¿Qué actitud se encuentra detrás de ser discutidor?

23 Oct 2022

Por Chen’mo, Corea del Sur

Tras años de creer en Dios, sabía en principio que a Dios le gusta la gente que acepta la verdad. Si la gente cree en Dios sin aceptar la verdad, por mucho que sufra, su carácter de vida nunca se transformará. Quería ser alguien que acepta la verdad, pero, cuando era tratada y podada, involuntariamente discuría y me defendía, y a menudo refutaba a los demás. Tras un tiempo, lo lamenté y me pregunté: ¿Por qué discutí? ¿Por qué sentía la necesidad de decir tanto? Pero lamentarme no sirvió de mucho y, como nunca veía la esencia del problema claramente, nunca obtenía ninguna verdadera entrada. Recientemente, tras algunas experiencias, por fin comencé a reflexionar sobre mí misma, a buscar la verdad, reconocer que discutir siempre es en realidad una actitud satánica de estar cansada de la verdad, y entendí que, si no me arrepiento y cambio, estoy en peligro.

Yo superviso la obra del evangelio en mi iglesia. Una vez, en una reunión para resumir el trabajo, la supervisora del riego, la hermana Liu, informó de un problema en la obra del evangelio, diciendo: “Recientemente, el personal del evangelio no nos habla a tiempo sobre el estado de los recién llegados que necesitan riego, lo que significa que no podemos ofrecer riego enfocado a las nociones y problemas de los recién llegados”. Cuando escuché a la hermana Liu mencionar el problema en mi trabajo delante de tanta gente, sentí vergüenza saliendo de mi pecho. “¿No quieres decir tan solo que no hago obra práctica? No es que no comparta con los hermanos y hermanas sobre estas cuestiones. Les hablé acerca de esto hace mucho tiempo, pero las cosas tardan en cambiar, ¿no es así? Muchos de ellos recién empezaron a hacer la obra del evangelio. ¿Por qué les exiges tanto?”. No podía aceptar lo que me decía en absoluto, y sentía que no era considerada con las dificultades de la gente. En ese momento, quería expresar todo lo que pensaba a la vez, pero temía que todos dijeran que no aceptaba sugerencias, lo que me haría quedar mal, así que acepté su sugerencia a desgana y obedecí. Más adelante, insistí a los hermanos y hermanas que tenían que dedicar tiempo a ofrecer una evaluación oportuna de los recién llegados que necesitaban riego. Tras un tiempo, las cosas mejoraron un poco, y no reflexioné demasiado sobre ello. Hasta un día, cuando me enteré de que algunos encargados del riego no trabajaban bien con el personal del evangelio y tenían algunos prejuicios contra ellos. No pude evitar presuponer: “Esto debe ser porque la hermana Liu siempre platica sobre los problemas del personal del evangelio”. Comencé a quejarme de ella en mi mente: “Es tan fastidiosa. Nunca piensa en lo que debería decir en cada situación. Cada vez que revisamos el trabajo, siempre tiene que mencionar que el personal del evangelio no ofrece evaluaciones oportunas de los recién llegados. Todos lo escuchan y se hacen ideas de nosotros. Si esto continúa, ¿cómo colaboraremos en nuestro deber en el futuro?”. Al pensar en esto, se me apoderó una rabia indescriptible. Informé de esta situación a nuestro líder, y dije que la hermana Liu constantemente propagaba insatisfacción en su grupo acerca del personal del evangelio, lo que hacía imposible que colaborásemos. Mientras escribía el mensaje, tenía algunas dudas. “¿Es adecuado informar de esto como un problema? ¿Es ‘propagar’ el mejor término para esto?”. Entonces pensé: “Lo que digo es un hecho. Cada vez que la hermana Liu platica sobre los problemas del personal del evangelio, suspira. El suspiro en sí hace que parezca que no hay solución. ¿No es eso propagar su insatisfacción? Lo que digo acerca de ella es justo”. Y así, envié el mensaje sin pensarlo más. Un día más tarde, la hermana Liu me envió un mensaje: “Si lo que dije es inapropiado, te invito a que me lo digas. ¿Cómo equivalen mis palabras a propagar insatisfacción?”. Cuando leí su mensaje, sabía que el líder había compartido con ella. Cuando vi que su actitud era negarse a aceptar o reflexionar sobre sí misma, me puse furiosa. “¿Cuán entumecida estás? Ni siquiera te das cuenta de lo que piensas y dices, ¿verdad? Tus suspiros dejan claro lo insatisfecha que estás con el personal del evangelio. Tu actitud despectiva está afectando a otras personas. ¿Cómo no va a ser eso propagar insatisfacción?”. Incluso quise llamarla y discutirlo con ella, pero, entonces pensé: “Si la llamo ahora mismo, ¿no empezaremos las dos a pelearnos? Si todos se enteran de nuestra pelea, será muy embarazoso. Haría que la relación fuese incómoda y entonces, ¿cómo colaboraríamos? Esto no es proteger la obra de la iglesia. Llevo creyendo en Dios tanto tiempo, ¿por qué sigo siendo tan impulsiva cuando suceden cosas así?”. En ese momento recordé la palabra de Dios. “Para todos los que cumplen con su deber, ya sea profundo o superficial su entendimiento de la verdad, la manera más sencilla de entrar en la realidad de la verdad es pensar en los intereses de la casa de Dios en todo, y renunciar a los deseos egoístas, a las intenciones, motivos, orgullo y estatus individuales. Poned los intereses de la casa de Dios en primer lugar; esto es lo menos que debéis hacer” (La Palabra, Vol. III. Discursos de Cristo de los últimos días. La libertad y la liberación solo se obtienen desechando la propia corrupción). Las palabras “los intereses de la casa de Dios” finalmente calmaron mi mente y me hicieron reflexionar sobre mí misma. Los intereses de la casa de Dios son lo más importante. La discusión con mi hermana era solo una pelea por quién tenía razón, ¿no es verdad? Ambas éramos supervisoras, si empezábamos a pelearnos por esto y nos separábamos y teníamos prejuicios, impactaría el trabajo. Esto sería arruinar el propósito más importante. Además interpreté que la hermana Liu informara del problema como propagar insatisfacción, pero esta interpretación podría no ser correcta. Propagar la insatisfacción es darle la vuelta a las cosas, confundir el bien y el mal, y llamar negativa a una cosa positiva. Significa tener intenciones incorrectas y decir algo para atacar y condenar a los demás para conseguir los objetivos propios. Sin embargo, el problema que la hermana Liu describió en nuestro trabajo era correcto. Estaba declarando el problema de manera objetiva. Había manifestaciones de salir del paso y falta de responsabilidad en cómo el personal del evangelio cumplía su deber, así que lo decía para mejorar las desviaciones y vacíos en nuestro trabajo. Esto era beneficioso para la obra del evangelio y no había intenciones personales indebidas en ello. Aunque su tono era incorrecto, era para mejorar el trabajo. Pero caracterizó su acción como propagar insatisfacción sobre el personal del evangelio. La atacaba y etiquetaba. Al pensarlo me sentí un poco culpable, así que le contesté: “Hablé de manera indebida, te pido perdón”. Ella aceptó mis disculpas, y dijo que debíamos comunicarnos y colaborar más y trabajar juntas para cumplir bien con nuestro deber. Cuando vi su respuesta, me sentí avergonzada. Pero también estaba contenta por haberme calmado. De lo contrario, habría una distancia entre nosotros y el trabajo se vería afectado sin duda. En aquel momento, dejé el asunto tranquilo, pero sentí que no había ganado mucho autoconocimiento de mi corrupción, así que oré a Dios para que me esclareciese para poder conocerme mejor.

Entonces, mientras escribía un artículo, leí algunas palabras de Dios. Dios Todopoderoso dice: “¿Cuál es la actitud más crucial hacia el trato o la poda? En primer lugar, debes aceptarlo, no importa quién te trate, por qué razón, si es duro o cuál es el tono y la formulación, debes aceptarlo. Luego, debes reconocer qué has hecho mal, qué carácter corrupto has expuesto, y si has actuado de acuerdo con los principios de la verdad. Cuando se te poda y trata, antes que nada, esta es la actitud que debes tener. ¿Y poseen los anticristos tal actitud? No; de principio a fin, la actitud que irradian es de resistencia y aversión. Con una actitud así, ¿pueden acallarse ante Dios y aceptar con modestia la poda y el trato? No es posible. Entonces, ¿qué harán? En primer lugar, discutirán enérgicamente y ofrecerán justificaciones, defendiendo y argumentando contra los errores que han cometido y el carácter corrupto que han revelado, con la esperanza de ganarse la comprensión y el perdón de la gente, para no tener que asumir ninguna responsabilidad ni aceptar las palabras que los tratan y los podan. […] Hacen la vista gorda con sus propios errores, por muy evidentes que sean y por grande que sea la pérdida que hayan causado. No se sienten ni siquiera tristes o culpables, y su conciencia no les reprocha nada. En cambio, se justifican con todas sus fuerzas y libran una guerra verbal, pensando: ‘Se trata de una batalla campal. Cada uno tiene sus razones; todo se reduce a quién es el que habla mejor. Si puedo hacer valer mi justificación y mi explicación ante la mayoría, entonces gano, y las verdades de las que hablas no son verdades, y tus hechos no son válidos. ¿Quieres condenarme? ¡Ni hablar!’. Cuando se trata y se poda a un anticristo, en lo más profundo de su corazón y de su alma, este se resiste y lo rechaza de forma absoluta y decidida. Su actitud es: ‘No importa lo que tengas que decir, por mucha razón que tengas, no lo voy a aceptar, no lo voy a admitir. Yo no tengo la culpa’. No importa que los hechos saquen a la luz su carácter corrupto, no lo reconocen ni lo aceptan, sino que siguen con su desafío y resistencia. Digan lo que digan los demás, no lo aceptan ni lo reconocen, sino que piensan: ‘Veamos quién puede hablar más que el otro; veamos quién discute mejor’. Este es el tipo de actitud con la que los anticristos consideran ser tratados y podados” (La Palabra, Vol. IV. Desenmascarar a los anticristos. Punto 9: Cumplen con su deber solo para distinguirse a sí mismos y satisfacer sus propios intereses y ambiciones; nunca consideran los intereses de la casa de Dios, e incluso los venden a cambio de su propia gloria (VIII)). “Cuando se trata y se poda a un anticristo, pregunta primero: ¿Puede confesar sus malas acciones? En segundo lugar, ¿puede reflexionar y conocerse a sí mismo? Y pregunta en tercer lugar: ¿Puede recibir de Dios cuando se enfrenta al trato y a la poda? A partir de estas tres medidas, se puede apreciar la naturaleza y la esencia de un anticristo. Si una persona puede someterse cuando le sobreviene el trato y la poda, puede reflexionar sobre sí misma y así reconocer su propia corriente y esencia corrupta, entonces es alguien que puede aceptar la verdad. No es un anticristo. Estas tres medidas son precisamente lo que le falta a un anticristo. Cuando se trata y se poda a un anticristo, este hace otra cosa, algo que nadie esperaba; es decir, cuando se les trata y se les poda, realizan acusaciones infundadas. En lugar de confesar su actuación indebida y reconocer su carácter corrupto, condenan a la persona que los trata y los poda. ¿Cómo lo hacen? Dicen: ‘No todo el trato y la poda son necesariamente correctos. El trato y la poda son la condena del hombre, el juicio del hombre; no se hacen en nombre de Dios. Solo Dios es justo. Quien quiera condenar a los demás ha de ser condenado’. ¿No es esto un contraataque infundado? ¿Qué clase de persona es la que hace tales acusaciones infundadas? Solo una alimaña irreductible e inmune a la razón lo haría, solo alguien afín al demonio Satanás. Alguien con conciencia y razón jamás haría algo así” (La Palabra, Vol. IV. Desenmascarar a los anticristos. Punto 9: Cumplen con su deber solo para distinguirse a sí mismos y satisfacer sus propios intereses y ambiciones; nunca consideran los intereses de la casa de Dios, e incluso los venden a cambio de su propia gloria (VIII)). La palabra de Dios reveló que la actitud del anticristo hacia la poda y el trato es de cansancio y oposición. Incluso cuando tienen los hechos delante, no admiten sus errores. Para mantener su dignidad y estatus, tratan de justificarse, defenderse y discutir con los demás, hasta el punto en que le dan la vuelta a las cosas y condenan a los que los tratan. Me di cuenta de que mi comportamiento era el mismo que el de los anticristos revelado en la palabra de Dios. Soy supervisora de la obra del evangelio. El problema que la hermana Liu mencionó acerca de cómo el personal del evangelio cumplía su deber era un vacío en mi propio trabajo, pero, no solo me negué a aceptarlo, sino que también discutí y me denfendí en mi corazón. Sentía que no había nada malo en mí, y mi hermana intentaba avergonzarme a propósito, así que formé un prejuicio contra ella. Después, encontré una ventaja sobre ella, le di la vuelta a las cosas para juzgarla, me quité la culpa y me quejé falsamente al líder. No tenía nada de humanidad. Utilicé como excusa la consideración por las dificultades del personal del evangelio para evitar que otros señalaran problemas. Superficialmente, tenía empatía por los hermanos y hermanas pero en realidad discutía y me defendía. Si en realidad me hacía responsable de la vida de los hermanos y hermanas, daría más consejos y ayudaría a resolver los problemas y cambiar las desviaciones. Eso realmente les habría beneficiado. Pero, hice lo contrario. En cuanto a los problemas en su trabajo, no solo no les ayudaba a resolverlos al compartir la verdad, sino que los encubría continuamente. ¿Cómo era eso hacerme responsable de la vida de los hermanos y hermanas? Claramente solo mantenía mi imagen y estatus. Esas dificultades se convirtieron en una razón y excusa para no aceptar la verdad ni la poda y el trato. Era deshonesta y malvada.

Después, pensé que había problemas claros en cómo cumplía mi deber, ¿por qué entonces tenía tanta seguridad al culpar a los demás por mis problemas? ¿Por qué no me sentía avergonzada o incómoda? ¿Cuál era el origen de este problema? Seguí buscando y leí otro pasaje de la palabra de Dios. Dios Todopoderoso dice: “Cuando se poda y se trata a un anticristo, lo primero que este hace es resistirse y rechazarlo en lo más profundo de su corazón. Lucha contra ello. ¿Y por qué es así? Porque los anticristos, por su propia naturaleza y esencia, están hartos de la verdad y la detestan, y no aceptan la verdad en absoluto. Naturalmente, la esencia y el carácter de un anticristo le impiden reconocer sus propios errores o su propio carácter corrupto. En base a estos dos hechos, la actitud de un anticristo hacia la poda y el trato es la de rechazarlos y oponerse a ellos, total y absolutamente. Los detestan y se resisten desde el fondo de su corazón, y no muestran el menor atisbo de aceptación o sumisión, y mucho menos de auténtica reflexión o arrepentimiento. Cuando se poda y se trata con un anticristo, da igual quién lo haga, a qué se refiera, el grado de culpa que tenga en el asunto, lo flagrante que sea el error, la cantidad de maldades que cometa, o las consecuencias que su maldad cree para la iglesia; el anticristo no tiene en cuenta nada de esto. Para los anticristos, el que los poda y los trata los está señalando o busca deliberadamente faltas para castigarlos. El anticristo puede incluso llegar a decir que está siendo intimidado y humillado, que no está siendo tratado humanamente, y que está siendo menospreciado y ridiculizado. Después de que un anticristo es podado y tratado, nunca reflexiona sobre qué fue lo que realmente ha hecho mal, qué tipo de carácter corrupto ha revelado, si buscó los principios en el asunto, o si actuó de acuerdo con los principios de la verdad o cumplió con sus responsabilidades. No se examinan a sí mismos ni reflexionan sobre nada de esto, tampoco sopesan estas cuestiones. En cambio, se enfrentan al trato y la poda según su propia voluntad y con un ánimo acalorado” (La Palabra, Vol. IV. Desenmascarar a los anticristos. Punto 12: Quieren echarse atrás cuando no hay ninguna posición ni esperanza de recibir bendiciones). La palabra de Dios me hizo entender que los anticristos no pueden aceptar la poda y el trato a causa de su naturaleza de estar cansados de la verdad y odiarla. Son incapaces de aceptar todas las cosas positivas de Dios y odian el consejo que concuerda con la verdad. Reflexioné sobre mí misma y vi que, de principio a fin, mi actitud hacia el consejo de la hermana era de rechazo, porque en mi mente ya había decidido: “Ninguno de vosotros trabaja directamente con nosotros, pero nos aconsejáis sin entender la situación, lo que significa que no sois razonables y creáis dificultades”. Aunque no dije nada en voz alta y di la impresión de obedecer, en mi mente tenía todas las razones preparadas para negar los puntos de vista de los demás y negarme a aceptar consejos. Además, insistía continuamente que había dicho y hecho lo que me habían pedido, y con ello implicaba: “¿Qué más queréis de mí? Hice lo que se me pidió, así que practiqué la verdad. No me podéis acusar. Si me acusáis de nuevo, no tenéis razón”. Al negarme a aceptar sus consejos y ayuda, lo que revelaba era la actitud satánica de estar cansada de la verdad. En ese momento, pensé en un pasaje de la palabra de Dios que me conmovió. Dios dice: “Muchos creen que las verdades que les son inaceptables o que no pueden practicar no son verdades. Para tales personas, Mis verdades se vuelven algo que es negado y desechado” (La Palabra, Vol. I. La aparición y obra de Dios. Deberíais considerar vuestros hechos). Afirmé admitir que la palabra de Dios es la verdad, que podar y tratar es beneficioso para la entrada en la vida de la gente, y que ayuda a la gente a reflexionar sobre sí misma, pero, en realidad, cuando afronté la poda y el trato, o cuando los demás me criticaban, sentía resistencia y resentimiento. Si alguien me acusaba o me aconsejaba, no lo aceptaba, y ponía excusas para defender mi punto de vista y a mí misma, y no buscaba los principios de la verdad en absoluto. Simplemente hacía todo lo que quería y lo que me apetecía. Después de un meticuloso análisis vi que discutía para defender por fuera al personal del evangelio, pero en realidad estaba protegiendo mi propia imagen y estatus, como si, cuanto más discutiese, más comprensión y compasión recibiría de los hermanos y hermanas. De esta manera, por muy grave que fuese el problema con el trabajo del evangelio, nunca tenía que aceptar la culpa, nadie podía acusarme y mi imagen nunca era dañada. ¡Era tan deshonesta! Por fuera, discutir protegía mi propia imagen, pero, como no buscaba ni aceptaba la verdad, todo lo que revelaba era un carácter satánico y perdí mi carácter y dignidad. Tras reconocer esto, comencé a lamentar creer en Dios durante tantos años sin perseguir la verdad correctamente. Cada vez que era podada y tratada, aunque no decía nada, tenía la mente llena de argumentos, y no podía calmarme ni hacer autorreflexión correctamente. El resultado fue que experimenté cosas sin ganar nada. Al pensar en esto, me dije que nunca discutiría si sucedían cosas que no concordaban con mis nociones. En cambio, me calmaría, oraría a Dios y aprendería lecciones correctamente. Esto era lo más importante.

Poco después, acepté trabajo de cine a jornada parcial. Un día recibí el mensaje de que un recién llegado había creído algunos rumores y había difundido algunas falacias en el grupo. Para evitar que más recién llegados fueran engañados, teníamos que compartir la verdad con ellos de inmediato. Pero, en ese momento, había una cuestión con el trabajo con las películas que requería mi atención también. Estaba en conflicto porque ambas cuestiones eran urgentes, pero ya le había pasado la cuestión de los recién llegados a otra persona, así que decidí ir a la grabación de la película primero. Cuando fui a la grabación, algo me retuvo allí mucho tiempo. Entonces, el líder me llamó y dijo: “¿Por qué no sabes cómo priorizar las cosas? Cuando los recién llegados son engañados, eso es más importante que nada. ¿Qué podía ser más importante? Puedes tener un trabajo de cine a jornada parcial, pero no puedes dejar que interfiera con tu trabajo principal, ¿verdad? Tienes que examinarte a ti misma y ver si hay algún motivo por el que abordas tu trabajo así. Quizás valores la oportunidad de que tu cara salga en la pantalla demasiado”. Ante este tipo de poda y trato, no pude evitar discutir de nuevo. “¿No he pedido a otra persona que se encargue de los recién llegados que son engañados? Como mucho solo he demorado resolver el problema un poco, ¿no? Supongo que puedo aceptar que digas que no sé cómo priorizar lo que es importante, pero decir que quiero jactarme es completamente inaceptable. En primer lugar, no estoy trabajando en cine a jornada parcial como actriz, y en segundo lugar, no tengo ningún interés en salir en la pantalla, ¿por qué dices eso? ¿Es porque estás preocupado de que esté distraída y sea menos eficaz en mi trabajo, lo que hará que los resultados de tu trabajo no parezcan buenos?”. Mientras pensaba en esto, de pronto me di cuenta de que estaba equivocada. ¿Cómo le echaba la culpa de esto a otra persona en mi mente? ¿Por qué pensaba en atacar a otra persona? ¿Estaba empezando a ser discutidora otra vez? En ese momento, pensé en un pasaje de la palabra de Dios: “Independientemente de cuál sea la razón, aunque sientas un enorme agravio, si no aceptas la verdad, estás perdido. Dios observa tu actitud, sobre todo en los asuntos que tienen que ver con la práctica de la verdad. ¿Te servirá de algo quejarte? ¿Pueden tus quejas resolver los problemas de un carácter corrupto? E incluso si tu queja está justificada, ¿qué pasa? ¿Habrás ganado la verdad? ¿Te aprobará Dios ante Él? Cuando Dios dice: ‘No eres alguien que practica la verdad. Apártate; estoy harto de ti’, ¿acaso no estás entonces acabado? Con esa frase: ‘Estoy harto de ti’, Dios te habrá revelado y definido como persona” (La Palabra, Vol. III. Discursos de Cristo de los últimos días. La sumisión a Dios es una lección fundamental para alcanzar la verdad). La palabra de Dios me hizo entender que, cuando era podada y tratada, Dios quería ver mi actitud. Si siempre discutía, diseccionaba los fallos de los demás, no buscaba la verdad, y me quedaba atrapada en ciertas cuestions, no había aprendido mi lección. Por muy bueno o altisonante que fuese mi razonamiento, aunque todo el mundo lo entendiera y aprobara, ¿de qué servía? Si no aceptaba la verdad, mi carácter de vida no cambiaría. Al pensar en esto, acudí a Dios para orar, y le pedí que me esclareciese para poder conocerme a mí misma. En el transcurso de unos días, me preguntaba a mí misma con frecuencia: “¿Qué intenciones erróneas tengo?”. Al reflexionar, de pronto pensé en una cosa. En mi trabajo a jornada parcial en el cine, sabía que los líderes de alto nivel habían pedido que yo ocupara el puesto, así que inmediatamente me volví proactiva. La película era muy importante para los líderes de alto nivel, así que sabía que tenía que hacerlo lo mejor posible. Aunque era a jornada parcial, quería considerarlo todo detenidamente y ser exhaustiva en mi consejo. No quería que apareciese ningún problema. Si algo iba mal, ¿qué pensarían de mí los líderes? Así que, durante ese tiempo, era muy entusiasta y proactiva. El que no quisiera aparecer en la pantalla no quería decir que no tuviera intenciones personales. En realidad, lo hacía para ganar la gran recompensa de los líderes e impresionarlos. Lo hacía para mantener mi imagen y estatus. En una cuestión tan importante como que los recién llegados fueran engañados debería haber comunicado mi horario y coordinado con los hermanos y hermanas que trabajaban en cine. Podría haber abordado la cuestión de los recién llegados primero fácilmente. Pero, cuando pensaba en cómo los líderes de alto nivel prestaban atención al cine, no prioricé lo importante, dejé de lado a los recién llegados y fui a la grabación de la película primero. No estaba siendo considerada con la voluntad de Dios en mi deber, estaba manteniendo mi estatus y reputación. ¡Era tan egoísta y despreciable! Si mi hermana no me hubiera podado y tratado, no habría reflexionado sobre mí misma y no habría reconocido las intenciones personales que adulteraban mi deber. Cuando me di cuenta de esto, las quejas de mi corazón se desvanecieron. Sentí que era corrupta y mis intenciones eran feas. Dios no usaba a la gente y los asuntos para podarme y tratarme como una manera de humillarme o avergonzarme, era para purificarme, para guiarme al cumplir mi deber en línea con los principios y ayudarme a entrar en las realidades de la verdad. También entendí que, cuando no discutía por mí y era capaz de obedecer y buscar, Dios me esclarecería para que me diese cuenta de mis debilidades y deficiencias para que pudiese evitar hacer las cosas según mis ideas y dañar la obra de la iglesia. Con esta comprensión y lo que gané, no solo no sentí tormento en mi corazón, sino que me sentí realizada. Estas experiencias fueron maravillosas.

Después encontré algunas sendas de práctica en la palabra de Dios. Dios dice: “¿Qué carácter corrupto debe corregirse para aprender la lección de la obediencia? En realidad, se trata del carácter propio de la arrogancia y la santurronería, el cual supone el mayor impedimento para que las personas practiquen la verdad y obedezcan a Dios. Las personas de carácter arrogante y mojigato son las más propensas al razonamiento y a la desobediencia, siempre piensan que tienen la razón, por lo que nada es más urgente que resolver y tratar el carácter arrogante y santurrón de uno mismo. Una vez que las personas se vuelvan sumisas y dejen de emitir sus propios razonamientos, se resolverá el problema de la rebeldía y serán capaces de obedecer. Y para que las personas sean capaces de alcanzar la obediencia, ¿necesitan poseer un cierto grado de racionalidad? Deben poseer el sentido común de una persona normal. En algún asunto, por ejemplo, con independencia de que hayamos hecho lo correcto o no, si Dios no está satisfecho, debemos hacer lo que dice Dios, las palabras de Dios son la norma para todo. ¿Es esto lo racional? Tal es la razón que debe encontrarse en las personas antes que cualquier otra cosa. Por mucho que suframos, y por sean cuales sean nuestras intenciones, objetivos y razones, si Dios no está satisfecho, si Sus exigencias no se han cumplido, es indudable que nuestras acciones no se han ajustado a la verdad, por lo que debemos escuchar y obedecer a Dios, y no debemos tratar de razonar o racionalizar con Él. Cuando posees tal racionalidad, cuando cuentas con la razón de una persona normal, es fácil resolver tus problemas, y serás verdaderamente obediente. No importa en qué situación te encuentres, no serás desobediente y no desafiarás las exigencias de Dios, no analizarás si lo que Dios pide es correcto o incorrecto, bueno o malo, serás capaz de obedecer, resolviendo así tu estado de razonamiento, intransigencia y rebeldía. ¿Tiene todo el mundo estos estados de rebeldía en su interior? Estos estados aparecen a menudo en las personas, y piensan para sí mismas: ‘Mientras mis planteamientos, proposiciones y sugerencias sean sensatos, entonces, aunque viole los principios de la verdad, no debo ser podado o tratado porque no he cometido ninguna maldad’. Este es un estado común en las personas. Su opinión es que, si no han cometido ninguna maldad, no deben ser podados ni tratados; solo las personas que han cometido maldades deben ser podadas y tratadas. ¿Es correcto este punto de vista? Desde luego que no. La poda y el trato se dirigen principalmente al carácter corrupto de las personas. Si las personas tienen un carácter corrupto, deben ser podadas y tratadas. Si solo se las poda y trata después de cometer una maldad, ya sería demasiado tarde, pues el problema ya se habría producido. Y si se ha ofendido el carácter de Dios, estás en problemas, es posible que Dios deje de obrar en ti, en cuyo caso, ¿qué sentido tiene tratarte? No hay más remedio que desenmascararte y descartarte. Lo que más impide a la gente obedecer a Dios es su carácter arrogante. Si las personas son realmente capaces de aceptar el juicio y el castigo, serán capaces de corregir de forma efectiva su carácter arrogante. Sin importar hasta qué punto sean capaces de resolverlo, eso beneficia a la práctica de la verdad y la obediencia a Dios” (La Palabra, Vol. III. Discursos de Cristo de los últimos días. Las cinco condiciones que hay que cumplir para emprender el camino correcto de la fe en Dios). Tras contemplar la palabra de Dios, comprendí que para resolver un carácter rebelde y discutidor, la clave es tener una actitud de obediencia. Por muy buenos que sean tus argumentos, si no concuerdan con la verdad, o si alguien tiene una objeción, primero debes aceptar, buscar la verdad, reflexionar sobre ti mismo y comprenderte. Esta es la razón que debes poseer y la senda de práctica. La gente discutidora no busca ni acepta la verdad y carece de actitud obediente, así que, por muchas cosas que experimente, nunca crecerá en la vida. Solo al obedecer a Dios, aceptar la verdad y reflexionar sobre nosotros mismos mediante las palabras de Dios puede cambiar nuestro carácter corrupto. En todos los años que llevaba creyendo en Dios, cuando era podada y tratada, solía sentir resistencia en mi corazón y siempre quería discutir. Perdí muchas oportunidades de ganar la verdad. Al creer así, podría seguir creyendo otros veinte años, pero ¿qué ganaría? Al darme cuenta de esto, me dije que desde ese momento, cuando fuese tratada y podada, por muy difícil que sea, obedeceré y aprenderé las lecciones. Estas son oportunidades de ganar la verdad y cambiar, por lo que debería atesorarlas y esforzarme por ser una persona que acepta la verdad y obedece a Dios.

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