Tu deber no es tu profesión

31 Ene 2022

Por Cheng Nuo, Francia

El año pasado era responsable del trabajo de dos iglesias para nuevos fieles. A veces era preciso trasladar a gente de nuestras iglesias a otras para que cumpliera con un deber. Al principio me alegraba colaborar y enseguida recomendaba a gente. Sin embargo, con el tiempo me di cuenta de que me costaba más terminar el trabajo cuando se trasladaba a gente buena. Me preocupaba que se resintiera la obra de mi iglesia, que el líder me destituyera por no conseguir resultados en el trabajo y que peligrara mi estatus. Así pues, no estaba tan presta y dispuesta a facilitar gente. No mucho después, reparé en que una nueva creyente, la hermana Ranna, tenía aptitud y ansiaba buscar, leía las palabras de Dios, miraba videos de la iglesia y siempre me preguntaba sobre cómo practicar la verdad y entrar en su realidad. Yo sabía que la iglesia necesitaba un líder del equipo de riego y debía promoverla rápido para ello, así que le brindé mucha ayuda para que comprendiera más verdades y pudiera asumirlo. No solo iba a regar yo a nuevos creyentes, sino que pensaba que parecería que conseguía resultados y la gente me creería muy capaz; ganaríamos las dos. Un día, una líder me comentó que otra iglesia necesitaba alguien para el riego y que, como la hermana Ranna lo hacía bien y era motivadora, debía irse a asumir ese deber en la otra iglesia. Me enfadé mucho cuando le oí decir eso, pues pensaba que yo la había capacitado para líder del equipo de riego y que esa otra iglesia no era la única necesitada de gente. Era muy reacia a ello. Días después, la líder volvió a plantear la idea de trasladar a la hermana Ranna porque tenía aptitud y quizá podrían formarla para más responsabilidades. Aumentó mi renuencia, y pensé: “¿Quieres llevártela sin más? Si sigue resintiéndose la labor de nuestra iglesia, me destituirán”. Y repliqué: “Estaba pensando que podría quedarse aquí y ser capacitada para un puesto de liderazgo”. Sabía que en la otra iglesia había más nuevos y que tenían más necesidad de riego. No me atreví a decir directamente que no la dejaba marchar, pero me embargaba la rabia acumulada, me sentía fatal y no lo podía aceptar. La líder había trasladado a dos líderes de equipo de nuestras iglesias poco antes, así que yo estaba siempre cubriendo vacantes y capacitando a gente nueva y, sobre todo, costaba encontrar buenos candidatos. Si no conseguía buenos resultados, no tendría la ocasión de dar buena imagen. Sentía que no podía cumplir con ese deber y estaba cada vez más triste. Me sentía muy agraviada y no podía reprimir el llanto. Al verme así, la líder me enseñó la voluntad y las exigencias de Dios, pero yo no lo asimilaba. Luego me dijo que mi conducta entorpecía la labor de la iglesia, pero no lo admití en absoluto. Pensé: “¿Pero esto no es por consideración hacia el trabajo de la iglesia? Si opinas que lo estoy obstaculizando, hazlo tú. Échame y ya no daré más problemas”. Me sentí mal al pensar de esa forma, por lo que oré: “Dios mío, no puedo someterme a lo que sucede actualmente. Me siento muy agraviada. Te pido que me guíes para poder entender lo que me pasa”.

Recapacité entonces acerca de por qué, cuando la líder tenía que hacer cambios normales, a otros les parecía bien, pero yo era la única que tenía un problema. Es que tenía que resistirme. Tenía demasiada resistencia interna a ello y no había actuado así una o dos veces nada más. ¿Por qué me costaba tanto someterme? Luego recordé este pasaje de las palabras de Dios: “Un deber no lo gestionas tú, no es como tu carrera o tu trabajo; en cambio, es la obra de Dios. La obra de Dios requiere de tu cooperación, de donde surge tu deber. La parte de la obra de Dios con la que el hombre debe cooperar es su deber. El deber es una parte de la obra de Dios; no es tu carrera, tampoco tus asuntos domésticos ni tus asuntos personales en la vida. Ya sea tu deber tratar con asuntos externos o internos, es la obra de la casa de Dios, forma parte del plan de gestión de Dios y es el encargo que Dios te ha dado. No es un asunto personal tuyo. Así pues, ¿cómo debes tratar tu deber? Por lo tanto, no puedes cumplir con el deber de la manera que te plazca” (‘Solo si buscas los principios-verdad puedes desempeñar bien tu deber’ en “Discursos de Cristo de los últimos días”). “¿Qué es un deber? ¿Es acertado decir que una vez que te han encargado un deber, este se convierte en tu asunto personal? Algunas personas dicen: ‘Una vez que se me ha encargado un deber, ¿acaso no es asunto mío? Mi deber es mi responsabilidad, ¿no es entonces asunto mío ese encargo? Si gestiono mi deber como un asunto propio, ¿no significa eso que lo haré bien? ¿Lo haría bien si no lo tratara como un asunto propio?’. ¿Son estas palabras acertadas o equivocadas? Son equivocadas, no están en consonancia con la verdad. El deber no es un asunto tuyo particular, pertenece a la obra de Dios, y debes hacer lo que Dios te pide, en cuyo caso cumplirás el deber con un nivel aceptable. Si se lleva a cabo según tu visión y tus exigencias, según tus nociones e imaginaciones, entonces no estará a la altura: eso no es cumplir con tu deber, porque lo que estás haciendo no es un trabajo que esté dentro del ámbito de la gestión de Dios, no se trata de la obra de la casa de Dios. Estás actuando por tu cuenta, y, por lo tanto, no es conmemorado por Dios” (‘Solo si buscas los principios-verdad puedes desempeñar bien tu deber’ en “Discursos de Cristo de los últimos días”). Comprendí que un deber no es una profesión. No es mi empleo. Es la comisión de Dios, así que hay que cumplirla de acuerdo con las exigencias de Dios y de Su casa. No debo hacer lo que me dé la gana según mis deseos y planes personales. Tal vez parezca que trabajo mucho, pero eso no es cumplir con un deber. Es ir a mi aire y oponerme a Dios. Echando la vista atrás, cuando me pedían que facilitara gente, me preocupaba que, si dejaba marchar a los miembros aptos de la iglesia, nuestras iglesias no tuvieran buenos resultados y yo perdiera el puesto. No quería facilitar gente para proteger mi reputación y estatus. En teoría, sabía que Dios me había concedido el deber y que era mi responsabilidad, pero, en la práctica, lo consideraba mi empresa, mi empleo. Como me habían dado ese empleo, imaginaba que era mi empresa y que tenía la última palabra. Estaba dispuesta a ayudar a facilitar gente solo si eso no afectaba a mi labor, pero en cuanto lo hacía, me empecinaba totalmente. Por ello, al saber que iban a trasladar a la hermana Ranna, me desilusioné y no quería que se marchara. Me sentí sumamente agraviada y hasta tuve ganas de montar en cólera, de dejar el deber. ¿Eso era cumplir con el deber? Era obvio que perturbaba y dificultaba el trabajo de la casa de Dios. No defendía los intereses de la casa de Dios ni trataba de satisfacerlo a Él, sino que maquinaba a mi favor al usar el deber como una oportunidad de trabajar por mi reputación y estatus. Lo hacía todo por mí. Por más trabajo que hiciera, Dios nunca lo recordaría. Dios me concedió ese deber y el trabajo era para Su casa. Debía colaborar con entusiasmo siempre que una iglesia necesitara a alguien. No podía ser tan egoísta de pensar solamente en mí.

Al día siguiente, en una reunión, un líder comentó que el trabajo de los líderes de la iglesia es regar a los hermanos y hermanas, además de capacitar gente para que todo el mundo cumpla con un deber que le venga bien. Oír esto fue como despertar de un sueño. Tenía razón. Formaba parte de mi trabajo regar a los hermanos y hermanas y ayudarlos a encontrar el deber correcto. Sin embargo, cuando la casa de Dios necesitaba a alguien, aunque no me atreviera a negarme, me resistía por dentro y ponía toda clase de excusas para no hacerlo. Eso no es hacer mi deber. Ni siquiera cumplía con las responsabilidades del cargo y me quedaba igual de contenta. No hacía introspección, sino que obstaculizaba el trabajo de la iglesia. ¿No lo dificultaba, tal como había dicho aquella hermana? Recordé que, cuando asumí el deber, solo quería hacer mi parte de la obra evangelizadora de la casa de Dios, pero me había vuelto un obstáculo, un escollo. Sentí entonces pesar y ganas de arrepentirme ante Dios.

Días después, la líder me envió un mensaje para pedirme el traslado a otra iglesia de un par de miembros del equipo evangelizador. Conservé totalmente la calma al ver el mensaje y descubrí que Dios disponía aquello como una oportunidad para mí de practicar la verdad. No obstante, al evaluar a los miembros del equipo, sí me sentí reacia a prescindir de ellos, y me pregunté si realmente tenía que dejar marchar a las dos mejores hermanas del equipo o si tal vez podría trasladar a dos que no eran tan buenas. Al pensarlo, comprendí que era egoísta y cometía el mismo error de nuevo. Luego leí un pasaje de las palabras de Dios. “Los corazones de las personas astutas y malvadas rebosan con sus ambiciones personales, sus planes y estratagemas. ¿Acaso es fácil dejar de lado esas cosas? (No). El truco consiste en ser capaz de cumplir bien con tu deber incluso cuando no eres capaz de dejarlas de lado. En realidad no es difícil, basta con ser capaz de hacer una distinción. Si algo concierne a la casa de Dios y es de especial importancia, entonces no debes postergarlo, cometer errores, perjudicar los intereses de la casa de Dios ni perturbar su obra. Este es el principio que debes seguir. Si los intereses de la casa de Dios no se ven perjudicados, y sin embargo tus ambiciones y deseos se ven algo comprometidos, entonces debes aceptar que eso ocurra y no ofender el carácter de Dios, lo cual supondría lo básico. Si ensucias la obra de la casa de Dios para satisfacer tus insignificantes ambiciones y tu vanidad, en última instancia ¿cuál será la consecuencia para ti? Serás reemplazado, y quizás eliminado. Te habrás ganado la ira del carácter de Dios, y puede que no tengas más oportunidades. Dios da un número limitado de oportunidades a la gente. ¿Cuántas oportunidades tiene la gente de ser probada por Dios? Esto se determina según su esencia. Si aprovechas al máximo las oportunidades que se te dan y eres capaz de anteponer la realización de la obra de la casa de Dios a tu propio orgullo y vanidad, entonces tienes la mentalidad correcta” (‘Solo si buscas los principios-verdad puedes desempeñar bien tu deber’ en “Discursos de Cristo de los últimos días”). La líder organizaba esto porque era necesario para la obra de la casa de Dios y yo no podía demorarlo por proteger mi reputación y estatus. Siempre me preocupó que, si trasladaban a los mejores miembros del equipo, se resintiera la labor de nuestras iglesias y me destituyeran. ¿Despedirían a alguien que defendiera los intereses de la casa de Dios y guardara Su voluntad? No. Destituirían y eliminarían a alguien que fuera egoísta y despreciable, que se negara a dejar marchar a buenos miembros del equipo y, con ello, se vieran afectados el trabajo y los intereses de la casa de Dios. Y aunque yo sí me aferrara a aquellas hermanas, no por ello les iría necesariamente bien a nuestras iglesias. Mis motivaciones eran un error. Si protegía mi reputación y estatus, no recibiría la obra del Espíritu Santo, ¿y cómo podría obtener buenos resultados en el deber sin las bendiciones de Dios? Con estas ideas, mi mente recobró la calma y le dije a Dios en mi interior: “Dios mío, quiero practicar la verdad, satisfacerte y dejar de proteger mi reputación y estatus”. Después ofrecí a los dos mejores miembros del equipo evangelizador. Sentí gran paz cuando puse esto en práctica. Me sentí bien así.

Creía haberme transformado un poco tras aquella experiencia, pero, para mi asombro, poco después me desenmascararon totalmente. Un día, un líder me dijo que quería que yo facilitara más miembros del equipo de riego, pues en las iglesias teníamos bastantes nuevos fieles bilingües. Cuando fui a filtrarlos, reparé en que tendría que ceder a casi todos los bilingües con aptitud. Empecé a preocuparme otra vez por mi reputación y mi puesto. Si se iba esa gente, temía que la labor evangelizadora de las iglesias se viera definitivamente afectada o incluso fuera ineficaz. Esa noche, la líder me envió un mensaje para preguntarme por la situación. Sentí mucha resistencia. A cada nombre que mentaba le respondía con monosílabos: “Sí”. “Bien”. Cuando me pedía detalles, no tenía ganas de contestarle. Pensaba: “Para empezar, yo no quería ceder a estas personas, pero tú no paras de preguntarme. Estás dejando las iglesias sin gente capaz de cumplir con un deber. ¿Cómo se supone que voy a hacer mi trabajo?”. Era muy reacia y no podía someterme.

En una reunión posterior vi un vídeo de recitación de las palabras de Dios que me ayudó a comprender mi corrupción. Dios Todopoderoso dice: “La esencia del egoísmo y la vileza de los anticristos es de una claridad patente. Este es un aspecto particularmente pronunciado. Cuando comunicas con ellos, todo lo que no concierne a su estatus y reputación no les interesa, no les importa, y es como si tales cosas no tuvieran relación con ellos. Nunca tratarían de encontrar la verdad en su interior y entender la voluntad de Dios, y mucho menos mirarían las cosas desde un punto de vista más amplio y pensarían en la obra de la casa de Dios. Dentro del ámbito de la obra de la casa de Dios, es necesario moverse alrededor de ciertas personas según lo exija el trabajo. Por ejemplo, un líder está a cargo del trabajo de un grupo, y es necesario trasladar a un miembro del grupo a otro para que cumpla con su deber, siendo esto requerido por la obra de la casa de Dios. Entonces, de acuerdo con el sentido humano normal, ¿cómo debe tratarse esto? Como corresponde a las circunstancias, el líder debe encontrar un sustituto para cubrir la vacante. Una vez que se haya encontrado una persona adecuada, se debe transferir a la persona original y se le debe permitir ir a donde la obra de la casa de Dios la necesite. Esto se debe a que las personas no son entidades solitarias, sino una parte de la casa de Dios. Deben ir a cualquier proyecto de la casa de Dios que los necesite, a menos que sean transferidos ad libitum, por lo que así se violaría el principio. Si se trata de una transferencia normal que se ajusta a los principios, ningún líder tiene derecho a impedirla. ¿Diríais que hay algún trabajo que no sea obra de la casa de Dios? ¿Hay alguna obra que no implique la expansión del plan de gestión de Dios? Todo es obra de la casa de Dios, toda obra es igual, y no hay ‘tuya’ y ‘mía’. […] La casa de Dios coordina a su personal de manera centralizada y según los principios. Esto no tiene nada que ver con ningún líder, jefe de equipo o individuo. Todos deben actuar según los principios, esa es la regla de la casa de Dios. Y así, los que no siguen los principios de la casa de Dios, que siempre traman y planean por sus propios intereses y estatus, ¿acaso no son egoístas y viles? Utilizan a los hermanos y hermanas, se aprovechan de estas personas capaces para que trabajen por ellos, para que ayuden a mantener la eficiencia del trabajo y consolidar su propio estatus. Esto es lo que pretenden. Visto desde fuera, si no se observa en detalle, esta persona parece muy responsable. Los incrédulos los definirían como élite, como peces gordos, y dirían que tienen una gran habilidad y algunos trucos bajo la manga en lo que respecta a tratar de retener el talento. Es una fuente de envidia entre los incrédulos, es algo a lo que la gente aspira, es valorado. Sin embargo, en la casa de Dios es justamente lo contrario: en la casa de Dios esto está condenado. No pensar en la obra más amplia de la casa de Dios, pensar solo en el propio estatus y en garantizarlo sin reparar en el coste de los intereses de la casa de Dios y el daño causado a la obra de la iglesia, ¿acaso no es esto egoísta y vil? Al enfrentarte a una situación así, como mínimo debes pensar con tu conciencia: ‘Estas personas son de la casa de Dios, no son mi propiedad personal. Yo también soy miembro de la casa de Dios. ¿Qué derecho tengo a impedir que la casa de Dios transfiera personas? Debería considerar los intereses generales de la casa de Dios, en lugar de concentrarme solo en el trabajo de mi propio grupo’. Tales son los pensamientos que deberían tener las personas que poseen conciencia y racionalidad, y el sentido que deberían poseer los que creen en Dios. Solo entonces es posible obedecer los arreglos de la casa de Dios. Cuando los malvados ostentan el poder, no poseen tal conciencia y sentido, y no obedecen en absoluto los arreglos de la casa de Dios. ¿Qué clase de ‘cosa’ es esta? En la casa de Dios son incluso tan audaces como para ser obstructivos, e incluso se atreven a atrincherarse con sus ideas. Así son las personas más carentes de humanidad, son personas malvadas. De esta clase de personas son los anticristos. Siempre tratan la obra de la casa de Dios y a los hermanos y hermanas, e incluso los bienes de la casa de Dios, todo aquello que está bajo su autoridad, como propiedad privada que les pertenece. De ellos depende cómo se distribuyen, transfieren y utilizan estas cosas. Una vez que están en sus manos, es como si estuvieran en posesión de Satanás, y a la casa de Dios no se le permite interferir, a nadie se le permite tocarlos. En su territorio, ellos son el pez gordo, el mandamás, y cualquiera que vaya allí tiene que obedecer sus órdenes y disposiciones, además de seguir su ejemplo. Esta es la manifestación del egoísmo y la vileza dentro del carácter del anticristo” (‘Digresión cuatro: Resumen de la naturaleza humana de los anticristos y de la esencia de su carácter (I)’ en “Desenmascarar a los anticristos”). Las palabras de Dios revelaban mi estado. Querer mantener a los hermanos y hermanas bajo control y no cederlos a la casa de Dios era egoísta y despreciable, y yo exhibía el carácter de un anticristo. Me sentía muy reacia y reticente cada vez que la líder quería trasladar a alguien de nuestras iglesias. Actuaba con ira y me sentía muy agraviada. No lo acepté hasta que la líder no habló conmigo para ayudarme a cambiar de idea y me dijo cosas agradables. Era como la mandamás desenmascarada por Dios, que quería tener voz y voto en los traslados desde las iglesias de las que era responsable. Cuando hacían falta personas, podían ir si yo lo permitía; si no, no podían. Nadie podía ir sin mi visto bueno. Mantenía las iglesias bajo mi firme control y lo tenía todo a mis órdenes. Cristo no se encargaba de las iglesias; yo sí. Era como si los nuevos, a quienes se edificaba, fueran míos. Quería consolidar mi posición gracias a lo que ellos lograran en el deber. ¡Qué desvergüenza! Estas son iglesias de Dios y se trata de la labor de Su casa, pero yo ejercía de reina del lugar, que había instaurado su propio reino. ¿No iba por la senda de un anticristo, opuesta a Dios? Esto, además, me recordaba al clero del mundo religioso. Saben que la Iglesia de Dios Todopoderoso da testimonio de que el Señor ha regresado y expresado muchas verdades, pero, como temen que sus congregaciones sigan a Dios Todopoderoso cuando comprueben estas verdades y ellos pierdan su estatus, reputación y medio de vida, intentan de todo para apartarlas del camino verdadero. Dicen abiertamente que las ovejas son suyas y que no dejarán que oigan la voz de Dios y lo sigan. Consideran a los creyentes propiedad privada, los controlan férreamente y se pelean con Dios por ellos. Son los siervos infieles, los anticristos delatados en los últimos días. ¿En qué se diferenciaban en esencia mis actos de los de aquellos pastores y ancianos? Controlaba a los demás para proteger mi reputación y posición. Sabía que, de no arrepentirme, Dios acabaría condenándome y castigándome con los anticristos. El pueblo escogido de Dios le pertenece a Él, no a ningún ser humano. Se puede trasladar si es preciso a cualquiera que haga falta para un deber en la casa de Dios. No tenía derecho a quedarme con nadie en las iglesias que dirigía. Mi deber era capacitar gente para la obra de la casa de Dios y es muy normal que los líderes trasladen a gente. Me pedían mi opinión por respeto y para facilitar la colaboración. Habría sido correcto, incluso, trasladar directamente a alguien sin mi consentimiento. No tenía derecho, no tenía motivo, para mantener a nadie bajo control. Sabía que no podía seguir viviendo con tanto egoísmo, que Dios me había dado aliento en ese mismo momento; entonces, ¿por qué luchaba? Tal vez no contribuya mucho a la casa de Dios, pero, como mínimo, no debo entrometerme. Tenía que hacer más cosas en beneficio de la casa de Dios.

Después, cuando era necesario, ayudaba gustosamente con los traslados y dejé de pensar en mis intereses. Una vez, una hermana a la que había trasladado a otra iglesia me mandó un mensaje para contarme que allí habían aprendido muchísimo en el curso de evangelización. Sentí alegría y vergüenza. Alegría al saber que ellos habían madurado, que sabrían hacer su parte para difundir el evangelio del reino. Vergüenza porque, si hubiera facilitado gente de buena gana y sin interponerme, se les podría haber formado antes y habrían hecho buenas acciones. Oré a Dios porque no quería vivir más de acuerdo con mi carácter corrupto, sino facilitar buenos candidatos, hacer mi parte para la labor evangelizadora y cumplir con el deber.

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