfitrión y lo daría todo por brindarle un servicio sincero.

No obstante, aún había algo que no entendía. ¿Por qué me deprimí al ver que no era tan capaz como los jóvenes, hasta el punto de pensar en traicionar a Dios? ¿A qué se debió aquello? Mientras buscaba leí estas palabras de Dios: “La gente cree en Dios para ser bendecida, recompensada y coronada. ¿Esto no se encuentra en el corazón de todo el mundo? Es un hecho que sí. Aunque la gente no suele hablar de ello e incluso encubre su motivación y su deseo de recibir bendiciones, este deseo y esta motivación que hay en el fondo del corazón de la gente han sido siempre inquebrantables. Sin importar cuántas teorías espirituales comprenda la gente, qué experiencia o conocimiento tenga, qué deber pueda cumplir, cuánto sufrimiento soporte ni cuánto precio pague, nunca renuncia a la motivación por las bendiciones que oculta en el fondo del corazón, y siempre trabaja silenciosamente a su servicio. ¿No es esto lo que hay enterrado en lo más profundo del corazón de la gente? Sin esta motivación por recibir bendiciones, ¿cómo os sentiríais? ¿Con qué actitud cumpliríais con el deber? ¿Qué pasaría si se eliminara esta motivación por recibir bendiciones que se oculta en el corazón de la gente? Quizá muchos se volverían negativos, mientras que algunos podrían desmotivarse en el deber. Perderían el interés por su fe en Dios, como si su alma se hubiera desvanecido. Parecería que les hubieran robado el corazón. Por eso digo que la motivación por las bendiciones es algo oculto en lo más profundo del corazón de las personas” (La Palabra, Vol. III. Discursos de Cristo de los últimos días. Seis indicadores de crecimiento vital). “Los anticristos creen en Dios tan solo para su beneficio y tratan de hacer tratos con Él. Su intención y deseo de ganar bendiciones y recompensas resultan abrumadores; se aferran a ellas y no las sueltan. Dios dice muchas cosas, pero ellos no aceptan ninguna, y piensan todo el tiempo: ‘Creer en Dios sirve para ganar bendiciones; sirve para obtener un buen destino. Este es el principio supremo, y nada puede ser más elevado que esto. Si la creencia en Dios no fuera para ganar bendiciones, la gente no debería creer; si no fuera para ganar bendiciones, entonces creer en Dios no tendría ningún significado ni valor: estarían perdidos’. ¿Hay alguien que inculque a un anticristo estos pensamientos? ¿Proceden de la tutela o la influencia de alguien? No, la naturaleza y la esencia innata del anticristo deciden estos pensamientos. Nadie puede cambiarlos. Dios encarnado está diciendo muchas cosas hoy en día, y los anticristos no aceptan ninguna de ellas, sino que se resisten y lo condenan. Su naturaleza de estar hartos de la verdad y odiarla permanece inmutable para siempre. ¿Y qué muestra esa inmutabilidad? Muestra que son malos por naturaleza. La cuestión no es si buscan la verdad o no; el suyo es un carácter malvado. Claman descaradamente contra Dios y se oponen a Él: esa es su naturaleza y esencia, y es su verdadero rostro” (La Palabra, Vol. IV. Desenmascarar a los anticristos. Punto 7: Son malvados, insidiosos y mentirosos (II)). “Los anticristos tratan el cumplimiento del deber como una transacción. Realizan su deber de forma transaccional, en una carrera para ganar bendiciones. Consideran que la creencia en Dios consiste en ganar bendiciones, que lo apropiado es ser bendecido por cumplir con un deber. Distorsionan lo positivo que es el cumplimiento del deber, devaluando el valor y la importancia de este por parte de un ser creado y degradando su legitimidad. Cogen el deber que es correcto y adecuado que cumpla un ser creado y lo convierten en una transacción” (La Palabra, Vol. IV. Desenmascarar a los anticristos. Punto 9: Cumplen con su deber solo para distinguirse a sí mismos y satisfacer sus propios intereses y ambiciones; nunca consideran los intereses de la casa de Dios, e incluso los venden a cambio de su propia gloria (VII)). En las palabras de Dios vi que los anticristos solo tienen fe para recibir bendiciones, que su mentalidad negociadora no cambia nunca y que no desisten por muy difícil o lamentable que sea. Si pierden toda esperanza de ser bendecidos, es como si se acabara su vida. Les parece que continuar teniendo fe no tiene sentido, y luchan y se resisten contra Dios. Vi que yo actuaba exactamente igual que un anticristo. Cuando empecé a creer en el Señor, estaba encantado de saber que podría entrar en el reino de Dios por mi fe. Creía que valía la pena todo sufrimiento por recibir las bendiciones y la gracia de Dios en esta vida y la vida eterna en la siguiente. Las bendiciones y la entrada en el reino de Dios eran mi objetivo de fe y pensaba que, cuanto más me sacrificara, mayores serían mis bendiciones en un futuro. Tras aceptar la obra de Dios Todopoderoso de los últimos días, creía más aún que se haría realidad mi sueño de recibir bendiciones y tenía más vigor para el deber. Por entonces tenía 66 años, pero no me veía viejo para nada. No me preocupaba nada, sino que únicamente me esforzaba en el deber. Iba en bicicleta a todos lados para las reuniones, y aunque luego me diera un ictus, no me importaba. Solo quería esforzarme en el deber y, a cambio del sudor de mi frente y mi sufrimiento, recibir bendiciones; pero veía que había envejecido y que, por mi estado, no podía cumplir con tantos deberes. Quería seguir yendo por ahí, pero no podía, y poco a poco me iba quedando incapaz de hacer nada. Sentía que se estaban reduciendo mis esperanzas de ser bendecido y no quería admitirlo. No decía nada, pero en el fondo no quería aceptar la soberanía de Dios, así que me entristecí y me volví reacio. Pensaba, de forma irracional, que hacerme servir de anfitrión significaba que no me valoraban, y llegué a pensar en traicionar a Dios y renunciar a mi fe. La motivación de mi fe eran las bendiciones, negociar con Dios. ¿No era esa la idea equivocada de la fe que tenía un anticristo? Había tergiversado algo tan positivo y maravilloso como cumplir un deber. Solo sabía negociar con Dios utilizando mi deber y el hecho de ir por ahí a cambio de las bendiciones del reino, y consideraba el deber un instrumento para satisfacer mis grandes deseos. Estaba muy aturdido por mis esperanzas de recibir bendiciones. No podía pensar más que en entrar en el reino de los cielos. Solamente me importaba si recibiría bendiciones y cuáles serían mi destino y mi resultado. No pensaba retribuir el amor de Dios ni en entender Su sincera voluntad. No tenía conciencia alguna. Dios me ha dado el aliento de vida y la oportunidad de cumplir un deber. Es una enorme gracia de Su parte. No obstante, en aras de las bendiciones, siempre estaba exigiendo cosas irracionales a Dios, razonando con Él, quejándome y siendo negativo y reacio. Era muy rebelde y me oponía con un carácter malvado. Si Dios me hubiera quitado la vida, habría sido justo. Ante la gravedad de mi problema, oré a Dios de corazón para pedirle que me guiara hasta que renunciara a mi motivación por las bendiciones para someterme a Su soberanía. Recordé unas palabras de Dios: “Yo decido el destino de cada persona, no con base en su edad, antigüedad, cantidad de sufrimiento ni, mucho menos, según el grado de compasión que provoca, sino en base a si posee la verdad. No hay otra opción que esta” (La Palabra, Vol. I. La aparición y obra de Dios. Prepara suficientes buenas obras para tu destino). Las palabras de Dios me ayudaron a entrar en razón. Comprendí que, cuando Dios decide nuestro resultado y destino, estos no tienen nada que ver con cuánto hayamos sacrificado por Él, cuánto hayamos trabajado o sufrido. Los decide en función de si hemos alcanzado la verdad al experimentar Su obra, si se han purificado nuestras actitudes corruptas, si se han transformado. También me di cuenta de que cumplir con muchos deberes no es lo mismo que tener la verdad o una transformación de carácter. Por muchos deberes que cumpla, la clave es si voy o no por la senda de búsqueda de la verdad. Antes cumplía muchos deberes e iba por todos lados, pero nunca buscaba la verdad. Quería un buen destino a cambio de mis esfuerzos superficiales. No veía la mentalidad negociadora y conflictiva que tenía muy dentro de mí hacia Dios. Al final, hecho añicos mi deseo de bendiciones, discutía con Dios y me oponía a Él. Vi que, por más deberes que cumpliera, si solo era capaz de ir de acá para allá y de esforzarme sin buscar la verdad, no tendría una transformación de carácter, sino que sería más egoísta y arrogante. Como terminaba razonando y discutiendo con Dios por el trabajo que había hecho, cada vez era más malvado. Igual que Pablo: trabajaba mucho y muy bien, pero a cambio de una corona. Siempre era una negociación con Dios. No se arrepintió ni al borde de la muerte y acabó castigado por Dios. Y Pedro no trabajaba mucho, pero en su fe buscaba la verdad, y en todo buscaba la voluntad de Dios y aspiraba a obedecerlo. No ponía condiciones ni pensaba en si recibiría o no bendiciones. Alcanzó el amor supremo de Dios, recibió Su visto bueno y fue perfeccionado por Él. Ambos eran creyentes, pero sus motivaciones y perspectivas de búsqueda eran distintas, al igual que sus resultados. Dios es justo, y solo cumplimos Su voluntad si buscamos la verdad y la transformación del carácter. Mi búsqueda y la senda por la que iba eran tan absurdas y erradas como las de Pablo, y seguro que mi resultado sería el mismo que el suyo. El esclarecimiento de las palabras de Dios me enseñó Su voluntad y la perspectiva que debía tener en la fe. Tenía que aprender a obedecer la soberanía y las disposiciones de Dios y ser un ser creado razonable. ¿Eso no fue el amor y la salvación de Dios? Mi estado mejoró mucho tras entender la voluntad de Dios, y le estaba muy agradecido. Luego, cuando venían a reunirse los hermanos y hermanas, les brindaba hospitalidad. Cuando no venían, leía en calma las palabras de Dios y buscaba la verdad según mi estado.

Un día leí un pasaje de las palabras de Dios. “Dios no se limita a pagar un precio por cada persona durante las décadas que van desde su nacimiento hasta el presente. Según lo ve Dios, has venido a este mundo innumerables veces y te has encarnado infinitas veces. ¿Quién se encarga de ello? Dios es el responsable. Tú no puedes saber estas cosas. Cada vez que vienes a este mundo, Dios se ocupa personalmente de los arreglos: Él dispone cuántos años vivirás, el tipo de familia en la que nacerás, cuándo te asentarás y te establecerás, así como lo que vas a hacer en este mundo y a qué te vas a dedicar. Dios dispone para ti un modo de vida, para que puedas cumplir sin obstáculos tu misión en esta vida, y en cuanto a lo que debes hacer en tu próxima encarnación, Dios dispone y entrega esa vida prometida según lo que debes tener y lo que se te debe dar. […] Después de haber tenido tales arreglos tantas veces, por fin has nacido en la era de los últimos días, en tu familia actual. Dios dispone para ti un entorno en el que creer en Él; hace que oigas Su voz y vuelvas ante Él, y que seas capaz de seguirle y cumplir un deber en Su casa. Gracias a esta guía de Dios, has vivido hasta hoy. No sabes cuántas veces has venido al mundo, ni cuántas ha cambiado tu apariencia, ni por cuántas familias has pasado, ni cuántas épocas y reinados has visto, pero a través de todo ello, la mano de Dios te ha estado apoyando y Él ha estado velando por ti. ¡Cuánto se esfuerza Dios por el bien de una persona! Algunos dicen: ‘Tengo sesenta años. Durante este tiempo, Dios me ha estado cuidando y protegiendo. Durante sesenta años, Él ha regido mi destino. Si, cuando sea viejo, no puedo cumplir un deber y no puedo hacer nada, ¿se seguirá preocupando Dios por mí?’. ¿Acaso no es esto una tontería? La soberanía de Dios sobre el destino del hombre, su vigilancia y protección del hombre, no es solo cuestión de una sola vida. Si fuera cuestión de tiempo de vida, de una sola vida, no demostraría que Dios es todopoderoso y gobierna todo. La labor que Dios realiza y el precio que paga por una persona no es simplemente disponer lo que hace en esta vida, sino disponer para ella un número incontable de vidas. Dios se hace plenamente responsable de cada alma que se encarna como persona. Él trabaja cuidadosamente, a costa de Su vida, para guiar a cada persona y organizar su vida y sus días. Dios se esfuerza mucho y paga tal precio por el bien del hombre, y le otorga todas estas verdades y esta vida. Si el hombre no cumple con el deber de un ser creado en este, el tramo final, y no vuelve ante el Creador; si al final, por muchas vidas y generaciones que hayan pasado, no cumplen bien con su deber y no satisfacen las exigencias de Dios-, ¿no sería entonces demasiado grande la deuda del hombre con Dios? ¿No serían indignos de todo lo que Dios ha invertido? Serían tan desalmados como para no merecer ser llamados personas, ya que su deuda con Dios sería demasiado grande. […] La gentileza de Dios con el hombre, Su amor y Su compasión por este no son meramente una actitud; son también un hecho. ¿Qué hecho es ese? Que Dios pone Sus palabras en ti, de modo que te esclarezcas por dentro, para que veas lo que es hermoso en Él, para que veas lo que es este mundo, para que tu corazón se llene de luz, y te permite así entender Sus palabras y la verdad. De esta manera, sin que lo sepas, obtienes la verdad. Dios hace mucho trabajo en ti de una manera muy real, permitiéndote ganar la verdad. Cuando has ganado la verdad, cuando has ganado esa cosa tan preciosa que es la vida eterna, la voluntad de Dios queda entonces satisfecha. Cuando Dios ve al hombre en busca de la verdad y dispuesto a cooperar con Él, se siente feliz y contento. Entonces tiene una actitud, y mientras tiene esa actitud, se pone a obrar y elogia y bendice al hombre. Dice: ‘Te recompensaré. Aquí está la bendición que mereces’. Y entonces habrás ganado la verdad y la vida. Cuando conozcas al Creador y ganes su aprecio, ¿seguirás sintiendo un vacío en tu corazón? No, te sentirás realizado y tendrás una sensación de disfrute. ¿No es esto lo que significa vivir con valor? Se trata del tipo de vida más valioso y significativo” (La Palabra, Vol. III. Discursos de Cristo de los últimos días. Es de gran importancia pagar el precio por alcanzar la verdad). Las palabras de Dios me resultaron muy conmovedoras y reconfortantes. Sin importar mi edad ni la salud que tuviera, mientras amara y buscara la verdad, Dios no me dejaría por imposible. Pero yo malinterpretaba Su voluntad. Pensaba que, como era mayor y ya no era útil, no podía cumplir tantos deberes. Podría enfermar gravemente e irme algún día, y no tendría esperanza de salvarme. Sentía que la fe no tenía sentido y no quería seguir buscando. Vi que me habían influido unas ideas equivocadas y que malinterpretaba la voluntad de Dios. Me hundí en la debilidad y la negatividad y Satanás jugó conmigo, Antes no sabía que, como ser creado, tenía que someterme y satisfacer a Dios. No tenía ese razonamiento. Solo tenía fe para recibir bendiciones carnales; negociaba con Dios. Ahora veía que, ni aunque viviera 800 años tendría sentido o valor ese afán. Cuando Job afrontó el desastre y fue despojado de sus posesiones, nunca pensó en lo que ganó o perdió. Cuando le salieron llagas y la vida era insoportable, cuando tenía poca esperanza de vida, jamás culpó a Dios. Se sometió a la soberanía y las disposiciones de Dios con fe auténtica en Él. Dio ante Satanás un rotundo testimonio de Dios que reconfortó Su corazón. Al final, Dios lo bendijo y se le apareció. En la fe de Pedro, sin importar qué dispusiera Dios, buscaba Su voluntad, se sometía a Él y se centraba en practicar las palabras del Señor. Acabó crucificado cabeza abajo por Dios en obediencia a Él, con lo que cumplió el deber de un ser creado y su vida tuvo sentido. Ahora sabía que, como creyente, la vía para no tener una vida vacía, para tener una vida con sentido, pasaba por someterme y satisfacer a Dios, cumplir el deber de un ser creado, aprender y alcanzar la verdad en el deber y llegar a someterme y amar a Dios. Esto es a lo que Dios da Su visto bueno. Tratar siempre de negociar con Dios para intercambiar el trabajo duro y el esfuerzo propio por las bendiciones del reino es muy miserable, y esa vida no tiene sentido ni valor. No podía seguir pensando en si sería bendecido en un futuro o no. Quería buscar la verdad cada día que viviera, esmerarme en el deber amparado en Dios, tratar de someterme a Él y de satisfacerlo y aspirar a transformar mi carácter en el deber. Aunque algún día enfermara de gravedad, afrontara la muerte y ya no tuviera más oportunidades de cumplir un deber, me sometería igualmente a la soberanía de Dios. Ahora debía centrarme en esmerarme en el deber en esta vida. Sea cual sea mi resultado, la vida o la muerte, eso depende de la soberanía de Dios. No es algo que yo, un ser creado, deba plantearme. Me sentí mucho más relajado al pensarlo de ese modo. Después leía las palabras de Dios y escuchaba himnos con normalidad cada día. Cuando revelaba corrupción, oraba, buscaba la verdad, conocía mis actitudes corruptas y me sinceraba en comunión con los hermanos y hermanas. Poco a poco obtuve ciertos beneficios. En general, cuando tenía que cumplir mi deber, participaba activamente y me esforzaba por compartir el evangelio con mi entorno. Al ver que los hermanos y hermanas escribían artículos de testimonio, yo también quise escribir artículos de testimonio de Dios. Me parecía que ese tipo de búsqueda me daría satisfacción y paz. Un día oí este himno de las palabras de Dios, “Un ser creado debería estar a merced de Dios”. Me emocionó mucho. El segundo pasaje, sobre la experiencia de Pedro, me resultó especialmente emotivo.

2 “En el pasado, Pedro fue crucificado cabeza abajo por Dios, pero tú debes satisfacer a Dios al final y agotar toda tu energía por Él. ¿Qué puede hacer por Dios un ser creado? Por tanto, debes entregarte a Dios más temprano que tarde para que Él disponga de ti como lo desee. Mientras Él esté feliz y complacido, permítele hacer lo que quiera contigo. ¿Qué derecho tienen los hombres de quejarse? ¿Qué derecho tienen los hombres de quejarse?

de Seguir al Cordero y cantar nuevos cánticos

Lo escuché una y otra vez y no me cansaba. Cada verso me resultaba motivador y conmovedor y no podía evitar que se me cayeran las lágrimas. Era una criatura corrompida por Satanás y había llegado a una edad muy avanzada, y todavía tenía la ocasión de seguir a Dios y experimentar Su obra, de dar testimonio de Él y vivir por Él. ¡Qué gran bendición! Ya fue una bendición de Dios comer y beber de Sus palabras, conocer mi corrupción y cambiar mis motivaciones, egoístas y míseras, por recibir bendiciones. Alabaría a Dios hasta el fin aunque no me concediera nada. ¡Mi vida valdría la pena! Quiero buscar para ser una criatura razonable y sumisa de Dios. Sin importar mi salud ni mi resultado, quiero someterme a las disposiciones de Dios.

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