He oído la voz de Dios

15 Jul 2022

Por Mathieu, Francia

Hace más de dos años que acepté la obra de Dios Todopoderoso de los últimos días. Sinceramente, he aprendido más que en más de una década como cristiano. No creo, como antes, en el Dios difuso de mi imaginación, sino en el Dios práctico encarnado, que camina y obra en medio de la humanidad y puede expresar la verdad en todo momento y lugar. He oído la voz de Dios y gozado del sustento de Sus palabras. En verdad, me he acercado al Señor.

Me llamo Mathieu y nací en una familia católica en Lyon (Francia). Tuve una infancia católica tradicional. Me bautizaron, iba a misa, nos imponían las manos, y fui de peregrinación a Lourdes. Al hacerme mayor, me di cuenta de que los curas católicos siempre predicaban las mismas doctrinas antiguas sin ninguna variación. Me parecía un ambiente frío y apagado, y como si la fe de muchos otros creyentes se hubiera enfriado. Esto me desanimaba. Anhelaba encontrar una iglesia con la obra del Espíritu Santo, donde sintiera la presencia del Señor. Decidí salirme de la Iglesia católica en busca de otra. Terminé después en Ginebra, donde fui a la universidad y me uní a una iglesia cristiana evangélica local, pero descubrí que el pastor solo predicaba doctrinas literales, gritaba consignas y hablaba de teología y de los dones espirituales alejado de la realidad. Nada me conmovía ni me ayudaba a conocer al Señor. Otra cosa en que reparé fue en la idolatría a los ídolos. Observé que había un retrato del pastor principal junto al púlpito y que, cuando se incorporaba alguien nuevo a la iglesia, el pastor local le hacía saludar al retrato del pastor principal. A diario, ese pastor enviaba a los creyentes sus interpretaciones de la Escritura y los hermanos y hermanas las consideraban el pan de cada día, como si leyeran las palabras de Dios. Las practicaban como si fueran palabra del propio Dios. Esto me incomodaba mucho. No me parecía correcto. Veía que el Señor no estaba en esa iglesia, que realmente no tenía al Señor. Me preguntaba: “En realidad, ¿dónde está el Señor?”. Eso era lo que verdaderamente buscaba. Luego me fui también de aquella iglesia. Entonces me sentía muy vacío espiritualmente y me preguntaba si me había desechado el Señor.

A partir de entonces leí la Biblia en casa yo solo. Leía mucho el tercer capítulo del Apocalipsis, y la parte que habla de la iglesia de Filadelfia me impresionó de una forma especialmente profunda. “Porque has guardado la palabra de mi perseverancia, yo también te guardaré de la hora de la prueba, esa hora que está por venir sobre todo el mundo para poner a prueba a los que habitan sobre la tierra. Vengo pronto; retén firme lo que tienes, para que nadie tome tu corona. Al vencedor le haré una columna en el templo de mi Dios, y nunca más saldrá de allí” (Apocalipsis 3:10-12). Estos versículos me resultaban apasionantes y muy impactantes. Rebosaban misterio y promesas. Vi que el Señor dejaba claro que habrá una iglesia que recibirá la aprobación del Señor: la iglesia de Filadelfia. Comenzó a parecerme como si el Señor me dijera: “Yo estoy en esta iglesia”. Eso me planteó una pregunta: ¿Dónde se encuentra esta iglesia? Al seguir leyendo, encontré esto: “He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él y él conmigo” (Apocalipsis 3:20). Me emocioné mucho al leer que el Señor dejaba claro que llamaría a la puerta. Me pregunté cómo llamaría y si eso significaba que el Señor volvería pronto. Eso fue sumamente esclarecedor para mí e impulsó mi deseo de seguir buscando. El 1 de mayo de 2018, justo después de una época oscura, oré de nuevo a Dios con todo mi corazón y toda mi alma. Sentía muchas ganas de entender lo que nunca había entendido. Le dije: “Oh, Dios mío, dame esclarecimiento. Sé que pronto vas a venir. Te pido que me permitas comprender Tu voluntad”. Me fui a la cama después de orar.

Al día siguiente fui al trabajo como siempre. A la hora de comer, fui al lago Lemán, me senté en un banco y me presenté ante Dios a orar. Me percaté de que había alguien más ahí, así que fui directo hacia él y le prediqué el evangelio. Él intervino para decir: “Hermano, ¿sabes qué? El Señor ha regresado y expresado millones de palabras”. Me quedé atónito al oírlo, y me pregunté: “¿Por qué ha dicho eso este hermano? ¿De verdad ha vuelto el Señor?”. Me quedé helado. A medida que continuábamos hablando, no hacían más que surgirme preguntas: ¿Ha regresado el Señor? ¿Cómo? Cuando estábamos terminando de hablar, me dio la dirección de la web de la Iglesia de Dios Todopoderoso y señaló: “Aquí puedes indagar más sobre ella”.

Abrí aquel sitio en cuanto volví a la oficina. Recuerdo que lo primero que vi fue “Cristo de los últimos días ha aparecido en China”. No me había percatado. Me sorprendió mucho. Aún más sorprendente era que había libros de todo tipo, como dos que me impresionaron enormemente, La Palabra manifestada en carne y Declaraciones de Cristo de los últimos días. Tenía muchas ganas de informarme, así que pulsé sobre La Palabra manifestada en carne y vi un pasaje. Realmente deja una impresión indeleble. “Todo Mi pueblo que sirve delante de Mí debería pensar en el pasado: ¿Estaba vuestro amor por Mí manchado de impureza? ¿Era vuestra lealtad hacia Mí pura y sincera? ¿Era vuestro conocimiento de Mí verdadero? ¿Cuánto espacio ocupaba Yo en vuestro corazón? ¿Llené vuestros corazones completamente? ¿Cuánto lograron Mis palabras en vosotros? ¡No me toméis por tonto! ¡Estas cosas están muy claras para Mí! Hoy, cuando la voz de Mi salvación resuena, ¿se ha producido algún incremento en vuestro amor por Mí? ¿Se ha vuelto pura parte de vuestra lealtad hacia Mí? ¿Se ha profundizado vuestro conocimiento de Mí? ¿La alabanza ofrecida en el pasado sentó una base sólida para vuestro conocimiento actual? ¿Cuánto de vosotros está ocupado por Mi Espíritu? ¿Cuánto lugar ocupa Mi imagen dentro de vosotros? ¿Han tocado Mis declaraciones una fibra sensible en vuestro interior? ¿Sentís verdaderamente que no tenéis donde esconder vuestra vergüenza? ¿Creéis realmente que no estáis cualificados para ser Mi pueblo? Si sois completamente ajenos a las preguntas anteriores, esto muestra que estás pescando en aguas turbias, que solo estás maquillando los números. En el momento preordenado por Mí serás sin duda eliminado y echado al abismo sin fondo por segunda vez. Estas son Mis palabras de advertencia, y Mi juicio derribará a cualquiera que las tome a la ligera, y, en la hora designada, enfrentará el desastre. ¿No es así?” (‘Capítulo 4’ de Las palabras de Dios al universo entero en “La Palabra manifestada en carne”). Estas palabras me parecieron muy autorizadas, como si el propio Dios me hablara cara a cara, como si Dios me preguntara: ¿Me amas de verdad? ¿Es sincero tu sometimiento a Mí? En ese momento me sentí algo cohibido, pues, honestamente, veía que servía a Dios como si fuera un trabajo, no desde una posición de amor. Había una cuestión más urgente en mis oraciones. Le exigía constantemente cosas al Señor, como: “Oh, Dios mío, quiero un automóvil. quiero una casa como esta, un trabajo así, una esposa tal y un sueldo cual”. Comprendí que todo eso era irracional. Peor aún, si el Señor no cumplía mis extravagantes deseos, me rebelaba contra Él y lo culpaba. Sentí tanta vergüenza por esto que llegué a desear encontrar un sitio donde esconderme por haber quedado en evidencia. Luego me sentí como un niño ante sus padres, que lo reñían por portarse mal. Me resultaba intrigante y me alegré mucho al sentir que Dios me hablaba cara a cara. Creía que esta era la voz de Dios, ya que solo Dios puede penetrar en el corazón humano. Esto me dejó una honda impresión. Me quedé sin habla y sin excusas. Además, daba por cierto que era la voz de Dios, así que leí más. Sí, bastantes. Sentía que Dios me hablaba con poder y autoridad. Sencillamente, no podía dejarlo.

Recuerdo un pasaje que me impresionó mucho: “Desde lo alto miro hacia abajo sobre todas las cosas, y desde lo alto ejerzo dominio sobre todas las cosas. De la misma manera, he instaurado Mi salvación sobre la tierra. No existe momento alguno en el que Yo no esté vigilando, desde Mi lugar secreto, cada movimiento de los seres humanos y todo lo que dicen y hacen. Los seres humanos son para Mí como libros abiertos: Yo veo y conozco a todos y cada uno. El lugar secreto es Mi morada, y el firmamento entero es la cama sobre la que reposo. Las fuerzas de Satanás no pueden llegar a Mí, porque estoy desbordante de majestad, justicia y juicio” (‘Capítulo 5’ de Las palabras de Dios al universo entero en “La Palabra manifestada en carne”). Estas palabras me parecían estar llenas de la autoridad de Dios. Aparte de Dios, ¿quién podía penetrar en nuestro corazón? Aparte de Dios, ¿quién podía hablarnos directamente con tanto poder y tanta autoridad? Dios creó a la humanidad y solo Él ve lo que escondemos en el fondo del corazón. Estaba seguro de que estas palabras eran de Dios y sentí una gran emoción que nunca antes había tenido. Recuerdo que leí mucho ese día y llegué tres horas tarde a casa. Fue muy especial y un momento realmente inigualable. De camino a casa, no hacía más que repetir: “¡Dios mío, gracias de verdad! He oído Tu voz y sé que has vuelto. He presenciado Tu autoridad. ¡A Ti toda la gloria!”. Estaba realmente encantado y emocionado. Me acordé de mi oración de la noche anterior. Recordé haber orado a Dios para pedirle que me ayudara a comprender Su voluntad en Su regreso. Me di cuenta entonces de que Dios había oído mi oración y, para mayor asombro todavía, había respondido a ella. ¡Qué cosa más increíble e impresionante! Sin embargo, también me abrumaban preguntas como: Dado que el Señor ha venido, ¿cómo lo ha hecho? ¿Qué obra va a realizar? Como tenía todas estas preguntas sin respuesta, contacté con unos hermanos y hermanas de la Iglesia de Dios Todopoderoso.

Me contaron que el Señor se ha hecho carne en el Hijo del hombre y ha venido en secreto. Él es Dios Todopoderoso, ha expresado verdades y está realizando una nueva obra: el juicio de los últimos días, profetizado en la Biblia, que comienza por la casa de Dios y pretende purificar y salvar plenamente a la humanidad. Estaba totalmente atónito. Me aportaron gran esclarecimiento sus enseñanzas sobre versículos bíblicos como Apocalipsis 16:15: “He aquí, vengo como ladrón”. También Lucas 12:40: “Vosotros también estad preparados, porque el Hijo del Hombre vendrá a la hora que no esperéis”. Según estos versículos, el Señor se hará carne y vendrá en secreto como Hijo del hombre. Obviamente, “Hijo del hombre” no se refiere a un espíritu ni a un cuerpo espiritual, sino a haber nacido de hombre y a tener una humanidad normal y la esencia de Dios, como el Señor Jesús hace 2000 años. Parecía una persona normal, pero, en esencia, era Dios. Después hablamos de Apocalipsis 3:20, que señala que el Señor llama a la puerta. Aprendí que “llamar” significa que el Señor expresa nuevas palabras en los últimos días para llamar a la puerta del corazón de la gente. Cuando los auténticos creyentes oyen las palabras del Señor, las reconocen como la voz de Dios, y ellos son las vírgenes prudentes que serán ascendidas ante Dios y reciben el regreso del Señor. Esto, además, cumple la profecía del Señor Jesús: “Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco y me siguen” (Juan 10:27). Me pareció increíble. Pensé que esta es la segunda vez que Dios viene a la tierra a obrar en la carne, justo cuando yo estoy vivo en el mundo, respirando el mismo aire, y que Él tiene el aspecto de una persona normal. ¡Me pareció increíble! Siempre había creído que Dios estaba en lo alto del cielo. Jamás imaginé que, en los últimos días, Dios vendría encarnado a la tierra a hablar y realizar una nueva obra.

Luego, la hermana Lisa y el hermano David me leyeron un par de pasajes de las palabras de Dios sobre sus encarnaciones. “La ‘encarnación’ es la aparición de Dios en la carne; Él obra en medio de la humanidad creada a imagen de la carne. Por tanto, para que Dios se encarne, primero debe ser carne, una carne con una humanidad normal; esto, como mínimo, es el requisito previo más básico. De hecho, la implicación de la encarnación de Dios es que Él vive y obra en la carne; Dios se hace carne en Su misma esencia, se hace hombre” (‘La esencia de la carne habitada por Dios’ en “La Palabra manifestada en carne”). “El Dios encarnado se llama Cristo y Cristo es la carne vestida con el Espíritu de Dios. Esta carne es diferente a cualquier hombre que es de la carne. La diferencia es porque Cristo no es de carne y hueso; Él es la personificación del Espíritu. Tiene tanto una humanidad normal como una divinidad completa. Su divinidad no la posee ningún hombre. Su humanidad normal sustenta todas Sus actividades normales en la carne, mientras que Su divinidad lleva a cabo la obra de Dios mismo. Sea Su humanidad o Su divinidad, ambas se someten a la voluntad del Padre celestial. La esencia de Cristo es el Espíritu, es decir, la divinidad. Por lo tanto, Su esencia es la de Dios mismo” (‘La esencia de Cristo es la obediencia a la voluntad del Padre celestial’ en “La Palabra manifestada en carne”). Tras leer estos pasajes de las palabras de Dios, entendí que Dios encarnado es el Espíritu de Dios en la carne, que viene a la tierra a hablar y obrar para salvar a la humanidad. Cristo parece, a primera vista, una persona normal que come, viste y duerme como cualquiera, pero tiene esencia divina. Puede hablar a toda la humanidad como el propio Dios y expresar verdades que nunca podría expresar un ser humano. Puede realizar la obra del propio Dios y consumar la voluntad de Dios. Visto desde fuera, Cristo es como cualquiera y no podemos saber que es Dios, pero, cuando le oímos hablar, sabemos que Sus palabras no vienen de este mundo. Puede dilucidar verdades y misterios que nadie ha visto ni oído jamás. Puede revelar nuestra corrupción más profunda. Lo que expresa Él es lo que expresa el propio Dios. Así descubrimos que Él es Dios. Así era el Señor Jesús en aquel tiempo. Parecía una persona normal por fuera, pero fue capaz de ser la ofrenda por el pecado de toda la humanidad para absolver nuestros pecados. Fue capaz de otorgarnos paz, gozo y gracia abundante. Nadie excepto Él podría realizar esta obra, pues las personas son solo personas, sin la esencia de Dios. Los hermanos y hermanas también me enseñaron que Dios Todopoderoso es como el Señor Jesús. Parece una persona normal, pero Su esencia es de Dios porque puede realizar la obra del juicio, que comienza por la casa de Dios, expresar toda verdad que purifica y salva a la humanidad y revelar misterios que no podría revelar ningún ser humano, especialmente cosas como verdades acerca del plan de gestión de Dios, cómo corrompe Satanás a la gente y Su revelación de la naturaleza satánica de esta; nadie excepto Dios podría expresar estas verdades. Ningún ser humano podría. Esto demuestra que Dios Todopoderoso tiene esencia divina: es el Cristo de los últimos días.

Todo esto que oí me ayudó a comprender algunas verdades de la encarnación y comprobé que Cristo tiene una humanidad normal y esencia divina. Se aclararon algunas de mis imaginaciones y nociones difusas sobre Dios. Esto me resultó muy liberador. Es posible contemplar y tocar a Dios encarnado y Él puede hablar cara a cara con la gente. Me resultó muy emocionante y conmovedor pensar que Dios se encarna en los últimos días, cuando expresa personalmente palabras para salvar a toda la humanidad. Sin embargo, al oír que Dios se ha encarnado por segunda vez para realizar la obra del juicio, sentí cierto recelo, cierto temor. Ya que vivía en pecado. Me preguntaba si el Señor me condenaría y castigaría en Su juicio. Por eso estaba preocupado, pero, al hablar con los hermanos y hermanas, aprendí que la obra del juicio no pretende condenarnos y castigarnos, sino purificarnos y salvarnos. Es una salvación práctica. De hecho, el Señor Jesús solo hizo parte de la obra salvadora. Solo nos perdonó los pecados, pero no se ha erradicado la causa de nuestra pecaminosidad. Aunque los creyentes nos esforcemos por Dios y hagamos algunas cosas buenas, nuestra naturaleza rebosa actitudes corruptas, como la arrogancia, la falsedad y la terquedad. Envidiamos a los que nos superan y, en la vida, todo lo hacemos por nuestro bien. Somos sumamente egoístas. Nuestro carácter satánico nos controla y domina por completo y no sabemos cómo escapar a las ataduras del pecado. Es así y lo podemos ver a diario. Eso me recordó un versículo bíblico: Dios dijo: “Seréis, pues, santos porque yo soy santo” (Levítico 11:45). Este versículo nos deja claro que no somos dignos de entrar todavía en el reino de los cielos, pues ninguno de nosotros es santo. Por ello, Cristo de los últimos días, Dios Todopoderoso, realiza la obra del juicio para purificarnos y salvarnos en los últimos días, de modo que nos libremos totalmente de las ataduras del pecado y seamos personas que teman y se sometan a Dios, que ya no pequen ni se opongan a Él. Ese es el objetivo de esta obra. Esto cumple las profecías del Señor Jesús: “Santifícalos en la verdad; tu palabra es verdad” (Juan 17:17). “Conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres” (Juan 8:32).

Después de esa explicación, leyeron un par de pasajes que explican muy claramente la obra del juicio. Las palabras de Dios dicen: “Aunque Jesús hizo mucha obra entre los hombres, sólo completó la redención de toda la humanidad y se convirtió en la ofrenda por el pecado del hombre; no lo libró de la totalidad de su carácter corrupto. Salvar al hombre totalmente de la influencia de Satanás no sólo requirió que Jesús se convirtiera en la ofrenda por el pecado y cargara con los pecados del hombre, sino también que Dios realizara una obra incluso mayor para librar completamente al hombre de su carácter satánicamente corrompido. Y, así, ahora que el hombre ha sido perdonado de sus pecados, Dios ha vuelto a la carne para guiar al hombre a la nueva era, y comenzó la obra de castigo y juicio. Esta obra ha llevado al hombre a una esfera más elevada. Todos los que se someten bajo Su dominio disfrutarán una verdad más elevada y recibirán mayores bendiciones. Vivirán realmente en la luz, y obtendrán la verdad, el camino y la vida” (‘Prefacio’ en “La Palabra manifestada en carne”). “Cristo de los últimos días usa una variedad de verdades para enseñar al hombre, para exponer la sustancia del hombre y para analizar minuciosamente sus palabras y acciones. Estas palabras comprenden verdades diversas tales como el deber del hombre, cómo el hombre debe obedecer a Dios, cómo debe ser leal a Dios, cómo debe vivir una humanidad normal, así como la sabiduría y el carácter de Dios, etc. Todas estas palabras están dirigidas a la sustancia del hombre y a su carácter corrupto. En particular, las palabras que exponen cómo el hombre desdeña a Dios se refieren a que el hombre es una personificación de Satanás y una fuerza enemiga contra Dios. Al realizar Su obra del juicio, Dios no aclara simplemente la naturaleza del hombre con unas pocas palabras; la expone, la trata y la poda a largo plazo. Todos estos métodos diferentes de exposición, de trato y poda no pueden ser sustituidos con palabras corrientes, sino con la verdad de la que el hombre carece por completo. Solo los métodos de este tipo pueden llamarse juicio; solo a través de este tipo de juicio puede el hombre ser doblegado y completamente convencido por Dios y, además, obtener un conocimiento verdadero de Dios. Lo que la obra de juicio propicia es el entendimiento del hombre sobre el verdadero rostro de Dios y la verdad sobre su propia rebeldía. La obra de juicio le permite al hombre obtener mucho entendimiento de la voluntad de Dios, del propósito de la obra de Dios y de los misterios que le son incomprensibles. También le permite al hombre reconocer y conocer su esencia corrupta y las raíces de su corrupción, así como descubrir su fealdad. Estos efectos son todos propiciados por la obra del juicio, porque la esencia de esta obra es, en realidad, la obra de abrir la verdad, el camino y la vida de Dios a todos aquellos que tengan fe en Él. Esta obra es la obra del juicio realizada por Dios” (‘Cristo hace la obra del juicio con la verdad’ en “La Palabra manifestada en carne”). Luego, el hermano Leo dijo que, en los últimos días, Dios Todopoderoso expresa verdades que juzgan y purifican a la humanidad, que Sus palabras revelan muchos misterios y verdades, como los misterios de Su plan de gestión de 6000 años, las tres etapas de Su obra, cómo corrompe Satanás a la humanidad y cómo nos salva Dios, quiénes pueden salvarse y entrar al reino y quiénes serán castigados y eliminados, el resultado y destino de cada tipo de persona, etc. Dios Todopoderoso también revela y juzga nuestra naturaleza satánica y la verdad de nuestra corrupción. Corrige nuestra corrupción y nuestra naturaleza pecaminosa mediante pruebas y refinaciones para que veamos con claridad cuánto nos ha corrompido Satanás, la arrogancia, tortuosidad y falsedad de nuestra naturaleza y nuestra relación con Dios, lo que es muy entristecedor. Puede que creamos en Dios, nos esforcemos por Él y hagamos cosas buenas, pero solo lo hacemos para que nos bendiga y premie. Estamos haciendo un trato con Dios. No es por amor ni por sometimiento a Él. En cuanto la obra de Dios no concuerda con nuestras ideas y nociones, negamos y rechazamos a Dios como hicieron los fariseos. Pese a saber de sobra que las palabras de Dios Todopoderoso son la voz de Dios, que vienen de Dios, aún nos frenan los líderes religiosos y rechazamos el camino verdadero. Culpamos a Dios ante las pruebas y adversidades y vivimos totalmente sumidos en nuestro carácter corrupto. Esto demuestra que todavía vivimos bajo el poder de Satanás, que le pertenecemos por completo. ¿Cómo podría entrar una persona así al reino de los cielos? El juicio y las revelaciones de las palabras de Dios nos hacen ver nuestro auténtico estado, la verdad de nuestra corrupción y nuestra incapacidad de seguir la voluntad de Dios y satisfacerlo. Después nos embarga el pesar y nos disponemos a arrepentirnos ante Dios. Al someternos al juicio y castigo de Dios, entendemos que Su carácter no solo es de amor y misericordia, sino también de justicia, majestad, ira y condena. Empezamos a temer a Dios y, conscientemente, abandonamos la carne y practicamos Sus palabras. Cultivamos cierta obediencia hacia Dios y nuestro carácter vital comienza a transformarse. Entonces experimentamos de veras que el juicio, el castigo, las pruebas y la refinación de Dios son Su máxima salvación y amor para con nosotros.

Al oír estas palabras del hermano Leo, percibí lo profunda que es la obra del juicio de Dios en los últimos días. Sin la experiencia del juicio de Dios de los últimos días, jamás entenderíamos la verdad de nuestra corrupción ni podríamos presentarnos ante Dios sinceramente arrepentidos. En cuanto a mí, oraba y confesaba ante el Señor cada día, y luego salía y cometía los mismos pecados otra vez. Me arrepentía, pero no cambiaba y vivía constantemente en pecado. Descubrí que mi naturaleza corrupta me controlaba del todo y que, en semejante estado, ¿cómo podría entrar en el cielo y recibir la aprobación de Dios? Sería imposible. Pensaba que, siempre y cuando aparentara buena conducta, Dios me daría Su aprobación, pero me di cuenta de que lo que importa no son los cambios externos, sino cambiar por dentro. Fue entonces cuando comprendí lo importante que es la obra del juicio para nosotros, que, sin esa etapa de obra, nadie se salvaría. Por eso expresa Dios la verdad y realiza la obra del juicio en los últimos días. Pretende purificar nuestro carácter corrupto para poder ser compatibles con Dios y entrar en Su reino. ¡Qué sincero y práctico es el amor de Dios!

La lectura diaria de las palabras de Dios Todopoderoso me dio total certeza de que Él es el regreso del Señor Jesús. Es el Cristo de los últimos días. No cabe ninguna duda. Desde ese momento, participando a diario en la vida de iglesia y hablando con los hermanos y hermanas, he aprendido a conocer a Dios y disfruto del riego y el sustento abundantes de Sus palabras. No creo, como antes, en el Dios difuso de mi imaginación, sino en el Dios práctico encarnado, que camina y obra en medio de la humanidad y puede expresar la verdad en todo momento y lugar. He oído la voz de Dios y gozado del sustento de Sus palabras. He probado la obra del Espíritu Santo. Con esto sueña todo cristiano. En verdad, me he acercado al Señor ¡y doy gracias a Dios Todopoderoso por salvarme! ¡Es una gran bendición para mí!

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